Pionero del metodismo en Cañada, Hidalgo(*).
Oswaldo Ramirez González
SEHIMM
En el principio y la persecución.
La intolerancia y persecución religiosa han estado presentes desde el inicio de las civilizaciones. No es exclusiva de este tiempo, ni tampoco del cristianismo ni del islam. Si bien es cierto en la actualidad vivimos momentos convulsos en los que el fantasma del fascismo y del fanatismo religioso afloran en gran parte de nuestro planeta -han generado desencuentros incluso dentro de miembros de una misma facción religiosa o congregación evangélica-, el discernimiento, así como el conocimiento de la Palabra y de nuestra historia deben de ser los canales correctos para un esquema de diálogo entre las distintas posturas. En el metodismo tenemos la máxima heredada por Juan Wesley, que en una paráfrasis sencilla infiere en “pensar y dejar pensar”, caso similar a los preceptos sociopolíticos derivados de los intelectuales de la Ilustración francesa. No obstante, esto no dista de que, en el imperfecto de sistemas y malos entendidos teológicos, los grupos dominantes en un sistema político o religioso abusen con el yugo de su poder, violentando la paz y la armonía tanto del cuerpo como del espíritu.
Dicho lo anterior, sabemos que, para las minorías protestantes en México, un país donde históricamente su devoción católica -más exactamente guadalupana- permea casi en su totalidad el espectro de la vida cotidiana, complica las cosas para la convivencia de otras corrientes religiosas. Fue precisamente en este territorio en la otrora Nueva España, que el mito de la virgen del Tepeyac y Juan Diego fueron cruciales en el sincretismo religioso de los indígenas, el cual con el tiempo se heredó generacionalmente no sólo a la población indígena, sino también a mestizos y criollos. No por nada, el cura Miguel Hidalgo enarboló con éxito el estandarte de la Virgen de Guadalupe como emblema de cohesión, unidad e identidad en el movimiento de Independencia de México.
¿Qué vínculo tiene el imperialismo estadounidense en la aversión y persecución religiosa protestante en América Latina? Aunque actualmente no lo podemos relacionar del todo con el injerencismo político y militar que los Estados Unidos (en especial por la Guerra y pérdida de más del cincuenta por ciento del territorio mexicano en 1848) han llevado a cabo desde que emergieron como una de las potencias políticas, económicas y militares del mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Hace poco más de ciento cincuenta años, algunas comunidades misioneras -si bien tuvieron presente el Id y Proclamad el Evangelio a todo el Mundo– su consciencia sociopolítica y económica privilegiada, regularmente ellos traicionaban emitiendo opiniones deleznables sobre tradiciones, costumbres y creencias religiosas; este matiz se acentuó particularmente con las facciones ideológicas, herencia de la Guerra de Secesión; el esclavismo sureño versus los liberales del norte. Desde luego que cuando arribaron de manera consensuada por las autoridades y la política liberal mexicana a partir de la década de 1870, cerraron filas a la causa común del evangelio, anteponiendo sus principios y origen por un solo objetivo; hacer Hombres Nuevos en Espíritu y vanguardia política, educativa y social (Ruiz, 1992), esto a manera de evocación del sistema político de “Orden, Progreso y Pax” que predominaría por más de treinta años. Pero, aunque por ley fue posible la libertad de culto desde el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, en la práctica costó sangre, martirio, fuego y muerte en lugares apartados de las principales ciudades; en el Bajío, la Sierra de Puebla y Tlaxcala, en la costa de Guerrero y en Oaxaca, por mencionar algunas regiones. El sistema tradicional católico se topó de frente con el fantasma que avivó décadas después aquel sentimiento xenófobo que culpó de gran parte de sus desventuras al vecino país del norte y todo lo que esto representase, por supuesto la religión en primer término.
