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La hora de nuestra libertad

Martin Larios Osorio

Ya hace 210 años que México levantó la voz para pronunciarse en el concierto mundial como Nación Soberana. Fue aquel 16 de septiembre de 1810 cuando un grupo de valientes hombres levantaron su voz y sus armas en contra de la opresión que significaba la colonia española. No sólo en términos políticos sino, sobre todo, en términos sociales y humanos.

Cuando aquellos hombres pensaban en libertad, sabían exactamente a qué se referían, porque vivían en carne propia la esclavitud, la discriminación, la vejación, la violación a su dignidad y la desesperanza, todos los días de su vida, y sin ninguna perspectiva futura para sus hijos. Ese día, se escuchó el mensaje de Miguel Hidalgo y Costilla, que en su parte medular dijo:

“Mis amigos y compatriotas: No existe ya para nosotros ni el rey ni los tributos. Esta gabela vergonzosa que sólo conviene a los esclavos, la hemos sobrellevado hace tres siglos como signo de la tiranía y servidumbre; terrible mancha que sabremos lavar con nuestros esfuerzos. Llegó el momento de nuestra emancipación; ha sonado la hora de nuestra libertad; y si conocéis su gran valor, me ayudaréis a defenderla de la garra ambiciosa de los tiranos. Pocas horas me faltan para que me veáis marchar a la cabeza de los hombres que se precian de ser libres. Os invito a cumplir con este deber. De suerte que sin Patria ni libertad estaremos siempre a mucha distancia de la verdadera felicidad. Preciso ha sido dar el paso que ya sabéis, y comenzar por algo ha sido necesario. La causa es santa y Dios la protegerá. Los negocios se atropellan y no tendré, por lo mismo, la satisfacción de hablar más tiempo ante vosotros. ¡Viva, pues, la Virgen de Guadalupe! ¡Viva la América, por la cual vamos a combatir!”.

El 14 de septiembre de 1813, José María Morelos y Pavón pronunciaba los Sentimientos de la Nación y en su punto 15 citaba: “que la esclavitud se proscriba para siempre y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud”.

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Tengo un sueño

El 28 de agosto se ha instituido en México como el Día del Adulto Mayor, en conmemoración de la primera Asamblea de las Naciones Unidas dedicada al envejecimiento de la población, realizada en agosto de 1982. Una preocupación contemporánea que nos debe hacer considerar este fenómeno que tiene, entre otros motivos, el crecimiento en la esperanza de vida desde 1950. Al aumentar la esperanza de vida al nacer, la mejora en la supervivencia de las personas mayores explica la proporción cada vez mayor en la mejora generalizada de la longevidad.

También el 28 de agosto, pero de 1963, en la ciudad de Washington, EUA, el pastor evangélico Martin Luther King pronunció un emotivo e icónico discurso conocido como “Tengo un sueño”, en el contexto de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos de ese país. En ese mensaje, el pastor King aludía a su sueño de un país justo, pero también regenerado por una nueva visión de la vida en libertad, en la que todos gozaran de los mismos derechos y libertades, sin importar el color de su piel. Sin embargo, al plantear el hartazgo de la población negra sobre la falta de derechos y el sufrimiento ante hechos tan deleznables como la brutalidad policiaca y la falta de libertad en acceso a los espacios públicos, King señaló la importancia de los valores éticos: el transitar por el mundo con dignidad y disciplina, para no degenerar en violencia; en unir la fuerza física con la fuerza del alma, para lograr un verdadero cambio en la sociedad; en no sólo estar satisfechos de moverse un pequeño gueto basado en la discriminación, a uno más grande que limitara el ascenso de la humanidad. El problema de la libertad no era, para él, un asunto político sino, sobre todo, un asunto de conciencia y de regeneración espiritual. Por eso, lo trascendente de su mensaje.

