VERDADES DE POTENCIA…DOCUMENTOS DE APOYO PARA LA FE…
Pbro. Silvano Mares Rangel
Hasta donde llega mi leal saber y entender, no tenemos mucha información que nos permita dilucidar el asunto, respecto del bautismo de los niños, sobre todo cuando nos lo solicitan, y debemos hacer las amonestaciones correspondientes a los padres y testigos.
Hace ya muchos años, el Pbro. Maurilio Olivera, siendo yo el Director del Evangelista Mexicano, y a solicitud, escribió al respecto un fascículo que resultó muy interesante, por los conceptos vertidos; (PRESENCIA. Núm. 39, Pp.14 / 1980 / M. Olivera Ch.). Desde entonces no conozco nada que se haya escrito por algún compañero, o que el Gabinete General o la Conferencia General, hayan hecho pronunciamientos al respecto.
En vista, de que algunos compañeros, rotundamente se niegan a ejercerlo, y en virtud de que algunos padres de familia me piden mi opinión al respecto, me permito, una vez más, con la debida indulgencia, de mis escasos lectores, compartir lo que siempre he creído al respecto. Una de las grandes lagunas, que contiene La Disciplina de la Iglesia Metodista de México, en lo referente a los Artículos de Fe y Religión; es el tocante al bautismo de infantes. En el Artículo XVII, escuetamente se señala: El Bautismo de los niños debe ser retenido en la Iglesia; lo que provoca suspicacias, y controversias de todos los matices teológicos; pues tan escueta aseveración sin mayor fundamentación a eso se presta.
Para tal efecto, me fundamento en el cuadrilátero de Wesley, Las Sagradas Escrituras, la Razón, la Tradición, y la Experiencia; para, echando mano de estos elementos, configurar mi personal criterio, que he manejado a lo largo de mi trayectoria ministerial, de 57 años.
Vayamos en Primer término, a la tradición Wesleyana. En el tomo III, y sermón 45, el Rev. Juan Wesley, señala lo siguiente: “IV. Me propongo, en último término, añadir unas pocas deducciones que se siguen naturalmente de las observaciones precedentes.
1. En primer lugar se deduce que el bautismo no es el nuevo nacimiento: no son una y la misma cosa. Por cierto que muchos parece que se imaginan que son lo mismo; por lo menos, hablan como si así lo pensaran. Pero yo no conozco que esta opinión sea sustentada públicamente por ninguna denominación de cristianos. Ciertamente por ninguna dentro de estos reinos, sea en la Iglesia establecida o en las que disienten de ella. El juicio de estas últimas está claramente expuesto en el Catecismo Mayor: «Pregunta: ¿Cuáles son las partes de un sacramento? Respuesta: Las partes de un sacramento son dos: primero, un signo exterior y sensible… la otra, una gracia interior y espiritual por el significado…
P.: ¿Qué es el bautismo? R.: El bautismo es un sacramento… por el cual Cristo ha ordenado el lavamiento con agua… para que sea signo y sello de la regeneración por su Espíritu».
Aquí queda manifiesto que se habla del bautismo, el signo, como algo distinto a la regeneración, la cosa significada. Asimismo, en el Catecismo de la Iglesia se expone el juicio de nuestra Iglesia con la mayor claridad. «¿Qué entiendes por esta palabra: sacramento? Entiendo un signo exterior y visible de una gracia interior e invisible.[…] ¿Cuál es la parte exterior o formal en el bautismo? El agua, en la cual la persona es bautizada, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Cuál es la parte interior o la cosa significada? Una muerte al pecado y un nuevo nacimiento para justicia.» Por lo tanto, nada es más evidente que, de acuerdo a la Iglesia Anglicana, el bautismo no es el nuevo nacimiento.
El nuevo nacimiento.
