3, 2, 1… ¡despegue!
Reflexiones sobre la Conferencia Mundial Metodista
La XXI Conferencia Mundial Metodista se celebró del 31 de agosto al 3 de septiembre del 2016 en Houston, Texas (EUA). Agradezco infinitamente al Colegio de Obispos de nuestra Iglesia la oportunidad de asistir al International Methodist Young Leaders Seminar (IMYLS) y a la Conferencia Mundial Metodista.
En Houston está el Johnson Space Center de la NASA, así que la referencia al final de la predicación en el culto de clausura era inevitable: ¡Houston, tenemos un despegue! (We have a liftoff!). La Iglesia Metodista a lo largo del mundo, nuestro cohete espacial, se dirige hacia nuevos tiempos y nuevas formas de ser iglesia. Así como hace décadas el viaje del Apollo 11 transformó a la humanidad, ahora la Iglesia está llamada a caminar y anunciar el evangelio a sociedades globales, diversas, amenazadas por grandes desafíos locales –y globales, como el problema ecológico-, discursos totalitarios y la aparición de “viejas” amenazas como el racismo, los nacionalismos excluyentes, entre otros.
¿Qué significa ser Iglesia en este tiempo y cómo se puede servir a la humanidad? Las respuestas de la Conferencia Mundial Metodista fueron tres. Primero, recordar que somos Uno. Un Dios, una fe, un pueblo y una misión. De ahí el título de esta Conferencia: One. Segundo, asumir el reto de responder a los problemas que hoy surgen, conscientes de que la Iglesia deberá encontrar nuevas formas de hablar, organizarse y funcionar. Tercero, saber que, en medio de la flexibilidad y cambios de nuestro tiempo, debemos mantener (y reinterpretar) lo que nos ha sido heredado.
Las siguientes son pequeñas reflexiones sobre lo vivido en esta Conferencia. Sería imposible escribirlo todo. Esto ha sido lo que marcó con mayor fuerza mi mente y corazón.
John Wesley Bobblehead Una figura un poco diferente del padre espiritual de nuestra tradición: vestido de negro, delgado, con una Biblia en las manos, listo para predicar. También tiene una cabeza gigante que se mueve gracias a unos resortes interiores. Tiene una gran cabellera, mirada severa y el esbozo de una sonrisa. Hubo que adquirirlo, ya que Martín Lutero en su versión de Playmobil necesitaba un compañero.
Son simplezas, pero ¿qué nos dicen un John Wesley con cabeza desproporcionada y juguetona junto con un Lutero de sonrisa tierna? Tenerlos sobre el escritorio son un recordatorio de cómo la Iglesia necesita encontrar otras formas de ser, un lenguaje creativo para ser digna de su legado y, a su vez, tocar el corazón de una sociedad que ha cambiado más rápido que ella. Si las formas de predicar y organizarse no cambian, la Iglesia estará destinada a desaparecer. Peor aún, y en palabras de Wesley, estará destinada a ser intrascendente.
“No tengo temor de que el pueblo llamado metodista deje de existir alguna vez en Europa o en Norteamérica. Mi temor es que lleguen a permanecer como una secta muerta, como una forma de religión sin poder. Y tal será indudablemente el caso, a menos que se mantengan firmes en la doctrina, en el espíritu y en la disciplina con los cuales se iniciaron.” “Pensamientos sobre el metodismo”, en Justo González (ed.). Obras de Wesley, tomo V: Las primeras sociedades metodistas (Franklin: PHP, 1996), p. 379.
¿Cómo responder a una sociedad que se desenvuelve cada vez más en lo digital, mediante las redes sociales y la información online?, ¿cómo construir una comunidad cristiana en un mundo en que Facebook, Instagram o Snapchat han evolucionado la forma de relacionarse? Por otro lado, ¿cómo responder al permanente yugo provocado por el desempleo, la pobreza y violencia generalizada?, ¿cómo traer esperanza a una sociedad de horizontes cerrados, cansada por el ritmo vertiginoso de la vida, harta de la corrupción y, al mismo tiempo, adormecida?
John Wesley Bobblehead sigue teniendo una Biblia en sus manos. Martín Lutero Playmobil tiene su traducción del Nuevo Testamento en la mano derecha. Toda forma deberá cambiar para ser trascendentes al mundo, pero lo esencial seguirá en nuestras manos: ama a Dios, ama al prójimo.
