Media noche y recibo un «hola» por WhatsApp de parte un joven de dieciséis años. Después de eso la conversación continúa en torno a sus preocupaciones, de sus pocas ganas de seguir viviendo.
El 29.9% de los habitantes mayores de 12 años sufre algún nivel de depresión ocasional, 12.4% experimenta depresión de manera frecuente, 19.3% de la población adulta tiene síntomas de ansiedad severa, 31.3% revela síntomas de ansiedad mínima o en algún grado y la Organización Mundial de la Salud (OMS) proyecta que para el 2030 el principal motivo de muerte en el mundo serán los trastornos mentales, según datos brindados por la doctora Mayra Salazar.
Por mucho tiempo estos temas sobre la salud mental no se compartían en la sobremesa de ningún hogar y menos en la iglesia. El hablar de esto era o es (para algunos), algo que reflejaba «la poca fe». Se puede entender de mejor manera la situación de Job, cuando tiene esas conversaciones con tres de sus “amigos” que fueron a verlo (véase Job 2:11–13). Con diferentes palabras, cada uno de ellos le dijo que Dios castiga a los pecadores y que, por lo tanto, seguramente él habría pecado.
Tengo alrededor de doce años sirviendo en el área juvenil de la iglesia. Por cuestiones laborales, mi familia (esposo e hijos), hemos tenido que cambiarnos de ciudad varias veces y por lo mismo también de congregación. Y estos temas de ansiedad, depresión y suicidio cada vez los escucho más de cerca.
La pandemia nos vino a recordar que todas las personas necesitamos de las demás (somos seres sociales), porque nuestro cerebro es social. Necesitamos aprender a vivir con los otros, a sentirnos iguales y diferentes. Ni la tecnología más sofisticada pudo suplir esa necesidad. La falta de interacción detonó una deficiencia en la salud mental de todos, y los adolescentes fueron el grupo más afectado en la construcción de su identidad (entendida la identidad como «el conjunto de rasgos y características que nos hacen diferentes a otros y que nos definen en este momento y lugar en concreto»). Todo este proceso se forja principalmente durante la adolescencia.
La OMS define la adolescencia como el periodo vital que va desde los 10 hasta los 19 años. Y uno de los factores que ayuda a forjarla es la necesidad de adaptación social, proceso donde establece una identidad personal para poder desarrollar su personalidad y, finalmente, aprender conductas adaptativas para vivir en la sociedad.
Por lo anterior, escuchar a chicos quejarse no pareciera muy extraño. Pero cuando comienzo a escuchar frases como: «puedes orar por mi, no me siento bien, hay veces que ya no quiero despertar», «me siento solo, no creo que a nadie le importe si un día ya no me ven», «tengo miedo, a no sé qué, pero de repente mi respiración cambia, se acelera y no sé por qué comienzo a sudar, oro y no funciona», » no puedo dormir, tengo días que sólo duermo un par de horas por las noches», eso indica que la persona que las dice necesita atención inmediata.
Pero además escuchar: «mamá, me siento mal de sentirme mal, tengo una familia pendiente de mi, unos padres que están ahí para mí, pero no sé por qué me siento así. Tengo días sin dormir y cada vez me siento con menos ganas de vivir»; eso, aunado a un temblor de manos, dolor en el pecho y con pocas ganas de convivir, es una señal de alarma inequívoca.
Definitivamente la ansiedad tocó mi hogar de forma directa. Gracias a las anteriores experiencias, entendí que esto era una alerta, una enfermedad que se tenía que atender de forma rápida y con un especialista. Primero la psicóloga, después la psiquiatra. Medicamentos para dormir, vitaminas, ejercicio y actividades recreativas como parte del tratamiento. Por un momento me sentí agradecida por tener el recurso para brindar el apoyo, pues atender la salud mental en nuestro sistema de salud no es de primera necesidad y costearlo resulta complicado; sólo para recibir consulta se requieren de ochocientos a mil pesos, carta diagnóstico para presentar en la escuela y justificar ausencia (que también cuesta), medicinas, estudios médicos; y esto sólo para iniciar.
En Mateo 9:12, los fariseos le preguntaron a Jesús por qué pasaba tiempo con los pecadores. Jesús les contestó: “No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos”. Debemos ser más empáticos y estar alertas con las personas que padecen enfermedades emocionales y brindar apoyo. Es como cuando alguien llega al templo en muletas: se vale quebrarse un tobillo; pero no permitimos que alguien se quiebre emocionalmente su cabeza.
Lo esencial es tener presente que cualquiera podemos ser propensos a caer en esto, pero cualquiera puede también convertirse en un vehículo de bendición, poniendo el hombro para apoyar, el oído para escuchar y la sabiduría para discernir y poder canalizar. La iglesia es un hospital a donde llegamos los enfermos; no podemos olvidar que nosotros no somos los médicos, pero podemos llevar nuestras enfermedades al médico de médicos, Jesús.
Brenda Romero Grimaldi
Iglesia San Pablo
