DOS VECES ANTE LA MUERTE

DOS VECES ANTE LA MUERTE

Por Rubén Pedro Rivera

Comparto este relato por dos buenas razones: Primera, para reconocer la bondad y poder del Omnipotente, quien sigue haciendo maravillas. Segunda, para animar a los lectores que pudieran estar experimentando situaciones críticas por causa de alguna enfermedad o accidente para que no pierdan la fe y sigan adelante en la vida. Confío en que ambas razones se cumplan en alguna medida y por ello el propósito de este artículo sea cumplido, lo cual me hará continuar mi agradecimiento al Señor.

A lo largo de mis 92 años he cruzado por tiempos de peligro diverso, pero ha sido en dos ocasiones en las cuales he estado a punto de morir. La primera fue en el año de 1983, cuando caí del techo del templo “El Divino Salvador”, en Ciudad Juárez, estrellándome de cabeza en el piso de concreto. El accidente me causó 8 fracturas en la cabeza, un brazo roto, dos costillas fracturadas, la pierna izquierda rota, la columna vertebral rota en el área cervical y en el coxis; debí haber muerto, pero Dios tenía otros planes y me restauró tras un año de atención hospitalaria. Los detalles del caso -que son muchos- los relato en mi libro “Vacaciones en el hospital”, en donde aclaro cómo trató El Señor conmigo, librándome de la muerte que los médicos daban por segura. En el hospital aprendí o reafirmé conceptos necesarios para mi vida, en medio de terribles dolores y limitaciones físicas cuyas secuelas aún padezco. Los aspectos sobrenaturales mediante los cuales Dios me enseñó lo que hube de aprender, fueron para mí muy impresionantes y guardo registro grabado de ellos. No es mi propósito describir aquí cada detalle, por cuanto ya están contenidos en el libro mencionado. Baste saber que estuve a las puertas de la muerte; pero por la gracia divina me recuperé y continué con el quehacer pastoral, aunque de manera físicamente limitada. 

Después de esta dolorosa pero importante experiencia pude ver el nacimiento de tres nuevas congregaciones, no por mi labor y capacidad cuanto por la obra de Dios, ya que mi condición física quedó muy afectada tras el accidente que relato. Ciertamente en mi debilidad el poder del Creador se  manifestó, conforme a sus promesas. 

La segunda ocasión es más reciente. Durante el  año de la pandemia (2019) se recrudecieron en mi salud  diversas molestias, tales como indigestión  aguda, grave dificultad para respirar,  agotamiento extremo, dolores corporales, náuseas, total rechazo a los alimentos, etc. que con el tiempo fueron aumentando; de manera que, para junio de 2020, mi familia hubo de  internarme de emergencia en un hospital de El Paso, Tx. Allí un equipo de médicos me aplicó los estudios y exámenes del caso, tras los cuales me dieron a conocer su diagnóstico: Linfoma del manto, en su cuarta fase; es decir, que mi interior estaba ya completamente invadido de cáncer.  Los médicos me advirtieron: “le quedan tres o cuando más cuatro meses de vida” y me ofrecieron dos opciones: Trasladarme a un hospicio  (que en el sistema norteamericano, son casas a donde se envían a las personas desahuciadas para pasar sus últimos días bajo tratamientos paliativos que procuran proporcionar  una muerte llevadera), o bien trasladarme a  mi hogar  en donde, con el cuidado de mi familia -que sería instruida para el caso y con los medicamentos  igualmente paliativos- esperaría el fin de mi vida. El diagnóstico no me espantó, por cuanto estoy preparado para esta eventualidad cuando y como quiera El Señor; pero no tenía la certeza de que esta situación estuviera dentro de la voluntad divina, así que agradecí a los doctores sus servicios y les informé que me iría a casa. Los días se sucedieron sin que tuviera yo una respuesta de Dios, y mientras tanto mi condición se agravó de modo que, previniendo lo que pudiera venir, me dediqué a cancelar todos mis compromisos con la iglesia que estaba pastoreando, así como los conferenciales y nacionales; hice arreglos para los servicios funerarios y quedé en espera de lo que la voluntad del Eterno determinara.     