En la presente edición, estimado lector, encontrarás artículos que nos recuerda el llamado que tenemos por parte del Señor al arrepentimiento genuino y a tener un cambio de vida, real y verdadero. Un cambio de vida que sólo encontramos en Jesús. Y eso sólo lo lograremos a través de una relación personal y cotidiana con nuestro Señor, centrada en los valores del Reino de Dios a través del cambio del corazón y la acción decidida. En comunión constante con Él como un estilo de vida, no sólo con ritos religiosos o reduciendo la oración a conjuros mágicos que abaratan la comunión con Él. Se refiere, pues, al compromiso en acción.

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Cristianos de autoconsumo

Vivimos una época que, con crisis sanitarias, económicas, sociales, o sin ellas, se caracteriza por la búsqueda del bienestar y el éxito, fundamentado en la satisfacción personal e individual de todo cuanto gozamos. Desde los satisfactores más básicos para el cuerpo, hasta los más elevados de aceptación y trascendencia, a través de una espiritualidad ególatra buscando el bienestar individual y consumista. Los valores del Reino de Dios no son estos valores.

La fe wesleyana no sólo es un asentimiento especulativo y racional, frío y sin vida, sino también una disposición del corazón. En esta edición de El Evangelista Mexicano disfrutamos de la reflexión que nos comparte el Obispo Moisés Morales Granados, con su participación en la Semana Nacional del Hombre Metodista, evento que congregó vía remota a miles de hombres metodistas de México y Latinoamérica con el reto de la fe como fuerza para “arrebatar” el Reino de los Cielos (Mt. 11:12).

Esta fe “que mueve montañas”, nos debe motivar para actuar y promover decididamente la verdad bíblica en nuestras iglesias, mediante la capacitación de pastores y líderes apoyados en estudiosos de la Biblia, permitiendo a todas las personas tener acceso a espacios donde puedan debatir y exponer sus interrogantes. Para ello, es necesario el cuestionamiento mediante teología sistemática que, si se evita, limitará nuestra fe para convertirla en una “fe perezosa”.

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Pensar (en serio) y actuar

“Pero, en cuanto a las opiniones que no atacan los fundamentos del cristianismo, ‘pensamos y dejamos pensar’. De manera que, sean lo que sean, ciertas o equivocadas, no constituyen ‘marcas distintivas’ de un metodista.”

Sermón ‘El carácter de un metodista’, John Wesley

La frase “pensar y dejar pensar” ha sido usada hasta el cansancio como uno de los lemas del metodismo y, con toda razón, ya que sintetiza de manera genial el pensamiento religioso wesleyano. El metodismo, a través de los siglos, se ha caracterizado por modelar su actuar a través de la propia experiencia y de la elaboración de una teología práctica: una fe expresada en acciones de amor.

En esta edición de El Evangelista Mexicano, trataremos algunos temas referentes a la sexualidad humana. Temas que suelen ser tabú, pero que consideramos conveniente analizar y difundir, a través de la discusión y contrastación de argumentos. Esperamos que la argumentación profunda, ilustrada y motivada en el Evangelio, nos conduzca a un enriquecimiento de nuestro actuar como Iglesia Metodista de México, a través de nuestras fuentes teológicas declaradas: la Palabra, la razón, la tradición histórica y la experiencia.

La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha sido siempre tentada por imponer restricciones a la libertad de la conciencia y de castigar y perseguir a quiénes sostuvieran ideas diferentes a las establecidas. No pocas veces, se ha convertido en un poder de facto que se ha aliado con otros poderes “morales” de la sociedad para oprimir, castigar y enjuiciar.

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Renacer… o morir

“El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”.

Jn. 3:3

El confinamiento social a partir de la pandemia que vivimos, ha hecho que nos replanteemos un nuevo comienzo en muchas de nuestras actividades. Desde lo más cotidiano hasta las actividades más trascendentes de nuestra vida. Desde lo profesional, hasta lo espiritual, pasando por las actividades económicas y sociales. Todo sufrirá un trastoque que nos obligará a nuevas formas de hacer las cosas, trabajar o relacionarnos con nuestros semejantes.

