La corrupción

corrupcion

Por abalea; Con arreglo e investigación del  Proyecto Investigativo enviado por: Troz (vía internet)

Infortunadamente, en nuestra iglesia, los libros de registro general de bautismos de niños, de jóvenes y adultos, y de matrimonios, son un verdadero galimatías; y por eso no tenemos una estadística confiable, y a todos parece que no nos interesa tener números confiables sino solamente números. Por citar un ejemplo, en la iglesia que pastoreo actualmente, el libro de bodas adolece de actas insuficientemente cumplimentadas, y en algunos casos ni de las firmas de testigos ni de los pastores oficiantes; todo ello como parte de la indolencia que ha invadido a nuestra iglesia, por la abulia de nosotros pastores, que no respetamos los requisitos señalados por la Disciplina para esos casos y los del bautismo.

Acudan las Sagradas Escrituras en auxilio de este escribidor, para fundamentar mi aserto, y darnos cuenta que signos de corrupción datan de tiempo inmemorial. “Y me dijo Jehová: Levántate, desciende pronto de aquí, porque tu pueblo sacaste de Egipto se ha corrompido; pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho una imagen de fundición” (Deuteronomio 9.12).

“No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Velad debidamente, y no pequéis…” 1ª. Corintios 15.33, 34. “Disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales”. 1ª. Timoteo 6.5. “Pero estos blasfeman de cuantas cosas no conocen; y en las que por naturaleza conocen, se corrompen como animales irracionales.” San Judas verso 10.

Se dice, y se dice bien, que para muestra un botón basta. He querido iniciar mi reflexión, con esta muestra de textos, que no hacen más que corroborar, que el fenómeno de la corrupción es tan viejo como la misma humanidad. El versado bíblico descubrirá que hay un sinnúmero de textos que hablan de ello en las Sagradas Escrituras.

Viene a cuento lo anterior, porque durante los trabajos de la Conferencia Anual del 2015 se escucharon voces que incluyeron este término refiriéndose a nuestra iglesia, y tal vez con justa razón; aunque en algunos haya provocado cierto escozor e indignación, en otros escepticismo, y en otros más coraje e impotencia, hasta la notoria emoción que casi rompe en llanto; y todo por la falta de información, que pese a nuestros programas de radio, en donde los invitados han hablado del derecho a la información, pareciera ser que en nuestra iglesia yase ha vuelto la iglesia “del no pasa nada, aunque todo sea un secreto a voces”.

La corrupción de la Iglesia Católica Apostólica y Romana propició la Reforma Protestante del S. XVI, y las 95 tesis del Dr. Martín Lutero. La corrupción de la Iglesia en Inglaterra, propició que el Rev. Juan Wesley fuera proscrito de los púlpitos y entonces engendrara su frase ya clásica: “El Mundo es mi parroquia”

De modo que el término en sí mismo no tiene por qué espantarnos, al contrario debe movernos a una reflexión seria de diversos hechos que se han suscitado en el seno de nuestra iglesia, y hacer la corrección debida del rumbo.

Pero la situación no es sólo de nuestra iglesia, ya el Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga, en su obra la Nueva Iglesia Montiniana, prologada por René Capistrán Garza, subrayaba la necesidad de “un viento renovador, y señalaba, “Que hace falta ante un vasto clamor de disconformidad, ansiedad, descontento y anhelo de transformación; se está preparando un pedregoso camino para el histórico viaje de Paulo VI, que asistirá al trigésimo noveno Congreso Eucarístico, celebrado en Bogotá, Colombia” (pp 109). En la misma obra, en la pág. 207, el sacerdote Roca, alude a su situación diciendo: “Soy un proscrito, un sacerdote romano, un paria, un eunuco. No hay para mi lugar en el hogar de la familia. No tengo lugar al sol de la civilización. Soy juguete de la fatalidad”.

