Dignificando a la mujer de Samárei

Dignificando a la mujer de Samárei

Otra propuesta interpretativa al encuentro de ‘Iesoús con la samaritana.

Ciudad de México a 29 de febrero de 2024.
Autor: Iván Flores Canales

INTRODUCCIÓN

Tradicionalmente a la mujer (γυνὴ = guné) de Samaria (Σαμάρεια = Samáreia), específicamente de la ciudad de Sicar (Συχάρ = Sycjár), se le asignan elementos de pecado por la situación de haber tenido cinco maridos (ἀνήρ = anér) y con el marido que vivía en ese momento no era su marido. “La mujer vive con un hombre. Tiene un amante; no un marido” (Hendriksen, 1981), escribe el comentarista que da su sentencia lapidaria sobre la vida de la mujer. Se le acusa de haber llevado una “vida de pecado” (Llambés, 2021), ya que desde la mirada tradicional la invitación de llamar al marido de la samaritana era para que “entendiera que no se puede disfrutar de los beneficios del evangelio sin que previamente se enfrente el pecado con confesión y arrepentimiento… (enfrentar) su fracaso matrimonial y su inmoralidad sexual” (De Miguel, 2024). Con esta postura tradicional se le considera a la samaritana pecadora en el mejor de los casos, adúltera cuanto menos y prostituta en el peor de los escenarios.

Otra postura que pretende no denigrar a la mujer samaritana al no aplicarle los juicios previos es una interpretación representativa, donde los 5 maridos son los 5 pueblos y sus respectivos ídolos que llegaron tras la caída de Samáreia en el siglo VIII a.C., y el marido con el que vive en ese momento corresponde al imperio romano (Chapa, 2011). Asiría en el siglo VIII a.C. invadió y conquistó Samáreia, la capital del Reino de Israel. Según 2 Reyes 17:24, 29-33 los pueblos y dioses que se establecieron en las ciudades de Samáreia fueron: uno, los de Babilonia (בָּבֶל = Babel), su ídolo fue Sucot-Benot (סֻכּוֹת בְּנוֹת = Sukót Benót); dos, los de Cuta (כּוּת = Kut), su ídolo fue Nergal (נֵרְגַּל = Neregál); tres, los de Ava (עִוָּה = ´Iváh), sus ídolos fueron Nibhaz (נִבְחַז = Nibkjáz) y Tartac (תַּרְתָּק = Tartáq); cuatro, los de Hamat (חֲמָת = Kjamát), su ídolo fue Asimá (אַשִׁימָא ´Ashima´); cinco, los de Sefarvaim (סְפַרְוַיִם = Sefarváyim), sus ídolos fueron Adramelec (אֲדְרַמֶּלֶךְ = ´Adramélek) y Anamelec (עֲנַמֶּלֶךְ ´Anamélek). Esto parece bastante favorable para la mujer samaritana, pero en el fondo la mujer sigue representando la “prostitución y adulterio” de Samáreia por traicionar al verdadero Dios adorando en su lugar a los ídolos que trajeron los otros pueblos (Mateos & Barreto, 1982). Aunque ya no se le aplica directamente a ella la infidelidad, su persona sigue representando adulterio, muy similar a la primera propuesta. A ella, como representante de su grupo étnico, se le sigue encasillando como una mujer pecadora.

Frente a estas propuestas denigrantes contra la mujer samaritana ¿de qué otra manera podemos acercarnos a la persona de la mujer de Samáreia? ¿Podemos leer la narración revalorando a la mujer, mirándola con la misma perspectiva de dignidad como ´Iesoús (Ἰησοῦς = Jesús) lo hizo en su encuentro intencional? Yo pienso que sí es posible otra senda interpretativa que nos permita mirar con dignidad la persona de la mujer de Sycjar y con ello ayudarnos en las relaciones entre hombres y mujeres en nuestras comunidades de fe y nuestros hogares.