Pero ciertamente la razón de esto es tan clara y evidente que no necesita ninguna otra autoridad. ¿Pues qué cosa puede ser más evidente que el hecho de que una es obra externa y la otra es interna? Una es visible y la otra invisible, y por lo tanto totalmente diferentes la una de la otra: una es un acto humano, que purifica el cuerpo, y la otra un cambio operado por Dios en el alma. De modo que la primera es tan exactamente distinguible de la segunda como el cuerpo lo es del alma o como el agua lo es del Espíritu Santo. Como podemos colegir, por la fundamentación de Wesley, lo mismo tiene necesidad el adulto que el niño del nuevo nacimiento. En ambos casos hay una acción visible (mediante los padres) y la otra invisible, que es el cambio operado por Dios. Sin embargo, nunca faltan los recalcitrantes fundamentalistas, que preguntan ¿Dónde dice en la Biblia que se bautice a los niños?
Y podríamos responder de la misma manera con otra pregunta ¿Dónde dice en la Biblia, que se bauticen solo adultos?. Tanto la Biblia, (Marcos 10: 13-16) como la tradición inveterada de nuestra iglesia, desde el primer siglo indica que los niños deben ser bautizados en la fe de sus padres. El bautismo es un don que opera el nuevo nacimiento incluso en los niños. Algunos cristianos, incluso pastores, (por craso desconocimiento sobre el tema), se oponen al bautismo de los niños, porque aducen que carecen de razón para aceptar la fe.
Si seguimos esa lógica, ¿le pedimos permiso a los niños para traerlos al mundo? ¿Esperamos que sean mayores para empezar a educarlos? ¿Qué nos dice Proverbios 22.6 al respecto? ”Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.”
De manera que, cuando los padres le dan la niño el don de la vida, y lo educan, no le quitan por eso su libertad; al contrario, le preparan para que con plena conciencia pueda elegir su futuro.
Esta controversia se da, por los diversos criterios que se aplican respecto del bautismo. El bautismo, según algunos cristianos no católicos (lo recalco, porque la Iglesia Católica Apostólica y Romana, tiene su doctrina muy particular al respecto), algunos grupos sectarios de la Edad Media (cátaros, Valdenses, y otros) rechazaban el bautismo de los niños. En la actualidad, los grupos oponentes al bautismo de los niños aducen no bautizarlos antes del uso de razón (aproximadamente hasta los siete años), pues, según ellos, el Bautismo requiere de haber tenido una experiencia de conversión. Quienes así piensan, olvidan que: “El Bautismo, es un don de Dios por el cual entramos en la gracia”. Es regalo de Dios y no depende de ningún mérito. Cada uno debe responder y prepararse a ese don según sus posibilidades, tomando en cuenta su edad y la capacidad. Los padres deben comprometerse a formar a sus niños bautizados en la fe con la ayuda de la gracia. En el bautismo se planta la semilla, y después viene el crecimiento. El bautismo no les quita a los bebés la libertad de que ya más tarde, por decisión propia libre y espontánea puedan aceptar o rechazar la fe, en uso pleno de su Libre Albedrío.
La Biblia señala en San Juan 3: 5 “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” Nótese lo enfático de Jesucristo, y si él no hace acepción de personas, por lógica deducción inferimos que incluye adultos y niños. Para mayor abundamiento, en Hechos 2:39, se afirma:” Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”.
Y por si todavía hay dudas, en el Evangelio de Lucas se afirma: “Traían a él los niños para que los tocase; lo cual viéndolo sus discípulos, les reprendieron. Mas Jesús, llamándoles, dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Para Pablo, en Colosenses 2: 11-12, el bautismo reemplaza la circuncisión. Normalmente los judíos circuncidan a sus niños poco después de nacer, antes de que estén formados en la fe. De la misma manera un niño nacido en familia cristiana es bautizado poco después de nacer. Más tarde recibirá la formación en su fe, según su edad, y podrá así cooperar con el don del bautismo que ha recibido, y será libre para decidir si acepta o no el don de Cristo. Volvamos a Wesley.