En 1969, el sacerdote jesuita Salvador Freixedo escribió su aclamado libro “Mi Iglesia Duerme”, en el cual expuso su perspectiva de la situación de la Iglesia Católica Romana tras el Concilio Vaticano II. El Padre Freixedo, en su libro que aún sigue vigente señala: “No solo nuestra Iglesia sigue dormida, sino que estimo que está en estado comatoso. La jerarquía de nuestra Iglesia tiene un enorme problema con los feligreses que expresan desacuerdos con la “enseñanzas de la Iglesia”. Cualquier obispo, sacerdote o laico que exprese opiniones diferentes o sugiera cambios para llevar el mensaje de Cristo, es automáticamente sancionado o expulsado de la Iglesia o de su ministerio.

La esencia del problema es que Roma ha dogmatizado las reglas y tradiciones que ellos mismos han creado a través de veinte siglos. A manera de ejemplo, se nos enseña sobre la inefabilidad del Papa como si eso viniera directo de Cristo. La infalibilidad del Papa fue determinada y aprobada en el primer Concilio Vaticano a fines del siglo XIX. Eso fue apenas un poco más de un siglo atrás.  Otro tema picante es el celibato sacerdotal. Durante los primeros 300 años de cristiandad, los sacerdotes se casaban. La regla (no es un dogma) se cambió en el siglo IV. ¿Por qué no se puede volver a cambiar para atender la grave escasez de sacerdotes? La Iglesia es una institución gobernada por hombres, por seres humanos, y por lo tanto es falible, y sus gobernantes cometen errores constantemente. Eso es sumamente claro en la propia historia de la Iglesia.

De igual manera Monseñor Pedro Arrupe, el prepósito de la Compañía de Jesús, hacía lo propio señalando las irregularidades notorias de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Durante los último años, nuestra sociedad, y muy particularmente los países latinoamericanos, han sufriendo una decadencia de valores éticos y morales. El ámbito público y el privado y también el religioso, se han visto invadidos por este problema que radica en la manera como la gente es educada. Intentemos dar una definición del término: “Es la acción o efecto de corromper, (depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar)

La corrupción es la práctica que consiste en hacer abuso de poder, de funciones o de medios para sacar un provecho económico o de otra índole. Recuerdo, a quien ejerció la superintendencia de un Distrito, y su dicho era: “Usted es itinerante, y así lo señala la disciplina, así que usted tiene que obedecer a su nombramiento, o no le doy nombramiento”; y además, era muy afecto a hacer cartas de extrañamiento por todo, y ahora nos enteramos que ni siquiera hizo entrega correcta de la oficina y sus archivos. “cosas veredes mío Cid”.

El termino corrupción, proviene del vocablo latino “corrumpere” que quiere decir “echar a perder”; en el ámbito bíblico se usa en el sentido de “corrompido, corrupto”. O también del latín Corruptio, Corruptionis, del prefijo de intensidad com- y rumpere romper. Se define como cambiar la naturaleza de una cosa, volviéndola degrada o mala. Es además, una decadencia de valores éticos y morales. La corrupción puede ser: Política, Empresarial, Policial, Tributaria, Sexual, Lingüística, de los materiales, o dentro de la cosmovisión religiosa, etc. etc.

La corrupción en el ámbito ético, la vemos y la sentimos cuando los profesionales, llámense abogados, arquitectos, ingenieros, profesores, rectores, médicos, sacerdotes, pastores, que generalmente eligen su profesión, no buscando el bien de la humanidad, sino que solo buscan desde el punto de vista económico, y en el caso del sacerdocio –pastorado-, volverse burócratas de la fe.

Veamos algunas de las múltiples formas que se pueden considerar corruptas:

  • Aceptación de dinero o regalos por el otorgamiento o adjudicación de un contrato.
  • Distracción de recursos públicos o de la iglesia para uso privado.
  • Distracción de recursos para fines político-electorales
  • Nepotismo (dar preferencia a familiares o amigos para trabajos públicos)
  • Mantenimiento de privilegios e incentivos que favorecen a determinadas personas.
  • No respetar lo señalado por la Disciplina en los protocolos de entrega recepción entre superintendentes y pastores.
  • No diezmar administradores y pastores e iglesias que no cumplen con sus obligaciones financieras.
  • Iglesias con feligresía dividida y peleando por bienes que corresponden a la Iglesia Metodista.
  • El mantenimiento de carteras vencidas, con dificultad para su cobro en nuestras instituciones
  • Deserción de miembros y hacer como que no nos damos cuenta. (ya vendrán otros)
  • Carecer de una estadística confiable. Los libros de registro en muchas iglesias son letra muerta
  • El no exigir el cumplimiento de los requisitos exigidos por la Disciplina, en bautismos, bodas, XV años y demás ceremonias.

