El pasado domingo 3 de marzo, en el servicio de mediodía, tuvimos la visita del colectivo – social – familiar: “Grupo vida”, quien está conformado por un grupo de personas con un común denominador: un familiar ausente, por lo que decidieron unirse para formar el colectivo “Víctimas por sus Derechos en Acción -Vida”.
Hay una realidad fuera de las cuatro paredes de la Iglesia, que ha desgarrado, partido y roto a miles de familias en este país, a causa de la violencia. Dios nos movió para “hacer algo” por estas familias; familias que en su caminar por los campos y las veredas de esta región, encuentran su aliento y su fuerza en un pedazo de tela o de hueso o de algún accesorio que sus seres amados llevaban el día que desaparecieron para nunca volver, y de esa manera tener la paz de por lo menos saber que esos “pequeños restos” certifiquen que son de la persona que han buscado y poder cerrar por fin el círculo del dolor y la tristeza en un acto memorial.

Conscientes de esa realidad, Dios incomodó nuestro corazón y como Iglesia para “DAR”; dar ese algo que las autoridades no les pueden dar, dar ese algo que ni las terapias grupales, ni los buenos deseos de las personas, ni siquiera el tiempo -ése que dicen que todo lo cura- les pueden dar. El problema es que para que el tiempo cure esas heridas, la única medicina válida es la Palabra de Dios. Así lo creo. Pero para ello, hay que soltar la Palabra y confiar que el Espíritu Santo haga el resto.
Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Lucas 23:34
Eso teníamos que “DAR”. Las familias que conforman el Grupo Vida son familias que en el fondo de sus corazones saben que no volverán a encontrar con vida a sus seres amados, por más duro y difícil que sea aceptar esto. Sin embargo, para estas familias es necesario encontrar la paz y la sanidad que su alma necesita y que de esa manera sus corazones puedan descansar en el amor de Dios y en su perdón. Pero ofrecer el apoyo no fue una tarea fácil: fueron días de orar, pensar, y buscar primero el texto a desarrollar, luego buscar recursos, historias, y testimonios personales más allá de la Biblia, que sustenten que efectivamente el perdón de la Biblia libera, reconcilia y da paz.

Fue también preparar un servicio especial, las lecturas respectivas, los himnos adecuados, la alabanza correcta, la conducción del servicio arropando a nuestros visitantes en un lenguaje y formas que no los hicieran sentir ajenos a un tiempo así; una liturgia que a su vez les fuera familiar a donde comúnmente se reúnen cada domingo. En lo personal fueron días de mucha tensión y dudas de si ese era el mensaje adecuado; después de todo, el perdón de Dios se basa en perdonar, para que a su vez Él nos perdone.
Perdónanos el mal que hemos hecho, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han hecho mal.
Mateo 6:12
Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre perdonará a ustedes las suyas.
Mateo 6:14-15
¿Cómo entrar con la Palabra de Dios a un corazón roto? ¿Cómo presentar a un Dios de amor y misericordia a un corazón, donde incluso Él es el primer culpable de semejante dolor?

Dios entra a cada corazón cuando la Iglesia suelta y anuncia SU Palabra. Lo otro, lo que yo llamo la parte sobrenatural del efecto de esa Palabra, esa parte le corresponde a Dios solamente. Pero ese es el reto de nuestra generación como Iglesia; que en medio de los tiempos que estamos viviendo debemos: dar – transmitir – soltar un mensaje de esperanza, reconciliación, perdón y amor para una comunidad rota y dolida.
Me queda claro que “…América Latina (México incluido) requiere de cristianos íntegros, dispuestos a enfrentar situaciones de injusticia, necesidad, aridez espiritual y desfiguración humana. Entre tantas voces confusas, desde adentro y afuera de la Iglesia, con urgencia necesitamos escuchar de nuevo, con frescura y pertinencia, la Palabra de Dios. La predicación de la Biblia, en formas contextualizadas es tarea urgente para todos”.
“Los desafíos de ser cristianos en América Latina hoy”

Y sí, al final pudimos ver el rostro de Jesús en el rostro de aquellas madres, esposas e hijas que han perdido todo su brillo, su dulzura y belleza con las que fueron creadas (las palabras no me alcanzarían para describir esos rostros). Vimos el rostro de Jesús, cuando una pequeña mueca de paz y conformidad se asomó en esos rostros; paz que da alivio y descanso cuando escuchan y entienden que vendrá un día, cuando el orden divino de toda la creación vuelva a ser restaurado como al principio, y cuando el Juez justo de toda causa imparta SU verdadera justicia, y sus lágrimas y las lágrimas de todos aquellos hombres y mujeres que han sido lastimados y ofendidos sean enjugados por Él cara a cara. Eso es esperanza, eso es paz.
Hasta entonces aún queda mucho trabajo por hacer y muchas voces que escuchar. Aún hay miles de corazones que necesitan ser “arreglados” aquí en este mundo, y eso va a suceder cuando la Iglesia del Señor vea con ojos de amor y misericordia y piedad a un mundo caído.
Nuestro Señor Jesucristo declaró enfáticamente que nosotros sus seguidores somos la sal y la luz en este mundo, y que como sus seguidores debemos hacer buenas obras para que otros, al verlas, glorifiquen al Padre. De aquí, pues, parte nuestra preocupación social, nuestro interés en los acontecimientos que convulsionan el mundo al que nuestro Señor Jesucristo nos ha enviado, y el deseo y responsabilidad de aliviar sus enfermedades, carencias y dolores. Nuestro testimonio como cristianos en el mundo debe ser una señal de que el Reino de los cielos se encuentra ya entre nosotros.
¡A Dios sea la gloria!
Pastor Juan Carlos Rubio