2. De las reflexiones precedentes podemos, en segundo lugar, observar que como el nuevo nacimiento no es la misma cosa que el bautismo, así también no siempre acompaña al bautismo; no van permanentemente juntos. Una persona puede ser nacida del agua, y sin embargo no haber nacido del Espíritu. A veces puede haber signo exterior donde no hay a la vez gracia interior. No hablo ahora con respecto a los párvulos: es cierto que nuestra Iglesia supone que todos aquellos que son bautizados en su infancia al mismo tiempo nacen de nuevo. Y se admite que todo el oficio del bautismo de párvulos procede de esta suposición. Ni es objeción de algún peso contra esto que no podamos comprender cómo esta obra es efectuada en los párvulos, porque tampoco podemos comprender cómo es realizada en una persona en edad madura.
Pero sea como sea en el caso de los párvulos, es seguro que no todos los adultos que son bautizados nacen de nuevo al mismo tiempo. Porque por el fruto se conoce el árbol. Y esto resulta demasiado evidente como para negar que unos cuantos de los que eran hijos del diablo antes de ser bautizados continúan siendo lo mismo después del bautismo: porque hacen las obras de su padre; continúan como siervos del pecado, sin ningún reclamo de santidad interior o exterior.
3. Una tercera deducción que se puede obtener de lo dicho es que el nuevo nacimiento no es lo mismo que la santificación. Por cierto que esto muchos lo dan por sentado, especialmente un eminente escritor en su último tratado sobre «Naturaleza y fundamentos de la regeneración cristiana». Para omitir varias otras objeciones de peso que se pueden hacer a dicho tratado, esta es una bien palpable: en toda su extensión habla de la regeneración como una obra progresiva llevada a cabo en el alma, gradual y lentamente, desde el momento en que por primera vez nos volvemos a Dios.
Esto es una verdad innegable en cuanto a la santificación; pero en cuanto a la regeneración, al nuevo nacimiento, no es verdad. Éste es parte de la santificación, no toda; es el portón de entrada a ella. Cuando nacemos de nuevo comienza nuestra santificación, nuestra santidad interior y exterior. Y desde entonces en adelante gradualmente hemos de crecer en todo en aquel que es nuestra cabeza. Esta expresión del apóstol ilustra admirablemente la diferencia entre la una y la otra, y apunta aún más allá a la analogía exacta que hay entre las cosas naturales y las espirituales. Un niño nace de mujer en un momento o, por lo menos, en un tiempo muy corto. Luego crece gradual y lentamente hasta que alcanza la estatura de una persona adulta.
Del mismo modo, un hijo de Dios nace como tal en un tiempo breve, si no en un momento. Pero luego crece gradual y lentamente hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. La misma relación pues que hay entre nuestro nacimiento natural y nuestro crecimiento la hay también entre nuestro nuevo nacimiento y nuestra santificación.
4. Un aspecto más podemos aprender de las observaciones precedentes. Pero es de tanta importancia que puede perdonársenos que lo consideremos más cuidadosamente y le demos un tratamiento algo extenso. ¿Qué debe decirle alguien que ama a las almas humanas y se aflige porque alguna de ellas pueda perderse, a una persona a quien ve que quebranta el día de reposo, que vive en la ebriedad o en cualquier otro pecado voluntario? ¿Qué puede decirle, si las observaciones anteriores son correctas, sino «tienes que nacer de nuevo»?
«No», dice una persona celosa, «eso no puede ser. ¿Cómo se le puede hablar con tanta falta de caridad a esa persona? ¿No ha sido ya bautizado? Ahora no puede nacer de nuevo.» ¿No puede ahora nacer de nuevo? ¿Tú afirmas esto? Entonces no puede salvarse. Aunque fuese tan viejo como Nicodemo, sin embargo, si no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.61 Por lo tanto, al decir que «no puede nacer de nuevo» estás de hecho entregándolo a la condenación. ¿Y dónde está ahora la falta de caridad? ¿De mi lado o del tuyo? Yo digo: «Puede nacer de nuevo y llegar a ser heredero de la salvación». Tú dices: «No puede nacer de nuevo.» Y si es así, inevitablemente debe perecer. ¡De este modo tú le instruyes el camino a la salvación y lo mandas al infierno por pura caridad! Pero quizás al mismo pecador a quien con auténtica caridad le decimos: «Tienes que nacer de nuevo», le han enseñado a decir: «Yo desafío tu nueva doctrina; no necesito nacer de nuevo.
