Por Alan Sánchez Cruz
Gante, Ciudad de México, a 10 de diciembre de 2023
Pero entre toda aquella gente a quienes las cuatro alegorías vertían a porfía oleadas de metáforas, no había oídos más atentos, ni corazón más dispuesto, ni mirada más perspicaz, ni cuello más tenso que los oídos, la mirada, el cuello o el corazón del autor, nuestro bravo poeta Pierre Gringoire.
– Víctor Hugo, Nuestra Señora de París
El poeta Gringoire es un personaje ficticio de la célebre novela de Víctor Hugo, Nuestra Señora de París. Será clave importante, junto a los demás personajes –Esmeralda, Quasimodo, Claude Frollo, etc.– del desarrollo de una de las historias consagradas del autor de la también clásica “Los miserables”, que centra su narrativa a los pies de Nuestra Señora, la majestuosa catedral parisina.
Víctor Hugo, quien nació en la Francia del siglo XIX, fue cautivado por la arquitectura gótica medieval de la catedral. En la época en que redactó su novela, la ciudad comenzaba a modernizarse y Hugo observó que autoridades y vulgo despreciaban los edificios antiguos. Se propuso, por tanto, escribir una obra ambientada en el siglo XV cuyo éxito animase no solamente a no destruir o modificar por completo el aspecto de la catedral, sino a conservarla y darle el justo valor entre la sociedad decimonónica y el postrer de las generaciones. Un patrimonio de la humanidad cuya obra literaria representativa no podía ser imaginada por otro artista que no tuviese la talla de Víctor Hugo. Un artista para una obra, una obra para una catedral.
De tal obra se desprende el poeta y filósofo Pierre Gringoire. Distraído y un tanto gris según el autor y enamorado de “la Esmeralda” y del amor en sí, no se limitó a la novela de Víctor Hugo. También escribió libros, también publicó en diarios como el Excélsior, al menos a partir de la pluma que le tomó por pseudónimo: la de don Gonzalo Báez Camargo. Poeta también, librepensador, estudioso del protestantismo latinoamericano, así como de su realidad, Báez Camargo personificó al teólogo metodista mexicano por antonomasia. Un teólogo lector, brillante y crítico como aquellos que actualmente hacen falta, que principió su andar evangélico y metodista bajo el cobijo de la congregación de “La Santísima Trinidad” en la calle de Gante número 5, y cuyo primer pastor fuese el inolvidable Rev. Epigmenio Velasco Urda.
Habiendo ingresado al Seminario Evangélico Unido, tomó a Gante como su iglesia. En esta realizó sus prácticas de seminarista junto a sus compañeros Juan Díaz, Donaciano Munguía, Apolinar Zambrano y José Trinidad Ramírez, bajo la dirección afectuosa del pastor Velasco. Tuvo la oportunidad de ocupar el púlpito, de dar cátedra en la Escuela Dominical, de participar activamente en la Liga de Jóvenes y Liceo Literario; de dirigir algunos centros de oración en los barrios y el privilegio de ser el primer pastor de la Iglesia Infantil. En la tercera edición de Biografía de un Templo, dice Báez Camargo de sí:
Por todo ello, “Gante” se asentó muy hondo en sus afectos. Vuelto a la capital en 1959, era natural que, tras breve paso por las iglesias de Colonia Doctores y Balderas, gravitara con su familia a su antigua iglesia. Y en ella permaneció, procurando servirla en todo cuanto pudo, como uno de tantos miembros laicos, durante unos 40 años, hasta mediados de 1972. No corresponde al propio autor enumerar, y mucho menos evaluar, sus servicios prestados a ella. Sólo puede decir que lo poco que hizo fue siempre con amor, devoción y desinterés personal.
No podía ser menos, siendo la iglesia en que sus hijos se formaron espiritualmente, y en que por tanto tiempo hallaron hogar espiritual su esposa y él (…). Iglesia, pues, por éstos y otros muchos motivos, tan pletórica de imperecederos recuerdos personales.[1]
“Muy hondo en sus afectos”, menciona don Gonzalo, se asentó la iglesia de Gante. Por ello, por su interés en la labor histórica, y seguramente –al menos es lo que un servidor opina– gracias a la influencia de “Nuestra Señora de París”, dedicó un lugar en su vasta obra a Biografía de un Templo, como un regalo a los “ganteanos”, y a los metodistas que, a nivel nacional, reconocen en este edificio tener su catedral.
De acuerdo al Dr. Gonzalo Báez Camargo, la historia de lo que hoy conocemos como “Gante 5” se remite al siglo XVI. Como lo señala en su libro:
El viajero que allá por los mediados del siglo XVI se aproximaba a la Muy Noble y Leal Ciudad de México, llamada antiguamente Tenochtitlan, distinguía primeramente de ella una gigantesca cruz.