Cuando nuestro Señor Jesús habla del nuevo nacimiento, nos está proponiendo un nuevo comienzo. En el relato bíblico de Juan capítulo 3, se trata del encuentro con un “viejo lobo de mar” en lides religiosas: el maestro Nicodemo, quien no era un neófito en la materia. Sin embargo, el Señor lo cuestiona: “¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?”.

Jesús invita, a Nicodemo entonces y a nosotros hoy, a un nuevo comienzo, pero con una ventaja: ya tenemos la experiencia de la regeneración. Nicodemo tenía la formación y el conocimiento, pero requería “un nuevo espíritu”.

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Otro virus por combatir

En algunos estados de la República ya se ha declarado el semáforo naranja, que permitirá reanudar parcialmente la actividad económica y comercial, después de casi 3 meses de políticas públicas de distanciamiento social que paralizaron muchas de las actividades sociales. La Iglesia Metodista de México ha sido obediente a dichas disposiciones, en todo el territorio nacional, manteniendo cerrados sus templos y evitando cualquier reunión que implique conglomerados humanos.

Nuestras iglesias han tenido que hacer, cada una en su contexto y circunstancia, una reflexión sobre su quehacer cotidiano. Al inicio, como muchas otras comunidades sociales, han tratado de replicar las actividades “normales”, pero ahora usando las múltiples bondades de las plataformas digitales de comunicación. Ello ha generado una reflexión genuina sobre lo primordial –o no- que representa reunirnos físicamente para cumplir con el propósito que nuestro Señor ha encargado a este pueblo llamado metodista como elemento actuante de su Iglesia en el mundo.

En pandemias pasadas, la humanidad ha pasado por diversas reacciones desde el estupor inicial ante la enfermedad, hasta la búsqueda de culpables. Y generalmente estos presuntos culpables se encuentran en las minorías, en los “raros” o en los más débiles: en la Edad Media en Europa, se acusó a los judíos; en la antigüedad se llegó a acusar de ciertas enfermedades a las mujeres; en siglos más recientes, a los “antihigiénicos pobres” y a los “negros”. Ahora, a los “chinos-come-ratas-y-murciélagos”. Y ya en sus formas más refinadas, a los científicos que son parte de una confabulación mundial para reducir la población mundial; o a miembros de “sectas iluminadas” que buscan crear un nuevo orden mundial, para mantener cerrados los templos como una obra del anticristo.

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Miremos alto, elevémonos

En mayo de 1889 se reunieron tres asociaciones de jóvenes de la Iglesia Metodista Episcopal en Cleveland, OH, EUA: la Alianza Metodista, la Liga Oxford y la Liga Cristiana de Jóvenes. El objetivo era constituirse en un solo cuerpo organizativo que animara a la juventud entre 18 y 35 años a cultivar su carácter centrado en Cristo, a través de las misiones y comunidades metodistas alrededor del mundo, promoviendo su crecimiento espiritual. Adoptaron como lema: “Look Up, Lift Up” (“Mira alto, elévate”). Al decidir el nombre de la nueva organización, en la asamblea del 15 de mayo y según los anecdotarios de la época, alguno de los delegados al referirse al himnario “Epworth” que se usaba en la Liga Oxford, equivocó el nombre y mencionó al “himnario Oxford de la Liga Epworth”, denominación que gustó a aquellos 27 delegados que oficializaron la creación, ese día 15 de mayo de 1889, de las Ligas Epworth para Jóvenes de la Iglesia Metodista Episcopal. Ese día nacieron las Ligas de Jóvenes, hace 131 años.

Con el empuje propio de la juventud y entendiendo la importancia de trabajar con las nuevas generaciones, esta organización alcanzó 1.75 millones de miembros “epworthianos” (como se hacían llamar) en la siguiente década a lo largo y ancho del mundo. En nuestro país, a raíz de las recomendaciones del Congreso Evangélico Hispano Americano de La Habana, Cuba, en 1929, esta organización se transformó en lo que hoy conocemos como la Liga Metodista de Jóvenes e Intermedios de la Iglesia Metodista de México.

