(Primera parte)
Gerson A. Trejo Gutiérrez
Como el nacimiento de Jesús los inicios del protestantismo mexicano florecieron entre animales y grandes extensiones agrícolas. Gracias a los estudios regionales se ha dado un acercamiento a la Historia en zonas en el país donde los grupos de no católicos comenzaron a reunirse y establecer nuevas dinámicas del trabajo eclesial. No cabe duda de que estas sociedades representaron un importante bastión de crecimiento por toda la nación mexicana. Sin embargo me parece que faltan elementos de análisis, como los antropológicos, que posibilitan la comprensión del crecimiento en esas regiones. Para esto me gustaría abordar el tema de los protestantes y católicos como “otredad” y “mismidad”, y así comprender un poco las dinámicas de crecimiento y los problemas que sufrieron estas minorías religiosas, los cuales se perciben en la novela escrita por el pastor metodista Victoriano D. Báez, donde el discurso se plantea desde la “otredad”.
Es importante decir que los primeros grupos no aparecieron por “generación espontánea” sino hubo diferentes factores que propiciaron el inicio de reuniones evangélicas. Sabemos que estuvieron formados por hombres y mujeres de todas las edades, sin embargo resulta difícil conocer las microhistorias que nos permiten detallar esos inicios, así como el crecimiento de las primeras comunidades eclesiales, pues pasa que la mayoría de trabajos corresponden a macrohistorias, en donde se suele describir los factores externos que posibilitaron el cambio de instituciones en la sociedad mexicana puesto que las zonas rurales eran espacios muy cerrados, lo que imposibilita en buena medida la “entrada” de nuevas propuestas religiosas; esto da lugar a que se ponga un mayor énfasis en el ferrocarril, las Leyes de Reforma, gobierno liberales y denominaciones evangélicas, entre otros como factores fundamentales para la entrada de nuevas ideas religiosas. Pareciera, entonces, que la interacción social ha quedado afuera de la explicación sobre las primeas comunidades protestantes.
En la mayoría de las investigaciones hay una omisión del tema de la “evangelización”, que plantea diálogo, como componente importante para explicar las bases y la vinculación de una población al protestantismo, la cual generó una confrontación identitaria y que formuló la visión de ser anticristianos, idólatras, satánicos, etcétera. También es claro que no podemos olvidar que durante el siglo XIX hubo cambios políticos, jurídicos, económicos que inquietaron la dinámica de la sociedad y que dio lugar a un enfrentamiento con la iglesia dominante. A la par de los estos acontecimientos salieron a la luz pública grupos reformistas que plantearon una iglesia sin vinculación externa, así como favorecer completamente al pueblo mexicano; esto porque después de la Guerra de Reforma se acusó al catolicismo de “adherirse” a intereses extranjeros, sin olvidar que creció el deterioro local de los sacerdotes por tener una “doble vida”. Con esas insinuaciones no fue extraño que surgieran movimientos de renovación cristiana como la Iglesia de Jesús y las diferentes sociedades evangélicas independientes y su posterior vinculación con las denominaciones protestantes que llegaron a México.
Esos grupos también aparecieron en los campos, entre las huertas y hortalizas; ahí se sembró una nueva propuesta religiosa, a la par aparecieron brechas internas, pues en varios casos era incomprensible este tipo de “rompimientos” culturales. Comenzaron las murmuraciones de diabólicos, ateos, extranjeros, etcétera. Y es que escuchar estas nuevas ideas parecía un agravio a la mayoría de los mexicanos porque cuestionaban la fe, la fiesta, los rituales “tradicionales” y el sistema social en donde los sacerdotes tenían una posición por encima de cualquier persona. Por ejemplo, la historiadora Martha Eugenia Ugarte nos acerca a esas realidades propias del campo y nos muestra la preocupación de las autoridades católicas por el crecimiento de las logias masónicas, así como de la Iglesia de Jesús y de las reuniones protestantes, las cuales usaban estrategias “atrevidas” porque se dirigían a los sacerdotes para “tratar de convencerlos de cambiar de religión”, pero además porque, entre la gente de la localidad, “trabajan mucho los llamados protestantes por difundir sus perversas doctrinas” (1).
