Cumple, iglesia, tu función, aunque en los escombros busques la fe.

Cumple, iglesia, tu función, aunque en los escombros busques la fe.

“Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes y continuamente los tenemos presentes en nuestras oraciones” esto fue parte del mensaje que Pablo, el apóstol, escribió a los tesalonicenses en su primera carta.  Palabras que sin duda alguna animan y fortalecen. Siempre es bueno saber que alguien piensa en ti cuando la prueba apareció en tu vida.  

Estas palabras golpean mi mente siempre que recuerdo a los hermanos de la iglesia Monte de los Olivos allá en Poza Rica, Veracruz. Haberme encontrado con ellos en lo que sería un trabajo de documentación periodística cambió por completo la visión y propósito que llevaba en un inicio el viaje hacia aquella región durante las inundaciones ocurridas el pasado mes de octubre. 

Continuamente les recuerdo y mi corazón no deja de conmoverse. Al mismo tiempo aparece ese deseo por hacer algo, aunque ya la distancia nos lo impide. No pudiendo hacer nada más por ahora, las oraciones no pueden cesar, pues como resultado de éstas, estoy seguro que la fortaleza de Dios, así como la provisión y la paciencia, nunca les faltarán.

Constantemente leo las cartas de Pablo a la iglesia de Tesalónica porque algunas de las frases que en ellas menciona el apóstol Pablo se acomodan perfecto a los congregantes de la iglesia en el estado de Veracruz, y de esto quisiera compartir un poco. 

En su carta, quien fuera el perseguidor de cristianos, también dijo “al orar por ustedes, pensamos en el fiel trabajo que hacen, las acciones de amor que realizan…”. Agrega, además, que estos creyentes recibían la palabra no en medio de comodidad y tranquilidad: lo hacían mientras se encontraban en gran sufrimiento, aunque con la alegría del Espíritu Santo. 

Recibir la palabra con gozo mientras se sufre, no es cosa sencilla; pero esto le permitió a los tesalonicenses convertirse en ejemplo para otras comunidades, al grado de que Pablo mismo dice que ellos no tenían necesidad de hablar, la gente misma comentaba sobre la fe que vivían ante su conversión a Dios. A cualquier lugar que llegaba Pablo con su equipo, se percataban que la comunidad ya había escuchado el mensaje por medio de los tesalonicenses. 

Algo similar ocurrió con la iglesia Monte de los Olivos. En medio de la adversidad continuaban recibiendo la palabra de Dios con gozo. Adoraban con un corazón agradecido. En medio de lodo y a veces a la intemperie realizaban reuniones, las cuales daban esperanza a todo el vecindario. Se encontraban en las mismas condiciones que el resto. Habían perdido todo; y aunque habían rescatado su vida, pronto se dieron cuenta que también su fe.

Una fe que parecía ya no estar más, una fe que parecía haberse ido con las aguas, que podía estar sepultada entre los escombros. Pero justamente desde ahí surgió con mayor fuerza. Se trataría de una fe capaz de mover montañas y que les permitiría mantenerse de pie ante esa circunstancia adversa. La fe de esta congregación debe ser admirada e imitada por muchos. En medio de la pérdida y la catástrofe, esta fe se vivió, no sólo se habló.  

 Aunque con tristeza se contempló lo perdido, una cosa era segura: ya estaba perdido. Quedarse inactivo en medio del lamento, pausaría la importante tarea que la iglesia debe ejecutar en una comunidad golpeada y dolida. Así que, con llanto, miradas un tanto extraviadas, pasos que anunciaban cansancio y desaliento, pero también fortaleza, comenzaron a limpiar y a acomodar con el fin de convertir el templo en un comedor y centro de apoyo para los vecinos. 

Faltaban los recursos, pero no así la fe. Y como Dios no abandona a aquellos que confían en Él, la ayuda comenzó a llegar: ropa, alimentos, agua y todo tipo de víveres se fueron almacenando en el templo. Se preparaba comida caliente en cantidades grandes; la invitación estaba abierta para todo aquel que deseara comer y tomar café caliente. La iglesia ya no sólo ofrecía reuniones religiosas para el alma, ahora también vestía al desnudo y alimentaba al hambriento. El alma y el cuerpo sufrían de igual manera.   

Recientemente, la hermana Ángeles, a quien conocí en este viaje, me contactó para compartir un evento que les llenó el corazón de fortaleza y alegría. Su reunión dominical fue interrumpida por un grupo de vecinos. Pidieron un tiempo al pastor en el programa del culto. Tras tomar el micrófono, uno de ellos agradeció a la iglesia por la ayuda que de ellos recibieron. Resaltaron su labor como creyentes en Cristo, cumpliendo no sólo de palabra, sino también con hechos, el mandato de Dios. 

Mientras el hombre hablaba el resto de los vecinos mostraba el versículo de Mateo 23:35 impreso en una lona “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber…”  cerrando con la leyenda: “¡Gracias! Atte. Vecinos de la colonia Morelos”

 “Venimos un grupo de vecinos a patentizar nuestro afecto y nuestro cariño y nuestra solidaridad a ustedes, que tan amablemente contribuyeron y que como reza ahí el versículo, estábamos en un momento difícil de nuestras vidas en la cual ustedes afortunadamente, el Señor los envía, y que, por conducto de ustedes, nos aliviaron esas penas, ese dolor tan grande. Por algo Dios pone a ustedes…ustedes son ejemplo de la solidaridad y sobre todo de la hermandad, porque no hay otra cosas más importante en la vida que el amor al prójimo y ustedes lo han patentizado de esa manera”, fueron estas algunas de las palabras del vecino que hablaba al micrófono. 

¡Qué enseñanza! ¡increíble el ejemplo de esta congregación! Como sucedió con los tesalonicenses, la misma gente hablaba de su entrega a Dios, de su fe viva e inquebrantable. Una fe que tal vez se encontraba entre el lodo, pero se levantó con mayor fuerza. La tormenta no pudo con ella. Las aguas no la anegaron. Los escombros no pudieron sepultarla.   

Y es que cuando la fe se mantiene en medio de la tormenta, esta se hace más fuerte, gana mayor resistencia. Esto permite que la iglesia se encuentre preparada para hacer la parte que le corresponde, lo que abre camino al poder de Dios, y Él, no sabiendo fallar, seguro se encargará de la parte restante.  

Hasta el momento, el templo Monte de los Olivos, continúa con sus puertas abiertas. La ayuda sigue llegando, Dios no les desampara y cientos de familias saben que en ese templo podrán encontrar un plato de comida, así como ropa y palabras de aliento para el alma mientras pasa esta difícil situación. 

La iglesia tiene que cumplir su función en este mundo, aunque para eso tenga que sacar fe de los mismos escombros. 

Agustín Valdez Rojas

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