Veamos ahora, algunas de las causas por las que se da la corrupción:

  • Excesivo poder discrecional, o falta notoria de autoridad
  • Salarios bajos que no compiten con el sector privado, y que no suplen las necesidades básicas
  • Baja responsabilidad
  • Poca transparencia en el manejo de los recursos o dispendios innecesarios.
  • Falta de información
  • Poca educación
  • Principios éticos poco desarrollados y divulgados.

Por supuesto, que la corrupción tiene un impacto negativo, pues causa problemas de gobernabilidad.

  • Afecta los índices de desarrollo.
  • Hay pérdida de la credibilidad.
  • Reduce la efectividad de los planes y programas de trabajo.
  • Reduce la eficiencia de la inversión en actividades productivas.
  • Propicia la violación de la Disciplina, y el actuar conforme a criterios propios.
  • Agrava la inequidad en la distribución del ingreso y la riqueza.
  • Incrementa ilegítimamente el incremento de burocracia, sobre cargando la estructura.
  • Reduce la eficiencia en el pastorado.
  • Erosiona la moral civil.

Medidas contra la corrupción:

  • Fortalecimiento de la educación desde el seminario.
  • Mejoramiento del poder judicial y de la administración de justicia.
  • Desarrollo de una prensa libre y justa.
  • El fortalecimiento de instituciones de auditoría independiente.
  • Garantía de transparencia en el manejo de los fondos financieros.
  • Elaboración de un código de conducta para todos los responsables de las áreas.

Visto lo anterior, el futuro no luce brillante para la Iglesia, Las circunstancias presentes no permiten ningún movimiento reformista. Los congregantes no pueden pensar y tomar sus propias decisiones; los que conocen de diversos hechos que se suceden, guardan un silencio cómplice. Las instancias que deben tomar cartas en el asunto, se han visto rebasadas… en fin, estamos en la iglesia en donde: “aquí no pasa nada”.

Por lo tanto, me permito hacer las siguientes propuestas.

1.- Una revisión exhaustiva de la llamada “OBRA METODISTA”, y mediante previo estudio socioeconómico de cada iglesia, adecuarla a su capacidad real de pago.

2.- Adelgazar la estructura burocrática de nuestra iglesia, suprimiendo los funcionarios distritales, y utilizando sólo los conferenciales y los de la iglesia local.

3.- Un análisis sociológico y de derechos humanos, para adecuar los parámetros utilizados en los nombramientos pastorales, adecuando estos a los procesos educativo-académicos de los hijos del pastor.

Con mi afecto y respeto

Pastor Alaniz

abner

BIBLIOGRAFÍA:

 

Un comentario sobre “La corrupción

  1. Es de tenerse en cuenta para reflexión el tema que pone en la mesa el Pbro. Abner Alanís Rangel, y más aún la apertura de «El Evangelista Mexicano» para publicarlo. Y es que si en el ámbito social es difícil abordarlo, en el religioso todavía lo es más en razón del picor que ocasiona el confrontar lo espiritual, con lo eminentemente humano y sus consecuencias al interior de la Iglesia.

    Y se agradece además la publicación, pues es un tema que evidentemente tiene una relevancia absoluta para la vida de nuestra Iglesia. Dios permita que quiera abordarse sin máscaras ni cortapisas. Como debe de ser.

    Dice el pastor Alanís -y dice bien-, que la expresión «corrupción» pronunciada en el seno de su Conferencia Anual causó desde «indignación y escozor» en unos y hasta «coraje e impotencia» en otros, pasando por el clásico y prudente «escepticismo».

