Nota de la dirección: El siguiente testimonio forma parte de una serie de publicaciones de la página de Facebook “Historias de una Historia”, escritas por el exobispo de la CANCEN, Pbro.J. Baltazar González Carrillo.
HISTORIA NÚM. 47
TESTIMONIO
Mi vida y la de mi familia está llena de testimonios -como muchos de ustedes- tenemos testimonios de la forma como Dios nos salvó en Jesucristo, también hemos dado testimonios de sanidades del espíritu, del alma y del cuerpo. Debo hacer un paréntesis en la cronología de mi ministerio pastoral para darles mi testimonio de mi experiencia con el Espíritu Santo…
Mi primer año en Piedras Negras -les contaba- fue un año muy difícil pues venía después de haber servido en dos muy generosas Iglesias, ahora me encontraba en una situación diferente no sólo en la cuestión económica sino con problemas de relaciones humanas. Los problemas y las pruebas venían como una bola de nieve, es decir, cada vez más grande; al acudir a la Conferencia Anual de 1972 no pude menos que hablar de esta situación con el señor Obispo, yo había tomado una decisión: presentarle mi renuncia o bien, solicitarle mi cambio a otra Iglesia… el Obispo Don Alejandro Ruíz Muños me escuchó con mucha atención y enseguida -con gran afecto- me ministró pastoralmente; luego llegó a una conclusión y me aconsejó que ninguna de mis dos opciones era correcta: la renuncia no esta contemplada para aquellos a quienes Dios ha llamado a Su servicio; la otra, también era incorrecta pues un cambio de Iglesia no era la solución… vas a regresar a Piedras Negras -me dijo- Dios estará contigo, luego oró por mí y me brindó un afectuoso abrazo y al despedirnos agregó: Dios tiene preparada una grande bendición para ti, espérala…
Regresé a mi pastorado con nuevas fuerzas y con la expectativa de saber qué tenía Dios para mí.
En Noviembre y Diciembre de 1972 nos llegaban noticias de un “avivamiento” que estaba surgiendo en la Iglesia de Nuevo Laredo, para quienes habíamos sido formados en la tradición metodista no nos parecía bien lo que escuchábamos: que la gente recibía el Espíritu Santo y con ello sus manifestaciones como hablar en otras lenguas, ungir a los enfermos con aceite, agregar expresiones cúlticas como palmear levantar las manos, cantar estribillos que no aparecían en nuestros himnarios oficiales, aunque yo había asistido en diversas ocasiones a las llamadas iglesias pentecostales, no admitía en mi mente la idea de qué esto que era característico en el pentecostalismo estuviera sucediendo en nuestra denominación…
En el amanecer de 1973 había en los planes de la Iglesia Metodista de México la celebración de su primer Centenario; pero, por otra parte, la preocupación de lo que estaba sucediendo en la Iglesia de Nuevo Laredo.
Fuimos convocados los pastores de los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas para una conferencia en la que, además de los asuntos administrativos, trataríamos lo concerniente al “Avivamiento Espiritual”.
La reunión sería en el templo “El Buen Pastor” de Monclova los días tres al cinco de Febrero. No asistí – por decisión propia – desde el principio; y el Domingo cuatro, después del culto de mediodía, viajé de Piedras Negras a Monclova; cuando llegué al templo el culto ya había comenzado, estaba completamente lleno y opté por llevar mi maleta y mi acordeón a la casa pastoral; luego regresé para intentar entrar al templo, lo hice poco a poco hasta que logré ubicarme en la pared del fondo y desde ahí escuchar la predicación a cargo del pastor Rogelio Wolcot. Fijé mi atención en lo que decía: se refería al pasaje bíblico en donde el pueblo de Israel estaba por cruzar el río Jordán, después de 430 años de esclavitud en Egipto y 40 más en su peregrinaje por el desierto rumbo a la Tierra Prometida; Rogelio hacia una comparación de nuestras vidas esclavas y desérticas, sin libertad, sin gozo y sin fruto… y el pastor Rogelio concluía su predicación con este llamado: “Ya no vagues por ese desierto, sin gozo y sin fruto, cruza el Jordán y entra en la Tierra Prometida donde el Señor te ofrece libertad completa, gozo por siempre y el fruto de tu labor en la obra del Señor”. El pastor Rogelio comparaba el bautismo con el Espíritu Santo con el cruce del río…
