Día Internacional de las Familias y Día del Maestro
El 15 de mayo tiene mucho significado en nuestro país, por celebrar la labor de todos los maestros; pero igualmente, y desde 1994, por acuerdo de la Organización de las Naciones Unidas, se celebra el Día Internacional de las Familias (así, en plural), para resaltar la importancia de la familia como base de la sociedad en la formación de niños y jóvenes.
En efecto, la resolución A/RES/47/237 de la ONU, en su apartado 15, establece que a partir de 1994 cada 15 de mayo será celebrado el Día Internacional de las Familias, y ese mismo año fue declarado como Año Internacional de la Familia (1).
Por lo que respecta al Día del Maestro, se celebra en México cada 15 de mayo desde 1918, por iniciativa de dos diputados constituyentes -Benito Ramírez, de Veracruz, y Enrique Viesca Lobatón, de Coahuila- quienes en 1917 habían presentado dicha iniciativa en el Congreso Constituyente para reconocer el trabajo de los maestros y dignificar su labor (2). En mayo de 1918 se celebró por primera vez en el entonces Distrito Federal, y de allí se fue extendiendo esta fecha a todos los estados del país.
Es notable que en un mismo día podamos recordar el trabajo de dos fuentes de formación de los niños y jóvenes, si bien el Día Internacional de las Familias no ha sido tan promovido por los medios de comunicación y las autoridades; el Día del Maestro es más conocido. Resaltar la labor de familia y magisterio es importante porque ambos participan del privilegio y responsabilidad de nutrir la vida de las nuevas generaciones; y si bien la familia es el eje central que marca al individuo, la tarea del maestro pone también su sello en las mentes y corazones de los alumnos.
En cuanto a la dedicación para el trabajo con las nuevas generaciones, es notable la diferencia entre el discurso que manifiesta preocupación por los niños y jóvenes, y la dinámica que se vive en los hogares y escuelas, donde el concepto de transmisión del legado cultural ha ido disminuyendo a lo largo de los años: En el caso de la familia, muchos recordamos la labor de enseñanza de los padres, tíos y abuelos en el hogar, quizá sentados alrededor de una mesa, compartiendo vivencias y enseñanzas. Ahora, en el siglo XXI, ¿qué tan frecuentemente vemos esta imagen en nuestros hogares? ¿Cada cuándo nos sentamos en familia a platicar sobre los temas que nos interesan y, más importante aún como cristianos, a leer la Biblia y orar juntos? ¿Qué tan seguido nos ponemos a jugar algún juego de mesa, que nos permita interactuar unos con otros? ¿Qué tan frecuentemente salimos de paseo, a algún sitio donde no necesariamente veamos algún espectáculo, sino simplemente platiquemos y disfrutemos de la mutua compañía? En la convivencia está la transmisión de la estafeta de una generación a otra, y creemos que ahora las nuevas tecnologías han venido a ser un obstáculo en la transmisión de ese legado.
Por lo que respecta a la escuela, también podemos recordar el trabajo de los maestros para repasarnos conceptos básicos como la lectura, la escritura, el aprendizaje de las tablas de multiplicar y la enseñanza de las operaciones aritméticas básicas, o la explicación de conceptos de ciencias naturales o historia, todo ello ejercitando el uso del lenguaje y el razonamiento; igualmente recordamos la enseñanza de manualidades que, si bien para algunos eran más sencillas de hacer que para otros, nos desafiaban a ejercitar nuestra coordinación motriz y creatividad. En la actualidad, ¿qué tanto tiempo dedica el maestro a compartir conocimiento en forma oral con sus alumnos? ¿En qué medida se les da oportunidad a esos alumnos de ejercitarse en alguna labor manual, que les desafíe a producir trabajos elaborados por ellos mismos? ¿Hasta dónde el uso de las nuevas tecnologías ha ayudado al desarrollo intelectual de los estudiantes, y hasta dónde los ha hecho más perezosos para esforzarse y pensar por sí mismos? Se ha dicho que si una persona recibe oxígeno para poder respirar, hay que suministrárselo con cuidado, porque los pulmones tienden en ese caso a hacerse perezosos para efectuar su trabajo; y de la misma manera, un cerebro que no es desafiado a realizar las tareas de razonamiento, memorización y reflexión se vuelve flojo, y en el caso particular de la niñez y juventud se pierde la oportunidad de ejercitarlo en una etapa en que se tiene más tiempo para hacerlo.
Este Día de las Familias y Día del Maestro, tenemos la oportunidad de reflexionar en qué tanto usamos estos dos espacios formativos -la casa y la escuela- para enseñar a las nuevas generaciones, y en particular nosotros, como creyentes en Jesús, para transmitirles el legado de la fe que recibimos. No podemos esperar que la iglesia local haga lo que nosotros no hacemos en casa; y si podemos influir en nuestras escuelas para transmitir por los medios de que dispongamos el legado del evangelio de Cristo, estaremos sembrando semillas con un alcance eterno. Al respecto incluimos una colaboración sobre el reconocimiento a los maestros, titulada Día del Maestro.
Invitamos a nuestros lectores también a revisar la reflexión “La juventud metodista, ¿el futuro de la iglesia?”, así como la crónica de la Conferencia del Distrito Hidalgo y las Huastecas (Conferencia Anual Septentrional), y las reflexiones sobre Wesley y la educación metodista. Entre otras publicaciones, su lectura seguramente será de gran provecho para ustedes; pueden incluir sus reacciones y comentarios en el espacio que viene al final de cada artículo.
Con nuestro reconocimiento a los maestros de nuestro país, y a los padres de cada familia, que transmiten su vida a las nuevas generaciones, nos despedimos por ahora.
María Elena Silva Olivares
Directora
NOTAS:
- https://docs.un.org/es/A/RES/47/237
- Gaceta de la UNAM, 14 de mayo de 2021. Recuperado de: https://www.gaceta.unam.mx/15-de-mayo-el-origen-del-dia-del-maestro/