Un predicador con barba chistosa y hombres con grandes cicatrices
“Justicia era tomar agua del mismo bebedero”. Una gran afirmación de un predicador afrodescendiente, con lentes rojos y barba chistosa. Contaba cómo en su infancia vivió la segregación racial en los Estados Unidos. Debía ir a un baño “para negros”, una escuela “para negros”, viajar en el camión sentado en los lugares “para negros”. Sólo en un lugar encontró igualdad –y no fue en la iglesia, que también tenía templos “para negros”-: el único bebedero del zoológico, en donde bebían niños “blancos” y “negros”. La historia de su pueblo lo obliga a hablar a favor de la inclusión sin límites. La inclusión como forma de amor: si amamos, ¿cómo podemos dejar fuera a alguien?
Había otros hombres. Africanos todos. Por curiosidad debía preguntar, pero por pena y respeto no lo hice. Tenían grandes cicatrices en sus rostros. Las luchas tribales en el África han cobrado millones de víctimas, desplazados y personas marcadas por sus enemigos. Han experimentado terribles luchas internas, décadas de colonización, explotación y esclavitud, el hambre, la más profunda pobreza y el surgimiento de enfermedades hasta hoy incurables (como el ébola). Su historia les obliga a mantener una actitud de perdón, solidaridad con el marginado e inclusión.
Lo que está en cuestión es el amor. No hay otra base para la fe y para la Iglesia: Dios nos ama, amamos a Dios, amamos al prójimo. Sin el amor todo se pierde. Siendo así, desde el amor se construirá el cambio en la Iglesia. No hay otro camino. Si la Iglesia ha de ser relevante en este siglo será a partir de la inclusión, de mantener las puertas abiertas a todas y todos, de considerar las necesidades y elecciones de quien está a su alrededor.
El predicador de barba chistosa (Rudy Rasmus, ¡consigan sus libros!) concluyó con lo siguiente: “Amar es permitir a las personas que sean quienes han elegido por sí mismas sin ninguna insistencia a que se ajusten a tus expectativas”. Tan egoísta es amar sólo a quienes piensan y sienten como yo; tan violento es querer que todos y todas se ajusten a nuestra forma de ser para poderlos tener cerca. Como Iglesia es común querer ajustar a las personas a nuestras expectativas, basados en versículos, costumbres y algunos chismes. Jesús no lo hizo así. Tenemos algunos brillantes argumentos como “amamos al pecador, no al pecado”, el cual es un mero pretexto para decir “no te acepto”. Sin embargo, el primer pecado es no amar, porque eso nos separa del prójimo y de Dios, quien es amor.
Pero no hablo solamente de incluir a la comunidad LGBTI. Hay muchos otros y otras que siguen invisibles. ¿Acaso nos preocupamos por los invidentes? No tenemos ejemplares de la Biblia en braille sobre las mesas de bienvenida. Al predicar, ¿pensamos en los sordomudos? Tal vez exista alguna excepción, pero no tenemos gente que esté aprendiendo el lenguaje de señas. Ni siquiera tenemos rampas, baños adecuados, pisos seguros y muchas cosas necesarias para quienes requieren silla de ruedas o andadera.
Una Iglesia diversa: es el resultado del amor.
Una charla con Michael Waters y un poco de hip-hop
Michael Waters presentó su nuevo libro: Freestyle. Reflections on faith, family, justice and pop culture. Página 48: “todo sufrimiento humano merece tener un testigo.” ¿Quién es Michael Waters? Es un pastor de la African Methodist Episcopal Church que trabaja en Dallas, tiene un doctorado en Teología, es conferencista y bloguero en el Huffington Post. También es activista social y luchador en pro de los derechos humanos y alguien que ha estado en las manifestaciones en contra de la brutalidad policiaca de los últimos meses.
Su charla y libro son inspiradores. Es heredero de las grandes luchas de Martin Luther King y muchos otros que caminaron (fueron golpeados, encarcelados y muertos) en defensa de los humillados, excluidos y débiles. Quien sufre no puede estar solo: necesita quien camine a su lado, le demuestre que Dios le acompaña; necesita palabra de aliento y apoyo de su hermandad. Así como la Iglesia necesita ser flexible en su organización y trabajo, hay algo que debe permanecer firme: la obligación de estar con quienes sufren. Podemos diferir en opiniones, es probable que no concordemos en puntos doctrinales, podemos imaginar nuevas formas de comunicar el mensaje de Cristo, pero una cosa es firme y no negociable: la Iglesia traiciona su esencia cuando olvida a los excluidos, a los pobres, a los marginados y a los que sufren. La teología latinoamericana nos ha legado esa preocupación. Jon Sobrino tituló así uno de sus libros: fuera de los pobres no hay salvación.
