Yo he rogado por ti, para que tu fe no falte, «Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte…» — Lucas 22:32
Por: Brenda Selene Romero Grimaldi
Este versículo suele venirnos a la mente cuando pensamos en los jóvenes. Conforme avanzamos en el camino del Señor, vemos a varios de ellos alejarse de la vida de la iglesia y, en consecuencia, de su relación con Cristo. Sin embargo, también existen momentos que nos recuerdan que Dios sigue obrando, guiando y llamando a esta generación con la misma fuerza y ternura con la que Jesús rogó por Pedro. Uno de esos momentos fue el Campamento Edén.
Un vistazo a una obra de Dios en proceso
Hace unas semanas tuve la oportunidad de formar parte del equipo del Campamento Edén, en el Distrito Wesley de la CANCEN. Como asesora, pude observar de primera mano cómo Dios se mueve en los jóvenes con una creatividad peculiar: con sus formas, sus estilos, su modernidad, sus lenguajes y toda esa frescura que los caracteriza.
El comité organizador estaba compuesto por cuatro universitarios, dos jóvenes que recién ingresaron al mundo laboral y uno que aún cursa la preparatoria. Distintos contextos, una sola motivación: servir al Señor y ayudar a otros a vivir como Jesús vivió.
Así comenzaron sus reuniones: definir qué enseñar, cómo hacerlo y quiénes serían los portadores del mensaje. Lo que para muchos sería una junta más, para mí se convirtió en una historia de esperanza.
Cuando las estadísticas no cuentan toda la verdad
Hoy escuchamos con frecuencia que “la iglesia está muriendo”, que “las modas nos roban a los jóvenes”, que “el mundo ofrece más diversión”, o que “no encuentran un espacio para expresarse”.
Y aunque esas frases circulan con fuerza, la realidad es que muchas veces sólo son ecos del desánimo; ideas que, si les prestamos demasiada atención, terminan envolviéndonos y desviándonos.
En el campamento, uno de los predicadores lo dijo con claridad: “Uno de los mayores problemas es ponerle atención al enemigo”. Cuando escuchamos sus mentiras y decidimos creerle a él en lugar de creerle a Dios, mordemos el anzuelo.
Y, sin embargo, la Biblia está llena de promesas —más de siete mil— que nos invitan a confiar: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6); “Enseñándoles que guarden todo lo que os he mandado; y yo estaré con vosotros todos los días” (Mateo 28:20). Tomé estas dos promesas como referencia, porque las vi cumplirse ante mis ojos. El desierto también puede florecer. El tema del campamento fue: “El desierto es un lugar donde también puedes florecer”.
Y créanme, no era sólo una metáfora. Hubo momentos en los que el plan parecía venirse abajo: jóvenes al borde de la renuncia; otros pasando por procesos personales difíciles, atravesando desiertos que aún no florecían. Pero permanecieron, unieron fuerzas, decidieron creer en lo que Dios haría y floreció, Edén se realizó.

Aunque la asistencia fue menor a la esperada, el campamento se convirtió en un espacio profundamente bendecido. Hubo dinámicas que promovieron la convivencia, actividades diseñadas con creatividad —pensadas al detalle para el tipo de asistentes—, tiempos de enseñanza, momentos de adoración que quebrantaron corazones, y una clara oportunidad para ver cómo Dios sigue formando nuevos líderes.
Una iglesia que acompaña
Al grupo organizador se sumaron otros jóvenes y adultos. Hubo oración constante, apoyo, disponibilidad y puertas que se abrieron en el momento justo.
La creatividad de los muchachos se notó en todo: invitaciones en redes sociales, un programa que parecía complicado pero resultó práctico, mensajes cortos adaptados a su lenguaje, espacios abiertos, actividades recreativas, logística pensada para proteger, cuidar y conectar.
Y detrás de todo eso: una iglesia que no estorbó, sino que acompañó. No lo vieron como un gasto, sino como una inversión en el Reino. Y eso hizo la diferencia.
Semillas que florecerán
Después de tres días intensos, tanto predicadores como camperos salimos con nuevas expectativas. No quiero idealizar diciendo que todos entendieron el mensaje y hoy son servidores activos. Pero sí sé que todos recibieron una semilla de amor, una palabra, un abrazo, una experiencia que —estoy segura— florecerá a su tiempo.

Los jóvenes que organizaron, ministraron, lideraron talleres y dirigieron la alabanza fueron, sin duda, quienes más me enseñaron. Estoy convencida de que ellos son parte de los líderes que Dios está formando para llevar el Evangelio a nuevas generaciones, en nuevos lenguajes y con nuevos medios.
Hoy decido creer que siguen existiendo espacios para ellos: lugares donde pueden expresarse, servir y poner en práctica sus talentos. Espacios donde la juventud pueda vivir una experiencia real de comunión con Jesucristo como Salvador personal, crecer integralmente según los principios cristianos y participar activamente en el establecimiento del Reino de Dios. Porque Jesús sigue rogando por ellosy mientras Él ora, nosotros acompañamos, animamos, servimos y creemos.


