El trabajo y los metodistas

El trabajo y los metodistas

“Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario……”         Lucas 10:7 RVR1960

“Ustedes no les han pagado el sueldo a sus trabajadores, y el Señor todopoderoso ha oído las protestas de ellos. Ese dinero que no han pagado también los acusará delante de Dios”       Santiago 5:4 TLA 

El trabajo ha sido una actividad fundamental en la vida del ser humano desde tiempos inmemoriales. En la antigüedad, las formas de trabajo eran muy diferentes a las que conocemos hoy en día. Las sociedades antiguas se basaban en la agricultura y la ganadería, y el trabajo era una actividad esencial para la supervivencia de las comunidades. Además, el trabajo estaba estrechamente ligado a la religión y la cultura de cada civilización, lo que lo hacía aún más importante en la vida cotidiana de las personas. 

En la Edad Media imperaba la creencia y práctica del cristianismo de que el trabajo era un castigo de Dios, a partir de una interpretación errónea del pecado original, debido a la desobediencia de Adán de comer del fruto prohibido; entonces retoman lo que dice Génesis 3:19: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”.

La esclavitud que existía era incompatible con la doctrina de la iglesia, pues ante Dios todos los hombres somos iguales; y era inaceptable que hubiera unos superiores y otros inferiores, y además que los hombres fueran vendidos. Luego, la esclavitud fue sustituida por la servidumbre, una especie de esclavitud moderna, pues los siervos se ponían al servicio del señor feudal y a cambio de trabajar para ellos, recibían su protección.  

En la Edad Moderna se da la ruptura dentro de la iglesia católica. Aparece el protestantismo con Lutero, entre otros, a la cabeza; y entonces cambia el concepto del trabajo, y de ser considerado un castigo divino, pasa el trabajo a ser algo agradable a Dios, un fin en sí mismo y no solamente un medio para obtener las cosas básicas para subsistir. Cambia radicalmente el enfoque y el valor del trabajo.   

La burguesía, como clase social, adquiere cada vez mayor relevancia; para ellos, el trabajo era la base del ascenso económico y social de la sociedad. Se da la llegada de los europeos a América para su conquista, lo que significó su encuentro con los indígenas. Les imponen la forma de trabajo llamada encomienda, que en la práctica era muy similar a la esclavitud. Además, los españoles trajeron esclavos africanos para trabajar a su servicio. En México se dio la forma de trabajo llamada tequio, es decir, trabajo colectivo, no remunerado, para la comunidad.

En la Edad Contemporánea, la Revolución Francesa fue encabezada por la burguesía; y para uno de sus grandes pensadores como John Locke, el trabajo era fuente de la propiedad privada. Según él, Dios ofreció el mundo a los seres humanos y cada hombre era libre de apropiarse de aquello que fuera capaz de obtener con sus manos. Para Adam Smith, el trabajo era la fuente de toda riqueza. Imperaba la monarquía absoluta y la burguesía quería el poder político. Reclamaban libertad, igualdad y fraternidad.  

La Revolución Industrial empieza en Inglaterra con la invención de la máquina de vapor. Aparecen las primeras fábricas, el trabajo industrial sustituye al trabajo artesanal. Hay una fuerte migración del campo a la ciudad. Se incrementa la productividad, bajan los precios y aumenta el consumo en la sociedad. Se enaltece el trabajo, aparece el concepto “el tiempo es oro” y hay menosprecio del ocio, había que trabajar todo el tiempo. Aparece el obrero industrial, nuevo grupo social, quien vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario. 

En esos años, como sabemos, aparece Juan Wesley (1703-1791), quien vive de cerca la situación de los obreros fabriles en Inglaterra que laboraban de 12 a 19 horas, sin protección social; con bajos salarios que obligaban a que trabajaran los hijos para que las familias alcanzaran a cubrir sus necesidades. No había seguridad ni higiene, eran explotados y exprimidos, por lo que muchos trabajadores se refugiaban en los vicios y otros empezaron a organizarse para enfrentar y cambiar la difícil situación que padecían.    

Como sabemos, la Iglesia Metodista surgió en Inglaterra por iniciativa de varios pastores anglicanos liderados por uno de ellos, Wesley. El 24 de mayo de 1738, en un pequeño local de la calle Aldersgate, Wesley tuvo una profunda experiencia personal que reforzó sus convicciones y se sintió impulsado por Dios a seguir el camino firme de predicación y práctica del evangelio.

Tres años después había unos tres mil metodistas, casi todos de las clases bajas, lo cual señalaba claramente la prioridad de este grupo de pastores anglicanos. En 1780 eran unos 53 mil, lo que evidencia el impacto de lo que se llamó movimiento metodista, que tenía una real participación en los asuntos sociales de ese país.