Muchos de ellos estaban convencidos de que si la sociedad cambiaba de religión esto traería beneficios a favor de romper con el sistema tradicional y establecer un modelo “moderno”. Por el otro lado, se pensaba que cambiar de religión era romper con el tejido social, con las “buenas costumbres” y con la “tradición” que el catolicismo significaba. De esa forma se desarrolla un enfrentamiento discursivo construido desde el imaginario de cada agrupación religiosa.
Pero para el caso de las minorías, sabemos que vivieron una violencia tanto verbal, física y hasta económica. Se trata de la “otredad”, que es una categoría antropológica que hace referencia al análisis de lo diferente con respecto a lo que se construye en una sociedad (mismidad), en algún elemento social, político, étnico y religioso como en este caso. Es interesante porque, aunque eran gente propiamente de la comunidad, es decir conocidas o familiares, pasa que en cuanto cambian de religión se les marca y separa dentro de la propia localidad. En la década de los setenta del siglo XIX, los evangélicos se sentían amparados por la Constitución de 1857 pero en la práctica, la sociedad, asumió actos de intolerancia contra todo tipo de disidencia religiosa. No obstante se extendieron por muchas partes del país, a pesar de que eran pequeños espacios con sus dinámicas de fe. Me interesa analizar que la integración al protestantismo trajo “nuevos” rituales que confrontó el modelo “tradicional” de vida; en donde afectó lo privado, es decir en las familias, como lo público, en donde el templo cambió la fisonomía de la región, planteado también un choque al ver un espacio con otra religión y con gente de la propia localidad.
1. Victoriano D. Báez y su escrito sobre “los otros”
A través de la novela Anita y el Cristo de San Telmo, escrita por el pastor metodista Victoriano D. Báez (2), analizaré el tema de la otredad. En este libro se muestra las interacciones sociales entre la población rural y los evangélicos. Desde “adentro”, el autor observa a una comunidad que va formándose y creciendo, de tal forma que renueva los espacios públicos e imaginarios, como serían las “almas”, el templo, los rituales y las creencias, los cuales se van incorporando a la vida cotidiana y formular un nuevo sentido del cristianismo. En ella se narran diferentes acontecimientos “reales” que fueron conocidos por el autor de forma directa o indirecta por su relación pastoral, amistades y el periodismo metodista. Don Victoriano vivió los avatares de intolerancia religiosa en las iglesias que él estuvo pastoreando, como en Tlaxcala, Puebla, Guanajuato, Hidalgo, Oaxaca, sin olvidar que conoció muchos casos, como el suceso del pastor Epigmenio Monroy en Apizaco, Tlaxcala (3), entre otros incidentes novelados aquí(4).
El autor comenta que le fue “revelado” escribir sobre el tema cuando se encontraba acostado “en la arena”, en un momento donde estaba “desempeñando una comisión literaria” para la Sociedad Bíblica Americana y recordó “con nostalgia” la “obra” de “los compañeros pobres y sufridos, perseguidos y abnegados”, por lo que decidió escribir “de lo que sabes de otros en la evangelización de México”. Para los editores era claro que el Dr. Victoriano tenía “un conocimiento íntimo de los sucesos que marcaron el principio de la gran epopeya de la evangelización de dicho país” (p. 5).
Él cuenta que la novela fue escrita entre la primera y segunda década del siglo XX (5). El libro no se publicó en ese momento, “seguramente” por los problemas económicos, de manera que “quedó en el archivo de la familia”. Antes de su muerte, en 1938, Victoriano decidió “sacar a este dormilón a la calle, para que vea la luz, aspire el ambiente y se bañe de sol” (p. 13). La obra salió a la venta en 1949 por CUPSA y La Aurora (6). Por su parte el editor hace referencia del valor testimonial, puesto que “por su experiencia personal y sus contactos estrechos con los primeros sembradores del Evangelio en México, (tuvo) un conocimiento íntimo de los sucesos que marcaron el principio de la gran epopeya de la evangelización de dicho país”. Además el autor reflexiona que decidió escribirlo en forma de novela, y no biográfico o histórico, puesto que no podía precisar con exactitud “fechas, lugares, personas, circunstancias, motivos…(y) me he inclinado, naturalmente, casi instintivamente, a la narración pintoresca” (p. 13).
