HISTORIAS DE UNA HISTORIA

HISTORIAS DE UNA HISTORIA

EL SEMINARIO JUAN WESLEY

Con  motivo del 50 aniversario del Seminario Juan Wesley, y en ocasión del Día del Pastor, que se celebra en algunas conferencias anuales, publicamos este relato del exobispo Baltazar González Carrillo, donde narra su época como director de esa bendecida institución. El relato aparece en su página de Facebook «Historias de una Historia».  Por la extensión del escrito, será publicado en dos partes.

HISTORIA NÚMERO 51 (Primera parte)

Debo recordarles que fue el 28 de noviembre de 1965 cuando me gradué en el Seminario Evangélico Unido y mis dos últimos años como Seminarista había pastoreado una Iglesia. Ahora, estaba viviendo el primero de agosto de 1983 y llegaba a ocupar el cargo de Director del Seminario Juan Wesley. La verdad, no sabia como comenzar este nuevo ministerio. Ahí, frente a mí estaba el vetusto edificio con una larga historia: fue propiedad de la Iglesia Cristiana “Discípulos de Cristo”; ahí estaba su templo, sus oficinas, sus salones y adjunto el enorme gimnasio que incluía canchas de basquetbol y volibol. 

En 1914 dicha propiedad pasó a ser de la Iglesia Metodista de México, quien lo ocupó como Centro Social junto con el gimnasio. Por ese Centro Social pasaron misioneras americanas muy queridas como Miss Helen M. Hodgson, Miss Dick y Miss Daphne Swarts; y ya en épocas más recientes, el Centro Social tuvo como Directora a la señorita María González Ramos y como colaboradoras a las misioneras Bárbara Phillips, Hazel Winterburn, Eda Borgfelt, Emma Ibarra y la señora Guerra.

Pasados los años la Iglesia Metodista cerró el Centro Social y lo rentó al Instituto Mexicano del Seguro Social “IMSS”, el cual instaló ahí una Clínica de Barrio, en tanto que el gimnasio fue rentado a la Universidad Regiomontana “UR”.

Debo recordar que el Seminario Evangélico Unido cerró sus puertas en 1970 y los pocos estudiantes que deseaban ser pastores, unos se fueron al Instituto Latino -cuyo Director era el hermano Ricardo Zepeda-, otros se inscribieron en el Instituto Evangelístico de México -que dirigía el respetado pastor Edelmiro J, Espinoza y sus hijos-, y otros más se fueron a estudiar a los seminarios en los Estados Unidos. Ante la falta de un Seminario nuestro – y lo más crítico, la falta de vocaciones- fue motivo de preocupación en nuestras iglesias del norte.

Fue el avivamiento espiritual de 1973 lo que motivó a la Conferencia Anual Fronteriza reunida en la iglesia El Divino Salvador de Nuevo Laredo, la que tomó el acuerdo de organizar, por lo pronto, un Instituto Bíblico. El templo “La Trinidad” de Monterrey sería el lugar adecuado para comenzar. El Presbítero Miguel Hernández Sánchez, pastor en dicha Iglesia, se convertiría en el primer Director conservando ambas responsabilidades; los pastores del área metropolitana así como profesionistas laicos integrarían la Facultad de Maestros… Hubo un momento muy emotivo al tomar este acuerdo cuando el Presbítero jubilado Esteban Sierra Villareal levantó un billete de cincuenta pesos y dijo: ”esta es mi ofrenda para comenzar este proyecto”. Así nació el Instituto Bíblico Juan Wesley.

Los años transcurrieron y el Instituto tenía cada vez más alumnos y alumnas provenientes de todo el norte del país. Vino a colaborar con el Instituto la misionera Miss Evelyn Keim como bibliotecaria, pero también albergando en su departamento a las primeras alumnas internas.

Por su rápido desarrollo en inscripciones, Biblioteca, Facultad de Maestros y Consejo de Administración, el Instituto fue elevado a la categoría de Seminario. Por la gracia de Dios, se cumplieron con los contratos de arrendamiento de los edificios de Isaac Garza y Carranza, que era la clínica del IMSS, y el Seminario Juan Wesley se trasladó a su nuevo local.

Creo que hay otras fuentes de la historia de nuestro Seminario y al hacer estos recuerdos me di cuenta de la magnitud y de la responsabilidad que ahora pesaban sobre mis hombros. En el mismo edificio estaban las oficinas del Obispo, del Superintendente del Distrito aparte, las oficinas del Director y del Decano de nuestro Seminario. 

