Un violentador ungido por Dios.

Recientemente vi una publicación en formato de “meme” donde aparecía la imagen de una tapa de cartón que tenía escrito el siguiente mensaje “Trátame con Cuidado”. Y aunque el motivo de la publicación era por el arranque del nuevo año 2025, no pude evitar direccionarlo a otro tema: el trato del hombre hacia la mujer, pues minutos antes había revisado una de mis últimas notas periodísticas en donde un hombre, aparentemente esposo de la víctima, disparó en al menos tres ocasiones contra una mujer vendedora de ropa usada en un mercado rodante del municipio de García, Nuevo León.
De acuerdo con testimonios y versiones extraoficiales, el ataque fue producto de los celos. El hombre observó que la mujer platicaba con otro individuo, de quien se desconoce si era o no cliente de la vendedora; sin embargo, la Fiscalía detalló que dos hombres se acercaron al puesto y uno de ellos, sin mediar palabra, disparó en al menos tres ocasiones, dejando a la mujer tirada en un charco de sangre a un costado del puesto de ropa.
Escenas trágicas, eventos que pocos desean relatar; pero alguien tendrá que hacerlo, pues los lectores para estas noticias son numerosos. Sin embargo, la intención no es hacer un listado de notas sobre violencia, muerte y maltrato en donde los protagonistas son parejas “emproblemadas”. Pero es necesario contar con este panorama al que desde nuestra trinchera podríamos catalogar como cosa horrenda, donde Satanás tiene el control, donde abundan las tinieblas, donde hombres y mujeres son poseídos por un ejército de demonios para realizar actos tan atroces.

Permíteme contarte otra, antes de hacer la pregunta central de este escrito: A poco más de seis semanas antes de terminar el 2024, un hombre, en el municipio de Pesquería Nuevo León mientras se encontraba cegado por los celos, prendió fuego a su pareja sentimental. Tras el arribo de policías y paramédicos, se logró la captura del sujeto mientras que a la mujer se le brindó atención médica, reportando quemaduras de todo tipo en al menos el 90 por ciento de su cuerpo.
Tras ser hospitalizada, la mujer luchó por su vida poco más de una semana. Sin embargo, los daños eran graves por lo que, pasados los 7 días, se dio la noticia de que había fallecido a causa de las múltiples quemaduras de tercer grado que presentaba su cuerpo. Creo que con esto es suficiente, porque podríamos narrar muchas más de este género, pero es innecesario.
Vayamos mejor a la parte fuerte de este escrito: ¿Cómo se encuentra la iglesia frente a esta problemática? ¿Cuántos de sus congregantes, que además de cristianos tienen también el título de violentadores? ¿Cuántos de ellos abrazan a la familia cristiana mientras agreden a la familia en casa? ¿Cuántos hablan con amor en el templo mientras maldicen y gritonean en sus hogares? Y sí: ¿Cuántos pastores, tras quitarse el saco, dejan de ser amorosos, respetuosos y pacientes?
Con mucha facilidad se juzga a los protagonistas de las historias que vemos en estas notas periodísticas: “son dominados por demonios” “sólo alguien que tiene al diablo en su vida haría tal cosa” “Satanás es el dueño de sus vidas”. Pero, ¿cuántos congregantes violentos y agresivos se esconden en tu congregación? ¿Cuántas mujeres congregantes callan una realidad que desearían cambiar en sus hogares? ¿Cuántas de ellas anhelan que aquel varón de Dios que todo mundo ve en la iglesia sea el mismo en casa? Esta problemática ¿es prioridad para el cuerpo pastoral?

Recientemente, llegó a mi conocimiento el caso de una esposa joven que constantemente sufría por el comportamiento machista de su esposo, un hombre admirado por la congregación pues “Dios lo usa grandemente en la alabanza” es un hombre ungido. Con su ministerio bendice a numerosas vidas. Además, es tan servicial, entregado y dispuesto a apoyar a todo aquel que se cruce en su camino, todo un buen samaritano. No pocas congregantas envidian a esta mujer por tener un esposo tan increíble, sin duda alguna, Dios la bendijo con ese hombre que es casi perfecto.
Pero esta mujer callaba una realidad que no coincidía con lo que los demás veían en la iglesia. Una realidad que por años mantuvo en secreto al no encontrar a alguien con quien desahogar su corazón. Por fortuna, tras meses de convivencia, ella comenzó a vaciar todo aquello que padecía en su hogar: maltrato, abuso, agresión verbal, humillaciones, chantajes, celos, ridiculización; se le hacía sentir mal por cosas insignificantes, se le prohibía realizar muchas actividades, era una mujer controlada para su círculo social, incluso en cuanto uso de celular, el cual en algún momento le fue destruido por el esposo, tras aventarlo contra la pared.

