Una Experiencia de Pascua

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María Teresa Martínez

Aquella mañana, el sol lucía especialmente brillante, parecía que adivinaba la intensidad de nuestra fiesta; el mundo cristiano y evidentemente la Iglesia Getsemaní (IMMAR en la Ciudad de México, de la CAM), se vistieron de gala para celebrar el inicio de la Pascua.

Emotivo, como siempre, nuestro pastor inició el mensaje y reiteró “Cristo Vive”; el Presbítero Moisés Morales Granados compartió su mensaje “La Fiesta de la Pascua”, y nuestras mentes viajaron con su relato.

Entristecimos, al imaginar ese momento de desolación, de las mujeres que fueron al sepulcro del salvador y no encontraron su cuerpo. Las lágrimas de María Magdalena y su desesperado reclamo dónde se han llevado al Señor?

La imagen me remitió a situaciones ríspidas, de antaño, cuando mi muy frágil fe de entonces me llevaba a clamar, ¿dónde estás Señor?, y paradójicamente, a encontrar la misma respuesta que dio el amoroso Resucitado a María Magdalena, ¿por qué lloras si estoy junto a ti?

Si bien todos tenemos pruebas, en ocasiones provocan llanto, hoy sabemos perfectamente bien, el único Dios y rey está con nosotros de noche y de día, hoy, mañana y siempre. Esa es la pequeña gran diferencia, nada más y nada menos.

Volvamos a tocar el desconsuelo de Magdalena, que al mismísimo Jesús de Nazaret cuestionaba, ¿tú te lo llevaste? Y ahora, felices, regresemos a ese sublime instante de la historia cuando reconoce María Magdalena al nazareno y seguramente, con toda la dicha del mundo, intentó abrazarlo y exclamó, ¡raboni!, cuyo significado es, ¡maestro!

El Domingo de Resurrección da inicio al periodo de cincuenta días, denominado La Pascua; Jesús, nuestro camino, verdad y vida,  ese día, pidió a María Magdalena no le tocase; aún no había subido al Padre y también le pidió avisar a sus discípulos, ¡Jesús había resucitado!

Según el relato de Juan, llegó la noche y visitó a sus amados discípulos para decirles: “Recibid el Espíritu Santo” y ellos se regocijaron inmensamente por verlo; recordaron, dicho estaba, resucitaría al tercer día y lo ratificaron, su fe no fue en vano.

La semana siguiente, entre sus discípulos se encontraba Dídimo, mejor conocido como Tomás, quien no daba crédito a la dimensión del evento y ante su sorpresa afirmó: Si metiere mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, entonces creeré.

Lejos de enojarse, paciente y misericordioso, ante la precaria fe de Tomás y la barbarie de sus palabras, el rey de reyes permitió le tocase, y le dijo: Porque me has visto, creíste; bienaventurados, los que no vieron, y creyeron.

Este fragmento bíblico y Tomás trajeron a mi memoria circunstancias del tiempo pasado, cuando me preguntaba si Jesús existía;  de repente, me sentí profundamente contenta. Emocionadísima me dije, ¡Cristo Vive!, y sabemos no es una frase, es nuestra más importante y amorosa realidad.