UNA MUJER ESPECIAL

El encuentro entre ´Iesoús y la mujer samaritana en el pozo fue intencional. A ´Iesoús le era absolutamente necesario (δεῖ = dei) atravesar por Samáreia (San Juan 4:4). “Los enunciados que se forman con este verbo (δεῖ) tienen por naturaleza carácter absoluto, muy difícilmente cuestionable” (Balz & Schneider, 2005). Para el narrador del evangelio, ´Iesoús tenía toda la intención de realizar el encuentro. No pretendemos afirmar un encuentro “predestinado” por Dios, sino un encuentro con la intención de regresarle la dignidad que su comunidad le había restado a una mujer muy especial.

 Leyendo detenidamente la narración nos podemos dar cuenta que la mujer era muy inteligente. La samaritana era conocedora de la historia de su pueblo, sabía que el pozo donde se dio el encuentro fue una herencia de Jacob (Ἰακώβ = ´Iakób) para su hijo José (Ἰωσήφ = ´Ioséf), era el lugar donde el patriarca, sus hijos y sus ganados calmaron su sed (cf. San Juan 4:5-6, 12; Génesis 33:19-21, Josué 24:32). Si bien no se puede identificar con toda claridad a qué pozo hace referencia el texto de evangelio juanino, sí se puede ubicar que el pozo había estado en la zona entre Sycjar y Gerizim (גְּרִזִים = Gerizím) según las referencias de los textos en los libros de Génesis (בְּרֵאשִׁ֖ית = Bere´shit = en el principio) y Josué (יְהוֹשׁוּעַ Yejoshúa´).

La mujer de Samáreia también conocía que las diferencias entre judíos y samaritanos tienen orígenes históricos (cf. San Juan 4:9): cuando Jeroboam (יָרׇבְעָם = Yarab´ám) prohibió a los pobladores del Reino de Israel ir al templo de Jerusalén (יְרוּשָׁלִַ͏ם = Yerushaláim) y edificó en Samáreia sus propios lugares de adoración (1 Reyes 12:25-33); cuando estaban reconstruyendo el templo de Yerushaláim bajo la autoridad de Zorobabel (זְרֻבָּבֶל = Zerubabél) los judíos venidos del exilio babilónico no dejaron a los samaritanos ser parte de la reconstrucción del segundo templo (cf. Esdras 4:1-3) (Mateos & Barreto, 1982).  Además, conocía que históricamente el lugar asignado por Dios para bendecir al pueblo hebreo que entraría en la tierra prometida estaría en el monte Gerizím y las tribus israelitas más grandes e importantes estarían ubicadas a partir de ese monte (cf. San Juan 4:20; Deuteronomio 11:29, 27:12).

La mujer de Samáreia tenía una gran espiritualidad condicionada por su entorno cultural. Ella reconoció a ´Iesoús como profeta (προφήτης = profétes) cuando él le describe el proceso de vida que había llevado y que llevaba en ese momento, enlazando así a ´Iesoús con el profetismo que ejercieron hombres y mujeres en el Antiguo Testamento (San Juan 4:19). La mujer de Sycjar no relacionó ´Iesoús con los adivinos u oráculos de su tiempo propios de la cultura mediterránea. Se puede interpretar que la samaritana reconoce a ´Iesoús como un profeta más de los que hubo, y que en menor medida seguía habiendo en su tiempo. Más bien, debemos interpretar que gracias a su espiritualidad lo reconoce como El Profeta escatológico prometido por Dios y esperado tanto por samaritanos como por judíos conforme a las interpretaciones que les daban a los versículos de Deuteronomio 18:15, 18 (Balz & Schneider, 2002).

