Oswaldo Ramirez González
El Día De la Bandera mexicana fue establecido el 24 de febrero de 1934, año que se aprobó la primera legislatura sobre los símbolos patrios. No obstante, esta conmemoración nacional no fue oficialmente reconocida sino hasta 1940, por decreto del presidente Lázaro Cárdenas del Río. Para entonces, nuestro país había superado el periodo armado de la revolución mexicana y se encontraba en la reconstrucción del tejido social. Apenas unos años atrás había finalizado el levantamiento armado de sacerdotes y feligreses católicos radicales en la región del Bajío, episodio conocido como Guerra Cristera. México y el mundo vivían momentos de recuperación económica y reconfiguración política; al mismo tiempo se hacía inminente un conflicto militar; el segundo para entonces, entre las principales potencias europeas y asiáticas.
La crisis económica mundial de 1929 y las inconformidades en los acuerdos del Tratado de Versalles, el cual daba por concluida la Gran Guerra (1914-1918), dieron como resultado la desaparición de antiguos países como el Imperio Turco Otomano y el Imperio Austro-Húngaro. Otros a la par de dicho conflicto se transformaron de antiguos imperios medievales en estados proletariados, como fue el caso del Imperio Ruso en la Unión Soviética, mejor conocida como la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).
Curiosamente, ese mismo año (1929) una joven mexicana de nombre Xóchilt Angélica Palomino Contreras escribió el canto cívico que acompañaría hasta la fecha denominado “Toque de Bandera”, el mismo que fue arreglado musicalmente por Juan Pío Manzanares:
Se levanta en el mástil mi Bandera
Como un sol entre céfiros y trinos,
Muy adentro en el templo de mi veneración
Oigo y siento contento latir mi corazón.
Es mi bandera la enseña nacional
Son estas notas su cántico marcial
Desde niños sabremos venerarla
Y también por su amor vivir.
Inmortal nuestro ser de fervor y patrio ardor.
Almo y sacro pendón que en nuestro anhelo
Como rayo de luz se eleva al cielo
Inundando a través de su lienzo tricolor
Inmortal nuestro ser de fervor y patrio ardor.
Es mi bandera la enseña nacional
Son estas notas su cántico marcial
Desde niños sabremos venerarla
Y también por su amor vivir.
Este cántico cívico complementó la veneración de los símbolos patrios (Bandera, Escudo e Himno Nacional), promovidos en la legislatura de 1934; por lo que, aunado a las condiciones internacionales del momento, dictaron el enaltecimiento de los valores patrios y el nacionalismo en aras de defender la soberanía de posibles ataques por parte de los países fascistas, principalmente del Tercer Reich Alemán. Este fue uno de los motivos por los que el cardenismo instó en que se promoviera en las instituciones educativas la devoción e identidad nacional a través de los símbolos patrios, fechas alegóricas, actos cívicos y concursos escolares.
Siendo justos con la historia e inserción del metodismo en nuestro país, la cívica protestante impulsada desde la dictadura del General Porfirio Díaz promovía el desarrollo de valores civiles y el homenaje a héroes como Hidalgo o Juárez; por lo que, en el nuevo régimen posrevolucionario, las escuelas metodistas que sobrevivieron a los cambios políticos, económicos y sociales, se adaptaron perfectamente a este esquema. Ello quedó plausible a través de las memorias y anuarios escolares. El siguiente texto nos da cuenta de esto, pues es producto del sentir patrio de una alumna del Colegio metodista “Hijas de Allende”, de Pachuca, Hgo., la señorita Giazul León Andrade, y fue reproducido en el anuario de 1940, de dicha institución:
La Abanderada.
“Tuve el alto honor de ser nombrada abanderada del Colegio “Hijas de Allende”. La sorpresa que recibí cuando me lo notificaron fue indescriptible y mi contento mayor al conocer el acuerdo que bondadosamente me confirieron la Srita. Directora y las Sritas. profesoras de este plantel.

