La Perla

La Perla

LA PERLA

Un mercader buscaba afanado, por el mundo,
Perlas que a él gustaban, valiosas y codiciadas.
Recorría mar y tierra, subía y escarbaba
Para adquirir las más bellas, las más hermosas y amadas.

Era tan rico ese hombre, que en todo tiempo lograba
Arrebatar toda perla que a él le interesaba
Y su fortuna y haberes cada día aumentaban
Pues el costo de las perlas, muerto de risa pagaba.

Un día, el mercader, caminando por el mundo,
Después de andar muchos años creyendo que poseía
Todas las perlas del orbe y feliz siempre sería,
Encontró una buena perla, preciosa y de gran precio.

Acostumbrado a adquirir lo que su ego quería,
Ofreció todo su dinero a Aquel que la tenía
Pero no le alcanzaba ni dejando sus bolsas vacías.
Ofreció entonces, el hombre, sus casas y posesiones,
Entregó sus piezas de arte, sus vinos y colecciones, 
Sus mujeres y sus hijos, sus carros y todo haber 
Pero aún no pudo el hombre, el precio satisfacer.

Al fin, y después de mucho intento,
Se dio cuenta el hombre que aquello que quería
Le costaría su todo, todo lo que tenía,
Le costaría el corazón, le costaría la vida.

La historia del hombre y la perla es la historia de la vida 
De toda mujer y hombre que camina en este mundo.
La perla es el gran reino de los cielos en la tierra
Y a quien se entrega todo, el Señor se la entrega.
No es un poco ni una parte lo que cuesta aquella perla
Es tu todo, es tu todo; y si no es todo, no se encuentra.

¡Dame esa perla, Señor!, ¡Dame esa perla!
Toma todo lo que soy y tengo en esta vida.
Tu reino venga, Señor, y alegre haga
Tu voluntad completa, oh Dios, ¡La perla es mía!

Raúl García de Ochoa
14 de octubre de 2023
Cd. Benito Juárez, N.L.


Poco después de las 6:00 de la mañana, me despierta el Señor con la primera frase del último párrafo de este poema. Me levanto y me preparo para escribir. Pronto me remito a la parábola bíblica que habla del reino de Dios como una perla. ¡Es el todo! ¡Es el todo! Se requiere entregar todo para que el reino de Dios venga a esta tierra. No es sólo una creencia y un puño de doctrinas nuevas: es la entrega de todos nuestros intereses a los intereses del Rey Jesús. No basta con decir “creo”; hay que materializar la fe en vida, en conductas, en acciones que evidencien la fe, que comprueben que esa fe es cierta, sencilla, real. Jesús no puede ser una nueva creencia en la cabeza, desconectada de la vida y las acciones. El reino de Dios consiste en creer en el Señor Jesús y hacer la voluntad del Padre que está en los cielos. La perla de gran precio, el reino de Dios, sólo se establece donde hay alguien que cree y que hace la voluntad del Señor. Si deseas algo diferente a esto, todavía quieres ser el rey de tu vida, no has entendido el reino de Dios.