¿POR QUÉ, PARA QUÉ Y CÓMO HACER PASTORAL CARCELARIA? 

¿POR QUÉ, PARA QUÉ Y CÓMO HACER PASTORAL CARCELARIA? 

(Primera parte)

Por: Mario Alberto Medina Santos
Pastor Metodista en Nextlalpan, Estado de México.
Distrito Valle de Anáhuac, Conferencia Anual de México.
Licenciado y Maestro en Teología por la Comunidad Teológica de México.

¿Cómo empezó mi trabajo en la cárcel?

Siempre que digo “cuando estaba en la cárcel” todos creen que era preso y nadie imagina que yo predicaba allí. Quizá mi mala facha es engañosa; pero no estuve preso, más bien durante algún tiempo prediqué en una cárcel.

Soy metodista desde la cuna. A los doce años me involucré en el trabajo de la iglesia, y lo que llamó mi atención fue siempre la acción social. En específico, desde los quince años me dediqué a hacer guiones de sketches teatrales para evangelizar en la Comunidad de Diagnóstico Integral para Adolescentes, ubicada en la calle de Petén en la Colonia Narvarte de la Alcaldía Benito Juárez en la Ciudad de México; centro en el cual la Conferencia Anual de México tenía una labor de Pastoral Carcelaria. Entonces desde 2002 hasta 2014 asistí con regularidad a dicha labor, incluso desarrollé mis prácticas pastorales y mi tesis de licenciatura en Teología sobre el trabajo en ese lugar.

Tuve la oportunidad de trabajar con la Iglesia Metodista de México, la iglesia Interdenominacional, algunas congregaciones pentecostales y la Iglesia Católica de nuestro país, en las labores que desarrollaban en ese mismo lugar. Además del entusiasmo inicial, al entrar al seminario surgieron en mí algunos cuestionamientos que guiaron mi reflexión académica y pastoral sobre el tema de la pastoral carcelaria.

Esas son las preguntas que comparto hoy con ustedes, a la par de algunas respuestas que han dado académicos de distintas disciplinas, y que me han ayudado a comprender un poco más de este tema sumamente complejo y a ubicar ¿cuál es el sentido de nuestra labor como cristianos al hacer Pastoral Carcelaria? ¿Por qué, para qué y cómo hacer pastoral carcelaria?

Aunque el trabajo que yo realicé fue con adolescentes, pienso que nos puede ayudar a sensibilizarnos sobre la cruda realidad de las instituciones carcelarias y nuestro rol como iglesias ante ellas. 

¿Qué es la cárcel y de dónde surge?

¿A qué lugar entramos, cuando ingresamos a una cárcel? Sin el entendimiento de esto, pienso que nuestra labor sería sumamente deficiente. Por eso, tenemos que iniciar diciendo que la cárcel es una institución que ha suscitado diversas interpretaciones desde múltiples perspectivas, tales como la antropológica, histórica, legal y psicológica.

Desde un punto de vista antropológico, Xabier Pikaza plantea que la cárcel surgió como un medio para controlar la violencia en sociedades primitivas al utilizar «chivos expiatorios» que representaban peligros para el grupo. Una vez cometido el asesinato, había que encontrar una forma de mantener un recuerdo de paz sobre la tumba de los asesinados poniéndoles altares. Así fue como éstos se convirtieron en dioses. Esto era lo que representaban los sacrificios de animales: matar a unos nos trae el bien a todos. De esta manera, se sacralizó la violencia. 

Por ende, según Pikaza, los dioses de la antigüedad (posteriores a aquellos que representaban fuerzas de la naturaleza) son ambiguos y ambivalentes: traen amor y paz a base de vencer y matar a los otros dioses y pueblos, traen vida a base de muerte. En la sociedad actual, Pikaza sugiere que los reclusos son los modernos «chivos expiatorios», aunque con matices, ya que han representado un peligro para la sociedad organizada.