También, en mayo, los metodistas recordamos aquel 24 de mayo de 1738, en el que John Wesley sintió arder su corazón “de una forma extraña”, sintiendo la seguridad del perdón de los pecados y la salvación por la Gracia de nuestro Señor Jesucristo. Históricamente, consideramos esta fecha como el nacimiento del movimiento metodista. Recordando este acontecimiento, en esta edición El Evangelista Mexicano explora la otra experiencia fundadora del metodismo: aquel día en que Wesley se atrevió a más, a romper los formalismos, a “ser más vil”, a embarrarse las botas en los caminos junto a los más “pequeños”. La otra experiencia fundadora, en la que entendió que el metodismo debía convertirse en un movimiento por y entre los rechazados. A romper los esquemas “tradicionales” para buscar a aquellos que se encontraban en necesidad.

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Normalidad anormal

Martin Larios

“¿Entienden lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy. Pues bien, si yo, el Señor y el Maestro, lavé sus pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros”.

Juan 13:12b-14 (RVA-2015)

El 15 de mayo es el Día del Maestro en México. La fecha es significativa y altamente simbólica, porque fue el día en que México logró su segunda independencia, al triunfar la República en 1867. El Congreso de la Unión lo decretó así en 1918, porque entendía que el maestro era el artífice de la Nación y que sería el verdadero formador de las generaciones de mexicanos libres, patriotas y comprometidos con las más nobles causas de pueblo.

La educación es parte del ADN metodista. El metodismo nació en los salones de clase de la Universidad de Oxford en Inglaterra, cuando John Wesley y su hermano, Carlos Wesley, iniciaron su ministerio en el campus universitario con el Club Santo. En esa iniciativa, combinaron el anhelo del conocimiento con el desarrollo espiritual y la santificación; conectaron la fe y la razón; vincularon la piedad vital y el conocimiento; y estudiaron la ciencia y la Escritura.

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Prudencia e inteligencia

Haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; Si inclinares tu corazón a la prudencia (Pr. 2:2 RVR1960).
Presta oído a la sabiduría; entrega tu mente a la inteligencia (Pr. 2:2 DHH).
Si prestas oído a la sabiduría e inclinas tu corazón al entendimiento (Pr. 2:2 RVA2015).

La conducta de todos nosotros está determinada por diversos elementos de nuestro cuerpo, alma y espíritu, pero también por sentimientos, creencias y carácter. Nuestras creencias son nuestra fe en el Señor y nuestro carácter, son nuestros conocimientos y hábitos.

El texto sobre el que meditamos nos invita a guardar los mandamientos de Dios, a través de prestar oído a la sabiduría, pero también nos invita a forjar nuestra fe y carácter cultivando nuestra prudencia, inteligencia y entendimiento. Nuestros sentimientos, como toda percepción o sensación, están sujetos muchas veces a estímulos externos y no dependen del todo de mí. La fe y la inteligencia sí, por lo que la Escritura nos invita a “inclinarnos” y a “entregarnos”. Mi fe es un don de Dios que cultivo en la relación diaria con él y la inteligencia es una obligación del cristiano que debe mover nuestra voluntad para cultivarla y desarrollarla.

Entre las cualidades de Dios como Supremo Creador es que todo lo hizo bueno desde un inicio. Sin embargo, ante las catástrofes, ante las pestes, ante desastres o ante pandemias, es común que nuestra respuesta inmediata sea que Dios no cometió ningún error porque es perfecto y que toda responsabilidad estriba en la indolencia o el pecado de la humanidad.
La situación social que estamos viviendo en la actualidad nos reta como iglesia para ser una verdadera comunidad funcional, un cuerpo cuya esencia sea la enseñanza y discipulado, el servicio hacia los demás y un verdadero ministerio entre creyentes. Para ello, debemos prestar oídos y estar atentos a las necesidades de nuestro entorno para desarrollar nuestra inteligencia colectiva y nuestro conocimiento de acuerdo a la voluntad de Dios.