Nací de nuevo cuando fui bautizado. ¡Qué! ¿Quieres que niegue mi bautismo?» Contesto: no hay nada bajo el cielo que sirva de excusa a una mentira. De otra manera, le diría a uno que abiertamente vive en pecado: «Si has sido bautizado no lo confieses. ¡Porque en cuánta medida esto agrava tu culpa! ¡Cómo aumenta tu condenación! ¿Fuiste consagrado a Dios a los ocho días de nacer y luego te has consagrado todos estos años al diablo? ¿Fuiste tú consagrado, aun antes de tener uso de razón, a Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? ¿Y, después que tuviste uso de ella, has estado huyendo del rostro de Dios y te has consagrado a Satanás?. ¿Acaso la abominación desoladora, el amor al mundo, el orgullo, la ira, la lujuria, los deseos insensatos y todo un conjunto de afectos viles se mantienen firmes donde no deberían? ¿Has establecido todas estas maldiciones en esa alma que fue una vez templo del Espíritu Santo y apartada para morada de Dios en el Espíritu?
¿Fuiste solemnemente entregado a él, y te glorías en esto, en que una vez perteneciste a Dios? ¡Oh, avergüénzate! ¡Ruborízate! ¡Escóndete bajo tierra! ¡Nunca te jactes de aquello que debiera llenarte de confusión y avergonzarte delante de Dios y de los humanos! Respondo, en segundo lugar, que ya has negado tu bautismo, y lo has hecho de la manera más eficaz. Lo has negado mil y mil veces, y todavía lo haces día a día. Porque en tu bautismo renunciaste al diablo y a todas sus obras. Por lo tanto, cuando quiera que le das lugar nuevamente, cuando haces cualquiera de las obras del diablo, estás negando tu bautismo. Por lo tanto, lo niegas mediante cualquier pecado voluntario, mediante todo acto de impureza, ebriedad, o venganza, mediante toda palabra obscena o profana, mediante todo juramento que sale de tu boca. Todas las veces que profanas el día del Señor niegas tu bautismo, y por cierto cada vez que haces algo a otro que no quisieras que él te haga a ti. Respondo en tercer lugar que, seas bautizado o no lo seas, tienes que nacer de nuevo. De otra manera no te sería posible ser interiormente santo, y sin la santidad interior así como la exterior no puedes ser feliz ni siquiera en este mundo, mucho menos en el mundo venidero.
¿Dices tú: «Pero es que yo no hago daño a nadie, soy honesto en todos mis negocios, no maldigo, ni tomo el nombre de Dios en vano, no profano el día del Señor, no soy borracho, no calumnio a mi prójimo, ni vivo en ningún pecado voluntario»? Si esto es así, mucho sería de desear que todas las personas fueran tan lejos como tú. Pero debes ir aún más lejos, o no podrás salvarte. Aún debes nacer de nuevo. Tú agregas: «Yo voy más lejos; porque no solamente no hago daño, sino que hago todo el bien que puedo.» Esto lo dudo; me temo que has tenido mil oportunidades de hacer el bien que has dejado pasar desaprovechadas, y por las cuales eres responsable ante Dios.
Pero si las has aprovechado a todas, si has hecho todo el bien que podías a todas las personas, a pesar de esto, en nada cambia el caso. Todavía debes nacer de nuevo. Sin ello, nada le hará bien a tu alma pobre, pecadora y contaminada. «Pero es que yo asisto con constancia a todas las ordenanzas de Dios: persevero en mi iglesia y los sacramentos.» Está bien que lo hagas.
