“La noche buena, si va a estar buena”, dijo uno entre risas, mientras sostenía en sus brazos tres cajas de cerveza en la fila de pago.
Llega el 23 de diciembre. Las compras de última hora son notables en las calles, así como en los centros comerciales y tiendas de conveniencia. Los pendientes de la lista poco a poco son tachados: regalos, ingredientes para la cena, ropa y calzado para estrenar, pero, ¿existe fiesta alguna en la que el mexicano permita la ausencia del caldo alcohólico? No, de hecho, es éste una de las compras primarias y que, ya entrado en calor, cualquier sujeto se muestra listo para soltar hasta el último centavo con tal de conseguir un poco más de consumición.

El mexicano tiene una costumbre que lo distingue a distancia y que no siempre resulta del todo agradable. Pese a esto, él se siente orgulloso de este distintivo, aprovechando cualquier oportunidad para pregonarlo.
Todo y todos son pretextos para hacer fiesta. Somos alegres, dicen algunos. Aunque esto parece más bien egoísmo en su máximo esplendor. Para el regiomontano cualquier excusa es buena para “una carnita asada”. “Gracias, Benito” dicen algunos, mientras disfrutan de los beneficios que ofrece la conmemoración del natalicio de Benito Juárez. La expresión se acompaña con una pizca de sarcasmo, burla y desinterés por conocer qué provoca que esta fecha se considere especial. Antes de continuar, es necesario aclarar que este escenario no se presenta en todos los niveles socioeconómicos; sin embargo, es probable el haber atestiguado una situación como la que se relata en este escrito.
Por ejemplo, está el día de las madres. Un festejo imperdonable en la cultura mexicana. El agasajo comienza con “la reina de la casa” como la causante del banquete. Todo gira alrededor de ella. Pero, ¿cómo cierra esta celebración? Al poco tiempo una bocina suena “Las Mañanitas” así como otras melodías con mensajes dedicados a un ser tan especial como lo es una madre. Se abre paso a los abrazos y palabras especiales, para después escuchar cómo la misma bocina comienza a tocar aquella música que coloquialmente se conoce como “música de borrachos”.
Se trata de canciones que fomentan la alegría a base de alcohol y que además ayudan al individuo a correr de una realidad de la que no siempre tiene contentamiento. El ambiente anuncia que la “festejada” ya recibió su parte. Si no pasea por la casa realizando tareas de limpieza, seguro ya se encuentra en su habitación con la intención de descansar; la fiesta para ella terminó, aunque para otros apenas comienza. Brindo por “la jefa” dice uno mientras destapa otra lata de cerveza. Cultura de mexicanos.
La situación se repite cuando se celebra el aniversario de vida de un infante. Arranca la celebración con música infantil, las tradicionales bolsitas con dulces, inflables, globos, personajes animados, pastel; en fin, todo lo que pueda anunciar que el festejado es un o una menor. ¿Qué sucede después de la merienda? A continuación, parte del diálogo entre dos tíos de un niño en su fiesta de cumpleaños:
Tío 1 –Estoy aburrido, aquí hace falta cerveza, a estas horas ya anduviéramos bien pedos.
Tío 2 –Sí, además esas canciones (infantiles) me fastidian.
Se trata de dos adultos que no conciben una celebración sin bebida alcohólica en el menú. Se trata de dos adultos egoístas que no pueden dejar de lado sus impulsos por satisfacer sus deseos carnales, ni aun tratándose del hijo de su hermana. Dos adultos que no son capaces de olvidarse de ellos mismos para entregar su completa atención a un ser que, en teoría, es para ellos especial. Esta es una situación muy común en la cultura mexicana.
El sobrino ya tiene su regalo, se le cantaron las mañanitas, se repartió pastel y los juegos fueron aprovechados; por lo tanto, una manada de adultos se encuentra ya lista para abrir la primera lata de cerveza, entre ellos muy posiblemente aparece el papá de la creatura. Nuevamente, una bocina deja de sonar música infantil para dar lugar a la “música de borrachos”. Ya se divirtieron los niños, ahora les toca a los adultos, exclamó un tío tras encontrarse “aburrido” en el aniversario de vida de su sobrino.
El mexicano a nadie perdona; y aunque el compromiso exige palabras especiales, cumplidos y hasta cánticos en honor al festejado, un acto que no requiere considerable esfuerzo, éste al poco tiempo queda en el olvido, pasando de ser el motivo de la reunión a un simple pretexto para la parranda. “Gracias, Benito”.
El mexicano agarra corte parejo; y así, hasta el Hijo de Dios se convierte en su víctima. Muchos aparecen afanados porque aún falta por comprar ingredientes para la cena, adornos para la nochebuena, regalos para la navidad. Y cuidado que alguien se quede sin regalo; todos están en la lista; todos, menos el festejado. La euforia nos rebasa al grado de convertirnos en el motivo de la celebración. Se piensa en todos menos en Él. Ya se trata de nosotros. Todos están presentes menos Él. Todo cuanto suceda debe resultar de nuestro agrado de lo contrario, ¿para qué tanto sube y baja?