2. Los “otros” como factor de análisis
La novela trata sobre el crecimiento y las experiencias de unos evangélicos en un pueblo llamado “San Lucas”, en donde la mayor parte es católica. Esta irrupción se convierte en una “confrontación” a la comunidad, puesto que presentan sus propios rituales a las mismas problemáticas de la vida como en la enfermedad, el matrimonio, la muerte y más; además levantan espacios en beneficio de la sociedad como escuelas y dispensarios. Al darse esta nueva realidad, el catolicismo ve el inicio de la pérdida del monopolio religioso entre las personas, por lo que provocó muchas acciones violentas de manera directa o indirecta contra esos grupos. A pesar de tales acciones, el número de participantes aumentó, posiblemente ante la novedad de sus rituales y de la “congruencia” con el seguimiento a Dios, a partir de los valores que ellos quieren mostrar, tales como respeto, verdad, trabajo, estudio, rectitud, entre otros.
Y es que el tema de los “otros” tiene que ver con personas que cuando se integran a una comunidad pasan a “incomodar” a un grupo específico o toda la “sociedad” que la componen, permitiendo construir historias y discursos que justifican su rechazo y su eliminación. Para el caso religioso se construyó la historia de que los protestantes no eran mexicanos y además estaban ligados con seres diabólicos; su enojo creció cuando se defendían jurídicamente y justificaban que eran un bien social puesto que el país requería una renovación religiosa y formación de instituciones nuevas. Para una parte de la sociedad ellos no solo había signos de malicia sino también de altivez. Es claro que el “otro” tiene un efecto emocional en las personas porque trastocan el imaginario que se construye en el diario vivir; además se suele pensar que se vuelven “peligrosos” cuando vemos su integración en los espacios públicos y privados, justificando el peligro en los diversos ámbitos de la vida tradicional, como la familia y el Estado. Fue entonces que los protestantes fueron catalogados como seres diabólicos porque buscaban una renovación de la vida en el país.
El autor escribe su visión desde “adentro” y desde el primer capítulo hace una referencia de la “vida cotidiana”, en donde expone como el catolicismo es esencial de San Lucas, por lo que “casi todo el pueblo” se caracteriza por ser “idólatra, supersticiosa y fanática” (p. 17). Este actuar nos plantea una dinámica rutinaria y centralizada en la religión católica la cual domina la vida de las personas. Esto le recuerda la visión pesimista de Eclesiastés cuando dice: “Generaciones van y generaciones vienen, y así se desliza la vida de los habitantes de San Lucas, el pintoresco pueblo cuya fama sin igual corre a muchos kilómetros a la redonda” (p. 21). La crítica presentada contra la “tradición” se desarrolla cuando la religión justifica la idolatría, las peleas de gallos, los toros y los juegos, las ceremonias “vacías”; por su parte cree que la iglesia debería sensibilizar a favor de valores como el trabajo y la educación, pues “tantos dones de la mano de Dios, de tan bellas oportunidades para centuplicar la riqueza y para crear las muchas comodidades que la civilización ofrece, los habitantes no se preocupan por nada nuevo ni aspiran a otras prácticas, que sean las de la rutina” (p. 16). La relación del catolicismo con la fiesta se convertía en un factor de retroceso puesto que la gente cae en valores “degradantes” como el alcoholismo y posteriormente en la pobreza, es por eso la fiesta solo beneficia al cura, cree el autor. De ahí la importancia de la entrada del protestantismo porque “ilumina” a la sociedad a valorar lo que da Dios en “beneficio de la sociedad”.