Ella quería adorar (προσκυνέω = proskyneõ) genuinamente a Dios, pero su historia y cultura le habían enseñado que el lugar correcto para ello era Samáreia y al mismo tiempo percibía que pudiera ser más honesto adorar a Dios en el templo de Yerushaláim (cf. San Juan 4:20). El cuestionamiento que ella le hace a ´Iesoús es la genuina inquietud de una mujer que busca ser coherente con su espiritualidad, no es para entrar en una discusión de quién tiene la razón si los samaritanos o los judíos, ni mucho menos evadir la realidad sobre su proceso de vida. Por ello, la respuesta de ´Iesoús es refrescante para su espiritualidad: no te angusties por el lugar físico para la adoración ya que no es necesario que se adore al Padre aquí en Samáreia ni allá en el templo de Yerushaláim, lo importante es que tú adores al Padre en espíritu (πνεῦμα = pneúma) y en verdad (ἀλήθεια = álétheia) (cf. San Juan 4:21-24).

La mujer de Samáreia era osada, ya que tres veces proclamó a ´Iesoús como Señor (Kύριος = Kyrios) (San Juan 4:11, 15, 19). Si bien podemos asumir que la samaritana nombra a ´Iesoús como Señor en el sentido de “un simple tratamiento de cortesía” (Balz & Schneider, 2005), lo más probable es que sea el título mesiánico equivalente a Cristo (Χριστός = Cjristós). En el tiempo que nos ubica la narración, el término Kyrios se empleaba normalmente en el tratamiento hacia los dioses o al emperador romano, muy poco frecuente se aplicaba a las personas. Por ello, al utilizar el término Kyrios dirigido a ´Iesoús lo estaba reconociendo veladamente como el Cjristós.

Siguiendo con esta línea y gracias a su conocimiento teológico, la mujer de Sycjar le preguntó a ´Iesoús sobre el Mesías (Μεσσίας = Messías), el llamado Cjristós, utilizando en la misma frase tanto la expresión aramea ya helenizada Messías como la expresión griega Cjristós (San Juan 4:25). En todo el Nuevo Testamento sólo la samaritana utiliza las dos expresiones juntas2. La mujer de Samáreia conocía la expectativa mesiánica de su tiempo, por lo cual ella también estaba a la espera, sólo que ella pudo percibir que en ´Iesoús se cumplían los rasgos generalmente asociados al Messías. ´Iesoús, mirando frente a él a una mujer sapiente, le afirma: “Yo soy” (ἐγώ εἰμι = égo eími) (San Juan 4:26). A pesar de la interrupción de los discípulos que regresaban, la mujer ya lo había reconocido completamente como el Cjristós, porque dejó su tinaja para el agua y fue al poblado para decirles a los varones del lugar: ¡Vengan acá!, miren al varón quien me afirmó todas las cosas que hice, ¡¿no es él el Cjristós?! No expresó una duda si ´Iesoús era el Cjristós o no, sino como una pregunta retórica para afirmar a los varones de su poblado la gran revelación que acababa de vivir: el varón con quien había charlado es el Cjristós, el Messías.

OTRA SENDA INTERPRETATIVA

Tristemente se ha reducido a la mujer de Samáreia como pecadora, adúltera o prostituta, muy a pesar de las grandes cualidades que hemos presentado hasta este punto. Además, todavía quedan las dudas: ¿por qué tuvo cinco maridos y vivía con un hombre que no era su marido? ¿Por qué tenía que ir sola al medio día, la hora sexta (ὥρα… ἕκτος = hjóra hjéctos), por su agua? Nos centraremos en estos puntos de la narración porque tradicionalmente son el sustento para afirmar su estatus de pecadora.

