Magaly Sarai Márquez Rojas
En La Merced, el 24 de septiembre no se necesita calendario. Basta con que el aire huela a mole rojo y pastel que regalan en los puestos y ver los altavoces que se disputan el honor de hacer bailar al barrio. Es día de la Virgen de la Merced, patrona del mercado, quien también tiene su aniversario en la misma fecha y los locatarios lo celebran con sonideros, megabailes y comida servida sin distinción. Sesenta y ocho años lleva ese corazón comercial latiendo al ritmo de los marchantes, los diablitos y diableros que anuncian su paso con gritos y chiflidos y los miles de olores y colores que existen sin mezclarse en todos los pasillos que conforman el mundo de La Meche —como le decimos los de confianza— .
Tres días después, el 27 de septiembre, la Iglesia Metodista Sión Balbuena comenzó su propia celebración, participando de la exposición gráfica y comunitaria “Un espacio para alzar la voz”, que organizó el Colectivo “Lady Meche”. Así la iglesia se sumó a esa corriente vital de celebración que ya había comenzado a gestarse desde días antes en el mercado. La instalación tuvo lugar en la Plaza de la Soledad, en la que se habló a través del arte gráfico con zapatillas, espejos, glitter, trazos y ponencias acerca de la violencia y el acoso que viven las mujeres inmersas en el comercio sexual.
La Merced es uno de los principales puntos donde se ejerce el trabajo sexual en la Ciudad de México. Basta con pasar a cualquier hora del día por la avenida Circunvalación para dar cuenta de la magnitud y alcance que tiene este fenómeno del que participan mujeres jóvenes, viejas, trans, con minifaldas, pants y con cualquier otra característica física que podamos imaginar. Se colocan arriba de la banqueta, entre comercios y comerciantes, llueva, truene o relampaguee, soportando miradas lascivas y comentarios incómodos de hombres que pasan a su lado, o a los llamados “mirones” (quienes graban videos de ellas y algunos los suben a las redes sociales, atentando contra su privacidad y llevándolas a situaciones todavía más vulnerables al exponerlas); ya que la mayoría de ellas trabajan en secrecía, además de enfrentarse diariamente a la persecución policial selectiva y estigmas que las colocan fuera del derecho a la seguridad, la salud y la dignidad.
En medio de ese escenario de desigualdad y vulnerabilidad, la comunidad de fe no puede permanecer indiferente, sino actuar con la convicción de que ser iglesia también implica mirar con ternura y con responsabilidad el territorio que habita.
Participar activamente dentro de Sión representa también mirar de frente estos contextos y realidades que rodean a la iglesia. Tomar acción por la justicia social ha sido una consecuencia lógica de aquellos y aquellas que se nombran metodistas. Por lo que la “Familia Sion”—cómo se dicen de cariño— desde hace meses colabora en conexión con el colectivo “Lady Meche”, que está enfocado en el cuidado y apoyo de las mujeres inmersas en el comercio sexual de la Merced a través de acciones como arte de protesta, entrega de ropa y despensas, etc.
En esa jornada del 27 de septiembre, el pastor y algunas jóvenes de la iglesia compartieron los alimentos con la población de mujeres antes mencionada, personas en situación de calle, comerciantes ambulantes, colectivos y activistas, tejiendo lazos de respeto y solidaridad. Se sirvieron más de noventa platos de mole con pollo, arroz, frijoles y bebidas en un momento real de comunidad, donde estas realidades se pusieron en diálogo a través de la comida, el arte y la presencia.
Mientras eso ocurría en las calles, dentro del templo las manos no paraban. Las hermanas armaban el arreglo floral del aniversario, el grupo de alabanza Notas de Sión ensayaba y algunos hermanos colgaban adornos en el salón social, probando telas y riéndose de los pequeños tropiezos que siempre acompañan los grandes días. La jornada terminó minutos antes de la media noche, sólo para reanudarse antes de las siete de la mañana del día siguiente.

En la calle Juan Cuamatzin 79, el 28 de septiembre, la Iglesia Metodista Sión cumplía setenta y nueve años de historia. Desde temprano, el templo se llenó de voces, de trastes chocando en la cocina, risas y saludos. Comenzaba ya la fiesta de la iglesia.
El culto comenzó con la alabanza “Algo está cayendo aquí” y la oración de invocación abrió paso a un llamado a la adoración con el Salmo 90. Las bancas se ocuparon una a una. Después vino el canto colectivo y supimos con “Estamos juntos otra vez, mi Dios es real…” y un largo etcétera; que recordar es volver a vivir y con ello hicimos honor a la frase elegida para el aniversario “Lo que respira alabe a Jehová”.
El mensaje, titulado “La historia sigue escribiéndose”, estuvo a cargo del superintendente, el presbítero Leonel Iván Jiménez. Y en efecto, se siguió escribiendo: con la recepción de nuevas familias en plena comunión, la consagración de la Liga “Conexión” y la presentación de la nueva identidad visual de Sión. La iglesia confirmó que sigue avanzando, reconociendo que lo que fue herencia, es también futuro. El ofertorio recordó que “Dios ama al dador alegre”, y en ese gesto de entrega se hizo visible la gratitud colectiva por los años compartidos con los ya famosos saquitos que se dan para las ofrendas especiales. Entre alabanzas y abrazos, celebramos también la presencia de hermanas y hermanos de las iglesias de Nextlalpan, Portales, Iztacalco, etc. así como del gabinete distrital y conferencial de la Liga de Jóvenes e Intermedios, quienes se unieron para dar gracias a Dios por la consagración de la nueva liga.
Al concluir el culto, en el salón social, el aniversario cerró con una mesa digna de toda crónica: pollo en vino blanco, espagueti, ensalada de zanahoria con crema y pasas, risas y la certeza de que la fe también se celebra comiendo bien.
Entre la comida y las conversaciones, se proyectó un video a modo de semblanza y recuerdo, con imágenes de los momentos con hermanas, hermanos y pastores que han dado vida a Sión a lo largo de sus setenta y nueve años.
La celebración terminó con esa sensación que dejan los días importantes. La iglesia, enclavada en el corazón de la Merced, celebró su historia mirando hacia afuera, hacia el barrio que la sostiene y le da sentido; y hacia dentro, llena de hermanos y hermanas que con su presencia dijeron que la historia no sólo se mide en años, sino en encuentros, en las veces que las puertas se abren para recibir a quien necesita un plato, una palabra y una familia.
El aniversario de Sión fue así, una síntesis de todo eso: fiesta y trabajo, gratitud y compromiso. Setenta y nueve años después, esta iglesia sigue siendo un faro discreto, pero persistente, para la esperanza. Que Dios permita que Sión Balbuena continúe escribiendo su historia muchos años más.



Fotos tomadas de la página de Facebook Sion Iglesia Balbuena: https://www.facebook.com/100021951041458/videos/1175387704445048/