Fue durante una noche a principios del mes de septiembre del 2020, mientras hacía memoria de los gratos tiempos que he vivido, cuando frente a mí -que me encontraba medio recostado en un sillón reclinable por cuanto ya no podía dormir acostado- se apareció un enviado del cielo que, estirando su brazo hacia mí, me mostró una píldora blanca semitransparente, diciéndome: “Pedro, tomate esta píldora, es tu sanidad; son las oraciones de tu pueblo”. Atendiendo a la orden, ingerí la píldora y dí por entendido que esta era la voluntad de Dios. El ángel desapareció y yo pude dormir profundamente de inmediato, como no lo hacía en meses.

A la mañana siguiente, al visitarme mi esposa, le pedí: “Conejita, (así la llamo con cariño desde nuestro noviazgo), “quiero que me prepares dos huevos estrellados, con tocino y frijoles refritos, una taza de café y dos tortillas medio tostadas”. Ante este pedido mi esposa creyó primeramente que era una broma; después pensó que era la última comida que yo quería comer, pero le informé en seguida: “Ya estoy sano, hijita, anoche me sanó El Señor y puedo comer lo que sea”. Con rapidez mi esposa corrió a dar la noticia a mis hijos, tres de los cuales estaban por entonces viviendo en la misma casa, a quienes les volví a relatar el milagro.  Fue una alegría para mi familia ver cómo consumía el desayuno pedido, tras más de un año de no poder comer satisfactoriamente. ¡Lo que hace Dios!

Han pasado ya casi cuatro años desde que se me dio el diagnóstico terminal. Me he recuperado aceptablemente de las deficiencias padecidas, para sorpresa de los médicos que, interesados en  mi caso, me han preguntado si pertenezco a alguna etnia o grupo de genética extraña, lo cual me ha divertido y me ha dado la oportunidad de compartir los detalles de mi recuperación. Desconozco cuánto tiempo se prolongará esta etapa de mi vida; pero con el lapso de tiempo extra  que ya he vivido, he sido más que bendecido: He podido viajar a Durango, donde me reuní con un gran número de excongregantes; y pude celebrar mis 90 años con una parte de mis familiares a los cuales tenía años de no ver; he asistido a convocaciones distritales y conferenciales; he viajado a Puebla y a la ciudad de México para cumplir planes familiares, aprovechando para visitar  amigos muy apreciados, como el  recordado y amado hermano Donato Rodríguez; he viajado a San Antonio, Tx., a Schriveport, La., a Albuquerque, a Monterrey, N.L., donde   también me encontré con el igualmente amado hermano Pedro García;  y en fin, he disfrutado la feliz compañía de mi familia como nunca. ¿Creen ustedes, amables lectores que ante tal cúmulo de bendiciones me quedaría callado? No puedo menos que confirmar lo que a veces se repite de oídas: ¡Dios sigue haciendo maravillas! 

Los milagros ocurren en todo tiempo y lugar. Es cierto que en las etapas de avivamiento se dan con asombrosa profusión; pero también es cierto que suceden en otros tiempos, aunque en número menor. La misericordia y la gracia divinas están siempre dispuestas para el género humano y por ello nuestra fe no debe desmayar. Así que anímese, hermano(a) que está experimentando enfermedades graves y problemas serios, ¡Dios está vivo! Mantenga firme su fe y confíe. Lo que Dios ha hecho en mí lo puede hacer en usted y aún en mejor forma; pero si no lo hiciere, es porque nos tiene algo superior. Simplemente descansemos en Sus brazos y permitamos que realice su perfecta voluntad en nuestra vida, todo será para bien de los que aman al Señor.

Concluyo invitando a los lectores a que su fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios (1ª.Cor.  2:5). El Señor bendiga a cada uno.