En el tiempo en que nos ubica la narración, el primer siglo, las mujeres del Oriente medio tenían un valor relativo con respecto al hombre con quien vivían, esto incluía tanto a las samaritanas como a las judías. Estaban limitadas al ámbito de la casa; y cuando salían a la vida pública en la ciudad de Yerushaláim, debían hacerlo cubiertas de la cara sin distinguirse las facciones de su rostro (Soldevilla, 2021). Con este modo de pensar, los hombres podían despachar (ἀπολύω = ápolúo) a la mujer cuando ellos se consideraban deshonrados por una mujer “rebelde” que no se sometía a esas normas (cf. San Mateo 19:3). También las mujeres del medio Oriente de aquel siglo primero eran consideradas inferiores a los hombres y tenían la “necesidad de su sumisión al hombre” y en demasiadas ocasiones sufrían deshonra, discriminación y marginación si no cumplían el “rol social que se les imponía” (González Gutiérrez, 2012). Era tal la situación de inferioridad para la mujer judía que era liberada “de ciertos preceptos religiosos pues de ella no se espera que observe todos los mandamientos” por su incapacidad “natural” de ser como los hombres (González Gutiérrez, 2012).

En el caso particular de la mujer samaritana podemos ver dos posibilidades de su condición social: ser viuda o ser despachada (divorciada). En el caso de la viudez difícilmente podía aplicarse a la mujer de Sycjar, era muy poco probable que hubiese enviudado cinco veces; aunque no era imposible, ya que en aquellos tiempos las guerras, los levantamientos rebeldes contra Roma y los ladrones en los caminos eran situaciones propicias para que los varones murieran pronto y enviudaran las mujeres. En los evangelios sinópticos, cuando los saduceos preguntan sobre la resurrección, exponen la situación, como una experiencia propia de su comunidad, de una viuda a quien se le habían muerto sus siete maridos: “Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos…” (cf. San Mateo 22:23-26, San Marcos 12:18-22, San Lucas 20:27-31). También es poco probable que tenga esta situación social de viudez, ya que el evangelio lo mencionaría, y además ella sería más aceptada dentro de su comunidad y no tendría que ir sola por agua a medio día.

La segunda posible condición social sería la de una mujer despachada. Si miramos con ojos tradicionales inmediatamente la condenaríamos: ¡¿cómo es posible que haya sido divorciada cinco veces?! ¡¿Qué clase de mujer es ésta, que cinco maridos la despacharon?! Analicemos un poco más antes de emitir juicios rápidamente. Una mujer del Oriente medio, como ya expusimos más arriba, debía cumplir muchas normas culturales para mantener el honor de su marido y no de ella; cuando esto no sucedía el hombre podía y tenía la obligación de despacharla (Soldevilla, 2021). Los fariseos, rigurosos observadores de las tradiciones judías, le preguntan a ´Iesoús si era lícito (ἔξεστι = éxesti) despachar a la mujer por cualquier cosa (cf. San Mateo 19:3, énfasis mío). La mujer, al ser despachada, salía de la cobertura del honor que recibía del hombre con quien estaba casada (Malina, 1995), era una mujer deshonrada; y si sumamos que cinco veces haya sido despachada por sus maridos, entonces tenemos una mujer sumamente criticada socialmente.

No culpemos a la mujer por haber sido despachada cinco veces, sino a aquellos hombres incapaces de reconocer a una gran mujer con la que habían contraído matrimonio. Aquellos cinco maridos tenían una gran cantidad de razones para despachar a la mujer samaritana; una de las razones pudo haber sido que ella no quería estar sometida a ellos. Culturalmente “la figura de la mujer se ve incorporada al hombre, y nunca al revés” (Soldevilla, 2021). La increíble mujer de Sycjar no estaba dispuesta a someterse a sus maridos porque ella era sumamente inteligente, amplia conocedora de su historia, con una espiritualidad profunda, osada de manera extraordinaria y una gran teóloga. Con estas, y seguramente otras características, los hombres de su tiempo no pudieron reconocer el valor y dignidad de la mujer samaritana, les fue más fácil despacharla que esforzarse por compartir la vida con una mujer con semejantes cualidades.