El presente texto refiere a un caso particular, que nacido de estos procesos tuvo como protagonista a un pastor y misionero metodista guanajuatense, miembro de la Iglesia Metodista Episcopal del Sur (IMES), cuyos retos lo llevaron a vivir tragos amargos en su vida personal y ministerial de un giro de ciento ochenta grados; de la persecución y casi martirio en Oaxaca a fundar una de las iglesias más importantes del Valle del Mezquital, estado de Hidalgo. Me refiero al señor José Oliva Rocha, pionero del metodismo en la comunidad de Cañada, localidad del municipio de Mixquiahuala.
La Intolerancia religiosa en Oaxaca. El juicio y las desventuras.
Si bien es cierto, se reconoce que el pionero de la obra misionera metodista en Oaxaca fue el pastor Lucious Smith, miembro de la Iglesia Metodista Episcopal Norte [IME], quien desde 1887 hasta 1892 hizo un recorrido del terreno a caballo a las áreas apartadas de Oaxaca (Mcintyre, 2023), no fueron los únicos en plantearse el desarrollo evangelizador en dicho estado. Un año antes, el 26 de febrero de 1886, la Conferencia Central Mexicana de la Iglesia Metodista Episcopal del Sur organizó formalmente los trabajos de evangelización bajo la presidencia del Reverendo y Obispo, John C. Keener. Durante las sesiones conferenciales fueron electos y ordenados diáconos y recibidos en plena conexión con la conferencia seis ministros que hasta entonces estaban a prueba; uno de ellos era el señor José Oliva (El Faro, 1º de abril de 1886, pág. 56). Hacia finales de ese año marchó a la región de Etla, Oaxaca para planear el terreno misionero y hacer contacto con algunos pocos simpatizantes de los que se tenía noticia eran empáticos con el evangelio.

El incidente que lo cambió todo fueron los hechos acaecidos la noche del dos de mayo de 1887 [existe otra versión que refiere este hecho el 3 de mayo] .
El señor Oliva se encontraba en su casa, ubicada en la población de Etla; ésta era habitada por su esposa y por otro metodista, el señor Basilio Hernández. Se suponía que estarían próximos a realizar una oración devocional con potenciales simpatizantes que nunca se presentaron. Todo marchaba en relativa calma, cuando tres hombres, los hermanos Pantaleón, Benito y Felipe Sosa, avecinados de Etla, en aparente estado de ebriedad llamaron a la puerta de su hogar; al no tener pronta respuesta tiraron la puerta e ingresaron por la fuerza. Uno de ellos, Felipe, alegando diferencias e injurias hechas por el señor Basilio, lo increpó. Sin embargo, al darse cuenta que no estaba solo y que lo acompañaban en su casa un matrimonio, reconoció entre ellos al varón, como al predicador que recientemente algunos meses atrás había llegado a vivir a esa población. Fue entonces cuando cambió de objetivo y haciendo a un lado al señor Basilio Hernández, se aproximó al pastor Oliva, al tiempo que sacaba dentro de sus ropas un puñal con la intención de herirlo.
Al principio, el pastor trató de persuadirlo; salió y encaminó a su agresor al patio para tratar de calmarlo, pero era inútil. Felipe Sosa, presto con el puñal, quiso alcanzar el pecho del ministro para darle muerte; pero el pastor fue más rápido y recordando que llevaba un arma entre su saco, la sacó y le disparó a quemarropa. El agresor murió al instante, en tanto que los otros dos cómplices, espabilándose de la situación, corrieron a dar parte a la autoridad.