Desde una perspectiva histórica, Melossi y Pavarini explican cómo la cárcel ha sido utilizada para someter a sectores rebeldes de la sociedad y convencerlos de vivir bajo un sistema económico específico. Por ejemplo, la Iglesia católica en la Europa del siglo XVI transformó sus casas de refugiados en «casas de trabajo» para convertir a individuos marginados en trabajadores útiles al capitalismo. Además, la ideología de los protestantes contribuyó a consolidar la importancia de la familia y el patriarcado en la sociedad, lo que promovió la creencia de que aquéllos que no se ajustaban a este orden debían ser corregidos.

Desde una perspectiva legal, se entiende la cárcel como una institución con múltiples objetivos, como la prevención de la reincidencia, la rehabilitación de los detenidos y la disuasión de otros a través del castigo ejemplar.

Desde una perspectiva psicológica, se resalta el impacto negativo de la cárcel en los reclusos y sus seres queridos. La prisión se describe como corruptora, deshumanizante y neurotizante, con el potencial de dañar las relaciones familiares y provocar alteraciones sensoriales y emocionales en los presos. Jesús Valverde Molina sugiere que la cárcel afecta al individuo a través de la afectación de su cuerpo, lo que resulta en la deshumanización de los reclusos.

En resumen, desde las Ciencias Sociales la cárcel puede definirse como un instrumento o institución, que en un principio se creó para someter a quienes no se alineaban bajo ciertos parámetros establecidos por una variedad de sistemas económico-político-sociales. Desde el siglo XVI, la iglesia, con sus diversas posturas teológicas, ayudó a consolidar esa definición y a validar los sistemas.

Ese concepto de la cárcel fue cambiando hasta que, desde el plano jurídico, se llegó a concebir como un lugar para reincorporar a los presos a la sociedad y prevenir el delito. Diferentes definiciones psicológicas nos advierten del daño físico-psicológico-emocional que las cárceles, aun en su definición moderna, le hacen a la persona presa.

¿Qué es un preso?

De igual forma, podemos plantearnos esta pregunta desde las Ciencias Sociales. Y tomando en cuenta que hablo de presos en la etapa de la adolescencia, se requiere definir primero qué es un adolescente. Es decir, no hablamos de presos adolescentes sino de adolescentes presos. Lo cual cambia nuestra perspectiva de abordar el tema, pues estamos hablando de seres humanos y no de meros conceptos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adolescencia como el período que abarca desde los 10 hasta los 19 años. Subraya la importancia del apoyo familiar, escolar y social en el desarrollo de la personalidad y la independencia de los adolescentes. 

El sociólogo Gonzalo A. Saraví caracteriza al adolescente preso como alguien que, debido a desventajas socioeconómicas, adopta una conducta delictiva como una forma de venganza contra el mundo. Además, destaca que la adolescencia es una etapa crucial para la construcción de la identidad.

Erving Goffman, desde una perspectiva sociológica, describe cómo los internos en prisión se convierten en «objetos» de la institución penitenciaria y son sometidos a procesos burocráticos e institucionalizadores. Esto puede llevar a enfrentamientos entre presos y funcionarios.

La teóloga Soledad Arias brinda una descripción psicológica del preso, enfatizando que se encuentra en un proceso de adaptación en el que su comportamiento oscila entre la sumisión y el dominio. También destaca que los presos a veces canalizan su violencia hacia sí mismos, a través del consumo de drogas, alcohol u otras formas de agresión física.

Humberto Padgett, desde una perspectiva socioeconómica, vincula la situación de los adolescentes presos en México con la violencia intrafamiliar, la pobreza y la falta de oportunidades educativas y laborales. Muchos de ellos han experimentado frustración al no encontrar opciones educativas o empleo bien remunerado.

Desde la perspectiva jurídica, se considera al preso como alguien que ha violado la ley y está sometido a un proceso penal, con el propósito de su rehabilitación y reinserción en la sociedad.

