Por Rubén Pedro Rivera
Cuando vemos las estadísticas históricas de nuestra denominación, nos damos cuenta de que al final del siglo XIX y principios del XX, la Iglesia Metodista era la mayor y más importante de las denominaciones protestantes en la república mexicana.
El rápido crecimiento no sólo en feligresía cuanto en labor social (escuelas, clínicas, hospitales, etc.) se hizo notable e influyó positivamente en el contexto cívico nacional.
Si buscamos la explicación de este éxito, fácilmente podemos encontrarla en las siguientes aseveraciones, si bien no son todas la que en un estudio serio y formal podríamos mencionar:
1.- Un firme y profundo compromiso de fe como cristianos por parte de cada metodista
2.- Una visión clara de la misión metodista en México
3.- Capacitación adecuada en líderes y laicos para cumplir la misión
Expliquemos cada una de estas aseveraciones. En cuanto al primer aspecto, es de notar que los misioneros eran personas genuinamente convertidas a la fe evangélica, seguras de su llamamiento como portadoras del mensaje bíblico de salvación; de tal manera que estaban más que dispuestos a sufrir ataques persecutorios por razón de su fe, mismos que en algunos casos pusieron a algunos al borde de la muerte. En su labor evangelizadora transmitieron esa firmeza a los nuevos conversos, quienes a su vez sufrieron persecución por causa del evangelio y tuvimos mártires en varios lugares de nuestra patria. Pero tal como se ha escrito al respecto, la sangre de los mártires es la semilla del crecimiento cristiano. El metodismo se extendió en cuestión de pocos lustros a poco más de la mitad del país.
Por lo que toca al segundo aspecto, puede afirmarse que los metodistas de la etapa mencionada tenían metas muy claras respecto a la misión eclesiástica en el México de esos años. Era obvia la necesidad del evangelio como la solución espiritual y social para los problemas nacionales. Aparte del aspecto espiritual estaba el alto índice del analfabetismo, así como del alcoholismo y la pobreza. Con este panorama en mente, los primeros metodistas se propusieron establecer una escuela junto a cada templo, combatir frontalmente el alcoholismo y promover la buena administración de los recursos familiares mediante el ahorro, el cooperativismo y el trabajo responsable.
Para cumplir con la misión, el metodismo diseñó un programa de capacitación para sus pastores que incluyó, además de los aspectos bíblico-teológicos, las materias del curso normal para profesores de escuela. Todos los pastores graduaron con las dos carreras y esto los facultó para instalar escuelas dondequiera que se fundaba una congregación. Con frecuencia el salón que servía como templo se usaba también como escuela diaria. La excelente capacitación pastoral y pedagógica produjo un gran prestigio en la sociedad, de modo que los pastores eran invitados para ser los oradores en las festividades públicas, y en sus escuelas se educaba a un número considerable de niños de todas las clases sociales. Varios maestros fueron galardonados por las instancias gubernamentales y enviados a Europa y los Estados Unidos para especializarse en diversos campos pedagógicos. Nuestras escuelas, a su vez, recibieron elogios de parte de eminentes educadores.
De esta forma cumplió el metodismo con su misión como iglesia cristiana. Sin embargo, tras la etapa de la Revolución Mexicana, devino un declive denominacional, como consecuencia de la aplicación de la Constitución de 1917, que prohibió, entre otras cosas, que las iglesias intervinieran en la posesión y administración escolar. Nuestros pastores tuvieron que elegir entre ser pastores o ser maestros y las escuelas tuvieron que cerrarse o pasar a ser propiedad ajena a la denominación. El gobierno, por su parte, tomó la iniciativa en cuanto a la alfabetización, el combate a los vicios y la erradicación de la pobreza. El metodismo, como las demás denominaciones, hubo de circunscribirse a la tarea evangelizadora, pero despojada de la responsabilidad social que es parte de la tarea kerigmática, de acuerdo con el modelo bíblico. Consecuentemente perdió el impulso de sus inicios; y lo que hoy tenemos es una denominación que participa muy poco en la solución de los problemas nacionales, y centra la mayor parte de sus actividades en mantener la vida de sus organismos internos mediante programas técnicamente bien elaborados, pero carentes de la visión y misión necesarias para transformar a la patria de manera efectiva. Tenemos lemas muy significativos, pero con escasas maneras de aterrizarlos con resultados visibles.
En fin, sobrevivimos en una nación que urge ser reeducada, porque la niñez y la juventud de ayer y de hoy no han recibido en su hogar los fundamentos de los valores -ya no digamos cristianos, pero ni siquiera generales- del respeto a la autoridad, del aprecio a la vida, de la responsabilidad ecológica, así como de la buena y útil ciudadanía, etc. Cosa por la cual abunda la violencia intrafamiliar, los feminicidios, el crimen, el imperio del narco, la impunidad, las ambiciones deshumanizadas, la ausencia de moralidad, etc.; todo lo cual puede verse no sólo entre las clases sociales menos educadas y con pobreza, sino aún entre quienes detentan títulos universitarios y posiciones de autoridad política y económica.
Este es el panorama del México contemporáneo. Pero nuestra iglesia, al parecer, no tiene real interés en ser parte de la solución a los problemas que hoy nos aquejan. No tenemos una visión clara de nuestra misión y por ello carecemos de un rumbo fijo y determinado al cual encaminar todos unidos nuestros pasos. En mi modesta opinión, hemos perdido las tres condiciones que caracterizaron a nuestros ancestros, las cuales fueron la base de su éxito. Me pregunto si las habremos perdido para siempre o si estamos todavía a tiempo de encontrar la visión y la misión que Dios quiere para nuestra denominación en la patria y tiempo en que vivimos.
En cuestión de pocos meses se efectuará la Conferencia General; y por la clase de problemas que trate, así como por las resoluciones que apruebe, podremos darnos cuenta de si hay esperanza para el metodismo o seguiremos inmersos en los conflictos internos, tratando de imponer nuestros particulares puntos de vista sobre asuntos temporales e intrascendentes, en vez de ocuparnos con seriedad en buscar e implementar la visión y misión divinas para este México de hoy que decimos amar.
