
ESTIMADO COMPAÑERO (A) DE CAMINO:
Me propongo utilizar la pluma y sacarla del tintero desde donde se luce, y expresarte mi sentir para estimularte hacia la realización plena de tu ministerio. Tú, como yo, tenemos familia. Ella nunca imaginó lo que era tener a un esposo por pastor y a un pastor por padre. Ese desconocimiento hace más compleja nuestra relación intrafamiliar; sin embargo, bien que mal, ponemos lo mejor de nuestro esfuerzo por salir adelante, darles lo necesario; pero… quizá más de una vez tú como yo, si eres sincero, hemos llorado de angustia e impotencia, y más de una vez hemos querido abandonar el ministerio, o hemos renegado de la iglesia, de nuestras autoridades, o en el peor de los casos, hasta de Dios.
Dios ha puesto en mi corazón esa carga. Puedes llamarla tontería, presunción o como quieras, pero lo que no me puedes negar es que muchas veces somos los seres más solos, pese a la familia y a la congregación que pastoreamos. Mira a tu alrededor, es difícil tener amigos, pues quienes así se proclaman a veces son los primeros en darte la puñalada por la espalda, en acusarte ante el superintendente o ante el Obispo. Si lo deseas, puedes darme temas sobre los cuales quieras que haga motivo de mi comentario. Compartiré mis experiencias de 53 años de pastorado.
Hay cosas y situaciones de las que no quisieras que se enteraran tu esposa o tus hijos. Eres tan de hueso y de carne, eres tan frágil que puedes sucumbir ante la tentación como el que sea mejor. Por eso quiero expresarte este mi sentir. Si te fue de utilidad, daré gracias a Dios; en caso contrario, también le daré gracias a Dios, porque me dio el valor de expresártelo. Don Vicente Mendoza, reconocido por su prolija pluma, escribió en uno de sus himnos: “Jesús pagó mi deuda y libre puedo estar… ¡Murió por mí! ¡Qué amor tan grande debe ser aquel que precio tal pagó por mí, por mí! Ha concluido la visita del Papa Francisco, el fervor y el sentir religioso ha quedado atrás; pero la fuerza de sus mensajes, que no podemos desoír, sin importar cuál sea nuestro credo, y el sentir moral de la estrofa de este himno, vienen bien a propósito de la reflexión que te quiero compartir: EL SILENCIO, y que a su vez me compartieron.
¡Jesús guardó silencio…! No comprendo, si fue real o un sueño. Sólo recuerdo que me encontraba en un inmenso salón, repleto de archiveros. Llevado por la curiosidad, abrí uno que decía: “Muchachas que me han gustado”. Vi las fichas que contenía, y tuve que detenerme por la impresión. Había reconocido el nombre de cada una de ellas, era la lista de las jóvenes que a mí me llamaron la atención! Los demás archiveros, contenían las acciones de cada momento de mi vida. Pequeños y grandes detalles. Momentos que mi memoria había ya olvidado, pues no quería recordar; algunos que me trajeron alegría, y otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa. El archivo “amigos” estaba al lado de “amigos que traicioné” y “amigos que abandoné cuando más me necesitaban.”
Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo: “Libros que he leído” “mentiras que he dicho,” “consuelo que he dado,” “chistes que conté.” Otros títulos eran: “Asuntos por los que he peleado con mis hermanos, y en la Junta de Administradores”, “Faltas de respeto hacia mis padres, y hacia algunos hermanos y hermanas.” “Cosas hechas cuando me llenaba de ira y estaba molesto”, “maltrato físico y verbal a mi esposa y a mis hijos,” “videos que he visto,” infidelidades cometidas… etc.
Cada archivo confirmaba la verdad y llevaba mi firma. Cuando llegué al archivo “Pensamientos lujuriosos”, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Abrí el cajón unos cuantos centímetros, me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar, y me conmoví por su contenido.
Un pensamiento dominó mi mente. Nadie debe ver estas tarjetas jamás. ¡Tengo que destruir estos archivos! Pero descubrí que no podía ni siquiera sacarlos, estaban fijos. Me desesperé y trate de tirar con más fuerza, fue inútil. En eso el título de un archivero pareció aliviar en algo mi desesperación: “Personas a las que les he compartido el Evangelio.” Al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. “Veces que he predicado en la iglesia,” y encontré unas cuantas tarjetas que se referían a pocas veces y sólo en ocasiones especiales. Caí al suelo llorando amargamente por la vergüenza. Y mientras me limpiaba las lágrimas, ¡lo vi! ¡No!, ¡Por favor no! ¡Cualquiera pero no JESÚS!
Impotente vi cómo Jesús abría los cajones y leía cada una de las fichas. Intuitivamente se acercó a los peores archivos. Con la tristeza reflejada en sus ojos, buscó los míos y yo me llevé las manos al rostro, y empecé a llorar de nuevo. Pudo haber dicho muchas cosas, pero EL no dijo una sola palabra. Allí estaba junto a mí, en silencio. Fue el día en que Jesús guardó silencio… y lloró conmigo. Volvió a los archiveros y desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta ponía su nombre sobre el mío. Me miró con ternura a los ojos, y me dijo: “He terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa, vete y no peques más.” En eso salimos juntos de aquel gran salón, que aún permanece abierto porque todavía faltan más tarjetas que escribir. Aún no sé si fue un sueño, una visión, o una realidad…. De lo que si estoy convencido es que la próxima vez que Jesús vuelva a este salón, encontrará más fichas para alegrarse, menos tiempo perdido, y menos fichas vanas y vergonzosas; pues he decidido mejorar mi ministerio, acrecentar mi relación con Dios mediante mi vida devocional, atender mejor a mi familia, mejorar mi relación con mis autoridades y con mi iglesia. En suma: ¡me he propuesto ser otro con la ayuda de Dios!
Ojalá que el Congreso de Evangelismo que celebra la CAM, con toda probidad pudiera analizar el sentido de sus mensajes, y aplicarnos lo que sea necesario, para que realmente nuestra iglesia cambie.
¡Cuánta falta, hace que recordemos que sólo Cristo y su sacrificio redentor es lo único que necesitamos! Y que, como dijo alguno de los clérigos en la reciente visita papal: Las imágenes no hacen milagros, es ¡sólo asunto de la fe!
¡Felices fiestas con motivo de la Semana Santa!
Juntos en Jesús Maestro,
Abalra

