¿CUANDO SE ACABA EL AMOR CONYUGAL LO QUE SIGUE ES EL DIVORCIO?

¿CUANDO SE ACABA EL AMOR CONYUGAL LO QUE SIGUE ES EL DIVORCIO?

  Por Rubén Pedro Rivera

La institución matrimonial enfrenta hoy día varios problemas sumamente graves. Entre ellos, quiero mencionar en este breve artículo el del fracaso conyugal que, por la razón que sea, lleva a los esposos a disolver su pacto matrimonial o, en el mejor de los casos, a convivir forzadamente, dando la apariencia de estar bien avenidos, cuando en realidad solamente se toleran con molesta dificultad.

Las numerosas parejas que hoy recurren al divorcio suelen justificar su decisión con argumentos tales como: somos incompatibles; él o ella no es la persona que yo creía que era; no siento ya amor por ella (él); y otras razones parecidas.

Detrás del fracaso matrimonial está una serie de circunstancias que, por lo que toca a nuestra patria, son muy evidentes. Cito solamente dos:

1.  Una muy lamentable falta de preparación para el matrimonio en el seno familiar. La inmensa mayoría de padres se despreocupan de educar a sus hijos respecto al profundo significado del pacto matrimonial, con todos los importantes aspectos que están involucrados. Debe enseñarse que no es el amor lo que sostiene al matrimonio, sino lo que la Biblia describe como “cordón de tres dobleces” (Ecl. 4:12).  El divorcio nunca es la solución y menos para los cristianos, que por ello son más culpables cuando hay un fracaso conyugal. Esta ausencia de preparación ha llevado al hecho de que hay en nuestro tiempo muchas parejas que no consideran necesario  cumplir  con un pacto y simplemente consideran que unir sus vidas sin mayor compromiso es más que suficiente ya que, dicen ellos, un certificado o un ritual no garantiza la  unidad; lo  cual es cierto en parte, por cuanto el éxito conyugal depende del carácter responsable y serio de cada contrayente que por ello está dispuesto a confirmar con el proceso del pacto, lo que ya en su voluntad ha convenido.

2.- Una igualmente grave ausencia de valores en el contexto familiar. La mayoría de los padres consideran que proporcionar alimento y vestido a los hijos es suficiente. Enseñar valores a los hijos es cosa de la mayor importancia, sobre todo mostrarlos más con hechos que con palabras. La violencia verbal y/o física entre los esposos distorsiona el carácter de los hijos; y por ello padecemos la terrible maldición de los feminicidios, así como la violencia intrafamiliar, todo ello como producto de personas que no recibieron la enseñanza del respeto a la vida y al cónyuge. De igual manera es muy de lamentar el carácter corrupto de tantas personas que nos ha llevado al inacabable problema del huachicol, robo que cometen tanto personas de clase media como de la clase alta; unos roban  miles de litros en tanto que los otros lo hacen por millones. Esto nos conduce a reconocer que la ausencia de valores se da tanto en los hogares modestos de gente sin mucha educación como en hogares de “amplia educación” y posición social destacada.

Las instancias gubernamentales intentan combatir los males que aquejan a la sociedad mexicana; pero, sin dejar de reconocer sus esfuerzos, hay que hacer notar que no se ataca a la raíz de los problemas, la cual reside en la baja moral de los padres y madres, vacío que no han llenado ni los grupos religiosos ni los programas escolares. Los primeros, porque pese a siglos de estar en México no han logrado transformar a la sociedad que sigue siendo, en lo general, blasfema, corrupta, mentirosa, ladrona, asesina y pervertida; y los segundos, por una “educación” permisiva y tolerante que imparten maestros, que enseñan que ausentarse de las aulas para ocuparse en demandar con violencia y actitudes intolerantes supuestos derechos, es lo correcto.

Dentro del cuadro tétrico que nos rodea, la Iglesia Metodista, que fue pionera de cambios necesarios en nuestra nación a fines del  siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, perdió  paulatinamente el rumbo y sus  metas hasta ser una asociación religiosa intrascendente, que sobrevive sin influir significativamente en una sociedad que considera un “orgullo” desfilar mostrando su desprecio  por los valores  de género,  que roba en barcos y góndolas ferrocarrileras millones de litros de petróleo y sus derivados, que asesina mujeres por docenas, envicia a miles de jóvenes con diversas drogas, que extorsiona, soborna, defrauda, corrompe y reniega de Dios practicando ritos y supersticiones ancestrales idolátricas y aún satánicas; todo ello mientras nuestra iglesia se entretiene con sus cultos dominicales y sus organizaciones pasivas. Ante este panorama ¿puede haber quienes piensen que no necesitamos un vigoroso avivamiento del cielo que sacuda nuestro marasmo y arroje la basura que hemos producido?