(CONCLUSIÓN)
LIC. JESÚS JAVIER PRADA
NOTA DE LA DIRECCIÓN: Con esta entrega concluimos la publicación del artículo sobre las consideraciones de quienes aceptan sin reparos el uso de la tecnología y de quienes se oponen a ella. Las anteriores entregas pueden ser leídas en los números del 15 y 31 de julio de este año.
Discusión
Al analizar ambas visiones acerca de la tecnología, se hace claro que, meramente adoptar uno de los dos extremos no es conveniente. Tampoco sirve seguir un escueto eclecticismo o vía media, sino la verificación de los aspectos, valores y principios relacionados a la tecnología bajo el entendimiento de la Palabra de Dios. Ahora queda demostrar esto.
Una razón para calificar de inadecuadas a ambas actitudes extremas hacia la tecnología la ofrece Berdiaeu, quien califica a ambos extremos como dos formas insuficientes en las que los cristianos se relacionan con la técnica. Berdiaeu explica que ambas visiones piensan en la tecnología de forma perezosa; la tecnofilia le asigna neutralidad a la técnica y no ve ningún problema en ella y, la tecnofobia, asume sin más a la técnica como una manifestación apocalíptica del anticristo (2004, pp. 265-266). Barbour coincide diciendo que, por un lado, quienes aceptan la tecnología como liberadora del hombre dan una respuesta simplista; que la ciencia es éticamente neutral y sus resultados serán buenos o malos según el uso que se le dé. Por otro lado, los pesimistas de la tecnología no han tenido razón en su defensa de que los modelos tecnológicos sean totalmente inevitables (1971, p. 87).
Al indagar las obras de Ellul y Dessauer, ambos con visiones opuestas, se debe reconocer el análisis profundo y consecuente que realizaron estos ilustres pensadores. Pero su elocuencia, buena lógica y argumentos bien elaborados no les eximen de la posibilidad de alejarse incluso diametralmente de la verdad bíblica al empañar consciente y/o inconscientemente sus pensamientos con bases filosóficas o ideológicas contrarias a la cosmovisión bíblica.
En el caso de Ellul, es evidente que en buena parte de su argumentación no usa como base una concepción bíblica del hombre y de la tecnología, sino concepciones marxistas. De hecho, los aspectos bíblicos son escasos en las principales obras donde trata el tema y, más bien, Ellul considera los pensamientos marxistas como aquello que guía su análisis (18). Ellul continuamente se apoya en las aseveraciones de Marx respecto al hombre y su relación con la tecnología, y los define como exactos y totalmente razonables (2003, pp. 75, 88, 158, 405, 418), y que muestran el camino para comprender el éxito del movimiento técnico desde mediados del Siglo XIX hasta mediados del XX (Ellul, 2003, p. 61).
El problema de esto, no obstante, es que cristianizar a Marx o ver la técnica a través de lentes marxistas no necesariamente conducirá a conclusiones congruentes con la verdad bíblica. No se quiere pretender aquí una visión bíblica más pura, ciertamente todo estudioso de la Biblia se ve envuelto en un cierto contexto y con un bagaje intelectual, pero si se parte desde una visión cuyo trasfondo y fundamento son de hecho opuestos a la fe, las conclusiones son más susceptibles de desembocar en ideas lejanas a la cosmovisión y mensaje cristiano.