Los efectos sociales de la Revolución Industrial fueron vistos y vividos por los primeros metodistas con una percepción muy clara de que la gente no tenía la culpa de la hambruna, del desempleo, la insalubridad y los riesgos industriales. Para nada recurrían a lo que se solía decir “no trabajan porque son unos vagos”. Wesley puso la mirada en las causas y no en culpar a las víctimas.

Estas declaraciones no son casuales, sino la consecuencia de una postura definida desde el inicio del metodismo, que se hace cargo de los clamores de la gente como parte del compromiso con el evangelio de Jesucristo.

La celebración del Día Internacional del Trabajo, el primero de mayo, es para recordar lo ocurrido en la ciudad de Chicago en mayo de 1886. En esos días hubo grandes manifestaciones obreras en reclamo de leyes dignas para el trabajador, entre ellas las 8 horas de trabajo que en ese entonces eran de 12 y 16 horas y legalmente podían extenderse a 18 horas. El lema obrero era “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”.

Una de esas manifestaciones, que tenía permiso de la Alcaldía, fue reprimida por policías provocando muertos, heridos y muchos detenidos. A un grupo de ellos se les hizo juicio con fuertes sentencias; dos, fueron condenados a la pena de muerte. Posteriormente, se comprobó que fueron falsas las acusaciones de que habían colocado bombas y agredido a la policía. Los enjuiciados fueron conocidos como los Mártires de Chicago.

Entre los mártires se encontraba Samuel Fielden, inglés, de 39 años, pastor metodista y obrero textil; en Inglaterra había sido superintendente de las Escuelas Dominicales; en 1864 se trasladó a Nueva York y trabajó en algunos telares, ingresó en la Liga Liberal en 1880 y fue activo miembro de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

La participación en la lucha obrera del hermano metodista Samuel Fielden no fue casual, ni circunstancial. La Iglesia Metodista tenía una fuerte participación social que se concretaba en distintas formas, entre ellas la de participar en movimientos como aquél en el que ingresó Fielden.

Al respecto, Nuestro Señor Jesucristo declaró enfáticamente que nosotros sus seguidores somos la sal y la luz en este mundo (Mateo 5:13,14), y que como sus seguidores debemos hacer buenas obras para que otros, al verlas, glorifiquen al Padre (Mateo. 5:16). Es decir, que nuestro testimonio como cristianos en el mundo debe ser una señal de que el Reino de los cielos se encuentra ya entre nosotros (Lucas 17:20,21). De aquí, pues, parte nuestra preocupación social, nuestro interés en los acontecimientos que convulsionan el mundo al que nuestro Señor Jesucristo nos ha enviado (Juan 17:18), y el deseo y responsabilidad de aliviar sus enfermedades, carencias y dolores (Mt 25:31-46; Mr 6:7-13; Jn 20:21,22; Hch 2:43-47; Rm 15:26,27; 1ª Cor 16:1-14). 

El metodismo ha mostrado esta preocupación social desde sus inicios. Vemos cómo Wesley, y con él todos aquellos que se unieron en defensa de los más débiles e indefensos, dieron testimonio en ese mundo donde Dios les había puesto. Muchos de los convertidos a Cristo y que se unieron al movimiento metodista siguiendo el ejemplo del compromiso social de Wesley estuvieron dispuestos a enfrentar insultos, acusaciones, a sufrir condenas de trabajos forzados, o incluso a morir por defender aquello que estaban seguros era la voluntad de Dios para todos: conservar la dignidad de todo ser humano

Lord Shaftesbury y Ricardo Oastler, trabajaron para emancipar a los «esclavos industriales» y a los menores de edad explotados en las fábricas, lo que provocó la revolución industrial. Tenemos también a tres predicadores locales y dos congregantes de la Iglesia Metodista en la villa de Toldpuddle, Inglaterra, que al fundar un sindicato agrario fueron considerados fuera de la ley y sentenciados a siete años de trabajos forzados en las colonias penales de Australia. Su fe, que se concretaba en la preocupación por extender el reino de los cielos en esta tierra, también impulsó a esos metodistas a luchar por cambiar legislaciones injustas, a unirse en protestas y huelgas. 

El compromiso de la Iglesia Metodista con las necesidades y movimientos sociales queda demostrado desde Juan Wesley hasta aquellos que han aceptado que el evangelio del Señor hace bien a las almas y cuerpos de los que tienen hambre y sed de justicia. (Mt. 5:6, 10-12). 