Muchos hermanos de la Iglesia y pastores amigos míos comenzaron a pasar al altar respondiendo al llamado del Señor a través de su siervo el predicador. Debo decir, que desde la pared del fondo en donde me encontraba pude entender que yo era esa persona caminando en el desierto, sin libertad porque estaba esclavo de mis resentimientos; sin gozo, pues éste se había perdido; y lo más terrible -para un pastor- tener un ministerio sin fruto… Mientras el Señor me hablaba a mí, los hermanos que acudieron al altar, unos hablaban en otras lenguas, otros oraban en voz alta, otros más levantaban sus manos y muchos otros lloraban… la Gloria de Dios llenaba ese lugar como aquel Aposento Alto en el primer Pentecostés…
Me fui a sentar más adelante en las bancas que dejaron los hermanos que acudieron al altar… y ahí, solo, fui lleno del Espíritu Santo de Dios, experimenté un gozo indescriptible; también lloré mucho y sentí que mis pecados eran perdonados; también me sentía libre y pude levantar mis manos para glorificar al Señor… ¡Había recibido el bautismo con el Espíritu Santo!. No me di cuenta, pero yo estaba postrado en el piso. Luego vinieron dos pastores, me levantaron y me llevaron al altar, ahí oraron por mí y ahí quedé postrado no sé cuánto tiempo. El culto terminó, la congregación se retiró y en el templo sólo quedamos los pastores. Ya era muy noche y el hermano guarda templo nos pidió de favor que ya nos retiráramos, porque él vivía muy lejos y tenía que cerrar el templo. Los pastores nos fuimos al hotel y en uno de los cuartos nos volvimos a reunir para orar y glorificar al Señor. Pasada la media noche el administrador del hotel vino a solicitarnos que guardáramos silencio, por respeto a los demás inquilinos.
El lunes 5 de Febrero de 1973 terminó nuestra reunión; regresamos a nuestros lugares de trabajo. Puedo testificar que había una nueva visión y un anhelo muy grande por servir en Su Iglesia ahora, con el poder de su Espíritu. Debo recordar con gran afecto a Rogelio, Joel Mora, Pedro García, Ricardo Esparza, Benjamín Villanueva y Javier López el pastor local y otros más.
Cuando regresé a Piedras Negras busqué a los pastores que podrían ministrarme en esta nueva experiencia. Fui con el pastor Contreras y le conté lo sucedido en Monclova y cómo el Señor me había llenado de Su Espíritu; luego de conversar me preguntó: ¿Habló lenguas pastor? No, fue mi respuesta… Al día siguiente busqué al pastor Preciado e hice lo mismo, y él me hizo la misma pregunta: ¿Habló lenguas? No, volví a responder…
Era tanta mi necesidad de conocer más de la vida en el Espíritu que al día siguiente tomé un autobús de la ruta y fui a Villa de Fuente para platicar con el pastor “Chavita”. Su Iglesia estaba en una parte baja a la orilla de la carretera. Cuando bajé por una estrecha vereda lo vi sentado en el patio frente al templo; la mañana era muy fría, todavía era Febrero… Después de saludarnos le platiqué de mi experiencia, pero antes que me preguntara sobre el don de lenguas, le dije: yo tengo la seguridad de la llenura del Espíritu en mi vida, pero no hablé en lenguas; y él me respondió: hermano Baltazar, cuando usted bajaba por esa vereda el Espíritu me reveló, por su rostro, por su mirada y ahora por su testimonio que usted ha recibido el Bautismo con el Espíritu Santo… Él reparte los dones como Él quiere, cuando quiere, a quien quiere y a la hora que Él quiere… Entramos al templo, oramos juntos y nos despedimos con la paz de Dios en nuestros corazones.
Comencé a ver el fruto del Espíritu en la obra en donde Él me había puesto como pastor. De una congregación fría y apática, Dios trajo una renovación y ahora experimentábamos el fervor, nuevos convertidos a Cristo y una hermosa libertad para adorar y alabar al Señor en todos los cultos.
La Iglesia “San Pablo” de Piedras Negras y su pastor, habíamos sido llenos del Espíritu.
El avivamiento corrió como un reguero de pólvora por todo el norte del país; y cuando llegó Diciembre, en las celebraciones del Metodismo en México, nuestro Obispo exclamó:
“Dios ha enviado al Espíritu Santo como regalo de cumpleaños a la Iglesia Metodista de México”.
