Hace poco más de diez años, a través del Colegio de Obispos, en cultos y otros medios, nuestra iglesia se expresó con dolor y en solidaridad por los eventos de Ayotzinapa, cuando cuarenta y tres estudiantes fueron desaparecidos. En aquel tiempo, la iglesia se unió a millones de voces que clamaron por justicia ante el horror y dolor que provoca la muerte violenta.
Han pasado diez años y nuestra tierra sigue dando testimonio de la sangre derramada a causa de la violencia. Lejos de cualquier preferencia partidista o posición ideológica, los restos humanos que son encontrados en poblaciones y campos son contundentes al hacer visible lo que muchas veces se calla o se desea ignorar. La violencia atroz sigue azotando a nuestro país y los recientes hallazgos en Teuchitlán, Jalisco, han tocado a nuestra sociedad al llamar otra vez la atención a un problema que se estima ha cobrado la vida de 320,000 personas de 2017 al año pasado.
No es ajeno a la iglesia metodista el dolor que la violencia sigue cobrando, contando a víctimas aún en el seno de nuestras congregaciones. A lo largo de nuestro país, hombres y mujeres metodistas han sido asesinados, desplazados u orillados a vivir con miedo, tal como sucede con decenas de millones de personas que temen por su seguridad. Ante la realidad cotidiana de la violencia y ante eventos de alto impacto como los hallazgos en Jalisco debemos volver a preguntarnos por el papel de la iglesia, no sólo como institución, sino como Cuerpo de Cristo viviente en cada creyente y congregación.
Como obispos de la Iglesia Metodista de México nos preocupamos por la normalización de la violencia, pues es evidente que se ha vuelto común, sin ser motivo de escándalo, los horrores de la muerte violenta. Pareciera que cada vez es necesario que el horror sea mayor para que la conciencia de nuestra sociedad se duela. También nos preocupa que la violencia y sus víctimas se tengan como motivo de discusión de política partidista haciendo más evidente la polarización que ya vive nuestra sociedad. Como hemos dicho, los restos humanos y las historias de dolor van más allá de cualquier preferencia electoral o posición ideológica, por lo que la violencia en sus causas y efectos debe ser atendida sin que medie negociación política alguna.
La iglesia puede colaborar a la paz. Por eso, como obispos les invitamos a lo siguiente:
-Seamos intencionales en nuestros espacios eclesiales para hablar del perdón, el amor y la misericordia, pero también de la justicia. Como metodistas hablamos de la santidad social, la cual debe entenderse como la mejora de las condiciones de vida de las personas, la cual es justicia. Recordemos que la paz es un efecto de la justicia (Isaías 32.17).
-Busquemos la reconciliación más allá de las diferencias que podamos tener. En un tiempo de división, el encuentro entre hermanos y hermanas es fuente de paz. No hay conflicto político o religioso que amerite la división entre quienes hoy están cerca. Ningún fruto de justicia hay en la división y la polarización.
-Estemos informados del acontecer nacional y local como parte del derecho a la información que confesamos en nuestro Credo Social, sabedores de que una sociedad con elementos para la reflexión podrá tener una perspectiva más amplia y encontrar soluciones en beneficio de la población en general.
-Démonos la oportunidad de dolernos con quienes se duelen. En nuestros espacios litúrgicos y de reflexión oremos enunciando el dolor que cubre a nuestro país. Si tenemos la oportunidad de caminar con quienes se duelen, hagámoslo. Quien tenga acceso a posiciones de autoridad civil, sirva a la causa de la justicia para que podamos vivir en paz.
En tiempos del Antiguo Testamento, el profeta Ezequiel tuvo la visión de un valle de huesos secos. Hoy, nuestro país también está lleno de esos huesos, sólo que no es una visión que desaparece, sino una realidad tangible. Los huesos secos que vio Ezequiel fueron llenos del Espíritu y resucitaron. Nuestro anhelo es que el mismo Espíritu de Dios sople sobre nuestro país y haga resucitar la paz para que nunca más se repitan hechos como los de Teuchitlán o como tantos otros a lo largo y ancho del territorio mexicano.
La paz es posible.
La iglesia es colaboradora de Dios para que la justicia inunde nuestra tierra.
Mientras tanto, como Iglesia Metodista de México nos unimos solidariamente al dolor de quienes hoy lloran y hacemos duelo por las personas que fueron sacrificadas en los altares de la violencia. Nos solidarizamos y hacemos de nuestros corazones y puertas espacios abiertos para quienes hoy buscan a personas desaparecidas. Hacemos nuestra la voz de esperanza: nunca más una persona desaparecida.
En Cristo, quien también busca,
COLEGIO DE OBISPOS DE LA IGLESIA METODISTA DE MÉXICO, A.R.

Me hubiese gustado que El Vocero Oficial (ya se que no hay: Para cuándo la formalidad) hubiese convocado a una Conferencia de Prensa para éste posicionamiento que está escondido en las páginas de una revista.
Por cierto, marché con organizaciones civiles y entre ellas Iglesias Metodistas de la Ciudad de México convocadas por el Pbro. Iván Jiménez.
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