En el tenor de este proceso de vida, la samaritana decidió establecer una nueva relación con un hombre fuera de las normas sociales de su cultura; recordemos que el hombre con quien vivía en ese momento no era su marido (cf. San Juan 4:18). Bajo las miradas tradicionales una vez más se le juzgaría como una mujer pecadora; nosotros preferimos mirar una mujer “rebelde”, digna de tomar sus propios caminos más allá de las normas sociales asfixiantes en contra de la mujer. ´Iesoús tampoco la juzgó, ya que en los tres versículos donde se dialoga específicamente el tema de los maridos, no sale palabra alguna de los labios de ´Iesoús, ni del evangelista Juan, para juzgarla o criticarla (San Juan 4:16-18). Por el contrario, cuando la mujer le expresa que no tiene marido ´Iesoús reconoce su honestidad: “correctamente afirmas” (καλῶς εἶπας = kalós eípas) en San Juan 4:17, “verdad has declarado” (ἀληθὲς εἴρηκας = álethes eírekas) en San Juan 4:18. Nos sumamos a la perspectiva de ´Iesoús no juzgando y sí reconociendo la valía natural de la mujer de Samáreia.

La mujer samaritana también rompe las normas sociales cuando decide salir por el agua a la hora sexta, al medio día (cf. San Juan 4:6). El evangelista Juan usa la división horaria del día conforme a la distribución judía: un nuevo día “se cuenta desde que el sol se oculta y la mañana empezaba desde el comienzo del sol” (Pérez Millos, 2016)3. Normalmente las mujeres salían por el agua cuando el sol ya no quemaba tanto, dice Brown: “esta tarea solía realizarse en la mañana o al atardecer” (Brown, 1999), en las primeras horas de la mañana o en las últimas horas de la tarde, “lo más normal era ir al atardecer” (Morris, 2005). La mujer de Sycjar fue a la hora sexta, ella “eligió esa hora del día para no encontrarse con las demás mujeres” de su poblado (Morris, 2005), ya que no quería perder el tiempo con sus murmuraciones y críticas. La decisión de salir por el agua al medio día facilitó el encuentro con ´Iesoús, y como resultado de esta decisión, se dio el reconocimiento de su dignidad.

Si bien se nos puede hacer la observación de que no se está dignificando totalmente a la mujer samaritana al considerarla despachada, pensamos que sí es una de las maneras más favorables. Toda persona, de la antigüedad o del presente, está condicionada por su entorno cultural, en el caso de la mujer de Samáreia pasó lo mismo. Su entorno cultural la había colocado en esa situación muy a pesar de sus grandes cualidades. Fueron los cinco maridos, y no ella, quienes tomaron el camino de la ruptura y la despacharon; con todo y esa condicionante social, buscó establecer una nueva relación con otro hombre. En el Antiguo Testamento hay variados ejemplos de mujeres “rebeldes” que lograron salir en cierta medida de sus condicionantes culturales como, (sólo mencionaré a cuatro de ellas): Ana (חַנָּה = Kjaná), la mamá de Samuel (שְׁמוּאֵל = Shemu´él), quien adoraba a Dios en el templo de Silo (שִׁילֹה = Shilóh) no en Yerushaláim4, a quien también juzgó a la ligera el sacerdote Elí (עֵלִי = ´Elí) (cf. 1 Samuel 1:1-28); Débora (דְּבּוֹרָה = Deboráh), quien era profetisa (נְבִיאָה = nebiyáh) y juzgadora (שֹׁפְטָ֥ה = shafetah), además ella comandó junto con Barac (בָּרָק = Barak) la batalla para liberar a los israelitas (cf. Jueces 4 y 5); Noemí (נָעֳמִ֑י = No´emí) y Rut (ר֑וּת = Rut), quienes ante la adversidad tuvieron el valor de luchar por una vida más digna para ellas (cf. Libro de Rut).