Pero esto no te preservará del infierno, a menos que nazcas de nuevo. Ve a la iglesia dos veces por día, participa de la mesa del Señor semanalmente, haz muchas oraciones en privado, escucha muchos sermones, buenos sermones, excelentes sermones, los mejores que jamás hayan sido predicados; lee siempre muchos libros buenos: todavía debes nacer de nuevo..
Ninguna de estas cosas puede ocupar el lugar del nuevo nacimiento. Ni ninguna otra cosa bajo el cielo. Por lo tanto, si aún no has experimentado esta obra interior de Dios, que sea tu oración constante: «Señor: agrega ésta a todas tus bendiciones: que yo nazca de nuevo. Niégame lo que te plazca, pero no me niegues esto: ser nacido de arriba. Llévate cualquier cosa que te parezca bien: reputación, fortuna, amigos, salud. ¡Dame solamente esto: ser nacido del Espíritu! Ser recibido entre los hijos de Dios. Que nazca yo, no de simiente incorruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.
Y entonces, que diariamente crezca en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A la luz de toda la argumentación precedente, podemos señalar con prístina certeza, que de acuerdo a la Dogmática Evangélica, en la Confesión de Ausburgo: “Enseñamos que el bautismo es necesario para salvación, porque por el bautismo nos es ofrecida la gracia divina; de aquí que haya que bautizar también a los niños, pues por el bautismo, entregándonos a Dios, se recibe la gracia de Dios”.
RESUMIENDO EVIDENCIAS:
1.- Wesley no veía motivo para que el bautismo se limitara solamente a los creyentes adultos. Defendía el bautismo de los párvulos; pues ambos necesitan el nuevo nacimiento.
2.-Si exteriormente el bautismo es, en general y por lo regular, necesario para la salvación, y los niños pueden ser salvos lo mismo que los adultos; Si nuestro Señor manda que vayan a él; Si los niños son capaces de que se haga un pacto con ellos; Si tienen derecho a ser miembros de la iglesia; Si los apóstoles frecuentemente bautizaban familias enteras; Si el bautismo nos confiere beneficios como el lavamiento de la culpa del pecado original.
3.- Los padres realizan un acto de fe, al presentar a sus niños para el bautismo, pues los ponen bajo el amparo del Altísimo y la tutela de la iglesia.
4.- Se establece un pacto entre los padres y la iglesia, al comprometerse aquellos a proporcionar al niño un hogar verdaderamente evangélico, donde el niño pueda recibir la mejor nutrición espiritual mental y física y esta le prodiga todos los auxilios espirituales y morales.
5.- Como el bautismo del infante, no puede significar una experiencia de conversión y consagración a Cristo; queda como parte del desarrollo de su personalidad, la perspectiva de llegar a La edad de la discreción, cuando conscientemente, pueda hacer la decisión de aceptar a Cristo como su Salvador, y aceptar las responsabilidades de miembros de la Iglesia.
Hago votos, para que la difusión de este documento, sacado del arcón de los Documento de Apoyo para la Fe; sea de utilidad a quienes me hicieron la pregunta de buena fe, pues desean bautizar a su niño; y a quienes lo hicieron con el ánimo de establecer una controversia, se den cuenta que sobra argumentación, bíblica y teológica al respecto.
CON MI AFECTO Y RESPETO
PASTOR ALANIZ
BIBLIOGRAFÍA.
- Rev. Juan Wesley . Tomo III.- Sermón 45.- El Nuevo Nacimiento. Instituto de Estudios Wesleyanos de Latinoamérica
- Artículos de Fe y Religión de la Iglesia Metodista. 1981, División de Literatura y Comunicaciones de la Iglesia Metodista de México.
- PRESENCIA. Órgano oficial de la Iglesia Metodista de México. La Bondad del bautismo de los Niños. M. Olivera Chávez / Núm. 39 / Pp 14 / 1980
- LIBRO DE ORACIÓN COMÚN. Conforme al Uso de la Iglesia Episcopal Mexicana. El Concilio Nacional / 1962

Hno. Abner
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