Como era habitual, los testigos tergiversaron el hecho, a sabiendas que el delegado era un ferviente católico. Lejos de acudir a levantar el cuerpo y arrestar al inculpado, el delegado fue a la parroquia del pueblo y llamó a la población con la finalidad que la turba fuera a la casa del ministro protestante y linchar a todos los presentes. Por fortuna este hecho no tuvo eco en todos los pobladores, y algunos que consideraron que era un exceso y abuso de poder fueron a avisarle al colportor Alejandro González, quien se encontraba en ese momento en una población cercana; éste último, al enterarse de lo que la población de Etla estaba a punto de hacer, acudió con el juez y jefe político de la zona, quien entendiendo la gravedad de la situación alistó un piquete de soldados y acompañó con este al colportor para rescatar a los misioneros. Infortunadamente para cuando llegaron a Etla, la turba ya había cobrado una vida: la de la esposa del pastor Oliva, quien murió interponiéndose entre los atacantes para evitar que se linchara a su esposo.
El delegado de Etla fue duramente reprendido por el juez; pero pese al dolor que enfrentaba en aquellos momentos el pastor Oliva, fue remitido a la cárcel de Oaxaca capital, a pesar de que más de una vez los hermanos Sosa cambiaron la versión de los hechos. La tristeza e indignación no sólo alcanzó a los misioneros metodistas de ambos grupos episcopales, sino a la comunidad evangélica en general; en los números posteriores a estos hechos, se pedía en oración por la vida del pastor y apoyo monetario para poder pagar su fianza. Las autoridades de la Iglesia Metodista Episcopal del Sur hicieron lo imposible por liberarlo; la condena por el asesinato de Felipe Sosa lo sentenció a ocho años de prisión. No obstante, las indagatorias posteriores redujeron la condena a sólo ocho meses, tiempo después del cual el pastor Oliva fue liberado, la misión de Etla quedó a su suerte y él fue trasladado a otro circuito misionero al centro del país (El Abogado Cristiano Ilustrado: 1º de febrero de 1888, pág. 21; 2 de junio de 1910, pág. 346. El Faro, 1º de enero de 1888, pág. 7).
Si bien es cierto, el caso documentado sobre este incidente no es el único, ni tampoco exclusivo sobre las dificultades, persecución y desgracias que sufrieron los misioneros en algunas zonas serranas del país, durante aquel tiempo. Ello no quita los elementos a mencionar, y que son importantes de destacar: en primer lugar, el clima de intolerancia sembrado en las comunidades tradicionales, ya fuere por el celo excesivo hacia su fe, como por aquellos recuerdos exaltados por curas y líderes católicos locales, que, con el afán de frenar la introducción de otras corrientes religiosas, recurrieron al discurso extranjerista y xenófobo de que estos grupos misioneros venían a “llevarse” lo que quedaba del país después de 1848. Ello incluiría esta vez, no sólo los recursos naturales, sino las creencias “obligando a la población a romper sus imágenes y abandonar la fe de sus padres y antepasados; el catolicismo». Este discurso estuvo presente tanto en el púlpito como en los medios de prensa de aquella época. Periódicos como La Voz de México o El Tiempo, sirvieron para criticar maliciosamente la llegada e introducción de grupos protestantes norteamericanos, desde sus columnas y editoriales enjuiciaron y en más de una ocasión, entraron en debates y contestaciones interminables aludiendo directa o indirectamente a su contraparte en El Abogado Cristiano Ilustrado, El Evangelista Mexicano Ilustrado o El Faro para hacer notar los defectos, faltas y contradicciones en que, a su ver, los misioneros incurrían.
En segundo lugar, la aplicación ambigua de la ley. Si bien es cierto, la Constitución de 1857 sustentaba la libertad de culto -la cual era respaldada por el presidente de la República y las entidades estatales-, poco se podía hacer en cuanto a su aplicación efectiva en lugares apartados, donde los cotos políticos, apegados más a sus creencias que a la misma ley, actuaron alevosa y premeditadamente; a veces inculpando y tergiversando las versiones reales de los hechos; otras, entorpeciendo las averiguaciones jugando con el tiempo a favor; encarcelando con condenas mínimas a los culpables o bien, esperando que las circunstancias fueran propicias para que se dieran a la fuga. Pocos actuaron de manera contundente cuando se trató de castigar con el rigor de la ley a quienes persiguieron o atentaron contra miembros de las minorías evangélicas.
