MILAGRO SOBRE MILAGRO
“Noel, Noel, Noel, Noel,
nacido es el Rey de Israel”
La Primera Navidad. Himnario Metodista
Ver nacer a un niño es un milagro: que de la simiente de una mujer y un hombre surja un nuevo ser humano, completo, con la capacidad para reproducirse en la edad adulta, es un hecho portentoso que solamente Dios puede realizar. Como lo vemos a diario -y al igual que ocurre con otros tantos milagros que nos rodean- nos pasa inadvertido; y ahora, en el absurdo de pensar que ese milagro puede ser detenido porque la madre del bebé por nacer no lo quiere tener -escuchamos voces insensatas que dicen “la maternidad será deseada, o no será”-, actualmente se aprueban leyes que avalan el asesinato de niños en el vientre materno.
Pero adicional al milagro del nacimiento de un ser humano, el ver nacer a un bebé de una mujer, sin el concurso del varón y por obra del Espíritu Santo, es un hecho que escapa a toda nuestra lógica y nos sorprende por el portento de que ese ser, además, tiene las dos naturalezas, la divina y la humana, que desde el momento de su concepción serían inseparables:
Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Él será muy grande y lo llamarán Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David. Y reinará sobre Israel para siempre; ¡su reino no tendrá fin!
—¿Pero cómo podrá suceder esto?—le preguntó María al ángel—. Soy virgen.
El ángel le contestó:
—El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por lo tanto, el bebé que nacerá será santo y será llamado Hijo de Dios. (Lucas 1:31-35, Nueva Traducción Viviente)
Ése es un milagro sobre otro milagro: ¡que Dios mismo, eterno y todopoderoso, irrumpa en la temporalidad y el espacio humanos, tome forma de siervo, igual a nosotros, y lo haga con el propósito de venir a salvarnos! Realmente no tenía ninguna necesidad de hacerlo; pero lo movió el amor por su creación, la humanidad, que estaba muerta en sus delitos y pecados, sin esperanza y sin Dios en el mundo, como dijo el apóstol Pablo. En efecto: ese milagro del nacimiento de Jesús fue hecho por un simple motivo: el amor de Dios (Juan 3:16, el “evangelio en miniatura” nos lo recuerda).
Como Dios es amor, por ese amor Él hizo el milagro de la encarnación de Cristo. Pero igualmente por ese amor, él puede traer una nueva vida, un nuevo comienzo, un nuevo destino a quienes andamos extraviados y sin rumbo, a nosotros, la humanidad, dándonos la oportunidad de relacionarnos con nuestro Creador de una manera íntima y personal, para que ya no sea para nosotros sólo nuestro Creador, sino también nuestro Señor y nuestro Salvador. Ese es un milagro adicional que ocurre de forma invisible e inadvertida en el interior de todo aquel que se atreve a aceptar el regalo de la vida eterna, solamente confiando en el sacrificio de ese Dios hecho hombre, que ocurriría muchos años después en una espantosa cruz. No sabemos cómo, pero ese milagro en verdad ocurre: cuando nos atrevemos a creer en esa provisión de Cristo, nuestra vida toma otro derrotero, es sacada del extravío y toma un nuevo rumbo, el rumbo original a la casa del Padre, el rumbo que Dios tenía planeado para nosotros desde que nos dio la vida. Las pruebas continúan, la lucha sigue, pero ahora ya no estamos solos: Emmanuel, Dios con nosotros, en nosotros, es la esperanza de gloria.
Cuando recibimos este milagro, este cambio de rumbo, lo menos que podemos hacer es avisarle a otros que este cambio es posible. Queremos que otros sepan que Dios quiere relacionarse con nosotros como Padre, no como un tirano al que tememos desobedecer. La escritora Bilquis Sheik, en su libro Me atreví a llamarle Padre (Sheikh, 1981) narra cómo, al preguntarle a Dios cuál de los dos libros -El Corán o la Biblia- era su libro, recibió la pregunta de en cuál de ellos ella lo conocía a él como su Padre. Y este es el milagro de la salvación: que Dios deje de vernos como condenados a muerte y nos convierta en sus hijos, con una esperanza y un destino hacia él. ¡Un milagro más!
Este tiempo de Adviento, Navidad y Fin de Año, Y TODO EL AÑO, ¿cómo no vamos a compartir con otros que aún no lo saben, que el milagro de la redención de nuestra vida es posible?¿Cómo podemos quedarnos callados ante tal muestra de amor y aceptación en Cristo? Como los mendigos que le avisan a otros mendigos dónde se está regalando comida, nosotros podemos, tenemos el deber de, avisarles a otros que ese bebé nacido en Belén hace más de dos mil años tiene la respuesta a todas sus interrogantes y en él están escondidos “todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento” (Colosenses 2:3). Ya no tenemos que estar hambrientos de paz, porque el Príncipe de Paz ha venido a salvarnos; ya no tenemos que temer a lo por venir, porque él es el Dios eterno que conoce toda nuestra vida y nos acompaña hasta el fin del mundo; ya no tenemos que temer a la muerte, porque ese Dios ha vencido a la muerte con poder. El milagro del amor de Dios echa fuera todo nuestro temor: ese es el mensaje que Dios nos ordena, nos manda compartir con otros.
En este número del 15 de diciembre, nuestros colaboradores comparten manifestaciones de cómo la vida de Dios se ha manifestado en ellos, y les invitamos a que lean cada una de estas aportaciones. Que la paz y el gozo de compartir el regalo de vida eterna que ese niño de Belén vino a traer, sean lo distintivo en cada reunión que tengamos estos días de Navidad.
Un saludo fraternal para todos nuestros lectores, de parte de todo el equipo de El Evangelista Mexicano.
María Elena Silva Olivares
Referencia
Sheikh, B. (1981). Me Atreví a Llamarle Padre. Clie, Editorial.