En 1908, las iglesias metodistas de EE.UU redactaron un documento llamado Credo Social, con 16 puntos, que luego es adaptado por otras iglesias metodistas del continente americano. Algunas de sus cláusulas decían:

  • “El derecho de todo ser humano a tener la oportunidad de un trabajo digno que le permita su propio sostenimiento, y agrega:
  • Comprometiéndonos para garantizar este derecho contra todo abuso o explotación física, económica y/o psicológica”.
  • Abolición del trabajo dañoso para los niños. 
  • Reglamentación del trabajo de las mujeres, especialmente de las madres, y salvaguarda de su ambiente físico y moral.   
  • El derecho a organizarse tanto los obreros como los patrones y de usar los medios justos de conciliación y arbitraje en los conflictos industriales. 
  • Reducción razonable de las horas de trabajo para el descanso y recuperación indispensable al mejoramiento de la vida humana. 
  • Un salario adecuado para cubrir las necesidades del individuo; y el salario máximo que las industrias puedan pagar. 

En nuestra IMMAR existe una versión actualizada del Credo Social dentro de la Disciplina, que incluye lo siguiente: 

1.- El mundo visible es creación de Dios y nos ha encargado su cuidado. Somos mayordomos de la creación, no sus dueños. Por tanto, cualquier interés o práctica que perjudique el ambiente, la naturaleza, la vida silvestre y la dignidad humana, es un atentado contra la creación del Señor, y debe ser prevenida, detenida y combatida. 

2.- Todos los hombres y mujeres, por haber sido creados a la imagen y semejanza de Dios, tienen derechos que son inalienables. Fuera del ambiente de la iglesia cristiana estos son conocidos como derechos humanos. Defenderemos estos derechos. 

3.- Todos los hombres y mujeres tienen derecho a que se imparta por igual la justicia, sin que su situación social o económica, preferencia religiosa o política, ni su raza, ni su grado de educación sea un obstáculo o argumento para negársela.

4.- Declaramos que todos los hombres y mujeres tienen derecho al trabajo como una manera de obtener un mejor nivel de vida. Por tanto, se protegerá al trabajador y su libertad para organizarse en pro de la defensa de su trabajo y su demanda de salarios que le permitan mejores condiciones de vida. 

La Biblia es, en cierto sentido el libro que registra la vida de un pueblo trabajador. El trabajo entre los hebreos parte de una perspectiva teológica. En el Génesis se exalta el trabajo creativo; es el mismo Dios quien continúa laborando (Sal. 104:22-24). La obra de Dios a favor del hombre fue fundamento de la dignidad del trabajo. 

Los Diez Mandamientos no sólo subrayan el día de descanso, sino el trabajo de los otros seis días (Ex 20:10-11). Nehemías señala el bien que se recibe del trabajo hecho y cumplido (Neh. 4:6). El apóstol Pablo exalta por igual el trabajo (1ª Tes. 4:11).

Jesús alaba al hombre laborioso y lamenta la desocupación (Mt. 20:1-16) y habla del salario del trabajador. Él mismo fue trabajador esmerado e infatigable (Jn. 5:17). Los discípulos de Jesús eran hombres industriosos, Cristo los llamó a su servicio estando ocupados en laboriosos trabajos.

La Biblia se refiere, entre otros trabajos comunes de los hebreos, a cuatro tipos principales: 1.- El de pastores y agricultores (Gn. 13)  2.- El obrero artesano 3.- El trabajador asalariado y, 4.- El criado o esclavo trabajador. El trabajo del esclavo fue valiosísimo en las grandes construcciones (Ex. 20:10; 21:2-6). Salomón implantó el trabajo forzoso al construir el templo (1ª Rey 5:13-18).

La mujer hebrea desempeñaba una variedad de trabajo no sólo doméstico, sino también del campo, en la cotidiana tarea de moler los granos y elaborar harinas; en amasar y cocer el pan; en la confección de las vestiduras; en el aseo y cuidado de la casa; en la diaria y fatigosa tarea de aprovisionamiento de agua; en el cuidado de las ovejas; en la recolección de las cosechas y, a veces, en negocios. 

En las Escrituras, la idea del trabajo tiene un elevado sentido espiritual. Trabajar y obrar son términos comunes para significar todo lo que un hombre hace y la forma como da expresión a la vida. Así Jesús apremia al hombre a trabajar (Jn. 9:4) y llama a los “trabajados y cargados” (Mt.11:28-30). Pablo alude a las “buenas obras” (Ef 2:10); se habla del reino de los cielos como conquista del que trabaja (Mt. 11:28-30) y se enaltece la justa paga del obrero (Lc. 10:7).