Desde ese momento no dejé de pensar en el día de la partida para desempeñar tan honorable cargo.
El día 9 de septiembre, salí del colegio acompañada de la Srita. Directora para reunirnos en la Dirección de Educación con los contingentes de las demás escuelas de la ciudad.
El tren de las 11 de la mañana nos llevó a la ciudad de México; llegamos a la 1 p.m. cuando ya nadie nos esperaba en la estación, pues la hora citada había pasado.
Nos dirigimos a la Escuela “Centro Revolución” en cuyas aulas debían permanecer los continentes del Estado de Hidalgo.
Las actividades se verificaron en las mañanas y en las tardes hasta el día fijado para el desfile.
Dos días antes, me avisaron que representaría al Estado de Hidalgo, lo que también me causó una sorpresa muy agradable al darme cuenta de este gran honor.
Llegó el esperado día 13 de Septiembre.
Desfilamos por las principales calles de la ciudad en medio da [sic] las aclamaciones del público, hasta llegar a la tribuna situada frente a Palacio Nacional. Allí estaba el Sr. Presidente de la República con sus Ministros.
Los treinta abanderados representantes de los Estados de la República, formamos un semicírculo. Cantamos el Himno Nacional y rendida la protesta de la jura, en orden alfabético pasamos a recibir la Bandera Nacional.
Una emoción inexplicable invadió todo mi ser al subir a tomar la Enseña de nuestra querida Patria y temblando tomé el Lábaro de las manos del Sr. Presidente de la República, Gral. Lázaro Cárdenas quien me dijo estas solemnes palabras: “Cuídala mucho y si es posible da tu vida por Ella”. Apenas pude musitar unas cuantas palabras de agradecimiento, tomé la Bandera y la besé con todo mi corazón. ¡Jamás olvidaré este solemne acto!
Fui a colocarme al frente de la columna del Estado de Hidalgo; desfilamos frente a las tribunas para rendir homenaje a la Enseña y continuar nuestra caminata hasta el Hemiciclo a Juárez
Disolvióse la columna y todos nos fuimos a diferentes casas donde nos hospedaron.
El catorce regresé a esta ciudad [Pachuca] en el tren de las 6:45 p.m. con el corazón henchido de gozo; un infinito amor para nuestra Enseña y sabias enseñanzas cívicas que nunca olvidaré. ¡Días felices que fueron como un delicioso sueño, grabados quedan en mi alma!”
Aunque la reseña refiere a la conmemoración de la Batalla del Castillo de Chapultepec (13 de septiembre), es interesante y emotivo como los colegios metodistas desde entonces y hasta el día de hoy son fervientes impulsores de valores morales y cívicos, más aún encontrar en la reseña de Giazul la participación en un momento en el que la historia pondría a prueba al mundo entero.
Un año antes, en septiembre de 1939, y como consecuencia de la invasión de la Alemania nazi a Polonia, inició la Segunda Guerra Mundial. Dos años después, en 1942, en represalias por la suspensión de relaciones comerciales y venta de petróleo, submarinos alemanes hundieron en las costas mexicanas a los buques petroleros Faja de Oro y Potrero del Llano (1942).
Las condiciones de nuestra historia hoy son distintas, pero los principios son los mismos: apelar por la Paz y el Diálogo. Pese a que en aquella ocasión México participó con el Escuadrón Aéreo 201 en las Filipinas, hoy en consonancia con la política de no intervención de nuestra nación (Doctrina Estrada), el metodismo mexicano apela por un mundo mejor, en el que el diálogo antes que la violencia en el Amor en Cristo sean la mejor solución a los conflictos. Oremos por la Paz en Ucrania y en la Franja de Gaza.
Fuentes de información.
Bastian, Jean-Pierre. Los disidentes. Sociedades protestantes y revolución en México, 1872-1911, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.
León Andrade, Giazul, “La Abanderada”, en Anuario del Colegio “Hijas de Allende”, Pachuca, Hgo., 1940, 27-28pp.
