
El Hijo de Saúl es una película del joven cineasta húngaro Laszló Nemes, quien logró producir una cinta sombría, sobrecogedora, que muestra una faceta del Holocausto no considerada antes en otros filmes, y que le mereció el Oscar a la mejor película extranjera de 2016, además de otros premios internacionales. Aunque la historia es original de Nemes, está basada en situaciones reales consignadas en escritos encontrados después de la finalización de la II Guerra Mundial. El personaje central, Saúl, es un judío forzado por los nazis a ocuparse de la limpieza y mantenimiento de la cámara de gas de un campo de concentración, de la cremación de los cadáveres de los judíos ejecutados y de la posterior eliminación de las cenizas.
Los espectadores llegan a la angustia con la trama, identificando el horror que sufrieron quienes fueron sacrificados en las cámaras de gas y en las fosas comunes. Y es que la historia del Holocausto reflejó una faceta casi diabólica de la naturaleza humana, mostrando lo peor que hay en ella. Pero la narración de Nemes nos lleva a un segundo aspecto que intenta mostrar que aun en el centro del señorío de la maldad humana, la naturaleza del hombre puede mostrar también alguna luz de bondad. El alma de Saúl está muriéndose en medio de tanta degradación, así que elige hacer algo bello para salvarla, y decide creer que un adolescente ejecutado es su hijo, para procurar a toda costa concederle una sepultura digna a la usanza de las tradiciones judías. Cree que ese es su deber como padre, puesto que en vida nada había hecho por él.
La devoción paternal es lo que ilumina la narración oscura que presenta Nemes. No podríamos descartar que el director intente hacernos sentir que todos somos Saúl, pero entonces aplicaríamos ese propósito se manera sobresaliente a aquellos hombres que somos padres de familia. Como el personaje, necesitamos dedicar la vida a propiciar la fructificación de lo mejor de nuestros hijos en medio de un mundo muy marcado por la pobreza de valores, la apatía por el amor verdadero, la pérdida de una comunicación profunda y la decadencia de la fe en Dios. Si no logramos hacer una tierna pero firme transferencia de valores espirituales y morales, la descendencia que dejaremos será una generación débil, la cual dejará a su vez una generación aún más débil.
Fue un puritano inglés del siglo XIX quien aseguró que la generación fuerte era aquella que resultaba de dos generaciones cristianas anteriores, a la semejanza de Timoteo, de cuya fe “no fingida” San Pablo decía que había estado antes en su abuela Loida y en su madre Eunice (2ª Tm. 1:5). La idea del puritano era que los hijos criados por padres que habían vivido una conversión a Cristo en su edad adulta o joven, era buena, pero no la mejor. En cambio, los hijos criados por padres que habían nacido en un hogar cristiano (aunque estos padres hayan sido hijos de padres con una conversión tardía), recibirían una educación excelente. Si le tomamos la palabra a esta propuesta generacional, no tendríamos por qué sentir tristeza por no estar criando hijos en una tercera generación cristiana. Pero podemos ir todos en la búsqueda de esa tercera generación. En la opinión de Pablo, la fe de Timoteo era tan viva debido al trabajo de dos generaciones anteriores. Ni los hijos malos se hacen solos, ni los buenos son el resultado de su propia tarea personal. Los hijos llegan a ser la cosecha de una inversión deliberada y persistente de padres debidamente comprometidos con su Señor, hecha en conciencias desde su más temprana niñez. Esto confirma el antiguo eslogan: Genera una idea y ésta llevará a una acción; realiza esa acción y se convertirá en un hábito; repite el hábito y se formará un carácter; fortalece ese carácter y obtendrás un destino.
Que la celebración del Día del Padre este domingo 19 de junio, se acompañe del despertar de los papás para que asuman su paternidad de grado que dejen tales resultados en su siguiente generación que, a su vez, llegue ésta a procrear una siguiente nueva generación aún mejor que la de ellos y que la nuestra.