Podemos concluir que en América Latina y en específico en México, situaciones como la violencia intrafamiliar, la pobreza y la falta de oportunidades laborales y educativas son el panorama bajo el cual muchos adolescentes inician sus carreras delictivas, como una especie de venganza en contra del sistema, o porque es la manera en que pueden sobrevivir, todo lo cual les lleva a ser apresados.

Entonces, podemos decir del adolescente preso que: como adolescente se encuentra en un período de transición, adaptación, y definición de su personalidad (proceso que se ve afectado por la crisis de ser encarcelado); y como preso ha transgredido la ley y se encuentra recibiendo una medida que supuestamente le ayuda a su reinserción social. 

Y aunque la ley contempla la rehabilitación de los adolescentes presos por medio de una participación activa de éstos, si contemplamos las perspectivas psicológicas, nos damos cuenta de los trastornos que como presos sufren, al grado de ser deshumanizados y perder toda capacidad de decisión.

¿Qué dice la Teología sobre la cárcel y los presos y hacía dónde nos lleva eso?

Así como las ciencias sociales nos ayudan a entender mejor estos fenómenos, la teología también nos arroja luz al respecto. Pero en esta área, nos encontramos con conceptos diversos y hasta contrapuestos, que surgen de la diversidad del pensamiento teológico. Cada iglesia o denominación toma el que le parece más congruente a su doctrina y visión del mundo, o a su entendimiento de su misión. Por lo tanto, cada respuesta teológica conduce a un tipo de ejercicio pastoral diferente.

Es por eso que encontramos que hay quien piensa en la cárcel como un instrumento justo de castigo, donde los delincuentes pagan por sus acciones, relacionándolo con la justicia divina en la Tierra. Esta perspectiva plantea que la cárcel es una expresión terrenal de la justicia divina, donde los internos hacen penitencia por sus actos, lo que se refleja en el nombre «penitenciaría» que algunas cárceles llevan. 

Sin embargo, esta definición no tiene en cuenta los orígenes y el propósito de esta institución, y podría dar lugar a una pastoral que se concentre exclusivamente en atender las necesidades espirituales de los presos, aunque existen diversas opiniones sobre cuáles son estas necesidades. Bruno Van der Maat destaca que partir de la premisa de que los internos hacen penitencia dificulta establecer una relación fraterna con ellos, ya que se podría caer en una dinámica paternalista.

Por otro lado, la cárcel se puede concebir como una suerte de infierno en la Tierra, es decir, como un castigo que atormenta el alma de los reclusos. Esta perspectiva llevaría a una pastoral enfocada exclusivamente en el aspecto espiritual de las personas, descuidando posiblemente los aspectos físicos y la dimensión institucional de la cárcel. 

Sin embargo, también es posible considerar la cárcel como un «Lugar de Gloria», un lugar donde Dios está presente y donde existe la esperanza de la liberación. Esta última perspectiva podría llevar a una pastoral centrada en la liberación integral de la persona, buscando la rehabilitación física, psicológica y espiritual del preso, pero manteniendo la función institucional de la cárcel. Sin embargo, esta conceptualización podría también conducir a una idealización de la vida en prisión, como si la presencia de Dios en ese lugar eximiera la necesidad de abandonarlo. Es decir que el preso no debería aspirar a salir de ese lugar, porque “allí está Dios”.

En resumen, cada enfoque teológico conlleva diferentes enfoques en la práctica pastoral, cada uno con sus ventajas y desventajas. En un extremo, están las concepciones que ven la cárcel como un instrumento divino de castigo o como un lugar de tormento del alma. Estas perspectivas podrían llevar a una labor pastoral que, más allá de lo espiritual, no tome en cuenta otras dimensiones relevantes. En el otro extremo, concebir la cárcel como un lugar de gloria podría conducir a una labor más integral. Sin embargo, es notable que, en todas estas definiciones, se pasa por alto en gran medida la cuestión de la función de la cárcel en la sociedad.

Ahora bien, si nos preguntamos por lo que un preso es para la Teología, encontramos lo mismo. cada definición conduce a una praxis distinta. Veamos.

