El Tiempo de Dios
Solemos utilizar la frase “el tiempo de Dios” para referirnos a momentos en que ocurren acontecimientos oportunos para que algo se concrete. La misma Biblia nos habla de que Jesús vino a este mundo “cuando vino el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4). Y siempre preferimos hablar de este “tiempo de Dios” con una connotación positiva, aspirando a que entonces ocurran cosas que anhelamos; pero la realidad es que también en el “tiempo de Dios” suceden acontecimientos que nos pueden resultar difíciles de sobrellevar, y esos no pensamos que ocurran en el “tiempo de Dios”.
Pero, si nos ponemos a pensar en la frase, en sí misma incluye la realidad de que finalmente “el tiempo de Dios” es de Dios. Es una dimensión que a él le plació crear para que nosotros viviéramos, y en ese telón de fondo tuviéramos oportunidad de hacer su voluntad, aunque muchas veces usando el albedrío que él mismo nos dio decidiéramos hacer la nuestra. El tiempo y el albedrío son dos regalos que recibimos, y que podemos usar con las consecuencias de hacerlo como él quiere, o las consecuencias de hacer lo que nosotros queremos. Lo primero trae armonía y propósito; lo segundo, confusión y desvío.
Cuando llegue el final de nuestra vida en la tierra, el tiempo como lo conocemos dejará de ser; y lo que hagamos ahora con ese tiempo determinará cómo pasaremos a la eternidad, donde este tiempo de Dios ya no será necesario. Si lo usamos sabiamente, rindiéndonos a Cristo y dejando que él nos dirija en el uso de ese tiempo, al llegar nuestra hora podremos decir, como Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).
Seguir leyendo «EDITORIAL» →