Interpretaciones metodistas de un volcán.
Oswaldo Ramirez González
Nosotros contemplamos a Cristo resplandeciendo en una pureza hermosa, grande en su magestad [sic], tan alto como el Popocatépetl sobre el nivel del mar…
Liga Epworth. Tema para diciembre 27 de 1914. El Ensanchamiento de la Vida Cristiana. En El Abogado Cristiano, 17 de diciembre de 1914, 794p.
Cuando se trata de comparar la grandeza de Dios y nuestra fe, no hay nada más que recurrir a las bellezas naturales que por el latir de siglos son testigos silenciosos del pasar de la humanidad, ésa que a veces o casi siempre se olvida que somos un huésped más en este planeta. El talento literario cristiano -y en particular el metodista- ha brillado de manera peculiar a lo largo de décadas y poco más de un siglo. Forma de demostrarlo está no sólo en entonar esos excelsos himnos obra de un Charles Wesley o de un Vicente Mendoza, por ejemplo; en sus letras encontramos referencias profundas que aluden a la grandeza de nuestro Dios en el regalo de la naturaleza. Las expresiones se extienden hacia los discursos, sermones, poemas, sonetos y poesías, algunos de los cuales personifican a los entes inertes característicos de nuestro entorno, montañas, ríos, lagos y volcanes que son parte de nuestra identidad aún sin estar precisamente cercanos geográficamente hablando.
Comúnmente solemos escuchar en las noticias que Don Goyo está enojado, echando fumarolas; enseguida caemos en cuenta que de quien se habla no es de un viejito, aunque a decir del protagonista, de cierto es bastante longevo. Tampoco nos ruborizamos maliciosamente si en la contracción alguien le dice “El Popo”, puesto que para nada es un referente escatológico; todo lo contrario, esos son apodos que el Popocatépetl ha adoptado con cariño a lo largo de los años y que son un referente a su presencia en la vida cotidiana de los mexicanos, no sólo de quienes viven en las faldas de éste, que padecen los malestares de su ceniza en el ambiente; así pues, el privilegio de su paisaje desde cualquier ángulo.
Advierto que este escrito no tiene por objeto relatar la leyenda indígena sobre el origen mítico de su nombre; mucho menos de acentuar aproximaciones geológicas de las que soy completamente incompetente de explicar. Mejor dicho, el objetivo es describir la visión que de este coloso natural se ha escrito hace varios ayeres de manos de plumas y algunos autores metodistas.
Admito que tenía previsto desde hace más de un año plasmar ideas sobre este tema, mismas que encontraron buen puerto el mes de junio de 2023, cual epifanía de mi viaje en los interludios mentales de mi visita y asistencia en la Conferencia Anual de CANCEN, en Durango, Dgo. Por aquel entonces las noticias en el centro de la República Mexicana señalaban de las exhalaciones y los efectos tóxicos del viento con ceniza en algunas áreas aledañas al volcán. Sin embargo, el tiempo me hizo esperar paciente a retomarlo, gracias a una nota amable de hace unos días, en las que internautas en redes captaron y fotografiaron una fumarola que asemejó la forma de un corazón ¿Una señal? No lo sé. Tal vez sólo el pretexto para darle cauce y fin a lo que ahora están leyendo.

Más allá de pareidolias y posibles alertas, diré que es menester de un historiador referir a los fenómenos y manifestaciones del hombre y su entorno en el tiempo; dicho de otra forma: no sólo personajes, guerras, batallas, reformas, líderes, civilizaciones, sociedades, “héroes o villanos”, vive la pluma de un amante de Clío, la musa de la historia. Mejor aún: no sólo de las cosas que, por sincréticas, complejas y no tanto del mundo secular son la razón de estudio de un hombre de fe -en cuyo caso ha encontrado la bendición y vocación en un sentido excelso, redirigiendo la tarea historiar a través un movimiento protestante del cual me siento plenamente convencido, como lo es el metodismo. Cuestión que está por demás explicar en cuanto a riqueza cultural, cristiana, social, educativa, literaria, política e intelectual, y que es tema para otra ocasión.