Acudí a mi primer día de trabajo y en mi mente no tenía la idea de como comenzar… Los alumnos estaban de vacaciones y deberían llegar para la última semana de Agosto, fecha en la que se celebraba anualmente un retiro antes del inicio de clases a partir del dos de Septiembre. Tenía pues, menos de un mes para conocer al Consejo de Administración, a la Facultad de Maestros, al personal que laboraba en el Seminario como secretaria, cocinera y conserje.

En las oficinas trabajaban tres secretarias: la del Obispo, la del Superintendente y la del Director del Seminario. Un tanto desesperado, pero motivado porque tanto el Obispo como el Superintendente habían sido Directores del Seminario, me armé de valor y le pregunté a Susi Contreras por el Obispo, a quien deseaba consultar sobre mi cargo; y la respuesta de Susi fue que el Obispo andaba en un viaje por sur américa. Entré a la oficina del superintendente para plantearle mis dudas, pero el Superintendente me respondió tajantemente: “en esta oficina sólo se tratan asuntos de mi distrito” (dice un dicho: al buen entendedor, pocas palabras). Luego me dirigí al segundo piso en donde se ubicaba la oficina del profesor Florencio Guzmán, quien fungía como Decano del Seminario; mi intención era la misma: solicitar ayuda o algún consejo que me sirviera para asumir el cargo. Cuando entré a su oficina el profesor Guzmán estaba guardando libros en cajas de cartón y otras pertenencias; intrigado, pues, le pregunté: “¿Qué hace, maestro, ya se va?”; el profesor Guzmán muy serio me contestó: “Sí, señor director. He presentado mi formal renuncia al señor Obispo como Decano de este Seminario”. Le deseé lo mejor, me despedí y me fui a mi casa. 

La sala de la casa estaba completamente separada del resto de las habitaciones. Le pedí a Julia y a mis hijos que no me molestaran, me senté en la alfombra y comencé a llorar; mi llanto era de impotencia, de no saber cómo hacer las cosas; y lo peor de todo, no tener quién me auxiliara… 

No sé cuanto tiempo pasé en llanto, ruego y oración; pero recuerdo muy bien que de pronto, como si yo estuviera viendo una película o un video de aquella ocasión cuando el Dr. Ariel Zambrano, nuestro Decano en el Seminario Evangélico Unido, me invitó para ser su Secretario y en cuya oficina aprendí lo que es un Consejo de Administración, quiénes lo integran, cuándo se reúnen, qué agenda manejan, etc. Ahí aprendí qué es una Facultad de Maestros, qué clases impartían, qué títulos o grados ostentaban, etc. También aprendí a elaborar el kardex de cada alumno o alumna de qué carrera: pastorado, educación cristiana o misiones. Cada kardex contenía la carta de recomendación del pastor de cada alumno, la carta compromiso del pago de su colegiatura; si era de su familia, si era de la iglesia o si era becario de alguna institución; el kardex tenía también otros documentos personales como cartilla del servicio militar (varones) certificado de buena salud, certificado de secundaria o preparatoria y también un testimonio escrito sobre su llamado al ministerio. En ese mismo kardex yo iba incluyendo las calificaciones de cada materia cursada en los semestres de la carrera en que estaba inscrito.

Aprendí a elaborar las agendas para los Asuntos del Consejo de Administración y de la Facultad de Maestros. Por mi experiencia de haber sido dos años consecutivos Presidente de la Sociedad de Alumnos, tuve acceso a las sesiones del Consejo de Administración y de reuniones con algún otro petit comité, que siempre hay en la vida de una Institución como un Seminario.

Cuando terminé de ver en mi mente este video de mi vida, sentí que Dios mismo me lo había mostrado para recordarme y decirme que Él estaba conmigo y declarar, como el ápostol Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Me levanté y me fui de nuevo a mi oficina del Seminario y me puse a trabajar. En cuestión de minutos Dios me mostraba qué era lo primero, qué era lo segundo y qué era lo tercero que tenía yo que hacer.

Lo primero que Dios me mostró fue DETECTAR cuáles eran las prioridades del Seminario y descubrí las siguientes:

Número uno: no había suficiente alumnado en este año; es decir, sólo se iba a graduar un estudiante en el año 1983-1984.

Número dos: no había presupuesto para cubrir mis honorarios; todos los directores anteriores habían sido pastores de una iglesia que les brindaba casa, honorarios y prestaciones de ley.

