EDITORIAL

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¿Cómo se logra la paz?

En estos tiempos, que ya se nos hace costumbre sean convulsos, nos habituamos a oir “de guerras y rumores de guerras”, como dice el Señor Jesús. Y ese sonido se nos hace tan cotidiano, que normalizamos el hecho de prender la televisión, o entrar a la internet, y ver una y otra nota de éste o aquel conflicto, en ésta o aquella parte del mundo. La violencia que invade nuestro país, con su cara de secuestros y asesinatos, es otra vena abierta que no deja de arrojar en nuestros rostros la sangre de gente la mayor parte de las veces inocente, que sufre que le quiten la vida, ya sea física o moralmente, sin que haya quien haga justicia por ella. 

Cierta vez escuché a un cantante decir que no entendía por qué la gente prefería la guerra, si la paz es más barata. Y sí, la paz representaría un enorme ahorro económico si los países se atrevieran a desarmarse -pero esto no sucede porque siempre se espera que el de enfrente lo haga primero y porque, además, la guerra es un buen negocio para muchos. Y en este frenesí armamentista nosotros quedamos en medio, limitados a simplemente escuchar noticias de violencia, o a tener la desgracia de sufrirla en un momento dado. Parece que no podemos hacer nada para lograr la paz.

Pero, ¿en verdad es esto así? ¿Estamos tan indefensos realmente, sin posibilidad de hacer nada para lograr a nuestro alrededor un ambiente de paz? Permítanme hacer una pequeña reflexión al respecto: Bueno, lo primero que debemos recordar es que tenemos la oportunidad de conocer al Príncipe de Paz, el que dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). Desde el Antiguo Testamento ya se anunciaba a este Príncipe: He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles.No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. (Isaías 42:1-3). Ese Príncipe de Paz nos trae la presencia del Espíritu Santo, parte de cuyo fruto es precisamente la paz. Ese Espíritu Santo, que nos guía a toda verdad, es el que nos convence de pecado, nos revela la verdad de nuestra condición humana, y nos permite ser humildes y aceptar que, simplemente, por nuestras propias fuerzas humanas no podemos lograr la paz.

Sin embargo, ese inicio de paz es real cuando lo experimentamos primeramente en nuestro propio ser, y luego vamos viéndolo extenderse a nuestro entorno inmediato. El contacto con Cristo trae verdad, y por medio de ella justicia, como dice el pasaje que acabamos de leer en el párrafo anterior. Cuando aceptamos la verdad de nuestra vida, lo que Dios ve en nosotros, también estamos dispuestos a ser justos y reconocer que somos débiles así como los demás. Ese reconocernos como vulnerables, necesitados de la gracia de Dios, aceptando que la justicia de Cristo es la que nos vindica delante del Padre, nos lleva a tener paz interior y a reconocer que los otros también tienen derecho a tenerla:Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo (Isaías 32:17-18). 

Leyendo la Escritura, nos damos cuenta de que la paz no es algo que los gobiernos vayan a poder alcanzar para nosotros, sino que es un estado del corazón que solamente viene de tener una genuina amistad con Cristo. Para empezar a ver paz en el mundo entero, debemos empezar por tenerla en nosotros mismos y acompañar a otros en el proceso de tenerla también. ¿Cómo? Por medio del discipulado relacional, haciéndonos cargo de cuidar a otros, apoyándolos en su propia jornada de camino con Cristo. Se ha dicho que todos necesitamos, como Pablo, un Bernabé y un Timoteo; pues bien, ¿a cuántos Timoteos estamos atendiendo ahora? La respuesta a esa pregunta nos dará una idea de qué tan cerca o lejos estamos de ser colaboradores en la búsqueda de la paz.

Agradecemos mucho la lectura de los artículos y crónicas de nuestra edición de este 15 de junio; pero también reconocemos la labor de esos varones que nos han dado la vida, nuestros padres, y enviamos una calurosa felicitación a todos los que lean este periódico. Este Día del Padre, que Dios les bendiga y afirme en su paternidad.

Afectuosamente,
María Elena Silva Olivares.