Para el caso que ocupa el título del presente artículo, la prensa metodista de finales del siglo XIX y principios del XX nos da pistas y matices sobre los temas del momento. La extensión de este formato sólo me permitió analizar algunos casos a consideración; lo que no quiere decir que sean los únicos, ni tampoco la fuente hemerográfica exclusiva en contener datos de relevancia similares a este tema.
El primer punto para tratar es el seguimiento del proyecto de explotación de minas de azufre e hipotética instalación de un ferrocarril que llegase a la cima del citado volcán, noticia que un periódico porfirista (y metodista) como El Abogado Cristiano Ilustrado, siguió de manera ocasional. La historia sobre el supuesto dueño del Popocatépetl, el general Sánchez Ochoa, data de finales de 1892; dicho periódico le dio seguimiento hasta principios del siglo XX en 1904 (El Abogado Cristiano Ilustrado: 1ro de noviembre de 1892, 175p; 7 de julio 1904, 219p.). Las circunstancias contextuales frenaron este proyecto; la empresa estadounidense interesada en dicho proyecto no reunió todas las condiciones; y sólo la guerra de Revolución hizo posible olvidar y desestimar el caso, regresando así a manos del pueblo mexicano el amado volcán, el cual quedó amparado constitucionalmente por el nuevo régimen.
Datos como el anterior no alcanzan a ser detallados en la prensa metodista, pero en cambio sí se miraba con optimismo el desarrollo de la empresa estadounidense que pintaba para hacer de las faldas y cima del volcán una suerte de parque turístico que combinase la explotación. Bien a bien, excelente que no haya prosperado el caso, aunque no es el único; en recientes años ha surgido un litigio y escándalo similar, ahora con el Nevado de Toluca, el cual es opaco, y después del gobierno del expresidente Enrique Peña Nieto se le dio carpetazo.
Por otra parte, no fueron pocos los personajes célebres del metodismo mexicano que de una u otra manera hicieron referencia a este volcán: en 1902 Vicente Mendoza, destacado pastor e himnólogo, se dirige de manera cariñosa a este coloso; incluso se atreve a desestimar las “injurias” sobre los exabruptos del susodicho, refiriendo que sólo fueron falsas alarmas. Insta además a que como una buena forma de conocer la naturaleza se realicen excursiones a la cima (El Abogado Cristiano Ilustrado: 29 de junio de 1902, 206p.); quien diría que pasarían unas cuantas décadas para que los temores y “falsos” de los que defiende el pastor al amado volcán se harían realidad, movilizando y asumiendo en la cotidianidad la alerta hoy en día a los poblados más cercanos. Quizás en un ejercicio hipotético de retrospección, si al pastor Vicente Mendoza le hubiese tocado admirar la fumarola en forma de corazón diría, como muchos, que se trata de la declaración de amor del Popocatépetl al Ixtalcihualt; o mejor aún, la declaración divina del amado volcán hacia nuestro Dios. No lo sabremos, pero es con toda suerte una probabilidad.
Otro personaje ocupado en mencionarlo es el Pbro. John W. Butler; lo retoma en sus memorias y experiencias majestuosas sólo comparables con las cordilleras y enormes montañas observadas en la India (El Abogado Cristiano Ilustrado: 28 de febrero de 1907, 71p.) Finalmente, la célebre científica y maestra normalista Adelia Palacios Mendoza -como parte de su diario de viaje por Europa, el Mediterráneo y Medio Oriente, publicado en 1911- hace una comparación entre el Vesubio y el Popocatépetl, donde no oculta la decepción y expectativa que tenía del monte italiano, al señalar que es impetuoso, pero que ha perdido altura; salvo por ello y la historia que lo rodea, aún prefiere al volcán mexicano (El Abogado Cristiano: 29 de junio de 1911, 406p.).
Pudiese pensarse que la referencia es meramente trivial. Sin embargo, lejos de la manera como lo señalen estos personajes, no se trata de sobrevaloración sino de la incorporación de éste como parte de los símbolos que dotan de una identidad más allá del contexto regional en donde geográficamente se localiza. El Popocatépetl, el Ixtalcihualt, el Pico de Orizaba y el Nevado de Toluca no sólo son referentes geográficos, sino elementos de identidad sobre los que se construye un imaginario que los dota de elementos alusivos, poéticos y metafóricos, capaces de compararlos inclusive con la generosidad de los alimentos. Así quedó plasmado en el reportaje de un periodista extranjero sin identificar, cuya crónica de las reuniones conferenciales, además de destacar la elocuencia e intelectualismo de pastores mexicanos y estadounidenses, se refiere metafóricamente al postre como a este volcán:
“El tan deseado bien no se hizo esperar por mucho tiempo; se presentó oportunamente convertido en platillos de cristal que contenían un verdadero Popocatépetl de ice cream con sus respectivos pastelillos, que le servían de guardia de honor…”
El Abogado Cristiano Ilustrado: 20 de agosto de 1903, 279p.
