EDITORIAL

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Migrantes somos todos

Así que tú también tienes que demostrar amor a los extranjeros 
porque tú mismo una vez fuiste extranjero en la tierra de Egipto.
Deuteronomio 10:19 NTV

Migrantes somos todos.

Porque todos empezamos en un lugar y terminamos en otro.

Porque vamos caminando de lo conocido a lo desconocido.

Porque fuimos echados del paraíso desde Adán y andamos sin esperanza y sin Dios en el mundo hasta que hallamos a Cristo.

Porque migramos de una etapa de la vida a otra.

Porque caminamos en medio del mundo, hasta que Cristo nos encuentra y nos marca el rumbo a la patria celestial.

Nuestra migración puede ser distinta de la de aquellos que han decidido cambiar su lugar de residencia a otro donde esperan tener una vida mejor. Pero al final de cuentas, somos migrantes como ellos. 

Podemos estar o no de acuerdo con la decisión de quienes llegan a nuestro país buscando usarlo como tránsito al vecino país del norte; pero al toparnos con ellos, tenemos el mandato del Señor de amarlos, porque nosotros mismos también hemos sido forasteros que fueron aceptados en alguna ocasión por él, y ahora formamos parte de una familia llamada Cuerpo de Cristo.

No se trata de resolverles la vida a los migrantes: se trata de hacer por ellos lo que nos venga a la mano hacer, según nuestras fuerzas.

Tenemos el ejemplo de Jesús, el gran migrante que cambió su lugar en el cielo por esta tierra donde habitaba la humanidad caída. En eso es él distinto de los migrantes humanos, porque nosotros transitamos buscando una situación mejor, mientras que él transitó de lo mejor a lo peor, y su única razón era el amor que tiene por nosotros. Parafraseando aquel himno de Vicente Mendoza, «dejando su trono de gloria [NOS] vino a sacar de la escoria» (1).

En este domingo 16 de febrero, invitamos a recoger una ofrenda para aquellos lugares de nuestra iglesia metodista donde se sirve a los  migrantes: ya sea en la frontera sur del país, o en el norte, o en los puntos intermedios, podemos ser de apoyo a los migrantes para tenderles una mano y, además, aprovechar la ocasión para decirles que lo hacemos porque amamos a Cristo. Si es una ofrenda monetaria, la podemos enviar a la tesorería de nuestra Conferencia, y de allí será bien canalizada a donde se necesite; o podemos dar en especie a algún lugar del que tengamos conocimiento. El asunto es no quedarnos impávidos ante la necesidad de quienes van de camino. 

Invitamos también a la lectura y comentario de las producciones que nos presentan nuestros colaboradores, poniendo especial atención en el Comunicado del Gabinete General sobre la actual situación migratoria internacional, de todos conocida.

En este mes, que el mundo celebra “el amor y la amistad”, los que hemos creído en Jesús tenemos el mandato de que, como él es, así hemos de ser nosotros en el mundo (1 Juan 4:17). 

Afectuosamente,
María Elena Silva Olivares

NOTA

(1) Mendoza, Vicente. Jesús es mi rey soberano. Himnario Metodista. Recuperado de: https://himnario.immar.org.mx/127-jesus-es-mi-rey-soberano/