CONCLUSIÓN

Miremos a la mujer de Sycjar de la misma manera que lo hizo ´Iesoús: reconociendo su valor y dignidad. Mientras las personas de su entorno juzgaban a la mujer de Samáreia por sólo una parte de su vida, ´Iesoús la miró por completo, como mujer; con esa mirada la validó y le recordó la dignidad con que Dios y él la amaban. En todo el diálogo entre ambos, ´Iesoús nunca señaló error alguno del conocimiento histórico, cultural, espiritual y teológico que la mujer poseía, sino que a partir de sus saberes la orientó por un camino de dignificación. Si bien la samaritana, con todas sus capacidades, pudo continuar su vida por sí sola, el encuentro con ´Iesoús la lleno de nueva vida, le ayudó a recordar la dignidad que su comunidad le había apagado al criticarla tanto.

´Iesoús rompió lo estipulado culturalmente como correcto para establecer el encuentro con la samaritana: los judíos hacían todo lo posible para no cruzar por Samáreia, ´Iesoús sí lo hizo; los hombres judíos no debían establecer comunicación con una mujer en público, ´Iesoús sí lo hizo; las mujeres debían aprender en casa bajo la instrucción de su esposo, ´Iesoús orientó la espiritualidad y teología de ella; además, en lugar de emitir un juicio por el proceso de vida de la samaritana validó su honestidad al exponerse. Seguramente para nuestro presente nada de esto sea significativo porque estamos en otro entorno cultural, pero para el contexto de la mujer y de ´Iesoús era escandaloso al grado que los mismos discípulos se asombraron (θαυμάζω = thaumázo) cuando los vieron charlando (cf. San Juan 4:27).

Hoy también podemos romper normas culturales que sofocan la dignidad propia de las mujeres. Caminemos los senderos prohibidos para encontrar mujeres sumamente capaces, pero tremendamente violentadas, a quienes se les ha borrado la dignidad que Dios les otorgó, y al encontrarlas movilicémonos con ellas para restituirlas como hijas amadas de Dios; establezcamos comunicaciones vetadas para reconstruir espacios humanizadores compartidos entre mujeres y hombres por medio del agua de vida en ´Iesoús que fluye para vida plena; aprendamos y enseñemos a validar nuestros procesos de vida como parte de nuestra espiritualidad porque aquí, en el día a día, es donde establecemos las relaciones con Dios. Con estas y otras acciones podemos reconciliar las relaciones entre mujeres y hombres, en todos los espacios vitales, empezando por nuestras comunidades de fe y hogares.


BIBLIOGRAFÍA:

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NOTAS

1. Hemos respetado los nombres propios empleados en los textos griegos y hebreos sirviéndonos de transliteraciones: Balz & Schneider, 2005; Balz & Schneίder,2002; Schökel, 1999.

 2. En el Nuevo Testamente sólo en el Evangelio de San Juan se utiliza 3 veces la expresión aramea Messías: la primera, en labios de Andrés con la nota aclaratoria que traducido significa Cjristós (San Juan 1:41); la segunda, es la enunciada por la mujer de Samáreia, quien es la única persona que utiliza en la misma frase la expresión Cjristós (San Juan 4:25); la tercera, lo utiliza el propio narrador del evangelio juanino sobre la expulsión de la sinagoga a quien confesara que ´Iesoús es el Messías (San Juan 9:22).

3. La hora sexta según la distribución horaria romana serían las seis de la mañana, empezando a contar desde la media noche o serían las seis de la tarde, empezando a contar desde el medio día; similar a nuestro conteo moderno (Pérez Millos, 2016).

4. Cuanto las doce tribus israelitas se asentaron en la tierra prometida establecieron de forma permanente el Tabernáculo (מִשְׁכָּן = mishkán) en Shilóh (Pfeiffer, 2002), posteriormente se edificó el primer templo consagrado a Dios (cf. Jueces 18:31), el cual estuvo en pie desde el tiempo de los jueces hasta David (דָּוִד = Davíd) (Wikipedia, 2024). Así, el templo de Yerushaláim, construido aproximadamente 400 años después, sustituyó al primero.