Por otra parte, la visión de Ellul de que la cosmovisión cristiana tuvo muy poco o nada que ver con el desarrollo tecnológico, sino más bien fue producto de las influencias de oriente, no está exenta de discusión. Mangalwadi, por poner un ejemplo (19), observa una fuerte contribución del pensamiento cristiano al desarrollo sistemático de la ciencia y la tecnología occidental. Mangalwadi menciona y explica brevemente distintos estudios que se han realizado respecto de la influencia que tuvo el pensamiento cristiano en el proceso de tecnificación de la sociedad y cómo estos concuerdan en que la teología cristiana hizo un importante aporte. Especialmente fueron de ayuda las ideas del Dios creador y arquitecto del universo, que ha hecho un universo inteligible, que ha dado al ser humano dotes creativos, que ha dado un propósito al universo material, que ha dado al hombre la responsabilidad de fructificar, multiplicarse y señorear sobre la tierra, además, la enseñanza del uso sabio del tiempo. Esto en contraste con las ideas orientales de que la naturaleza es solo una ilusión, la visión de que el pensamiento en sí mismo es un problema y la búsqueda de trascender el mundo material. (Mangalwadi, 2011, pp. 101-107)
No obstante, se debe resaltar lo acertado de su denuncia de una teología superficial generalizada acerca de la tecnología. Contra los teólogos y filósofos que evalúan positivamente la mecanización, entre ellos se puede incluir a Dessauer, Ellul observa que hay por lo menos cuatro actitudes que considera erróneas. La primera es la confianza idealista en que todo saldrá bien; Dios observa y promete la salvación, por ende, no permitirá que la tecnificación salga mal. Esta actitud no es adecuada porque las promesas de Dios van dirigidas al establecimiento de Su Reino, el cual no es de este mundo; y eso no garantiza que la humanidad no ejecute serios desastres. La segunda, es la esperanza en el hombre; en el caso de los filósofos, confiados en la naturaleza humana que busca y logra sobrevivir y sobreponerse a las dificultades y, en el caso de los teólogos, justifican bíblicamente la tecnificación en el Edén, como si la imagen de Dios en el hombre nunca hubiese sido manchada. En este caso, el problema es que los filósofos primero tendrían que demostrar la existencia de tal naturaleza humana y, además, el pasado no garantiza el futuro. Por su parte, los teólogos que siguen esta segunda actitud tienden a pasar por alto la realidad de la caída; la condición depravada del hombre y su lejanía de Dios y sus propósitos. La tercera actitud errada es el optimismo de que la tecnología llevará a la humanidad a resolver todos los problemas y así evolucionará a una nueva condición, locual crea dependencia. Como cuarta y última, la hostilidad contra las estructuras sociales tradicionales (cosas que en sí mismas se están desapareciendo) y no contra el verdadero problema. (Ellul, 1970, pp. 17-18)
Además, son iluminadoras sus observaciones sobre las problemáticas éticas, sociales y ambientales, consecuencias del sistema técnico. Las propuestas de Ellul de evaluar cada tecnología a la luz de la ética cristiana, de hacer aportes críticos a la sociedad técnica y de modelar vidas que no sean tecno dependientes, implican una tarea compleja, pero necesarias para la iglesia como comunidad profética y también, de manera individual, como sujeto llamado a la libertad de Cristo.
En este mismo sentido, las comunidades del viejo orden fungen como voces proféticas vivas que denuncian los males morales y sociales propios de la modernidad y posmodernidad impulsadas por la revolución industrial e informática. Es muy cierto que la cultura de la sociedad técnica está íntimamente ligada a las ideas de progreso tecno- científico, el individualismo, el consumismo y el relativismo moral; antivalores desde un punto de vista cristiano. Estas apreciaciones modernas y postmodernas han traído grandes problemas: desvaloración del ser humano (reducido a lo material; sólo una máquina biológica o un ser económico), desigualdad abismal, crisis de identidad, egocentrismo y corrupción moral. Ante esto, el pueblo de Dios debe resistir, alzar su voz y modelar la libertad cristiana en contraste con el libertinaje mundano que, finalmente, esclaviza.
No obstante, en el contexto actual, una gran mayoría de seres humanos, a quienes Dios ama, y por quienes Cristo murió, y que Dios desea que sean salvos (Jn. 3:16-17; 2 Ped. 3:9; 1Tim. 2:4), están insertos en la cultura técnica. No es posible alcanzar con el evangelio a un mundo del cual los creyentes huyan o se aíslen. El mandato de hacer discípulos incluye a ir todas las naciones (Mt. 28:19) y al optar por el total rechazo de la tecnología y el aislamiento de esa sociedad tecnológica, se desaprovecha la oportunidad de ganar espacios en la vida de dicha sociedad a la cual se quiere influir y se dejan a un lado herramientas valiosas que podrían ser utilizadas en la lucha contra las estructuras injustas de poder.