Número tres: la casa que acabábamos de llegar a habitar no era del Seminario, era de renta. Había el compromiso de la dueña de venderla al Seminario siempre y cuando convenciéramos a los jóvenes inquilinos del segundo piso ( el edificio era de dos plantas, en la planta baja estaba la casa del director contaba con un pasillo, una sala, una estancia, una cocina, un comedor, tres recamaras, dos baños y un amplio patio al fondo. Al lado había una casa más pequeña que sólo contaba con una sala, una recámara, un baño completo, una pequeña cocina y un pequeño patio al fondo; al extremo de la planta baja estaba una escalera que conducía a la segunda planta había una pequeña estancia, una cocineta, tres recamaras, un baño completo y un patio al fondo). Este edificio lo necesitábamos con urgencia y creo que yo era el principal encargado de conseguir el contrato de compraventa.

Por otra parte, el Seminario tenía que proyectarse con hermanos y hermanas de las Iglesias de la Conferencia que tenían deseos de estudiar, pero que les era imposible venir a Monterrey. Teníamos que poner a funcionar, o cuando menos  sentar las bases para implementar el Departamento de Educación Teológica por Extensión (DETE).

Necesitábamos con urgencia establecer nexos con Iglesias, Instituciones y Organizaciones en los Estados Unidos que pudieran apoyarnos con becas para los estudiantes

Ya tenía, pues, un esquema sobre el cual iba a trabajar pero había que empezar por el principio y era organizar el retiro para maestros y alumnos para la última semana del mes.

Hice contacto con el ingeniero Adrian García, quien era el Director del Campamento Sierra Linda y que ese año sería un alumno más de nuestro Seminario. Adrian me ayudó en toda la logística del campamento incluyendo la transportación, la alimentación y el hospedaje, y yo me encargaría del programa con sus devocionales, predicaciones, predicadores invitados, y la suficiente información especialmente para los estudiantes de nuevo ingreso.

Al terminar el mes de Agosto e iniciar formalmente el primer semestre del año 1983-1984 teníamos una matrícula de 15 alumnos de los cuales sólo se gradúo uno al final del año 1983-1984 y el resto continuó en el Seminario; éste fue el inicio de una nueva aventura de fe como Director del Seminario; les seguiré contando cómo atendimos las prioridades y cómo Dios nos ayudó a resolver los problemas más urgentes.

A lo largo de los cinco años que el Señor me permitió dirigir el Seminario Juan Wesley organizamos tres retiros vocacionales simultáneos en lugar de uno, como se venía haciendo.

Los tres retiros se celebraban en la misma fecha, pero distribuidos en cada uno de los tres distritos que conformaban la Conferencia Anual Fronteriza.

En el Distrito Oriental,  en el campamento Sierra Linda. En el Distrito Central en el campamento “Monte de los Olivos” de Nombre de Dios Durango. Y en el Distrito Noroeste en el campamento de Tecate, Baja California. Los retiros se celebraban en la misma fecha y eran atendidos por un maestro y tres alumnos que viajaban a Durango y Baja California; el resto del alumnado atendía el de Sierre Linda.

Con el transcurso de los años vimos el fruto de este esfuerzo, pues cada año venían alumnos de las tres regiones del norte de México.

El primer año de mi gestión el Seminario no tenía presupuesto para cubrir los honorarios de un funcionario de tiempo completo. El Obispo intervino y se llegó al siguiente acuerdo: el Seminario cubriría una tercera parte, la oficina episcopal otra tercera parte y la Iglesia “La Trinidad” la otra tercera parte, por lo que hubo necesidad de designarme como pastor adscrito a dicha Iglesia.

Los honorarios que yo recibía en mi pastorado anterior era más que lo que ahora percibiría como Director; tampoco recibiría las prestaciones que tenía como pastor. En mi cumpleaños la iglesia me llenaba de regalos (21 de Marzo), luego en Junio me celebraban el “Día del Pastor” con mas obsequios y finalmente en Diciembre aparte de el aguinaldo los regalos de los hermanos que casi siempre eran en cada ocasión, corbatas, lociones y hasta un traje completo. Fue ya, como Director que supe lo que cuesta una corbata o una loción, algunos alumnos me pedían préstamos para ir a su campo pastoral o bien para cubrir alguna necesidad personal; nunca me pagaron dichos préstamos y tampoco yo les cobré. Dios me había bendecido tanto en mi época de seminarista que, simplemente así quedaron las cosas.

Gracias a Dios el Seminario fue mejorando sus finanzas y para el siguiente año pudo solventar los honorarios del Director.

(Continuará)


Fuente: https://www.facebook.com/autobiografiabaltazargonzalezcarrillo/photos/a.1418694535054125/3133104523613109/