Todo esto se mantenía oculto, haciendo uso de la mentira para cuidar la imagen del agresor, (actitud común en mujeres violentadas). ¿Cómo poner en evidencia al hombre de Dios? Es preferible decir que por torpe (la mujer) tu celular sufrió una caída y se quebró. Además de las palabras hirientes del esposo, la mujer termina rematándose a sí misma: “estoy bien mensa”, “tengo manos de mantequilla”, “no aprendo”,“esto me pasa por tonta”.
La mirada de esta mujer reflejaba tristeza, frustración y deseo por sentirse libre. Se le veía siempre acelerada, corriendo de un lado para otro con la intención de hacer tantas cosas como pudiera antes de que el esposo llegara del trabajo; sabía lo que le esperaba de no estar en casa con la cena caliente y puesta sobre la mesa.
No pasó mucho tiempo cuando llegó a nuestro conocimiento que el violentador, ungido por Dios, ya había pasado al siguiente nivel, agresión física. Como es bien sabido, el tema de la violencia es progresivo. Si no se pone un alto, se pueden alcanzar niveles trágicos donde desafortunadamente, como ya lo leímos, es la muerte de la víctima la que llega a poner el “hasta aquí” que no se logró en vida.
Mientras todo esto sucedía, el hermano, ministro de alabanza, ungido por Dios, seguía bendiciendo vidas con su ministerio. Pastores le buscaban para que apoyara en sus congregaciones ante la falta de músicos. Era admirable como a todos lados este hombre llegaba acompañado de su familia. Lo que pocos sabían es que acudían obligados, molestos, tristes, inconformes; llegando casi el punto de odiar la iglesia y sentir el deseo de abandonar la fe a causa de un padre que es amoroso y servicial con todos, menos con ellos. Un padre que saluda gustoso a todo mundo, mientras que a su madre le reparte golpes y amenazas. Los hijos se ven cansados de esta mentira.
¿Cuántos casos de este tipo hay en las congregaciones? ¿Cuántas mujeres callan la historia cruel que no se ve en los templos? ¿Cuántos líderes cristianos se encuentran involucrados en situaciones similares? ¿Cuántos ministros de alabanza, además de cantos y melodías, reparten agresiones en sus hogares? ¿Cuántos pastores y líderes espirituales podrían ser acusados de comportamientos violentos?
En diferentes formas y niveles seguro muchos caemos en este pecado. Si realizáramos un diagnóstico a nuestras conductas, posiblemente lo haríamos con miedo; es probable que muchos comportamientos de la masculinidad que nos enseñaron se consideran violentos en la actualidad. Los nuevos paradigmas nos dicen que incluso aquello que parecía inofensivo ahora resulta ser todo lo contrario.

El gobierno de Nuevo León, por medio de la Secretaría de las Mujeres, publicó un recurso al que denominaron “El Violentómetro”, una herramienta que permite a las mujeres conocer los grados de violencia que existen y que además ayuda a identificar el nivel de riesgo en el que se puede encontrar una mujer violentada. He notado que este recurso resulta útil también para nosotros los hombres. Sólo es necesario tomar un poco de valentía y analizarlo con detenimiento y honestidad. Nos ayudará a identificar aquellos aspectos que posiblemente ejercemos, conscientes o no, de tal cosa.
Considero que está por demás agregar pasajes bíblicos para entender el trato que se espera de un creyente en cuanto a su pareja y familia. En todo caso, la invitación es a la reflexión sobre nuestros comportamientos, nuestro proceder en la iglesia, así como en nuestros hogares. No hay hombre, creyente o no, que no tenga algo que ajustar para mejorar su trato hacia la mujer. Llegó el momento de revisar nuestras conductas. Podemos ser parte del problema.
Desde luego, la invitación es también a que meditemos sobre el actuar que la iglesia ha tenido sobre este tema. Esto no debe pasar desapercibido, tampoco se puede actuar como si estas cosas no sucedieran en familias cristianas, la realidad es que abundan;así mismo, la iglesia no puede conformarse con mencionar esta problemática sólo cuando se presenta un caso en la congregación.
Es un tema que de manera constante debe ser enseñado, con sustento bíblico, pero a su vez con una fuerte reprensión hacia aquel que violenta. Y esto para las nuevas como a las no tan nuevas generaciones; a los primeros, para erradicar toda posibilidad de caer en estas prácticas; y a los segundos, con la intención de erradicar comportamientos que posiblemente consideramos normales por haberlos aprendido en tiempos de los abuelos.
La iglesia debe eliminar toda sonrisa, abrazo y palabras que ocultan casos de violencia, pues el único que se beneficia de esto es el abusador.
Reseña Biográfica
Agustín Valdez Rojas
Actual corresponsal de la Conferencia Anual Oriental para el Evangelista Mexicano. Maestro del Seminario Metodista Juan Wesley, misma institución donde cursó la licenciatura en Teología. Combina las tareas de reportero en el medio ABC Noticias y el pastorado al dirigir la congregación Torre Fuerte, en el municipio de Pesquería, NL.
Cuenta también con la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Metropolitana de Monterrey y se considera un amante del periodismo.