    Lamentablemente el problema es real y no sólo se circunscribe a la falta de transparencia y a la ausencia de información. Pongo por ejemplo la rendición de cuentas de las Conferencias y Distritos. En el caso de la que me corresponde, la CANCEN, siempre se pretende que los informes de tesorería se conozcan y se aprueben «hasta con felicitación» el mismo día, en sesiones de hora y media, con numeritos casi ilegibles en la pantalla o resúmenes escritos que poco o nada aportan en cuanto al registro y seguimiento de la conducción y transparencia del gasto; que además se entregan al momento y sin que se permita el análisis ni su detalle. Un «esto entró, y esto salió»…

    Eso en el caso conferencial; porque en el distrital no se aprueba el informe financiero, se otorga un plazo perentorio para subsanarlo… y al final sencillamente se diluye en la nada.

    Muy tristemente la CORRUPCIÓN da lugar a que se violente la Disciplina de manera flagrante por parte de las propias autoridades con tal de proteger amistades y/o intereses inconfesables; pero igual se enuncia en la impunidad que esto genera; en el daño moral -a veces irreversible- que se causa a la Iglesia y al testimonio cristiano; en la protección voluntaria y específica a actos que en nada tienen que ver con el Ministerio.

    Y estos actos casi siempre gozan de un común denominador: el ocultamiento de los hechos, la manipulación de la información, la protección descarada a favor de la parte infractora a pesar de las pruebas y evidencias… y la satanización de aquellos que con argumentos, decidieron afrontar disciplinariamente las faltas aunque las consecuencias sean exactamente lo contrario a lo que la verdad legal y moral exigen. El resultado es ignominoso: el afrontar los hechos con valentía termina por confrontar la ética y el bien con los actos de la propia autoridad.

    Y en ello, hay que decirlo, se prestan laicos y pastores por igual. Todo vale con tal de crear ese estado de cosas que sólo protege a ultranza a unos pocos y desdeña a los más. Y cuando eso sucede, la legitimidad de la norma se bombardea con la falacia de la negación hasta descomponerse en una verdadera y real arbitrariedad.

    La corrupción comienza desde lo mental: cuando se le induce al pueblo a callarse por un supuesto mandato divino o por «el bien de la Iglesia»; porque «dice la Biblia que no se puede señalar al siervo de…»; porque afecta «al entramado de interés tal»… y escala hasta hacer de la Disciplina un libro sin asideros morales ni beneficios de nada.

    ¡Ah, pero eso sí! Cuando se trata de denunciar lo de enfrente, lo de otros… (sean denominaciones o al mismo gobierno secular), los señores obispos hasta emiten comunicados colegiados llamando al cumplimiento de la ley… Pero ¡qué tal que se callan ante lo que pasa adentro, contribuyendo con su silencio al estigma de quién se atrevió a nadar contracorriente pidiendo justicia! Sólo son capaces de repetir hasta el cansancio una cantaleta espiritualoide y luego dan carpetazos flagrantes a los temas, escondidos en su falsa prudencia.

    Y después nos quejamos de la ausencia de credibilidad. Pero ¿cómo creerle a una autoridad que se violenta y se miente a sí misma al manosear ex profeso y con plena conciencia los principios morales, religiosos y disciplinarios que la sustentan? ¿Cómo puede, por ejemplo, un Superintendente quebrantar la norma, dejar huella legal incontrovertible de ello -hasta con fe notarial- (créaseme: se dan casos por increíble que parezca)… y luego con total cinismo pretender que se le reconozca «su autoridad» fundándose precisamente en el libro disciplinario que él mismo desdeñó?

    El resultado es de no creerse, y menos dentro de la Iglesia. Y el siguiente es un ejemplo muy, muy real:

    Un pastor desvió (por no decir «robó») el equivalente a 4 mil y fracción de dólares provenientes de la única fuente de ingresos de una pequeña Congregación: los diezmos y las ofrendas consagrados a Dios. Se realizó una reunión de conciliación con la presencia de sendos representantes del Gabinete Conferencial en la que se pusieron a su vista todos los elementos contables del caso, teniendo como resultado que el susodicho pidiera «perdón a Dios, a la Iglesia y a sus hermanos» ante lo que él catalogó como una «lamentable negligencia», aceptando su responsabilidad y acordando en devolver «hasta el último centavo» usado por él en beneficio personal y en el menor tiempo posible. Además admite ante sus autoridades superiores el «daño moral ocasionado a la Iglesia» y el obispo, con su firma, da cuenta de ello.

