LOS MIGRANTES: UN PROBLEMA Y UNA BENDICIÓN

LOS MIGRANTES: UN PROBLEMA Y UNA BENDICIÓN

Los Migrantes: Un Problema y una Bendición

»Los amonitas y los moabitas no serán nunca admitidos  
en la congregación del Señor, ni aun después de la décima generación;  
cuando ustedes pasaron por su territorio, después de haber salido de Egipto, 
ellos no les ofrecieron agua ni alimentos; y además 
pagaron a Balaam, hijo de Beor, que venía de Petor 
de Mesopotamia, para que pronunciara 
una maldición contra ustedes. (Deuteronomio 23:3-4, DHH)

En nuestro país ha habido migraciones forzadas de un lugar a otro, provocadas por la intolerancia religiosa, o la misma inseguridad que vivimos. Pero además en los últimos meses hemos visto un aumento desproporcionado en la  migración de grupos de extranjeros, por motivos de seguridad o economía, que han causado aglomeraciones en las fronteras norte y sur de México. Las ciudades donde se han concentrado han llegado a manifestar un estado de emergencia, por la falta de recursos humanos y materiales para prestar atención y mantener el orden de estos grupos.

Este fenómeno de tantos migrantes que usan a México como vía de tránsito para Estados Unidos nos ha sobrepasado, porque como país no tenemos los espacios, el camino marcado para que dichos migrantes transiten de manera ordenada y segura. La verdad, humanamente hablando, los vemos como un problema, y ellos nos ven sólo como un medio para buscar el llamado “sueño americano”. ¿Qué hacer ante esta realidad?

Podemos empezar comparando esta migración por nuestro territorio con lo que ocurre cuando recibimos en nuestro hogar a algún huésped: Si recibimos a alguien para quedarse en nuestra casa, establecemos las reglas que tenemos en ella y la persona entiende que tiene obligaciones para con nosotros como sus hospedadores, por ejemplo: dejar su habitación en orden al salir, no tomar cosas que no le pertenezcan, a menos que nosotros se las ofrezcamos, etcétera. Son normas de correspondencia para bien vivir. 

Medidas semejantes, pero extrapoladas a nivel de nación, podríamos aplicar a todos los que usen nuestro territorio para llegar al vecino país del norte. En particular, como creyentes no podemos ser como Amón y Moab, que negaron ayuda al pueblo de Israel en su ruta hacia la tierra prometida, porque Dios les recriminó por esa acción. Sin embargo, sí podemos establecer una ruta y lineamientos para que los migrantes con los que tengamos contacto en su paso por México anden con seguridad y de manera ordenada para ellos y para los que vemos su caminar por nuestro territorio. Y lo más importante: Dios espera que los amemos como extranjeros, y les pongamos en contacto con la realidad del Evangelio de Cristo.

La Iglesia Metodista de México ha intentado, con la ayuda de la Iglesia Metodista Unida en EEUU, crear una ruta de paso para los migrantes. Pero los esfuerzos están aún focalizados en ciertas regiones y no constituyen una vía bien delimitada y constante; además de que el flujo migratorio se mueve de manera independiente y desde luego el número de migrantes es desproporcionadamente grande, en comparación con la capacidad de nuestras congregaciones para ayudarlos.

Sin embargo, sin pretender resolver el problema de todos los migrantes, podríamos establecer el compromiso de guiar a grupos pequeños de ellos, y tenerles asignadas responsabilidades de acuerdo con su capacidad, entendiendo que su único recurso es su misma fuerza de trabajo. Por ejemplo: en cada lugar a donde lleguen se les pudiera tener hospedaje y alimentación, y tareas específicas que ayuden al mantenimiento mismo de los lugares de refugio, como retribución a la ayuda que se les está brindando, además de exponerlos a la enseñanza de la Palabra. Esto ayudaría a sostener el funcionamiento de los albergues y evitaría el ocio, que fomenta la desesperación cuando ven que su trámite migratorio no es tan rápido como ellos esperarían que fuera.

Ahora bien: esta tarea no la pueden llevar a cabo iglesias en lo individual. Se necesita que todas las congregaciones participemos, sea formando parte de la ruta migrante o sea apoyando con oración y recursos materiales a las iglesias que están comprometidas ya en la atención a esos grupos de migrantes. En la frontera sur no tenemos albergues y comedores para ellos, pero sí los hay al centro del país y en la frontera norte, a los que podríamos contactar para ofrecerles nuestra colaboración y que la carga sea más liviana para ellos. Esa sería una aplicación práctica de nuestra conexionalidad metodista.

Hemos sabido, por ejemplo, de una iglesia que está al lado de las vías del tren, y siempre tiene disponibles bolsas con atún, galletas saladas y una botella de agua, que entrega a los migrantes que llegan a pasar por allí. Cualquier congregación, por pequeña que sea, puede participar en este esfuerzo de acompañamiento, si se pone en contacto con las autoridades de su respectiva conferencia y solicita orientación de cómo ayudar en alguna parte de la ruta migrante.

Les invitamos a leer cada una de las colaboraciones de este último número de septiembre. Están las crónicas de la Asamblea Nacional de Grupos de Matrimonios, de la Junta Nacional de Programa, así como de la Conferencia del Distrito Valle de Anáhuac (Conferencia Anual de México), que tuvieron lugar recientemente. También se incluyen cuatro escritos de opinión: uno sobre las relaciones interpersonales, otro sobre el sínodo católico, uno sobre el mito de la educación laica  y uno más sobre la responsabilidad que conlleva nuestra libertad en Cristo. 

El Fan Ganteano presenta, a manera de homenaje por los 150 años del metodismo en México, una relación de periódicos oficiales e independientes editados en nuestra Iglesia. Recordamos igualmente el trigésimo aniversario de una migración forzada por la intolerancia religiosa en el sureste del país: la expulsión de 578 evangélicos de San Juan Chamula, Chiapas, entre otras publicaciones de esta edición de El Evangelista Mexicano.

La migración es una realidad que Dios nos ha permitido vivir. De nosotros depende verla como un problema, o como una bendición, para nosotros y para los propios migrantes.

María Elena Silva Olivares