En todo caso, estas irregularidades se señalaron de manera pública en los medios de prensa protestantes de la época. A veces la presión mediática surtió resultados; en otras, sólo quedaron como amargas anécdotas. Sobre este tipo de cuestiones, el escritor Carlos Martínez relata en su libro “Persecuciones contra los protestantes en México en el siglo XIX” (CUPSA, 2022) algunos hechos padecidos por los misioneros en varias partes del país, principalmente en la sierra de Puebla, Hidalgo, Tlaxcala, Guerrero y el Valle de México.
La llegada al Valle del Mezquital y sus últimos años de vida ministerial.
En 1890, en la reunión de cargo de la Conferencia Anual de la IMES el pastor José Oliva fue designado para atender los puntos de misión [circuito] de Tula y Chapantongo, estado de Hidalgo, (El Abogado Cristiano Ilustrado, 15 de noviembre de 1890, pág. 173). Ello posiblemente de un breve tiempo que pasó en su tierra natal, así como en la ciudad de México. A partir de este momento el seguimiento de la vida ministerial del pastor Oliva cambia geográficamente hablando: se traslada a las inmediaciones del Valle de México a seguir la obra de evangelización. En tanto, en cuanto al rastreo de las fuentes documentales disponibles, se vuelve un tanto incierto; pues sólo por medio de la historia oral y documentos que triangulan por medio de otros acontecimientos y datos, sobre cómo se fue llevando a cabo el impulso del metodismo en esta región del estado de Hidalgo, es que nos damos una idea de lo que fueron sus últimos años de vida y trabajo ministerial.
Para ello, fue de vital importancia la consulta del trabajo monográfico del cronista de Cañada, descendiente del pastor Oliva, y que también es de filiación metodista; el profesor Javier García Vázquez, el cual lleva por título: “Monografía de la Colonia de Cañada. Municipio de Mixquiahuala de Juárez, Hidalgo” (2025). En una parte de su investigación relata grosso modo la llegada del metodismo a Cañada, la construcción de su templo, cuyo nombre es “Sinaí”, así como una breve reseña de algunos de sus familiares que fueron los pioneros del metodismo en la localidad. Sin embargo, existen imprecisiones con lo que este relata en cuanto a fechas y acontecimientos, los cuales un servidor se dio la tarea de corregir por medio de la verificación documental y hemerográfica citada en el presente texto.
Según el cronista Javier Vázquez, el pastor José Oliva Rocha nació en 1863 y fue llamado al Reino Celestial en 1913, era oriundo de Silao, Guanajuato. Llegó a la región de otro congregante foráneo. Alternó su actividad misionera con la de profesor rural, dando clases en algunas comunidades pertenecientes al municipio de Tezontepec de Aldama, Hgo. Posiblemente, gracias a esto conoció a la señorita Eulogia Gregoria Pérez Hernández, de 24 años de edad. El pastor Oliva tendría entre 27 a 32 años de edad, aproximadamente, al momento de conocer a la que hoy sabemos fue su segunda esposa. Ahora sabemos que, su primera mujer, de quien no se tiene el nombre, fue asesinada trágicamente en los hechos de Etla, Oaxaca en 1887 (lo cual indica que para estas fechas tendría entre 20 y 24 años de edad).