En primer lugar, Pedro Fernández Alejo aboga por ver al preso, ante todo, como una persona. En su visión, un individuo en prisión merece respeto, aceptación y amor, a pesar de haber cometido una acción ilegal tipificada como delito. Esta perspectiva plantea que la entrada en prisión es una circunstancia temporal y no debería llevar automáticamente a etiquetar a la persona como delincuente. De esta manera, se aboga por una pastoral de atención fraternal que enfatiza la humanización del preso. Esto se vuelve especialmente relevante dada la deshumanización inherente a la condición carcelaria.

Sin embargo, este enfoque también puede plantear interrogantes. Por ejemplo, podría hacer que la pastoral ignore la realidad jurídica del delito cometido por el preso. Esto podría llevar a criterios subjetivos sobre quién es considerado delincuente y quién no, lo que, a su vez, podría cuestionar la función misma de la institución carcelaria.

Otra perspectiva se basa en considerar al preso como «un pecador», como lo sugiere Van der Maat. Desde esta óptica, se ve al individuo en prisión como alguien que necesita a Dios, como su creación, pero no como su hijo. Aquí, la redención y la conversión espiritual se vuelven fundamentales, lo que se traduce en una pastoral predominantemente espiritual, a menos que se hable de convertir su conducta, donde sí hay la posibilidad que cambie aspectos culturales o familiares.

Este enfoque es más limitado en su alcance, ya que se enfoca principalmente en liberar al preso de sus pecados y puede llevar a una visión pasiva del preso en su proceso espiritual. En este caso, la persona en prisión podría ser vista como un ser perdido o con experiencias inválidas de fe. Este enfoque no tiene en cuenta completamente los aspectos sociológicos, psicológicos o jurídicos involucrados en la rehabilitación de los reclusos, donde se necesita que la persona deje de ser pasiva respecto a su propio proceso de vida.

Otra perspectiva plantea al preso como una encarnación de Cristo o el reflejo de Jesucristo. Esta visión, de naturaleza místico-teológica, puede dar lugar a una pastoral diversa que busca ayudar a las personas en prisión. Sin embargo, esta conceptualización puede ser ambigua y lo mismo puede interpretarse como una invitación a ayudar al preso haciéndole partícipe de una pastoral integral que como un llamado a convertir al preso en el destinatario de una pastoral asistencialista, donde existe nuevamente el riesgo de idealizar el estado del preso.

Por último, el teólogo jesuita Carlo María Martini ofrece una visión del preso como alguien que sigue siendo una persona, incluso si ha cometido un delito. Martini destaca que la imagen de Dios en el preso no está completamente destruida por el delito y aboga por un proceso de rehabilitación que involucra el reconocimiento de la falta, el perdón y la reinserción en la sociedad. Este enfoque tiene en cuenta aspectos jurídicos, sociológicos y psicológicos, pero no cuestiona necesariamente el proceso jurídico que llevó al individuo a prisión.

Como sucede con las definiciones teológicas de cárcel, las conceptualizaciones sobre el preso definen cómo se ejerce la Pastoral Carcelaria. Definir al preso como pecador, o como la encarnación de Cristo, podría llevar a una labor asistencialista, donde el preso es pasivo y sólo debe recibir lo que se le quiera enseñar. Pero debe aclararse que, como ya dijimos, verlo como la encarnación de Cristo también puede marcar pauta a un trabajo pastoral donde el preso sea sujeto activo de su rehabilitación.

Por otro lado, describimos dos definiciones parecidas pero no iguales. Una percibe al preso como persona aunque no siempre delincuente, y la otra como siempre persona aunque delincuente. Ambas cuestionan los procesos jurídicos que experimentan los presos, aunque la primera corre el riesgo de la subjetividad cuando (en un caso hipotético) no reconozca la culpabilidad de un preso, y la segunda corre el mismo riesgo, pero al no reconocer cuando el sistema penal actúa de manera injusta.

(Continuará….)