En los siguientes capítulos se hace referencias a la irrupción de los primeros evangélicos, los cuales comienzan a tener contacto con la Biblia, así como con otros materiales, pero lo más importante fue cuando se empezaron a establecer espacios de estudio. No cabe duda de que la lectura se convirtió en la base del protestantismo por lo que hubo que formar una infraestructura académica básica. Resulta importante comprender que, dadas las condiciones educativas de finales del siglo XIX, la lectura se realizaba de forma colectiva y no individual, por lo que el problema demandó un mayor número de misioneros norteamericanos en México, favoreciendo el trabajo de pastores mexicanos, a pesar de lo peligroso que podía existir. El pastor se convirtió también en profesor, al igual que las iglesias también se acondicionaron como escuelas, las cuales beneficiaron a la comunidad de la región
Esto dio lugar a una red de reuniones protestantes no necesariamente todas pertenecientes a una denominación. La distribución de la Biblia tomó diversos caminos, por un lado hubo los colportores (7),a veces vinculados a alguna denominación pero otras no, y a la par otras formas de intermediación que permitieron la integración de la población a las nuevas agrupaciones; de igual forma, algunas con apoyo logístico denominacional pero otras con elementos básicos como una Biblia, algún manual y su lectura por parte de algunos de los nuevos creyentes que recibieron de algún lugar. Esta es la parte que falta construir y que ayudaría a explicar cómo las familias lograron a convertirse en espacios de sociabilidad religiosa no católica y posteriormente establecen las alianzas con algunas de las denominaciones. No cabe duda de que estos primeros espacios influyen para una lectura de la Biblia sin olvidar que también recibieron materiales que cuestionaban la legitimidad del papado, la falsedad de la confesión, la “adoración” a las imágenes, etcétera.
En la novela se cuenta que se reunieron don Simón y don Andrés, en medio de sus sembradíos y Simón le comenta que leyó “un cuadernito”, el cual “llegó a mis manos” sobre “La invocación a los santos”, en donde se planteaba que “no pueden oírnos, (y que) no son intercesores… (ni tampoco) se debe de invocarlos”, a lo cual contesta don Andrés: “¡que atrocidad! Eso no va de acuerdo con lo que enseña el señor cura, y sobre todo, con lo que hemos sabido siempre” (8). Al cuestionar sobre de dónde ha sacado la información, le contesta que a través de una “sociedad evangélica” la cual “funda su dicho en las Sagradas Escrituras” (p. 30). Esto los deja con una necesidad de saber más pero no lo hacen con el sacerdote de la localidad, sino que irán a la “capital del Estado” para conocer sobre el tema, donde “se celebraban cultos evangélicos, tres veces por semana… Cierto jueves por la noche se verificaba la reunión de costumbre, con una veintena de personas…”, dice que quedaron convencidos, “regresaron a su pueblo (y) se ocuparon en distribuir los folletos entre los íntimos, con quienes tuvieron frecuentes pláticas para convencerlos de sus errores” (p. 45).
Esto se comenta que sucedió en 1873 cuando los metodistas apenas están llegando a diferentes partes del país (9), de tal manera que el trabajo de pastores mexicanos fue fundamental en este periodo, tal es el caso del “pastor Moisés”, mexicano quien sufrirá la violencia física. Pero regresando a San Lucas tenemos que las familias de don Simón, Don Andrés, doña Luisa y otra más que se adhirió con no poca timidez, formaron el núcleo de la futura congregación… Como no hacían demostración exterior alguna ni importunaban a los vecinos, nadie les causó molestia ostensible, aunque la voz de la calle afirmaba que don Simón, en el peso de la noche azotaba un crucifijo en su casa, y hasta alguien aseguraba, haciendo la señal de la cruz con la mano, que había oído el chasquido del látigo y las imprecaciones del verdugo. La misma voz callejera decía a sotto voce, que doña Luisa tenía pacto con el diablo, por eso enriquecía de modo escandaloso y se mostraba reacia para la religión, hasta tal grado de no vérsele en misa. En cuanto a su hija, se aseguró, a pie jutillas, que estaba embrujada con cierto potingue preparado por don Andrés, en lo que era ducho, merced a un espeluznante secreto que le había vendido, por veinticinco pesos, un herbolario, brujo de la sierra. Por eso Magdalena estaba perdidamente enamorada de Pedro y desdeñaba, con acritud resuelta, a todos los demás pretendientes, por más parnés y gallardía que tuvieran. (p. 47).
