Por: Cristian Oseas
Una idea redundante en la historia del pensamiento humano es la dialéctica. No siempre se ha expresado con la misma palabra; pero la idea de este pensamiento es que dos aspectos de la realidad que son opuestos llegan a coexistir o a transformarse en un nuevo elemento, que a su vez produce otro opuesto.
En la filosofía oriental, se tiende más a una dialéctica de coexistencia. Algunos de los filósofos japoneses que fueron estudiantes de Heidegger y al mismo tiempo influencias de él mismo, llegaron a postular -ya de regreso en sus propias culturas- que la realidad es una coexistencia de opuestos que no se funden, pero se confunden para interactuar en el universo, dando lugar a la realidad.
Los occidentales habían interactuado con esta idea desde Grecia, pero con una dialéctica de opuestos que se sintetizan y crean realidad. Así, por ejemplo, Herman Dooyweerd explica que las religiones naturales de Grecia y las corrientes políticas del mundo antiguo dieron lugar a una contraposición entre naturaleza y cultura, que se sintetizaron en una religión más civil. Aunque esta manera de ver las cosas no es otra que la interacción entre la religión y la política, en un mundo en que la autoridad no estaba diferenciada y, por ende, el emperador era divino.
Los desarrollos de esta idea en el medioevo no son pocos; y en la ilustración un ejemplo importante es Baruch Spinoza, que propone un monismo bastante orientalizado donde los opuestos son expresiones de una sola cosa, el dios – universo. Hegel lo llamaría el absoluto y propondría en forma la dialéctica occidental más avanzada de su tiempo, diciendo que la verdad es transitoria mientras tiene una cierta vigencia al interactuar con su opuesto; luego estas dos crean una dialéctica que propone otra realidad; y ésta a su vez determina su opuesto, dando lugar a una espiral de progreso o evolución cultural; y concluye que sólo el Estado es el lugar en que el hombre puede alcanzar su mayor bien y desarrollo.
Marx propone el materialismo dialéctico tomando ideas de Hegel y Feuerbach, para decir que el hombre (dado que dios no existe, sino solamente como un referente ideal de “lo más humano”) sólo puede llegar a su máximo potencial cultural, a una utopía de igualdad y derecho, a través de los medios materiales y económicos.
Hay muchos otros entendimientos de la dialéctica, propuestas más recientes basadas en estos anteriores, y algunas muy novedosas; pero al final, el ser humano oscila entre los extremos de lo creado, no puede escapar a su finitud. Eclesiastés dice: “no hay nada nuevo bajo el sol”, y no se equivoca. La idea de la liquidez de la verdad como una nota válida en un momento cultural dado y luego sustituida por otra en otro momento cultural, es contradictoria y se desafía a sí misma desde su planteamiento.
Algunos críticos de dialécticas específicas nos ponen como objeción que las dialécticas nunca se han cumplido como se predicen. Por ejemplo, hay quienes dicen que el modelo hegeliano es inaplicable a algún ejemplo concreto; y los críticos del marxismo tradicional dicen que el materialismo dialéctico no se cumplió entre los polos de las clases sociales, sino entre los intereses de la clase monárquica y los grupos económicamente convenientes nacientes en la Rusia Zarina. La axiología del proletariado fue siempre una careta de la corrupción del poder y de la ambición de grupos específicos. Hasta que fracasó.
Karl Bart decía que la cruz era la dialéctica de Dios, donde los opuestos Dios – creatura se unían en Cristo, dando lugar a una nueva naturaleza o creación. Pero para que esta dialéctica pasara, se requirió de la intervención de Dios en el cosmos; un universo que no es él mismo, sino que es creado por él, y que al crearlo interactuara con él amándolo y salvándolo. John Frame, en su “The doctrine of Christian Life”, nos introduce al Dios sorpresivo. En ambos casos, no es el hombre quien crea algo nuevo, sino Dios.
Esto no está lejos de la palabra profética de Isaías cuando dice: “he aquí yo haré algo nuevo…” refiriéndose a Cristo. Un Señor capaz de hacer algo realmente nuevo, una perspectiva (quizá diría el Eclesiastés) por encima del sol. El hombre puede oscilar entre la justicia ciega (venganza) o el (amorío) de la tolerancia ciega. Pero sólo Dios puede hacer justicia con amor a través de su sacrificio. Esto es lo nuevo: la misericordia de Dios pagando por la creación perdida. Y nadie más podría hacerlo: “Yo, Yo JHWH y fuera de mí no hay quien salve”, dice el profeta.
El sacrificio que ahora muchos ven como una salvajada teológica, es realmente muy importante. Hace tiempo escuchaba a un gurú Sikh decir que no era el sacrificio de Jesús el que creaba perdón de pecados, sino el hecho de que él producía el perdón a través del poder creativo de su palabra; y que al morir en la cruz, sólo estaba dando un ejemplo de la vida gurú, y que en su religión muchos gurúes habían muerto en martirio como ejemplos de bondad. Lo que más me llamó la atención fue el concepto de este gurú acerca del sacrificio: él decía que el sacrificio era una ofrenda que se ofrecía a “dios” para obtener algo a cambio. Pero la novedad es que con el sacrificio de Jesús, el propio Dios se ofreció a sí mismo para pagar por alguien que no puede ofrecer nada a cambio. Esa es la trascendencia de lo nuevo, lo sorprendente y maravilloso del sacrificio de Cristo.
Hay quienes seguirán buscando algo nuevo debajo del sol; pero sólo hay algo nuevo, lo producido sobre el sol: la intervención de Dios en la historia humana, Cristo. A él sea la gloria.
