ESA OTRA CORRUPCIÓN

ESA OTRA CORRUPCIÓN

Rubén Pedro Rivera

México tiene la mala fama de ser un país en donde la corrupción impera en diversas formas. No es una cosa de la que podamos estar orgullosos. Si bien no todo el panorama social es corrupto, es cierto que el soborno, los “moches”, la extorsión,  la compra venta de documentos legales, la obtención de ciertos privilegios, y un sinnúmero de cosas, procesos, trámites, etc., se obtienen  a base de procedimientos viciados. Esta es una lacra que nos viene  desde la época  de la conquista y arraigó con amplitud  durante la colonia y tiempos ulteriores. Son casos documentados los referentes al cambio de virreyes, porque al poco tiempo de su estadía en la Nueva España, ya eran objeto de sobornos y presiones corruptas por parte de los peninsulares (y posteriormente los criollos también), que buscaban acrecentar sus riquezas e influencias dentro del sistema gubernamental. Esto acarreaba tantas críticas y malestares sociales que, al ser conocidas por la corona hispana, obligaban a destituir virreyes y nombrar nuevos mandatarios sólo para cambiarlos también  al poco tiempo por la misma razón. Lo que pasaba en la cúspide social se reproducía en los estratos inferiores, al punto que el vicio pasó a ser cosa normal en los manejos de la sociedad. 

Hay que asentar que la corrupción era ajena a la cultura de las etnias; y cuando por excepción ocurría algún caso, éste se castigaba de forma extrema. Es cierto que los pueblos originarios tenían algunas costumbres crueles y reprobables, pero para el caso del presente artículo, quede claro que no eran corruptos.

Por desgracia la corrupción  derivada en sistema continuó existiendo tras la época colonial en nuestra república con vigencia hasta nuestros días, y esto pese a la labor de notables educadores y de la enseñanza de las iglesias. Tal parece que estamos ante un mal que requiere un milagro para ser erradicado.

Pero el propósito de este comentario es recalcar que hay otra corrupción que ha invadido nuestro mundo y que ha ido cobrando mayor presencia conforme los años transcurren. Me refiero a la corrupción del idioma, tanto hablado como escrito. Hoy tenemos que sufrir las expresiones maldicientes y soeces en boca de políticos, escritores y comentaristas, que con la mayor falta de respeto son incapaces de proferir un pensamiento sin incluir majaderías. Son escasas las personas que se expresan correctamente sin recurrir a los adjetivos groseros. La influencia de la literatura así como de  los medios de comunicación imponen sus modelos al usar bien o mal el lenguaje; y esto llega,  queramos o no, al ambiente  cristiano,  donde las predicaciones pueden vulgarizarse, así como el trato hablado o impreso entre creyentes  puede hacerse sucio e indigno de la santidad a la cual  hemos sido llamados.

Cuán lejos nos encontramos de la narrativa del siglo XIX y principios del XX, cuando se podían describir los más íntimos y reales acontecimientos humanos sin tener que recurrir a las obscenidades del lenguaje corrupto. Hoy se reclama que la literatura y el habla no reflejan la genuina realidad a menos que incluyan las expresiones sucias que maneja el pueblo en su trato cotidiano; por ende, la corrupción del idioma se ha transformado en la manera normal de  comunicarnos.

Es tarea de la iglesia cristiana -y en particular de nuestra Denominación- enseñar, entre otras cosas, el uso limpio de nuestro  lenguaje, dentro del  programa  de “Reformar a la nación” Así nos lo piden las Sagradas Escrituras: “Presentándote tú en todo  como ejemplo de buenas obras ; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable…”Tito:2: 7,8,  “Pero  ahora dejad también vosotros estas cosas: Ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas…” Col. 3:8.

Esta otra corrupción debe ser corregida con firmeza y rechazada ante las autoridades que correspondan. Que no se diga de los metodistas que rehuimos nuestra responsabilidad y cerramos los ojos y oídos ante ésta y otras formas de corrupción que padecemos.