Del fruto de este matrimonio, la familia Oliva Pérez tuvo tres hijos; Adán, Eva y Amparo. Su hijo mayor, Adán, de oficio electricista y medico homeópata, fue a mediados de la década de 1920 el líder y laico de la congregación cañadiense; sobre este tema hago mención en un número pasado, titulado “La Obra Metodista en el Valle del Mezquital, Hgo. El circuito de Mixquiahuala” (El Evangelista Mexicano, 15 de junio de 2025). Cabe señalar que la señora Gregoria Pérez, esposa del pastor Oliva, fue hija del señor Ildefonso Pérez, quién según la versión de Vázquez (2025) se dedicó a la medicina alternativa (curandero), oficio por el cual era conocido en la región. Otra versión señala que el señor Pérez fue ferrocarrilero y que a edad madura se trasladó a la cabecera municipal para ejercer el cargo de sacristán de la iglesia católica de Mixquiahuala, esto cuando ya había sido convertido al metodismo (Ramírez, 2015). Es probable que ambas versiones en su conjunto fuesen posibles, y que en un inicio Ildefonso Pérez fuese curandero y en una etapa posterior, convertido al metodismo, por necesidades socioeconómicas se haya empleado como sacristán de la parroquia de Mixquiahuala y ayudante del ferrocarril. El ferrocarril del Desagüe (de vía corta), provenía del Valle de México, tuvo como última parada en el pueblo de La Venta, localidad mixquiahualense. Actualmente este lugar es el municipio de Progreso de Obregón.

La crónica del señor Vázquez nos relata también que el suegro del pastor Oliva, Ildefonso Pérez, les dio por herencia un terreno para que vivieran con su familia en la localidad de Huitel (Tezontepec de Aldama), donde hoy se ubica la iglesia metodista “Getsemaní”; que por tanto, tiene sus orígenes remotos ligados al trabajo misionero del pastor Oliva y de su suegro, quien luego de escuchar la Palabra Bíblica de la boca de su propio yerno, se convirtió al metodismo en 1895, a la edad de 63 años. Sin importar la edad a la que recibió el llamado del Evangelio, el señor Ildefonso fue un congregante activo, hasta el último de sus días; la Conferencia Anual de la IMES, bajo la superintendencia del Distrito Oriental de México a cargo del pastor Agapito Portugal, lo nombró como pastor suplente del circuito de Tula entre los años 1907 y 1908. Sus esfuerzos rindieron frutos reuniendo a familias enteras de las congregaciones de Chicavasco, Mixquiahuala [la congregación de la cabecera municipal, así como la de Cañada], Tezontepec [Huitel] y Actopan para la celebración conferencial trimestral del circuito a mediados de 1907 (El Evangelista Mexicano Ilustrado, 1º de octubre de 1907, pág. 157; El Abogado Cristiano Ilustrado, 20 de febrero de 1908, pág. 99). No se tiene fecha exacta del año de su fallecimiento; sin embargo, contaba con 75 años de edad cuando organizó la conferencia trimestral antes mencionada. Ildefonso Pérez y su familia fueron a la posteridad, los timones del crecimiento y la permanencia del metodismo en las congregaciones de Cañada, Mixquiahuala y Huitel. Sus descendientes aún hoy siguen asistiendo con regularidad a algunas de estas iglesias.
Por otra parte, su yerno, el pastor José Oliva Rocha, falleció relativamente joven, a la edad de 50 años, en 1913. En el relato de Vázquez (2025) señala que, aunque la casa de su esposa se ubicó en Huitel, predicó y se pasó sus últimos años en la localidad de Cañada, predicando el evangelio en la casa de su hijo mayor, Adán. Como todo un ministro wesleyano, se la pasaba la mayor parte del tiempo fuera de su hogar. Predicó y acompañó a las comunidades metodistas incipientes de Chicavasco, Actopan y San Antonio, localidad más importante del municipio de San Salvador, en casa del señor Tomás Hernández. Cabe señalar que, en esta población, el fantasma del pasado estuvo a punto de volverlo a enfrentar; debido al hostigamiento de éste y la familia del señor Tomás por parte de la comunidad católica y su cura, interpuso una denuncia al distrito de Actopan, apelando a la libertad constitucional de culto. Esta vez, la historia no se repitió y las autoridades hidalguenses hicieron lo propio sancionando a los rijosos y al sacerdote, con lo que se evitó que esto pasara a mayores. En cuanto a su situación formal con la Iglesia Episcopal del Sur (IMES), después de su nombramiento como titular del circuito de Tula y Chapantongo en 1890, no se le menciona en los siguientes informes (El Evangelista Mexicano Ilustrado, 1º de noviembre de 1895, pág. 166; El Abogado Cristiano Ilustrado, 13 de febrero de 1902, pág. 57). Probablemente su condición ministerial haya cambiado, separándose del cargo para dedicarse más a la vida secular, la educación rural, a su familia, dejando su actividad como predicador y misionero en términos extraoficiales con la IMES. Pese a ello, la historia oral recopilada por el profesor Javier Vázquez da cuenta que, pese a que después de su llegada a la región se separó de su cargo pastoral, aun ello no le impidió colaborar de manera extraoficial en los trabajos de evangelización en la región.