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La otra pandemia

La quintaesencia de Dios nunca permitiría desastres naturales, ni epidemias, ni plagas, a fin de que los humanos le busquen. Su esencia es el amor, por lo que nos deberían interesar mayormente sus hermosas promesas, sobre todo aquellas que nos aseguran que Él está con nosotros, en cualquier condición o circunstancia.

Por ello, buscar sentido a una desgracia, a un contratiempo o a una adversidad, es un sinsentido.

Esta edición de El Evangelista Mexicano está “plagada” de reflexiones acerca de los tiempos que vivimos. Y con razón, ya que nos encontramos en una pandemia que, en sus fases iniciales, además de cobrar vidas humanas, ha trastocado los modos de vivir y sobrevivir de muchas sociedades, hasta hoy incólumes, y que parece también trastocará nuestra manera de convivir en los próximos años e impactará todos los ámbitos de nuestra vida.

Por ahora, las preocupaciones mundiales se centran en las personas y en su entorno inmediato. Pero también en las causas estructurales de la sociedad que causa, no la pandemia, sino el desastre asociado a ella. Como los impactos económicos que pudiesen venir asociados con la falta de consumo, de tránsito de personas y de intercambio de bienes y servicios. También, hemos visto preocupación con aspectos individuales, como la soledad de la persona y su entorno familiar, pero también con la economía. Y el miedo e incertidumbre que genera toda la situación, aún actos de discriminación –tan humanos- como señalar a los más vulnerables como causa de la pandemia y aún al personal de los servicios de salud. La ignorancia en su máxima expresión, aún alentada por medios de intercambio de información (que no de comunicación) que conmocionan al mundo con una verdadera “infodemia”.

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Ver más allá de lo evidente

Vivimos una época donde las cosas realmente trascendentes se consideran insignificantes o sin valor. Se busca la satisfacción inmediata, automática, fácil. Y eso afecta no sólo la relación con el entorno natural, sino también con tus relaciones interpersonales y con tu fe y espiritualidad. En cualquiera de ambos casos, hay que hacer un esfuerzo para tener una visión periférica que nos permita ver el entorno desde el punto de vista de Dios.

A partir de eso, debemos entender que darnos a los demás es una forma también de adoración a Dios. Ya no lo hacemos por reconocimiento o por obligación, sino porque poder impactar a otros con el amor de Dios es más de lo que merecemos y Él, sin embargo, ha decidido adoptarnos. Eso se llama gracia. Así que, desde la gracia, desde ese regalo no merecido, el propósito ya nunca más está en nosotros mismos, sino que lo recibimos con la vocación de compartirlo.

En estos días, la contingencia sanitaria mundial nos ha obligado a hacer un alto en el camino. A cambiar nuestras rutinas diarias, a hacer esfuerzos extraordinarios, a cuestionarnos a nosotros mismos en nuestros propósitos y, en el mejor de los casos, a refugiarnos en Dios.

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Ser Iglesia en tiempos de angustia

Es en tiempos de angustia cuando solemos replantear nuestras motivaciones y aspiraciones más profundas. No sólo sobrevivir sino cuestionamientos más trascendentes. ¿Cómo llegamos a ésta situación? ¿Qué hicimos? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Es un castigo divino? ¿Cuándo terminará esto?

Para los cristianos, también es el inicio de planteamientos hacia el futuro. ¿Qué estoy aprendiendo de esto? ¿Qué me está enseñando Dios? ¿En qué está puesta mi confianza? ¿En quién está puesta mi confianza? Es, también, un recordatorio de quién está a cargo de todas las cosas y, con ello, un recordatorio de que nuestra propia humanidad, con sus limitaciones e imperfecciones, tiene una profunda necesidad de volver los ojos al Creador para acogernos a Su sabia voluntad.

Y para muestra de Su voluntad, tenemos que ilustrarnos con el testimonio del propio Señor en su ministerio terrenal. Jesús criticó fuertemente al sistema de convivencia humano en su tiempo, que servía a los intereses que oprimían, que se basaba en servirse y no servir. Por eso, en aquel tiempo de opresión y angustia, llamó a sus seguidores a no ser como aquellos que promovían esos valores.