¿En torno a quién giran las fiestas y posadas decembrinas del mexicano? ¿quién se encuentra en el centro de su mesa? ¿en qué o en quién piensa mientras ejecuta los preparativos para la cena de nochebuena? El creyente puede excusarse y decir que éste no es su caso. Pero hay una cultura afuera que predomina, y es fuerte, que minimiza y opaca la verdadera razón por la que hay celebración en estos días. Esto obliga al creyente a no mantenerse con brazos cruzados o sentirse conforme al no sentirse parte de esta cultura. Las fiestas decembrinas no son un simple pretexto para las borracheras. Se conmemora la llegada del Salvador, de aquél que salvará al pueblo de sus pecados.
Se debe mencionar un dato de tristeza: esta escena ocurre también en hogares cristianos. Moradas donde se espera un ambiente bíblico que reconoce a Cristo como el centro de su celebración, donde además sea posible respirar la gratitud y alegría por la llegada de un redentor. Parte de las familias en la fe deciden sumarse a esta costumbre muy mexicana. Tras la llegada del pastor sin previo aviso algunos esconden la cerveza debajo de la silla, aunque olvidaron las botellas de licor que están sobre la mesa. Ya no tuvieron tiempo para poner “Noche de paz” en las bocinas, por lo que sigue corriendo una pieza que canta “Tragos de amargo licor…” ¿Cómo se relaciona un trago de amargo licor con el increíble anuncio de la llegada de Emmanuel, el Dios que con nosotros promete estar? ¿Cómo se explica la celebración navideña en una familia de creyentes donde otro de los coros que ameniza “la pachanga”, resalta la práctica del adulterio?
Si, esta práctica no es nueva en los mexicanos. Pero, por si fuera poco, ya no es lo único que desvirtúa la esencia de la fiesta navideña. Recientemente, diferentes grupos levantaron una voz que exige la eliminación de la frase “Feliz Navidad” y en su lugar decir solamente “Felices Fiestas”; el argumento es, como de costumbre, la falta de inclusión. De por sí, el mexicano olvida rápido a quién o qué celebra. Un “Felices Fiestas” se escucha a un da igual qué o a quién se festejes; tú has fiesta, pásala bien, y sé feliz.
Mientras se redactan estas líneas es posible escuchar la explosión de pirotécnica, así como música que no parece muy ad hoc al festejo. Corridos, narco corridos suenan en cada esquina; es lo de hoy. ¿Quién en su sano juicio escucharía cánticos navideños? El problema es ése: la falta de sano juicio.

La cerveza se terminó. Vamos por más, porque la nochebuena, apenas comienza a ser buena.
“He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros”
Mateo 1:23
Reseña Biográfica
Agustín Valdez Rojas
Actual corresponsal de la Conferencia Anual Oriental para el Evangelista Mexicano. Maestro del Seminario Metodista Juan Wesley, misma institución donde cursó la licenciatura en Teología. Combina las tareas de reportero en el medio ABC Noticias y el pastorado al dirigir la congregación Torre Fuerte, en el municipio de Pesquería, NL.
Cuenta también con la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Metropolitana de Monterrey y se considera un amante del periodismo.