Jon Sobrino. Fuera de los pobres no hay salvación: pequeños ensayos utópicos-proféticos (Madrid: Trotta, 2007).
Waters terminó su charla y presentó a dos jóvenes –ex convictos- para participar. También había un DJ. Inició la mezcla. Los dos jóvenes de pantalones flojos, playeras grandes y buen ritmo empezaron a bailar e improvisar. Un ejemplo más de esa flexibilidad que necesita la Iglesia. Su hip-hop está dedicado a alcanzar a grupos de jóvenes que han crecido bajo esa cultura. El grafiti, el rap, las mezclas del DJ, el hip-hop: lenguaje para una generación que necesita escuchar que hay esperanza.
En el contexto de nuestra Iglesia, ¿quiénes son los pobres, excluidos y marginados? Aunque hay respuestas que pueden ser generales, esa pregunta debe ser contestada desde lo local. Si el amor es la base de la Iglesia, acompañar y solidarizarse con los que sufren es su prioridad de trabajo. Es tiempo de que la Iglesia deje de servirse a sí misma. Los programas de educación, de liderazgo y muchas cosas similares son importantes, pero no prioritarios en medio de una sociedad que se convulsiona. La mayoría de veces los que sufren son invisibles: no están en nuestras bancas y tampoco los reconocemos afuera. Invisibles para la sociedad y para la Iglesia.
¿Quiénes son los que sufren hoy?, ¿cómo los podemos acompañar?, ¿quiénes permanecen invisibles a la Iglesia?, ¿seremos capaces de dejar de servirnos para ser solidarios con los que están afuera?
Una espiritualidad subversiva
No éramos muchos en el taller. Tal vez el título fue el culpable: “La espiritualidad de los padres y madres del desierto”. Hombres y mujeres que intentaron renovar la espiritualidad en tiempo de incertidumbre para la Iglesia. Vivieron en soledad, luchaban por contener su carácter y vencer las tentaciones que los alejaban de Dios. Impulsaron la oración, el ayuno y el servicio a los más pobres.
De entre todas las cosas interesantes que el Dr. James Kang Hoon Lee subrayó, una quedó bien grabada en mi mente: los padres y madres del desierto consideraban que el mayor de los pecados es el orgullo. Este pecado es el culto a sí mismo, el origen de la intolerancia, la exclusión, de los totalitarismos, de la lejanía respecto a Dios y al prójimo. El orgulloso sólo se considera a sí mismo: tiene la verdad. No necesita escuchar a nadie porque todo lo sabe. No cambia: es pleno según su percepción.
Hoy, como desde hace siglos sucede, somos orgullosos. Nuestra espiritualidad es orgullosa. Los padres y las madres del desierto fueron rebeldes. Su espiritualidad no fue sometida por su tiempo. No negaron el valor de la Iglesia y tampoco renegaron de la fe: la subvirtieron para crear nuevos caminos en la espiritualidad. Querían inspirar a la Iglesia para que volvieran las antiguas virtudes cristianas: fervor devocional, servicio sin límites, contención del carácter, voz profética, relación con Dios.
Vivimos una época similar a la suya (y a la de Lutero o Wesley), en donde somos “bisagra” entre épocas. Entramos a un nuevo tiempo del que desconocemos cómo será su desarrollo, aunque podemos sospechar desde ahora algunos de los retos que enfrentará. Los padres y madres del desierto fueron sensibles a la necesidad de ser creativos para desarrollar la vocación cristiana. El orgullo institucional –el cual dice que todos tenemos nuestra posición y se ensalza la organización por sobre la misión- impide que seamos flexibles y creativos, aun cuando nuestra época nos exige serlo para ser relevantes a la sociedad.
El orgullo: el mayor de los pecados de una institución.
Love train
La Obispa Vashti Murphy McKenzie, primera mujer en ser electa para el cargo episcopal y presidenta del Concilio de Obispos de la African Methodist Episcopal Church, predicó haciendo honor a lo que aparece en su reseña biográfica: una “predicadora electrizante”. Habló del amor, de la inclusión, de la Iglesia que necesita cambiar y ser creativa. Tan creativa, atrevida y comprometida como los hombres que removieron el techo de una casa para acercar a un paralítico a donde estaba Jesús.
Habló de una manera que nunca había escuchado. No sólo fueron las palabras, sino la convicción de que el Espíritu estaba ahí, en la multitud de personas de diferentes naciones e idiomas reunidas en un mismo sentir. La Obispa predicó como profeta, con fiereza y pasión; con autoridad, exigiendo de parte de Dios que algo pase en su Iglesia. Tenía treinta minutos para hablar, pero se extendió sin perder la atención de los congregados ni un minuto (al menos no perdió mi atención ni por un segundo).