Por otra parte, es notable en estos grupos una fuerte identificación de las particularidades culturales con el mensaje bíblico. Con ello, los valores culturales son elevados a la altura de una prescripción divina. De este modo, por ejemplo, si ellos no cambian el huso horario es porque quieren tener la misma hora del reloj divino (Kraybill & Hurd, 2006, p. 209), como si alguna cláusula de la revelación bíblica estableció cómo contar o establecer el conteo del tiempo. Lo mismo sucede con muchas de sus prácticas y tradiciones. Concebir la cultura propia como si fuese una cultura santa o divinamente establecida hace que el grupo tienda hacia el etnocentrismo; actitud contraria al mensaje de salvación ofrecido para todas las culturas del mundo mediante el evangelio (Ap. 7:9). Adicionalmente, no se puede negar que, por lo menos hasta cierto punto, se nota una especie de relación hipócrita con la tecnología en estas comunidades. Ciertas prohibiciones o permisos, en la práctica, parecieran responder más a la protección de la cultura, conveniencias económicas y/o manejo de cuotas de poder por parte de los líderes, que a una convicción radical de obedecer a Dios.
Las teologías que rechazan la tecnología tienen a favor que los desarrollos y uso de la tecnología no siempre son congruentes con la fe y la ética cristiana. Por lo cual, como se dijo, la iglesia debe evaluar constantemente las tecnologías que emergen y no aceptarlas a priori, sin ningún tipo de filtro o recomendaciones desde una consideración cristiana. Estas
evaluaciones deben incluir aspectos ético-morales individuales, pero también los aspectos sociales, medioambientales, eclesiales y misiológicos.
Por otro lado, las teologías tecnofóbicas tienen en contra que muchos desarrollos tecnológicos son altamente beneficiosos para la sociedad y los individuos e, incluso los problemas que podrían acarrear no son comparables a los problemas que solucionan. Como Dessauer pregunta retóricamente, “cintas sin fin, automatización, lucha de clases, masificación… ¡y cuántos otros conceptos semejantes se dejan oír aquí en la discusión!
¿Cuáles de ellos tienen su origen en causas sociales, políticas o económicas y cuáles en la técnica?” (Dessauer, 1964, p. 14). La respuesta es obvia, no todos los problemas asociados a la tecnología se originan por la técnica per se, sino que provienen de otros factores dados por el mal uso de la tecnología.
Grupos que buscan hacer un sincretismo entre cristianismo y transhumanismo tecnocientífico tienen serios problemas teológicos y hermenéuticos que resolver. En primer lugar, desde su nacimiento, el transhumanismo ha sido concebido como un sistema de creencias, una religión secular, cuya esperanza de salvación está puesta en la tecnología, la cual permitirá algún día la liberación humana del cuerpo mortal e, idealmente, la fusión de la mente con un gran computador superinteligente (Prada, 2020, pp. 17, 32, 33, 104). Esto evidentemente no concuerda con el concepto de salvación bíblica, la cual pone su esperanza en Cristo, el Salvador (Hch. 4:12; Tit. 2:13; 2Ti. 1:10; 1Juan 4:14), quien promete una vida nueva (Juan 3:3; Ro. 6:4; 1Pe. 2:24) inserta en una comunidad de fe (1Co. 12:13, Ef. 5:30) y una promesa de vida eterna (Jn. 3:14-16; 36; Ro. 6:23, 12:7; 1Jn. 2:25).
En segundo lugar, el transhumanismo aboga no solo por permitir todo tipo de desarrollo tecnológico que, de hecho, es para ellos un imperativo; defiende que la humanidad lo necesita para dar el próximo salto evolutivo, que lo convertirá en homo deus, por medio del uso de la tecnología (Prada, 2020, págs. 17, 32, 33, 104). Esto tampoco concuerda con la promesa de resurrección corpórea glorificada (1Co. 15; 1Tes. 4:16): “una casa no hecha de manos” (2Co. 5:1).
