Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo el segundo capítulo, El Día en Común, donde el noveno y último subcapítulo es La oración de la noche.
- El Día en Común
Al amanecer, con alabanza;
Con plegarias al atardecer,
Nuestra pobre voz, Señor,
Te glorifica eternamente.
(LUTERO, según Ambrosio)
La oración de la noche
La jornada de trabajo toca a su fin. Si ha sido dura y llena de dificultades, el cristiano podrá comprender lo que quería decir Paúl Gerhardt en una de sus canciones:
La tarea, al fin, ha terminado
y todo nuestro ser se regocija.
Pronto serás liberado
de las miserias de la tierra
y de su pesado trabajo.
Un día es suficientemente largo para poner a prueba nuestra fe; el día de mañana tendrá sus propias tribulaciones.
La comunidad doméstica se reúne una vez más para la cena y la última plegaria. «Señor, quédate con nosotros, porque la tarde está cayendo y anochece» (Le 24, 29). Es bueno que la plegaria de la noche sea el último acto del día, antes del descanso nocturno. En estos momentos la comunidad percibe con mayor claridad la verdadera luz de la palabra divina. La oración de los salmos, la lectura bíblica, el canto y la oración común cierran la jornada, del mismo modo que la habían abierto.
Nos queda todavía añadir algunas palabras sobre la oración de la noche, a la que conviene de un modo especial la intercesión. Después de la jornada de trabajo, imploramos de Dios su bendición, su paz y su protección sobre toda la cristiandad, sobre nuestra comunidad, sobre nuestros vecinos, pastores, solitarios, enfermos, moribundos, sobre nuestra familia. ¿No es el momento en que, apartados del trabajo y abandonados en las manos de Dios, podemos vislumbrar con mayor profundidad el poder y la providencia de Dios? ¿No es cuando, terminada nuestra tarea, estamos más dispuestos a implorar de Dios su bendición, su paz y su protección? Cuando nos rinde la fatiga, Dios continúa actuando. «El que guarda a Israel, ni duerme ni reposa».
La oración de la noche de la comunidad doméstica es también el momento en que pedimos perdón por todo el mal que hemos hecho a Dios y a nuestros hermanos; pedimos para que Dios nos perdone, para que nos perdonen nuestros hermanos y para que nosotros mismos podamos perdonar de corazón todo el mal que nos hayan hecho. Es costumbre antigua de los monasterios que en la última oración de la noche el prior y los monjes se pidan mutuamente perdón de todas sus faltas y negligencias, y se den por turno una palabra de perdón. «Que no se ponga el sol sobre vuestro enojo» (Ef 4,26). Es decisivo para la comunidad cristiana saldar cada noche las diferencias que hayan podido surgir durante la jornada. Es peligroso para el cristiano acostarse con el corazón sin reconciliar. Por eso es bueno que la oración de la noche incluya una petición especial por el perdón mutuo, para lograr así la reconciliación de los creyentes y la renovación de su comunión fraterna.
Finalmente, nos llama la atención que en todas las antiguas oraciones nocturnas tropecemos con tanta frecuencia con la súplica de que durante la noche Dios preserve a los creyentes del diablo, de sus terrores y de la desgracia de una muerte repentina. Nuestros antepasados sabían todavía del desfallecimiento del hombre durante el sueño, del parentesco del sueño con la muerte, de la astucia del diablo empeñado en hacer caer al hombre cuando no tiene defensa. Por esta razón piden el auxilio de los ángeles y la presencia de los poderes celestiales para evitar la seducción de Satanás.
Sin embargo, de todas las peticiones de la Iglesia primitiva, la más singular y profunda es la que ruega a Dios que mantenga nuestro corazón despierto mientras
nuestros ojos duermen. Ruega a Dios que habite con nosotros y en nosotros, aun cuando no sintamos ni nos demos cuenta de nada; que mantenga puro nuestro corazón de todos los pesares y tentaciones de la noche; que lo prepare para escuchar su llamada en todo momento, y para que podamos responder, durante la noche, como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (l Sam 3, 10). También durante el sueño estamos en las manos de Dios o bajo el poder del maligno. También durante el sueño podemos ser objeto de los milagros de Dios o de los estragos del demonio. Por eso rogamos de noche:
Aunque nuestros ojos duerman,
mantén despiertos nuestros corazones.
Que tu diestra, oh Dios, nos proteja
y nos libre del maligno (Lutero).
Nuestra jornada desde la mañana a la noche está bajo la palabra del salmista: «Tuyo es el día, tuya es la noche» (Sal 74, 16).

