EDITORIAL

EDITORIAL

Una búsqueda incesante, del duelo al consuelo

Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: 
Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.
Juan 20:13

Ante la proximidad del 10 de Mayo, en que se celebra en nuestro país el Día de las Madres, queremos referirnos a un grupo de mujeres para quienes esta fecha será, no de celebración sino de duelo por los hijos que están buscando sin poderlos hallar. Ellas también pudieran decir, parafraseando a María Magdalena, “se han llevado a mi hijo y no sé dónde le han puesto”. No tienen un hijo a quien abrazar, y la agonía de no encontrarlo abre un hueco profundo en su corazón. Nos referimos a los llamados grupos de madres buscadoras.

En su documento sobre madres buscadoras en México (1), Sandra Estrada nos presenta los siguientes datos:

  1. Según estadísticas, el promedio de edad de los desaparecidos es de entre 14 y 29 años, pertenecientes sobre todo a las clases media y baja.
  2. Entre 2006 y diciembre de 2022, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas asciende a 91,473

Ante la falta de atención de las autoridades, las madres que buscan a sus hijos, hermanos, esposos, etc. se han organizado en grupos que han ido adquiriendo experiencia en técnicas forenses, geolocalización, derechos humanos y otras tareas que esperan puedan ser de ayuda en sus iniciativas de investigación. El respeto a la figura materna tampoco es una garantía que tengan, pues ya se ha tenido noticia de asesinatos de mujeres que participan en estos grupos de búsqueda. Sin embargo, la tarea de indagar por los medios a su alcance en busca de sus seres amados no cesa para estas damas. Y no importa si esos hijos tenían o no actividades ilícitas relacionadas con su desaparición: para las madres son SUS HIJOS, y los seguirán buscando, como sea y donde sea.

En esas pesquisas constantes, podemos evocar una angustia como la que sintió la Magdalena, pensando que alguien se había llevado el cuerpo de Jesús. En los Evangelios vemos cómo esa angustia da paso a la sorpresa y el gozo producidos por la presencia del Señor resucitado, que lleva a la mujer a dar las buenas nuevas del milagro que acaba de presenciar. Una experiencia de gozo semejante es la que las madres buscadoras quisieran tener, al hallar a sus familiares desaparecidos que, sin embargo, no han podido ser hallados. 

Las personas que buscan a su seres amados que han desaparecido, ¿no podrán tener una experiencia como la de María Magdalena? ¿Cómo pueden pasar del duelo al consuelo? Ciertamente es difícil pensar que muchas vayan a recuperar tan siquiera una parte de sus seres queridos que han desaparecido, porque han sido atrapados como por una niebla que no permite sean hallados; tal vez ni siquiera “un huesito” de sus seres amados vayan a tener alguna vez. Pero la presencia tangible del Señor Jesús, como aquella mañana de Resurrección en el huerto con su discípula, puede ser experimentada por esas familias a través de nosotros, la iglesia, el cuerpo de Cristo en esta tierra:

  • Ahora nosotros somos los que podemos preguntar a esa gente tan dolida, tan golpeada por la indiferencia de las autoridades, lo que Jesús le preguntó a María: ¿Por qué lloras?¿A quién buscas? 
  • Ahora nosotros, la iglesia, el cuerpo de Cristo, podemos abrazar, simplemente abrazar, sin decir nada más, a esas mujeres y hombres que se sienten muertos en vida, porque nadie les sabe dar razón de sus familiares o amigos que han desaparecido.
  • Ahora podemos ser los oídos de Jesús para escuchar el dolor de esos corazones destrozados por la angustia y la incertidumbre de no palpar a sus seres amados, que han sido privados de su libertad, y que quizá ya no vivan; escucharlas sin juzgarlas, sin buscar explicaciones a lo que pasó con ellos ni intentar ponerles “curitas” espirituales, sino simplemente siendo “orejas” que escuchen el dolor de su corazón (todos necesitamos una oreja, dijo alguien alguna vez).
  • Ahora podemos ser las manos de Jesús, ayudándoles en sus tareas domésticas; podemos llevarles alimento; invitarlos a tomar un café, apoyarles y andar con ellos en la realización de trámites que ellos necesiten; en suma: podemos hacer una labor de A-C-O-M-P-A-Ñ-A-M-I-E-N-T-O, de manera silenciosa, sin buscar explicaciones para lo que ha sucedido, sino estando allí, simplemente, al lado de ellos, lo adviertan o no, como María en principio no advirtió la presencia de Cristo en aquél huerto.

María Magdalena pasó la mañana de la Resurrección del DUELO al CONSUELO por la presencia de Jesús con ella. Igualmente, nosotros, este día, ¿quién sabe? podemos ser ese instrumento de presencia de Cristo en medio de la soledad y el dolor de la separación que otros están sufriendo. Un acompañamiento solidario, no de lástima, sino de ayuda, que les permita sentir a esas madres la realidad de la presencia de Cristo en medio de su dolor.

Estamos seguros que las publicaciones de esta edición serán de gran provecho para nuestros lectores. Entre otros escritos está la crónica del Campamento Conferencial Forastero, realizado en la Conferencia Anual Norcentral, y la Crónica de la 17a. Conferencia del Distrito Bajío, y un escrito sobre el próximo bicentenario de la llegada de los primeros metodistas al estado de Hidalgo, de la Conferencia Anual Septentrional.  Les invitamos a leer, comentar y compartir éstas y otras aportaciones de nuestros escritores.

No queremos olvidar que este 30 de abril se celebra en México el Día del Niño, e invitamos a la lectura de “La niñez en perspectiva. Reflexiones de ayer y hoy”, donde se hace una reflexión sobre los desafíos a la seguridad que tiene nuestra niñez actualmente, comparándolos con los que se percibían en otras épocas. 

Nuestro aprecio para los niños de nuestro país, y nuestro afecto y respeto para todas las madres de México.

Reciban un fuerte abrazo. 

María Elena Silva Olivares


NOTAS: 

  1. Estrada, Sandra. Buscadoras en México: repolitizar la maternidad buscando desaparecidos/as. Recuperado de: https://library.oapen.org/bitstream/handle/20.500.12657/63197/Cayulef%20-%20Calqu%C3%ADn%20abril%2019.pdf?sequence=1#page=33