Sea que llegase bordeando el lago, por Texcoco y Chimalhuacán, para entrar por Mexicaltzingo; o que prefiriera la ruta del Tepeyac y Santa Lucía; o que hubiere pasado por Cuautitlán, para dar por Santa Inés y Santiago; o que, descolgándose por el lomerío del poniente, eligiera la garita de Chapultepec o la de Tacuba, siempre la enorme cruz, que descollaba sobre las torres de los templos y las almenas de los palacios, le servía de venturoso augurio y señal.
–¡La cruz de San Francisco!– diría, santiguándose y con un suspiro de alivio, a la vista del fin de su jornada. Luego azuzaría a sus tamemes, encorvados y sudorosos bajo el peso de los equipajes. Había que darse prisa, antes que el sol se metiera y se acabaran los alojamientos en el muy solicitado y principal mesón de Pedro Hernández Paniagua, en la Calle de los Mesones.[2]
La referencia a San Francisco es conocida ya que el templo de Gante se sitúa en lo que en el pasado fue el “Claustro Mayor de San Francisco de México”, que, a su vez, “fue el primer panteón en que se enterraban españoles, mientras se edificaban otras iglesias con sus respectivos enterramientos” (p. 25). Por otra parte, que Báez Camargo registre el alojamiento de “Pedro Hernández Paniagua, en la Calle de Mesones” da cuenta de la sapiencia del autor para ubicar la obra en su contexto. Pues, si bien el libro tiene su enfoque en la crónica del templo y la congregación que lo ha habitado por más de cien años, no haya desperdicio en registrar sucesos diversos que acontecen en la periferia. Hay que considerar, por ejemplo, que cuando los metodismos estadounidenses llegaron al país el presidente de la República era Porfirio Díaz Mori; que las Leyes de Reforma eran efectivas para los distintos credos, aunque, como se sabe, el fanatismo religioso continuaba cobrando vidas alrededor del país; que ya existían grupos disidentes bajo el amparo de una Sociedad Evangélica, por lo que resultó más fácil el trabajo para misioneras y misioneros; y que el nacionalismo polarizó a la sociedad de aquella época.
El antiguo claustro, que también había fungido como circo y como teatro, llegaría a ser propiedad de la Iglesia Metodista Episcopal de los Estados Unidos de América gracias a una “ocurrencia” del Dr. William Butler, misionero que decidió visitar el lugar que custodiaba un velador. El encuentro sucedió así:
Finalizaba el mes de febrero de 1873, cuando una noche, a eso de las diez, en momentos en que el velador del Teatro de Variedades, cuyas funciones se habían suspendido por unos días, empezaba a descabezar su primer sueño, sonaron fuertes aldabonazos en la gran puerta de entrada, que el eco hizo repercutir por los desiertos corredores de los claustros. Acudió el velador, soñoliento y enfurruñado, a ver quién era el importuno que llamaba a hora tan inusitada en noche sin función.
Entreabriendo apenas una hoja de la puerta, que rechinó con perezosos goznes, nuestro hombre dejó ver, al débil reflejo de una linterna que traía en la mano, media cara y un ojo alerta.
–¿Qué deseaba usted?– preguntó, al percibir en la penumbra de la mal iluminada calle, a un caballero correctamente vestido, de regular estatura, grueso y con el aspecto de un capitán retirado de navío: bigote afeitado y barba cerrada, entrecana.
–Buenas noches, señor– respondió el visitante, en trabajoso español y con acento marcadamente norteamericano. –Aquí era el Circo Chiarini, ¿sí?
–Sí, señor– contestó el vigilante, con tono receloso.
–Deseo ver cómo era. ¿Podría usted permitirme verlo? Alzó el velador su linterna para mirar mejor al extraño. Vio en su semblante una expresión de bondad y calma, y en sus ojos azules la luz de una afectuosa mirada. Parecía tratarse de una persona decente. Rascóse, sin embargo, la cabeza con aire de duda. El extranjero metió mano al bolsillo y en su mano derecha, tendida, tentadoramente, una persuasiva moneda de un peso. Era uno de aquellos pesos de plata de la época, grandes, sólidos, con su gorro frío rodeado de rayos y su águila de alas extendidas.
Despabilóse al punto el velador, a la vista de tan substancial propina (en aquellos días un peso compraba lo que ahora apenas consiguen cuarenta) y acabando de abrir la puerta, admitió al desconocido, con grandes caravanas, y lo acompañó en la nocturna inspección, alumbrándole con su linterna. El extranjero avistó el gran patio con sumo interés. Calculó mentalmente las dimensiones, y disimuló una sonrisa de satisfacción. Contempló las ornadas columnas, los majestuosos arcos. Subió al sobre claustro, y lo recorrió a grandes pasos. Pidió inclusive echar un vistazo a la azotea, lo cual, a no haber sido por el peso de la propina, hubiera causado no sólo extrañeza sino aun desconfianza en el guardián. Pero éste se sentía eufórico y obsequioso, y no hubo rincón que no mostrara al visitante.