Al llegar la conclusión del sermón empezó a cantar palabras apropiadas para resumir la visión de la Iglesia. No era un himno. Era el estribillo de una famosa canción de los O’Jays.
People all over the world
Join hands
Start a love train, love train.
Así terminaba: con buena música disco y palabras –también proféticas- de una canción que no se escucha en los templos. “Personas de todo el mundo: unan sus manos; inicien un tren del amor”. Una traducción “cercana”. Ese momento fue una fiesta. El grupo de alabanza se unió, la Obispa cantó, todos y todas cantamos unidos de las manos, todos y todas bailamos, dimos gracias a Dios por la vida, reafirmamos la esperanza de que el mundo puede hermanarse, alabamos al Dios del tren del amor, reímos, tomamos selfies y muchas fotos. No sé cuánto tiempo pasó, pero la música disco invadió el salón y las palabras escuchadas en el sermón y las cantadas se quedaron en el corazón.
Fue un momento de corazones ardientes, donde el Espíritu nos envolvió en la danza, la alegría, la risa, el canto, la hermandad y la esperanza. Tanto nos falta eso en nuestras congregaciones y en la Iglesia. Tanto nos falta la esperanza, el sabernos un solo pueblo, con una sola fe, una misma misión y un mismo Dios. Tanto nos falta la risa ante la seriedad de nuestros planes y nuestra organización. Tanto nos falta el canto y la danza en la frialdad de la vida rutinaria de todos los días –y de todos los domingos-. Tanto nos falta un corazón nuevo y una mente creativa para saber vivir, hablar, consolar y animar en estos tiempos de cambio. Tanto nos falta ser profetas.
¿Qué haremos ahora como Iglesia? Algo ya no funciona, no porque esté “mal”, sino porque el tiempo está cambiando y exige que seamos creativos, flexibles y nada orgullosos. Cada año que pasa corremos el riesgo de ser irrelevantes, incluso nocivos para la sociedad. En el orgullo y pesimismo parece más fácil aceptar que desapareceremos como organización, antes de aceptar que debemos transformarnos. Yo mismo he estudiado desde hace tiempo cómo nos queda poco más de una década antes de dejar de ser la Iglesia que conocemos. Pero eso era antes y, quienes lo hemos afirmado, debemos mirar el sol de esperanza por encima de los horizontes cerrados por las nubes.
En la Conferencia Mundial Metodista se dijo algo que llena de esperanza y compromiso: muchos dicen que la Iglesia desaparecerá, pero nosotros decimos que apenas inicia su tiempo. En verdad la Iglesia debe transformarse y quienes la vivimos requerimos ser creativos e imaginar nuevos caminos para cumplir nuestra misión. No será la doctrina la que salve a la Iglesia, tampoco su organización, mucho menos vanas discusiones sobre las formas de celebrar el culto o la alabanza. No será el exacto cumplimiento de los planes, metas y objetivos, ni la numeralia de las estadísticas. Lo que salvará a la Iglesia y la transformará será el amor. Amor por quienes están en las bancas de los templos y amor por nuestro mundo, quienes necesitan de hombres y mujeres que hayan sentido arder su corazón, que se duelan por el sufrimiento y se comprometan sin límites con la posibilidad de una realidad diferente para la Creación.
Tener tantas preguntas sin respuesta puede provocar miedo. ¿Qué haremos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué debemos cambiar?, ¿cómo cambiar?, ¿cómo realizar nuestra misión?, ¿qué nos exige el tiempo que vivimos? Demasiadas preguntas y la mayoría sin respuesta. Sin embargo, podemos afirmar que las preguntas son bendición y no amenazas. Son bendición porque abren el horizonte hacia lo nuevo y rompen con el encierro del orgullo y la cómoda estabilidad. Ahí donde hay preguntas hay posibilidad de nueva vida.
El tiempo de la Iglesia apenas comienza. Sólo nos queda esforzarnos y ser valientes, imaginar y ser creativos, atrevernos e innovar, solidarizarnos y consolar, aprender a bailar en medio de las circunstancias y reír con la Vida, llorar con el que llora, sostener al débil y cansado. Pero sobre todo, amar. Tenemos que aprender a amar. Tenemos que arriesgarnos a amar sin límites. Tenemos que aventurarnos a cambiarlo todo por amor al prójimo y a nuestra misión.
Leonel Iván Jiménez Jiménez
Presbítero itinerante de la Conferencia Anual de México
Iglesia Metodista de México.