En tercer lugar, si bien la muerte es una consecuencia de la caída y parece un buen propósito pensar en luchar contra toda consecuencia de la caída, esta búsqueda particular con medios tecnológicos, desde el mensaje bíblico, no parece ser una lucha acorde a la voluntad de Dios, mucho menos la posibilidad humana de vencerla. En Edén, Dios vio que el hombre podría tomar del árbol de la vida y vivir para siempre y por ello lo expulsa del huerto (Gn. 3:22-23). Si bien la muerte es un enemigo y será destruido, la perspectiva bíblica es que Dios lo hará y no el hombre (1Co. 15:25-27; Ap. 20:14). No dejó comer del fruto de vida al hombre porque no fue voluntad de Dios que el ser humano viva para siempre en la condición caída. Además, la muerte no puede separar al creyente del amor y el propósito divino (Ro. 8:36-39), por lo cual, en Cristo, la muerte no es un problema, de hecho, ha sido vencida por Cristo (Ro. 6:9, 8:2; 1Co. 15:54-57).
En cuarto lugar, es cierto que la imagen de Dios en el hombre está corrompida y que Dios no quiere que la humanidad se encuentre en ese estado; sin embargo, faltaría demostrar que Dios ha dado a los hombres la capacidad para mejorar íntegramente esa imagen fragilizada por el pecado y, además, que esa mejora se realiza por medio de la tecnología. Por otra parte, si tal capacidad y voluntad divina fuesen ciertas, entonces el sacrificio de Cristo estuvo demás; el ser humano podría mejorar la imagen de Dios en su vida hasta restaurarla, en otras palabras, podría santificarse y, consecuentemente, salvarse a sí mismo por sus propios méritos: tan solo aplicándose tecnología.
En cuanto al imperativo tecnológico visto como parte de la misión de Dios; en primer lugar, no hay ningún indicio bíblico que éste sea realmente el deber cristiano. Si bien Dios mandó al hombre a cuidar, cultivar y señorear sobre la tierra y los creyentes son llamados a proclamar buenas nuevas y sanar al mundo, esto no implica necesariamente toda la tecnología que ha desarrollado la humanidad hasta hoy. En primer lugar, el llamado mandato cultural, que se infiere debe incluir la tecnología, fue dado antes de la caída. Después de la caída, la descripción al respecto fue de “terror y miedo” (Gn. 9:2). En cuanto a la misión de la iglesia, una vez más, no será un logro humano, aunque participemos activamente en ello, sino por el accionar del Espíritu en la comunidad de creyentes para anunciar el Reino de Dios; en este sentido, la tecnología puede ser un medio, pero no un fin en sí mismo.
Lo que sí se requiere para la misión de la iglesia es estar atento de las aplicaciones tecnológicas que ayuden al mejoramiento de las condiciones sociales y que eleven la calidad de vida de los sufrientes a modo de poder ayudar al prójimo, lo que incluye participar activamente en las discusiones éticas que traen consigo los desarrollos tecnológicos y motivar el uso racional de la tecnología.
Conclusión
Ambas teologías extremas sobre la tecnología, la tecnofóbica y la tecnofílica, son insuficientes porque no explican de manera adecuada la realidad técnica y se parcializan con respecto a principios bíblicos que orientan la relación del creyente con la misma. Se debe reconocer entonces los principios bíblicos que fundamentan a ambas posiciones, sin dejar a un lado ninguno de ellos. En segundo lugar, tampoco se debe priorizar algunos principios particulares, sino ver el todo y buscar tener una cultura evaluativa que sopese los aspectos de las tecnologías. Finalmente, se debe evitar que los elementos del mensaje bíblico sean confundidos con los valores culturales, preceptos filosóficos y conceptos particularistas, o se parta de ellos para analizar el tema de la técnica. Claro está, esto es si se busca que el resultado de los análisis sea menos propenso a alejarse del mensaje de la Biblia.
Notas
(18) Para Peralta Sánchez también este aspecto es resaltante, véase Peralta-Sánchez, 2003, pág. 94.
El mismo Ellul detalla que era un marxista entusiasmado y dedicado desde muy joven y para él fue de gran importancia saber si podría seguir siendo marxista cuando comenzó a profesar su fe cristiana. Finalmente, aunque abandonó los aspectos ateos de la filosofía marxista, ésta le proporcionó su manera de ver los problemas políticos, económicos y sociales. (Woodruff, 1972, pág. 183).
(19) Pero también, pensadores como Francis Schaeffer, Ian Barbour, John Lennox, David F. Noble, entre otros ven una fuerte relación entre la cultura occidental permeada por las ideas cristianas y el desarrollo de la ciencia y la técnica.
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