Vida en Comunidad

vida en comunVIDA EN COMUNIDAD
(Parte 18)

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo parte del tercer capítulo, El Día en Soledad, donde el séptimo y último subcapítulo es Presencia de la comunidad cristiana.   

  1. El día en soledad

Presencia de la comunidad cristiana

La reflexión bíblica, la oración y la intercesión son el culto que debemos a Dios y donde él nos comunica su gracia. Por eso debemos acostumbrarnos a señalar cada día una hora determinada para este ejercicio, lo mismo que para cualquier otra obligación. No se trata de «legalismo», sino de disciplina y fidelidad. Para la mayoría, la primera hora de la mañana será la más adecuada. Tenemos derecho a exigir de los demás que nos concedan el tiempo y la tranquilidad necesarios para ello, pese a todas las dificultades externas. Para el pastor es un deber indispensable del que dependerá toda su actuación ministerial. ¿Cómo podremos ser fieles en las cosas importantes, si no hemos aprendido a serlo en estas de todos los días?

Son numerosas las horas que, cada día, el cristiano pasa solo en un ambiente no-cristiano. Así es puesto a prueba. En estas horas de prueba se pone de manifiesto el valor de la meditación, el valor de la comunidad cristiana. ¿Ha servido la comunidad para hacer al individuo libre, fuerte y adulto, o lo ha convertido en un ser débil y timorato? ¿Lo ha enseñado a caminar solo, o lo ha convertido en un ser atormentado y vacilante? Este es uno de los problemas más serios que debe plantearse toda comunidad cristiana. Ahí se demostrará si la meditación personal ha conducido al cristiano a un mundo irreal del que se despierta con sobresaltos cuando debe afrontar las exigencias prosaicas de su trabajo, o si le ha conducido al mundo verdadero de Dios, que le permite afrontar, purificado y fortalecido, los trabajos de la jornada. ¿No ha sido más que una embriaguez espiritual pasajera que se esfuma al contacto con las duras tareas de la jornada, o ha hecho arraigar la palabra de Dios en el corazón del creyente tan profundamente que lo sostiene y fortalece durante todo el día, dando verdadera eficacia a su trabajo, a su obediencia y a su amor? Los acontecimientos del día lo dirán.

¿Es para mí una realidad y una ayuda la presencia invisible de la comunidad cristiana? ¿Me sostienen los ruegos de los demás creyentes? ¿Siento cerca de mí la palabra de Dios como un consuelo y una fuerza?

¿O aprovecho la soledad para olvidar la comunidad, la palabra y la oración? El cristiano debe saber que todo lo que haga durante las horas que está solo influye en la vida de la comunidad. En su soledad puede desgarrarla y mancillarla, o fortalecerla y santificarla. Toda autodisciplina del cristiano es un servicio que presta a la comunidad. Y, por otro lado, no existe pecado -por personal y secreto que sea- de pensamiento, palabra y obra, que no dañe a la comunidad. Un germen infeccioso penetra en el organismo, no se sabe de dónde procede ni en qué miembro está escondido, sin embargo todo el cuerpo está contaminado. De esta manera, por ser miembros de un solo cuerpo somos para él -no sólo cuando lo deseamos, sino siempre- instrumento de santidad o de perdición. Esta afirmación no es mera teoría; se apoya sobre una realidad espiritual que puede comprobarse perfectamente en los momentos de turbación o de alegría, en la vida de la comunidad cristiana.

El que, después de la jornada de trabajo, regresa a la comunidad trae consigo la bendición que ha recibido en los momentos que ha pasado solo, pero, al mismo tiempo, recibe la bendición que procede de la comunidad. Dichoso aquel que es capaz de estar solo gracias a la fuerza que recibe de la comunidad, y dichoso el que es capaz de mantener la unión con la comunidad por la fuerza de la soledad. Esta fuerza no es otra que la de la palabra de Dios dirigida al individuo integrado en la comunidad.

Dietrich Bonhoeffer