Por Rubén Pedro Rivera
Utilizando la frase de un conocido actor como título de este breve escrito, expongo a continuación algunas inquietudes personales, no para que reciba respuestas, sino más bien para provocar una actitud reflexiva en los lectores. Sin más preámbulos, “que alguien me explique”:
1.- Cuándo renunció nuestra Iglesia al voto de temperancia (que era más bien de abstinencia), el cual formaba parte de nuestras prácticas cristianas. Dado que el problema del alcoholismo era una grave lacra en nuestro país, los metodistas de las primeras décadas se propusieron combatirlo con una firme actitud abstinente. Se creó un voto que cada creyente debía firmar, se diseñó un programa de enseñanza que incluyó la impresión y uso de un himnario con cantos alusivos al vicio del alcohol y del tabaco, y se planificaron actividades, fechas y eventos a lo largo de cada año, para enfatizar nuestra posición al respecto. Nada de esto se practica hoy, cosa que se justificaría si el problema del alcoholismo estuviera resuelto; pero no es así, lo cual podemos comprobar con la multitud de muertes y lamentables tragedias que este vicio sigue causando. ¿Estamos bien al mantener una actitud pasiva sobre este problema?
2.- Cuándo fue que aceptamos la doctrina de la transubstanciación al impartir los elementos de la Santa Comunión ofreciéndolos con las frases “El cuerpo de Cristo”, y “La sangre de Cristo”, siendo que nuestra doctrina tradicional considera la transubstanciación como una blasfemia herética, que sin embargo se refuerza con el hecho de tener la mesa de la comunión en el centro de presbiterio, en vez del púlpito que destaca a La Escritura como sobresaliente. Si bien este giro hacia una doctrina ajena a nuestra tradición no es general, pudiera llegar a serlo de la misma manera que la aceptación y reconocimiento del bautismo católico. ¿Debemos hacer algo al respecto?.
3.- Cuándo fue que hicimos a un lado los numerosos versículos bíblicos que condenan el homosexualismo y sus derivados, para apoyar en cambio el reclamo de pretendidos derechos por parte de los grupos LGTBQ que inclusive demandan ser recibidos en la iglesia sin que haya un cambio en sus costumbres. ¿Será que creemos que Dios no puede sanar a este tipo de personas y por ello hay que aceptarlos tal como son?
4.- Cuándo fue que eliminamos la enseñanza bíblica que nos recuerda que al entregarnos a Cristo pasamos a pertenecerle a EL: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros…glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu los cuales son de Dios” (1a. Cor. 6:19,20). Por lo tanto no podemos apoyar la afirmación de los grupos que justifican el aborto, el tatuaje y cosas semejantes bajo la premisa de que “es mi cuerpo y tengo el derecho de decidir lo que yo quiero hacer con él”. Lo cierto es que no podemos tomar decisiones sobre algo que no nos pertenece; en todo caso hemos de consultar con el dueño de nuestro ser para administrar lo que le pertenece, de acuerdo a su voluntad.
5.- Cuándo fue que adoptamos el criterio de aceptar el baile social y condenamos en cambio la danza para El Señor, siendo que la Biblia incluye la danza como uno de los elementos con los cuales se debe alabar a Dios y advierte del peligro de practicar costumbres que son más bien para el deleite de la carne. Este es uno de los aspectos en los que el mundo ha infiltrado a la iglesia en vez de que ésta sea la luz y sal de la tierra. ¿Cómo podemos enmendar este error?.
Estas son algunas de mis preguntas que tal vez alguien más tenga. En todo caso las dejo a cargo de los lectores con la esperanza de que puedan provocar acciones en beneficio de nuestra iglesia.
