Editorial

vidaDurante el siglo XIX el noruego Henrik Ibsen escribió una excelente novela dramática fantástica denominada Peer Gynt. El público la conoció más a partir de la actuación de Charlton Heston protagonizando en una película a Peer Gynt, en la década de los cuarentas. Y más recientemente, Tim Burton la llevó también a la pantalla grande con el título Big Fish, en 2003. Trata sobre la historia de un enamoradizo y ambicioso joven en busca aventurera de su felicidad. En medio de su búsqueda, llega a decir:

“Como cebolla ha sido mi vida, toda tela, apariencia… sobre mi lápida escúlpanse en letras de molde estas palabras: Aquí yace nadie”.

Lo cierto es que ese personaje de novela es vocero de muchos jóvenes y adultos hoy en día. Y es que la vida se desarrolla siempre alrededor de algo, tiene un centro de apoyo. Como el pequeño árbol detenido por el palo al que se le ata, toda vida tiene un eje sobre el cual debe girar. Ese punto de apoyo puede ser malo o bueno, falso o seguro, débil o estable. Todos tenemos que detenernos de algo. Nuestra identidad se elabora en referencia a algo o alguien.

El mercado de la vida ofrece muchísimos puntos de referencia para hacer de nuestra vida algo satisfactorio. Por supuesto que la mayoría de esas mercaderías son envases vacíos y de un valor sospechoso. Personas hay que se están definiendo en base a su belleza, o han hecho del dinero su punto de apoyo, y hacen que toda su vida gire alrededor de eso. Y podríamos seguir con los ejemplos. Tarde o temprano, como Peer, descubrirán que el antiguo predicador tenía razón cuando descubrió que

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl. 12:8).

Sencillamente, nuestra alma es un abismo tan profundo, y con aspiraciones tan delicadas y sutiles, que para encontrar el placer válido y permanente necesita hallar algo que la reconcilie con su pasado, presente y futuro, y calme su instinto por la trascendencia, de manera que la personalidad sea como piezas de un rompecabezas que finalmente quede perfectamente armado, que todo quede en su lugar. Saulo de Tarso encontró el centro de apoyo para su existencia que le desentrañó el misterio de la vida. Así que, con toda seguridad pudo decirnos a las generaciones de todos los tiempos:

“Para mí el vivir es Cristo…” (Fil. 2:12)

Esta Semana Santa nos llevará de nuevo de la mano a ver a Jesucristo en el drama de su cruz y en la gloria de su resurrección. Y es que ser cristiano significa tener a Cristo en el centro de toda la vida. Al decirlo, no nos referimos sólo al hecho de que hemos creído en sus enseñanzas, en que le tenemos como ideal hacia el cual crecemos, sino principalmente a aceptar su plan redentor a través de su ofrenda expiatoria que nos justifica ante el Padre mediante nuestra fe en él. Al hacerlo, le conocemos experimentalmente como el Resucitado, y entonces toda nuestra vida comienza a ser la transmisión de su vida misma, de modo que él sea el todo de nuestra vida. Se cumplirá entonces su ofrecimiento:

Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10).

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2 comentarios sobre “Editorial

  1. Yo dejaré este link como comentario, esperando que lo escuchen, mediten y lo ponga en práctica quien no lo haya hecho, ya que esto ya no se predica, tema tan importante.
    Saludos.

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