    Una vez levantado de la mesa, guarda silencio y luego decide negarse al pago. Comienza el procedimiento eclesiástico y su defensa la basa en un argumento falaz: «pobrecito de mí, que soy un perseguido». Comienza el encubrimiento de las autoridades: proliferan las expresiones de rabia y castigo contra quienes se atrevieron a la denuncia; incluso, se inventan pruebas. El Tribunal Eclesiástico violenta la Disciplina emitiendo sentencia sin desahogar los periodos probatorios y de alegatos, y tales violaciones son reconocidas ante un Notario Público por parte del presidente de esa Comisión. En el procedimiento de Apelación vuelve a quebrantarse la norma: el Tribunal nacional primero emite una resolución confirmando el dictamen conferencial que hacía al pastor responsable de devolver una determinada cantidad de dinero a la Congregación agraviada, y el restante, a las tesorerías conferencial y distrital a las que también conculcó.

    Pero en cuando los miembros del Tribunal de Apelaciones se dan cuenta de que con la confirmación de la sentencia lo que realmente hicieron era evidenciar aún más a su consiervo y amigo… pues simplemente ¡se inventaron otra resolución 60 días después de la primera pero ahora en términos contrarios!: revocaron ahora la sentencia y, más allá de lo que la Disciplina permite, se dieron el lujo de juzgar ellos mismos el caso (siendo que sólo les era dable «confirmar» o «revocar» la sentencia de primera instancia), decretando pomposamente y a modo la «exoneración» del pastor… aunque eso sí, pidiéndole que «por favor devolviera» a la Congregación a la que afectó, aunque fuera un poquito de lo que se llevó.

    Increíble pero cierto: un sujeto exonerado -es decir: libre de culpa, cargas, obligación y compromiso-, y al que deben «ofrecerse disculpas»… al que también se le pide ¡qué devuelva una determinada cantidad de dinero en favor de la parte agraviada! En verdad, que este asunto no es para dar risa; sino para llorar.

    Pasa más de un año. La Congregación no obtiene legítima justicia ni tampoco recupera lo sustraído; la Disciplina se violenta una, otra y otra vez en un círculo vicioso sin que exista autoridad con arrestos éticos que detenga tal improperio; al «pastor al que se exonera» aunque sea devolviendo «un poquito» de lo que sustrajo, se le repone en su encargo y además se le designa ¡titular del área de Testimonio Cristiano de su Distrito!; a la autoridad eclesiástica que aceptó ante fe notarial que violentó la Disciplina de la Iglesia por ser la única manera que tenía para salvar a su consiervo, se le elige Superintendente… Y los agraviados acusados de pendencieros por haber realizado la denuncia y «no saber perdonar», según lo expresado por algún señor obispo.

    Gracias a Dios que ante tamaña inmoralidad, queda la dignidad que otorga la Verdad Moral y Disciplinaria. Y ahora resulta que algunas autoridades no les queda más que agachar ignominosamente la cabeza sin poder levantar la mirada…

    Esto es un ejemplo detallado. Y es evidente que ya va siendo hora de que la Autoridad deje de ser ciega y sorda y verdaderamente se arrepienta de colar el mosquito y de tragarse el camello. Un primer y único paso para recuperar la dignidad de la Iglesia que ellos mismos mancillan, es el de realizar un acto de congruencia y renunciar a sus encargos previó reconocimiento de sus malos actos.

    Pero al igual que en la política secular…eso sólo sucede en los cuentos de los hermanos Grimm.

    Por ello y sólo por ello, para no ser címbalos que suenan sin sentido; para hacer y no solamente decir; para llamar a la reconciliación, restauración y santidad, es que estos temas deben tratarse con verdad y sin miedo.

    Que Dios nos ayude.

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