Conclusión.

Nuevamente, como en otros casos, las fuentes documentales dan cuenta de que la historia no es inerte; cambia y se corrige en la medida en que se hurga en los lugares correctos. El metodismo no llegó a Cañada -como se cree tradicionalmente- a principios del siglo XX sino a finales del siglo XIX. Recordemos que, no sólo se trata de darle validez a una comunidad a partir de la construcción inicial o total de su templo, sino desde el preciso momento en que los simpatizantes se reúnen en sus hogares para celebrar cultos y devocionales. Para toda fecha célebre, siembre hay antecedentes y, claro está, consecuencias, que a bien son los frutos que al paso de los años cosecha cada congregación. Por ello insto -sin que dejemos de rememorar la consagración de nuestros templos- el esfuerzo de aquellos hermanos que movidos por el espíritu hicieron suya la fe cristiana y el metodismo aun con las consecuencias sociales que esto implicó.
En este texto hablamos brevemente de dos varones. Dos realidades distintas en las que Dios mostró su misericordia, dando a cada uno de ellos una segunda oportunidad. Considero finalmente que, con toda seguridad, habrá algunos testimonios similares a los del señor Idelfonso Pérez y del pastor Oliva escondidos en nuestra vida diaria, así como en nuestros documentos y archivos, esperando a ser contados para con ello cumplir no sólo con el objetivo de rememorar las nostalgias del ayer, sino del testimonio atemporal de los amados en la fe… Dios es fiel y sólo él sabe sus tiempos; y eso, también es historia.
Fuentes de Información.
MARTÍNEZ, García Carlos (2022). Persecuciones contra los protestantes en México en el siglo XIX. Editorial CUPSA, México.
MCINTYRE, Kathleen M. (2023). Protestantismo y formación del Estado en Oaxaca después de la Revolución. Editorial CUPSA. México.
RAMIREZ, González Oswaldo. “La Obra Metodista en el Valle del Mezquital, Hgo. El circuito de Mixquiahuala”, en El Evangelista Mexicano. Portal web. 15 de junio, 2025.
“Memoria oral: reseña histórica de la Iglesia Príncipe de Paz, Mixquiahuala, Hgo.” 59-71pp., en Viviendo la fe. Metodistas en México. 1873-2000. Casa Unida de Publicaciones CUPSA, SEHIMM. 2015: México.
RUIZ Guerra, Rubén (1992). Hombres Nuevos. Metodismo y modernización en México (1873-1930). Casa Unida de Publicaciones, CUPSA. México.
VÁZQUEZ García, Javier (2025). Monografía de la Colonia de Cañada. Municipio de Mixquiahuala de Juárez, Hidalgo. Municipio de Mixquiahuala de Juárez, Hgo. México.
Abogado Cristiano Ilustrado, El. Años: 1887, 1888, 1890, 1902,1908,1910.
Evangelista Mexicano Ilustrado, El. Años: 1893, 1895, 1907.
Faro, El. Años: 1886, 1888.
(*) NOTA : Las imágenes del artículo son propiedad del acervo particular del Sr. Javier Vázquez, cronista de Cañada y miembro metodista de la iglesia local.