Sirva esta breve compilación este 1º de mayo, Día Internacional del Trabajo, como un homenaje a los trabajadores y trabajadoras de todos los tiempos, todas las razas y todas las nacionalidades. A los trabajadores de la ciudad, que son factor fundamental para el desarrollo industrial y de los servicios; y a los trabajadores del campo, que con su esfuerzo alimentan al mundo, quien no parece comprender el enorme esfuerzo que ello significa. Y por supuesto, un reconocimiento a todos los héroes conocidos y anónimos de la clase obrera que lucharon e incluso dieron su vida para lograr derechos como la jornada de 8 horas, la jubilación, el reparto de utilidades, el aguinaldo, la seguridad social y otras tantas prestaciones. Derechos que aún tenemos hoy, pero que lamentablemente parecen cada vez más lejanos para las nuevas generaciones. 

Estos derechos surgen como fruto, gracias a Dios y a las históricas y heroicas luchas, por citar un ejemplo,  de los trabajadores que estallaron alrededor de 50 huelgas en el primer semestre de 1912, entre las que destacaron las de Monterrey, Nuevo León; la de los obreros mineros y metalúrgicos en Cananea, Sonora; Santa Eulalia, Chihuahua; Matehuala, San Luis Potosí; Pachuca y Real del Monte en Hidalgo y el Boleo, Baja California; la de los petroleros en Tampico, Tamaulipas; la de los estibadores del Puerto de Veracruz y la de los textileros de la región de Río Blanco y Orizaba en el mismo Estado. Factores que indudablemente influyeron para que el 1º de Mayo de 1913 fuera la primera ocasión en que la clase obrera mexicana pudo marchar por el Día Internacional de los Trabajadores, tras la dictadura de Porfirio Díaz, que se lo impidió con represión sistemática durante años.

En nuestro país, de un universo de poco más de  51 millones, según datos del INEGI a inicios de 2023, la mitad de los trabajadores sólo ganaba como máximo un salario mínimo; asimismo en 2022, sólo 12.7% de los trabajadores asalariados tenían un sindicato real y funcional, según datos de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social; y sólo el 10.4% gozaba de la cobertura de un Contrato Colectivo de Trabajo con derechos colectivos y prestaciones establecidas. No son datos alentadores, y por tanto debieran ser una preocupación y una ocupación, principalmente para las nuevas y próximas generaciones de trabajadores y trabajadoras. ¿Qué futuro laboral les depara a nuestros hijos y nietos y qué clase de empleos ocuparán? ¿De qué derechos disfrutarán cuando se retiren? ¿Tendrán una vida digna al finalizar su vida laboral? Sólo Dios lo sabe. 

Pugnar por trabajos dignos con derechos laborales, estabilidad y seguridad social es luchar por la vida y honrarla. Cuidar y mejorar el trabajo es un deber. Para todo cristiano-metodista comprometido en amar al prójimo, como dice la Palabra, es, sin duda, una responsabilidad y una tarea en estos atribulados tiempos. Retomemos nuestro legado histórico y practiquemos la responsabilidad social-cristiana con nuestro perfil metodista. 

Aquí algunas ideas concretas que pongo a su consideración:

1.- Orar para pedir dirección a nuestro Dios para ser la sal y la luz del mundo, en particular en el espacio laboral; hacerlo en forma individual, familiar y en los grupos de oración en cada iglesia.

2. Capacitarnos para asumir un papel correcto y con bases. Recibir pláticas con diversos temas que informen y sensibilicen sobre lo laboral a los congregantes y a nuestras autoridades eclesiásticas.

3. Promover la participación social en el mundo del trabajo con nuestro perfil cristiano-metodista, actuando bajo principios bíblicos, éticos y morales.

4. Organizarnos para poder incidir con nuestra voz, acción y propuestas en todos los espacios posibles (congregación, familia, centro de trabajo, sindicato, colonia, poderes legislativo, ejecutivo y judicial).

5.- Conformar una Comisión Laboral que se encargue del tema en nuestra iglesia, que desarrolle y difunda información, que dote de una cultura laboral basada en principios bíblicos a los congregantes, y que pueda incidir con propuestas fundamentadas en los espacios que toman decisiones en la iglesia y en el país, con la visión de justicia social que ha caracterizado históricamente a la IMMAR.    

Fraternalmente

Hno. Víctor Enrique Fabela Rocha
Congregante de El Divino Salvador en Pachuca, Hgo.


Compilación basada en Biblia RVR 1960, Disciplina de la IMMAR, Boletín del Dtto. Hidalgo y las Huastecas “Conexionalidad Metodista” de junio de 2000, Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (CONASAMI), Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) y archivos propios.