Cuando éste se despidió, con la palabra que mejor conocía en español: “¡Gracias!”, y salió a la calle, el velador cerró y aseguró bien la puerta, y volvió al rincón donde había empezado a dormitar. Puso la linterna en el suelo, y antes de envolverse en su frazada, sacó de su bolsillo el peso de la propina, lo examinó en la luz, sonrió feliz, y luego movió la cabeza, diciendo para sus adentros: “¡Vaya qué ocurrencias tienen estos ‘gringos’!”.[3]
Más narraciones similares se hallan en Biografía de un Templo, lo que obliga recordar una más de sus obras, ‘Pérate que trille, con lenguaje coloquial, despreocupado y tan vívido que tal parece que nos encontrábamos ahí. Observando la extrañeza del cuidador mientras nos introducimos al recinto, escuchando el golpeteo de nuestros pasos, maravillándonos con lo poco que la linterna nos dejaría ver. Estaríamos a oscuras, imaginando lo que este lugar fue, las personas que estuvieron aquí antes que nosotros y sus risas que provocaban los actos circenses o la paz que se sentía al escuchar melodías y recitaciones. Pensando, con una sonrisa disimulada, en lo que este sitio podría ser en años futuros. Ya han transcurrido 150 años de aquel suceso y todavía la iglesia que se da cita domingo a domingo se pregunta qué sucederá después. “¿Quiénes estarán cuando nosotros ya no?”, o, “¿estarán?”.
Biografía de un Templo se publicó originalmente en 1953 en Ediciones “Luminar”; una segunda edición, corregida y aumentada por el autor, fue publicada por la Sociedad de Estudios Históricos del Metodismo en México (SEHIMM) en 1973; la tercera edición vio la luz en 1998, cuando don Gonzalo había partido ya a la eternidad. La edición que hoy presentamos, que sería la cuarta, viene a coronar el año del primer Sesquicentenario de la congregación metodista de “La Santísima Trinidad”. Gracias a la invitación del Comité de Aniversario local a un servidor y de las vicisitudes propias del proceso de edición de un libro, hoy esta obra del Dr. Gonzalo Báez Camargo ve la luz una vez más y se pone en circulación para que tanto generaciones que ya han tenido acceso a ella como las actuales se acerquen, sin más, a la pluma de un cristiano ejemplar como lo fue don Gonzalo.
Finalizo con lo siguiente: Ken Follett, autor best seller, escribió un librito tiempo después de que Nuestra Señora, la catedral, se incendiase. Esto le llevó a redactar Notre Dame. Breve historia del significado de las catedrales. Por supuesto que se refiere a la novela de Víctor Hugo, advierte lo que para Hugo y para él significó y significa respectivamente tal edificio. Concluye su libro con estas líneas:
Un reportero me preguntó: “¿Acaso no odias a todos esos turistas con sus cámaras y sus shorts?”. No. Las catedrales siempre han estado llenas de ellos. En la Edad Media no se les llamaba turistas, sino peregrinos, y muchos viajaban por la misma razón: admirar el mundo y sus maravillas, ampliar la mente, educarse y, quizá, tener una experiencia milagrosa, de otro mundo, eterna.
Creo que una novela es exitosa cada vez que toca las emociones de quien la lee. Algo similar sucede con las obras de arte, y es sin duda cierto con las catedrales. Cada encuentro con ellas es emotivo. Mirarlas nos atemoriza. Estando cerca, su gracia y luz nos embelesa. Si nos sentamos en silencio, somos poseídos por un sentimiento de paz.
Y cuando una se incendia, lloramos.[4]
Así como la novela de Víctor Hugo es digna para la catedral parisina, creemos que Biografía de un Templo lo es para “La Santísima Trinidad” y su templo que la denominación a nivel nacional ha tenido a bien llamar “La Catedral del Metodismo en México”. Un artista para una obra, una obra para una catedral. Adquieran esta obra, y que, cuando la adquieran, la disfruten. Muchas gracias.
NOTAS.
- Gonzalo Báez Camargo, Biografía de un templo, México, Sociedad de Estudios Históricos del Metodismo en México, Tercera Edición: 1998, págs. 9-10.
- Op. Cit. Pág. 11.
- Op. Cit. Págs. 104-105.
- Ken Follett, Notre Dame. A short history of the meaning of cathedrals, New York, VIKING, 2019, pág. 62. Traducción propia.