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Tú eres el responsable

“Levanta la voz, y hazles justicia; ¡defiende a los pobres y a los humildes! Mujer ejemplar no es fácil hallarla; ¡vale más que las piedras preciosas!”

Proverbios 31:9-10

Vivimos tiempos delicados y retadores. Nuestra querida Patria, como dice la Escritura, “espera con gran impaciencia el momento en que se manifieste claramente que somos hijos de Dios. Porque la creación perdió su verdadera finalidad, no por su propia voluntad, sino porque Dios así lo había dispuesto; pero le quedaba siempre la esperanza de ser liberada de la esclavitud y la destrucción, para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Ro. 8:19-21).

A punto de conmemorar un Día Internacional de la Mujer, en México se hace sensible aún más el tema por recientes (y cada vez más numerosos, despiadados y cobardes) actos de violencia ante uno de los grupos más vulnerables de nuestra sociedad: las mujeres.

La violencia hacia las mujeres, no es simplemente un tema “sobre ellas”, sino es una muestra de la degradación moral de la sociedad, de la permisión del pecado social y de la incapacidad que, como sociedad, hemos tenido de incidir en la formación nuevas generaciones que se hagan responsables de su propia santificación hacia una cultura del respeto y el amor hacia el prójimo. Como cristianos, debemos levantar una voz profética para denunciar al oprimido, de acuerdo al criterio del Evangelio de Jesucristo, pero también estamos comprometidos a trabajar en estrategias a mediano y largo plazo formando en la santificación y desarrollando una teología de la responsabilidad.

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Discipulado consciente

Hoy nos gozamos celebrando el aniversario de la fundación del Instituto Mexicano Madero que inició sus actividades el 9 de febrero de 1874: inicialmente como orfanato de menores en la Ciudad de México y, posteriormente, trasladado a la ciudad de Puebla como escuela de educación básica normal y Seminario de Teología. En conmemoración de esa fecha, el 9 de febrero ha sido designado como el Día de la Educación Metodista en América Latina.

La Iglesia Metodista siempre se ha distinguido por tener la educación como una de sus estrategias torales para la formación de las personas, una educación cristiana orientada a formar discípulos responsables, fieles a la doctrina de amor que nos enseñó Jesucristo. Siempre como discípulos conscientes de su realidad y de su responsabilidad.

En esta edición de El Evangelista Mexicano, agradecemos la colaboración de nuestro querido pastor Bernabé Rendón, exdirector de nuestra publicación y siempre pendiente de la rectitud de la enseñanza en nuestra Iglesia. En sus pertinentes señalamientos encontraremos que, desde la perspectiva metodista, cuando hablamos “de recibir el Espíritu de adopción, se está aludiendo a alguien que ha nacido de Dios. Nacer de nuevo, ser adoptado, ser regenerado, son términos intercambiables pues hablan de lo mismo”. Por tanto, como cristianos metodistas tenemos una doble responsabilidad: Como hijos de Dios pero también como agentes regenerados que transforman su realidad, como verdaderos discípulos responsables conscientes de su tarea.

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Modernidad líquida, fe cristiana sólida

Vivimos una era llamada “posmodernidad”. Más allá de lo moderno y, más aun, sobrepasando los conceptos clásicos de “modernidad” que se caracteriza por el consumismo extremo y la globalización, con una fluidez e indefinición constante que genera una angustia existencial, donde parece no haber sentido cuando se trata de construir nuevas cosas, ya que el tiempo y la propia modernidad impulsarán su desintegración. Lo que Zygmunt Bauman (2003) define como la “modernidad líquida”, una sociedad que vive en constante fluidez e indefinición de sus valores y perspectivas.

Así nos encontramos como raza humana navegando los mares de la incertidumbre, sin saber cómo estará la economía mañana, si estallará una crisis o no, si contaremos con trabajo, si formaremos una familia, si mantendremos la familia que tenemos bajo los modelos que consideramos buenos. Se perciben síntomas como las relaciones sociales actuales, los conflictos de identidad y el consumo excesivo trasladado a todos los ámbitos de la vida.