Pese a que no se detalla el menú, se sabe que fue una fiesta dulce de helado y pasteles, que coronaron el cierre de una reunión extenuante y provechosa, pero que también fue allanada por el inclemente clima caluroso del lugar. De esta manera, el Popocatépetl toma una forma azucarada y deliciosa en el imaginario de quienes no tienen otro referente comparativo mejor para tal delicia a sus paladares.
Al seguir con la revisión hemerográfica, múltiples referencias aparecieron como muletillas, en los discursos escolares de nuestras instituciones metodistas poblanas, así como en sermones y reuniones, y también de quienes mirando por la ventana admiran la tranquilidad y belleza del paisaje:
“… la población de Amecameca, en el Distrito de Chalco, … Es una población situada en las faldas del hermoso Popocatépetl y por lo mismo, no carece en sus alrededores de vistas interesantes y pintorescas, así como de paisajes primorosos sobre toda ponderación, que naturalmente le imprimen un marcado aspecto selvático de grande belleza y encanto á la vez…”
Forma, paisaje, quietud, belleza e imponente figura, que resuenan más allá de las proximidades de Morelos, Puebla y el Estado de México y que se presenta como un recurso vivo en la presencia inerte, capaz de inspirar la grandeza de los hombres y los pueblos; pero, como atinadamente señala el Pbro. Flores Valderrama, esta misma es inexpugnable al amor y magnificencia de Cristo, comparado con éste y cualquier otra montaña; él es el Everest del Himalaya (El Abogado Cristiano Ilustrado: 12 de noviembre de 1903, 382p.).
Antes de concluir este breve repaso por el tiempo, sobra decir la importancia del escrudiño de nuestra historia, no sólo desde los eventos, iglesias, escuelas, pastores, etapas clásicas de la historia nacional o personajes célebres, sino desde la representación del pensamiento, la mentalidad y el discurso, cuyo acercamiento contribuye a dilucidar qué de aquello que miraron y admiraron nuestros hermanos del pasado está presente hoy, y qué dinámicas y lecciones nos dejan sus observaciones y escritos, más allá del pensamiento anticuario y nostálgico del simple coleccionista de papeles.
En fin, antes de cerrar con el soneto de Domínguez Cowan, permítaseme señalar y dedicar el presente escrito a la memoria de aquellos amigos, mentores, compañeros y miembros de SEHIMM, que se han marchado a la Patria Celestial los últimos dos años; su grato recuerdo en sus mensajes de voz, charlas de café, escritos y llamadas telefónicas son un aliciente que guardo con cariño; lo cual no quiere decir que su ausencia no siga significando una profunda ausencia en las filas de esta organización, Dios fue Bueno con Ustedes. Gracias por TODO.
AL POPOCATÉPELT.
Soneto.
Montaña portentosa, sí, dominas
Los altos montes y risueños prados,
Son tus rasgos valientes, acabados
Y al pensamiento inquieto lo iluminas,
Yo ví del mundo las famosas ruinas,
Yo recorrí sus valles y poblados,
Mas nunca contemplé tales dechados…
¡Me ofuscas, me conmueves, me fascinas!
Al pié de tus solemnes soledades,
De tu gallarda forma, que no muda,
Desfilaron cien pueblos, mil edades;
El alma entristecida, envuelta en duda
Y presa de mortales ansiedades,
Te venera, ¡Gigante! y te saluda.
México, 1878. N. Domínguez Cowan, en El Abogado Cristiano Ilustrado,
1ro de junio de 1882, 27p.
Fuentes de información revisadas:
Abogado Cristiano, El. Años; 1882, 1892, 1902, 1903, 1904, 1907, 1909, 1911, 1914.