(Continuará…)
Acerca del autor:
Gerson A. Trejo es historiador; actualmente pastor en la Iglesia El Divino Redentor, en la colonia El Ancón, Los Reyes, Estado de México; estudiante en el Seminario Gonzalo-Báez Camargo; casado con la Tania Tamez Grenda (Presbítera) y con dos hijos: Luca Simeí Trejo Tamez y Libni Sofía Trejo Tamez.
Correo electrónico: (gerson.t.trejo@gmail.com)
NOTAS:
- García Ugarte, Marta Eugenia, Poder político y religioso. México siglo XIX, Tomo II, México, UNAM, 2010, pp. 1463-1493.
- Nació el 23 de marzo de 1869, en Tepeaca, Estado de Puebla. Debido a la persecución religiosa tuvieron que migrar a la ciudad de Puebla; estudió en el Colegio “Seminario de Teología y Escuela Preparatoria de la Iglesia Metodista Episcopal”, esto en 1884, pero en uno de los “culto de avivamiento… resolvimos dar nuestro corazón a Cristo”; y para 1888, terminados sus estudios teológicos, se dedicó al pastorado en múltiples lugares, conociendo las realidades y problemas de las poblaciones rurales. Se integró en la masonería, teniendo 18 años y su iniciación fue en Tecamachalco, Estado de Puebla. También se integró, “con gran entusiasmo al periodismo” evangélico en El Abogado Cristiano, donde polemizó con masones, bautistas y otros pensadores de su época. También se integró a la Sociedad Astronómica de México, donde sus conocimientos “fueron notables”.
- Martínez, Carlos, “Martirio de Epigmenio Monroy en Apizaco, Tlaxcala” en Protestante Digital. 2013. (https://protestantedigital.com/kairos-y-cronos/13511/martirio-de-epigmenio-monroy-en-apizaco tlaxcala)
- También se hace referencia a “Mr. Sam (quien) personifica al misionero congregacional y mártir de Ahualulco, Mr. Stephens… (quien) fundó una congregación y escuela” (p. 6) En la “Advertencia”, los editores nos dice que Victoriano decidió no agregar varios capítulos sin embargo recuerda los “incidentes históricos que el autor pensaba incluir” de pastores y miembros que fueron agredidos a machetazos, “asesinados a balazos, después arrastrados por las calles, siendo apedreado su cadáver con el de otros dos evangélicos”, asaltados, apuñalados (p. 7). Hechos que “han sido novelados” pero constituyen “incidentes… completamente históricos”.
- A partir del prólogo y Apéndice sabemos que en 1908 fue invitado por la Sociedad Bíblica Americana para colaborar en la traducción de los Evangelios; nos dice que “Aquella noche escribí el primer capítulo… Después escribí otros varios. Trasladado a Madrid (1912-1915), … De regreso a la amada Patria escribí los últimos capítulos en Puebla (1916) y Querétaro (1917); pero el manuscrito ha dormido, como duermen otros varios, el sueño del olvido en el apartado rinconcillo de algún cajón.”
- En ese momento Gustavo A. Velazco era el director de Casa Unida de Publicaciones y se había establecido una alianza con la editorial argentina, La Aurora, gracias al Comité de Cooperación para América Latina con el fin de favorecer una literatura cristiana para todas, principalmente, las denominaciones históricas del continente.
- El autor da cuenta de que los primeros protestantes consiguieron sus Biblias a través de los colportores que se paseaban por el norte del país pero que poco a poco se adentraron hacia el bajío y zona central del país, todo esto antes de llegar las primeras denominaciones. Recientes investigaciones hablan de que en la guerra de 1847, los soldados norteamericanos distribuyeron biblias a los mexicanos, como si fuera una guerra religiosa. Anónimo, Statics of Protestantism Missionary Societies, Alemania, 1874, p. 152.
- Subrayado mío.
- El autor nunca menciona a alguna denominación en todo el libro, pero yo lo hago con Iglesia Metodista Episcopal por la vinculación que tuvo el autor con ellos.
