La Biblia Tenía Razón 

La Biblia Tenía Razón 

Dr. Ernesto Contreras Pulido
drernestocontreras@hotmail.com 

NOTA DE LA DIRECCIÓN: El mes de la Biblia es una buena oportunidad para considerar por qué el libro sagrado es la palabra profética más segura, en el cual podemos confiar. Aquí publicamos un escrito del Dr. Ernesto Contreras Pulido al respecto.

La Biblia dice: Pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán. O habla a la tierra, y ella te enseñará; los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Dios la hizo? En su mano está el alma de todo viviente, y el hálito de todo el género humano. Con Dios está la sabiduría y el poder; suyo es el consejo y la inteligencia (Job 12:7-13). 

Jesucristo intercedió diciendo: Santifícalos en tu verdad. Tu Palabra es la verdad. Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la Roca (Jesucristo). Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la Roca

Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena. Y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. Por eso el salmista agregó: No quites de mi boca, en ningún tiempo, la Palabra de verdad. 

Cuando se descubrió la estructura en doble espiral del ADN, por Watson y Crick en 1953, uno de ellos dijo que este descubrimiento era el último clavo en el féretro de Dios, pues ahora los misterios de la vida podrían explicarse sin la necesidad, ni la participación de un ser sobrenatural. 

Pero menos de 50 años después, en el 2003, cuando se terminó de descifrar el genoma humano (el conjunto de genes responsables de programar la formación de las estructuras, funciones y el mantenimiento del cuerpo humano), sucedió exactamente lo contrario, se le puso el último clavo al féretro del ateísmo y la interpretación humanista y materialista de la vida. 

Y es que el mismo Crick, ya viejo, declaró que, ante la extraordinaria complejidad de la información contenida en el ADN, ni el más pequeño de los polipéptidos (cadenas cortas de aminoácidos eslabonados en una secuencia específica), pudo ser producto de la casualidad. 

Todos saben que con las nuevas ciencias como la genómica (el estudio de los genes), y la biología molecular (el estudio de las biomoléculas, o moléculas propias de la vida, como los azúcares, grasas y proteínas, incluyendo el ADN), se concluyó en forma por demás incontrovertible que las suposiciones de que todo es producto de la casualidad, no tienen fundamento teórico ni científico. 

Aun así, los evolucionistas hasta hoy, afirman fanáticamente (sin entender razones), que en contra de todas las leyes de física, química y biología conocidas, un día A LA NADA (¡Sí! ¡A la nada!), se le ocurrió, quién sabe cómo, comprimirse al máximo y explotar en el llamado Big Bang, produciendo átomos de Hidrógeno y Helio, que formaron estrellas, que también, al explotar, igual, por casualidad, formaron los otros elementos presentes en la naturaleza. 

Además, siguen asegurando que por casualidad, los átomos de Hidrógeno y Helio (que jamás se condensan, por ser gases, junto con proporciones exactas de todos los demás elementos, se organizaron en extremadamente complejas galaxias, sistemas solares, soles, planetas y lunas sólidos, que funcionan en perfecta armonía, aun cuando algunas lunas rotan en sentido contrario. 

También dicen que en el planeta Tierra, los átomos formaron moléculas cada vez más complejas, que se organizaron, también por casualidad y generación espontánea, en el primer ser vivo que a través de miles de millones de años, pero sobretodo en los últimos 550 millones de años, evolucionaron hasta producir los millones de especies hasta ahora conocidas. 

Pero ahora se sabe que, por simple ley de probabilidades, nunca un imposible, aunque se le concedan miles de millones de años de intentos, podrá hacerse posible, sino al revés, mientras más intentos fallidos se acumulen, menos probabilidades hay de que al aventar al aire unas cartas con el alfabeto, caiga en perfecta secuencia, por ejemplo, la palabra evolución. 