Es en esta época de valores “líquidos” en que se pondera más lo que sentimos y no lo que pensamos o creemos. Donde se desprecia el esfuerzo y el trabajo, y se aprecia el “éxito” y la “autorrealización”. Donde se busca explotar y manipular más la emoción y se explora menos la fe y la razón. Donde se busca acomodarse al deseo de la gente; la “gente”, así de general, sin nombre ni apellido. ¿Cuál es el gran riesgo? Convertir la verdad en un asunto de opiniones lleva inexorablemente a la pérdida de esperanza. Por eso, debemos regresar a nuestras doctrinas fundamentales emanadas de la Palabra de Dios. No siempre, el “interés popular” es coincidente con la verdad de Dios.

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Reto 2020: reducir el analfabetismo bíblico

Iniciamos año nuevo y década nueva con nuevos bríos, con los mejores deseos y con grandes expectativas. El trabajo en la Iglesia Metodista de México enfrenta nuevos retos este año, pero, sobre todo, tenemos la certeza de que el Señor nos ha ayudado hasta aquí y nos seguirá ayudando, en la medida de la fe que ha puesto en cada uno de nosotros. Así seguiremos con la misión encomendada de llevar las enseñanzas de Jesús nuestro Señor a nuestra nación, bajo la visión de reformarla desde lo más profundo, extendiendo la Santidad proclamada en Su Escritura.

Por ello, debemos seguir enfatizando la necesidad de combatir lo que José Hutter llama el “analfabetismo” bíblico (Hutter, 2020). Más que una preocupación, debería ser una de nuestras ocupaciones permanentes el transmitir el conocimiento de hechos y doctrinas más básicas de nuestra fe evangélica, que cada vez parece más escaso. Un gran reto es transmitir estas verdades a las siguientes generaciones, como señala uno de los lineamientos de Evangelismo Mundial del Concilio Mundial Metodista. Por tanto, debemos evitar el énfasis desmedido en la experiencia personal y cuidar con mayor esmero la educación cristiana.

A fuerza de ser sinceros y buscando oportunidades para mejorar el ministerio de la Iglesia, como dice Hutter: “Los sermones son cada vez más terapéuticos y menos educacionales. Y la relevancia de lo que hacemos en el culto los domingos […] se basa sobre todo en lo que sentimos y cada vez menos en lo que pensamos”. No ayuda demasiado el evitar el estudio del contexto histórico de los pasajes bíblicos, porque podemos caer en simples lecturas devocionales con textos sacados de contexto, acomodados a las actitudes deseadas entre la gente. A fin de cuentas, es lo que el apóstol Pablo nos llama a evitar, a “acomodarnos a este siglo”. En cambio, nos invita a transformarnos por medio de la renovación del entendimiento.

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Una pausa en el camino

Vivimos una era de “aceleración” con muchas distracciones, prisas y ansiedades. Siempre frenéticos, apresurándonos y dándonos prisa, constantemente distraídos por nuestros dispositivos digitales “omnipresentes”.

Nuestro Señor Jesucristo definió el amor como la mayor prioridad en el Reino de Dios, manifestado primordialmente en frutos de amor a nuestro prójimo. Por tanto, el amor cristiano es una cualidad de las relaciones humanas: no hay verdadero amor a Dios sino a través del amor a mi semejante. Podríamos asegurar que la prisa y el amor son incompatibles, aún más, la prisa pone fin a las relaciones humanas.

Es por ello, que es la colectividad la que prepara el camino de la redención entre Dios y la humanidad. Así también, nuestra fe nos provee gestos de esperanza en medio de nuestras tensiones. Es nuestra realidad comunitaria, aquí y ahora, con sus circunstancias actuales, la que nos invita a ser parte de este tiempo en el cuál podamos encontrar la reflexión, el arrepentimiento, el perdón, la alegría, la ternura, la rebeldía y la lucha, para nuestra liberación.

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