Cuando se descubrieron las cuatro letras del alfabeto de la vida (A de Adenina, T de Timina, G de Guanina y C de Citosina), con las que en los genes se codifican con infinidad de combinaciones, y con extraordinaria precisión, como en un libro, las estructuras y funciones del organismo, también se descartó a la casualidad como la causa primera de todas las cosas. 

Además, cuando se descubrió que, en cada especie, el código genético es diferente y no intercambiable, se tuvo que concluir que el ADN, necesariamente es el producto de un programa y diseño inteligente, aunque para que se pudieran nutrir unos organismos de otros, todos tenían el mismo abecedario en su ADN, y los mismos nutrientes fundamentales (azúcares, grasas y proteínas). 

Este diseño inteligente, se hace obvio con solo contemplar que no hay dos especies de plantas con hojas idénticas, y que la forma colores, perfumes, texturas y funciones de las flores y frutos, son evidencias de un diseño hecho por una inteligencia sobrenatural. Si la casualidad necesitaba hacer una planta (para la fotosíntesis, por ejemplo), hubiera bastado con que lograra el milagro de hacer una sola. 

Lo mismo sucede con analizar que cada célula, tejido y estructura, de cada hueso, músculos y órganos de los insectos, pájaros y mamíferos, tienen un diseño específico para cumplir una función útil y necesaria, y que, hasta la distribución, grosor, color y tipo de las plumas, el pelo y la piel de cada ser vivo, fueron diseñadas con un propósito específico. 

Los extraordinariamente complicados mecanismos necesarios para que jamás, hubiera la posibilidad de que entre los más de 13 mil millones de humanos que han descendido de Adán y Eva, nacieran dos 100% idénticos, jamás pudo ser obra de la casualidad, sino de una secuencia de eventos en cascada y estricto orden, programados en las gónadas (testículos y ovarios), productores de células reproductoras (espermatozoides y óvulos). 

Con razón Job y el salmista exclamaron, casi 3 mil años antes de que se descubriera el espermatozoide (la simiente del varón), el óvulo (la simiente de la mujer), el embrión y la gestación (el desarrollo intrauterino), lo que por inspiración divina dejaron por escrito: ¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Porque Tú formaste mis entrañas, me hiciste en el vientre de mi madre. ¡Te alabaré porque formidables, maravillosas son tus obras! 

¡Estoy maravillado y mi alma lo sabe muy bien! Mi embrión vieron tus ojos, y en Tu libro (el ADN), estaban escritas todas las cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas. Tus manos me hicieron y me formaron, como a barro me diste forma, me vestiste de piel y carne y me tejiste con huesos y nervios. Vida me concediste y guardaste mi espíritu. 

Como dijo un premio Nobel: sobre el origen de la vida, sólo hay dos opciones: Creación o generación espontánea y evolución, y la generación espontánea ya fue descartada por Pasteur hace más de 100 años. Por lo que nos quedamos sólo con la creación sobrenatural, lo cual no podemos aceptar por razones filosóficas y personales. Así, aunque los libros de texto y de ciencia, necesitan constantemente, publicar versiones corregidas, modificadas y aumentadas, los nuevos conocimientos siempre concluyen que, a final de cuentas, la Biblia, el único libro de los libros que, para seguir siendo vigente, jamás ha necesitado ser corregida o aumentada, siempre tiene la razón, pues todas las cosas por Dios fueron hechas. 

En los últimos 100 años, la ciencia comprobó que, para sobrevivir, la cadena alimenticia, los hábitats y la interrelación forzosa entre plantas, animales y humanos, tuvieron que aparecer simultáneamente, tal y como lo describe el Génesis; y que la teoría de la evolución (que todo apareció por casualidad, y que a partir de una bacteria, por puros sucesos al azar, y gradualmente, unas especies se fueron transformado en otras), es cada vez más ridícula, inverosímil y acientífica. 

Por eso es que los científicos creacionistas, y todos los cristianos, por la fe, entendemos haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve, fue hecho, en una semana, de lo que no se veía (Hebreos 11:3). 

Así, para nosotros, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para Él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas y nosotros por medio de Él (1ª Corintios 8:6).