Cuando llegue el momento de rendirle las cuentas
al Señor Poderoso, al que es todo bien,
¿Hallarás ese cielo con las puertas abiertas
o las hallarás cerradas porque fuiste un infiel?
Cuando todo en la vida para ti haya acabado
y tu cuerpo, sin fuerza, haya de terminar,
¿Qué dirá el Juez eterno? ¿Te tomará en sus brazos
o doliéndole el alma te ha de rechazar?
Nunca olvides, hermano, que la vida se acaba
y que en cualquier instante te habrá de llamar
a que goces con Cristo en su hermosa morada
o a terminar sufriendo el infierno real.
La ignorancia y soberbia, el deseo de riquezas,
placeres engañosos, y muchas cosas más,
en lugar de ayudarnos nos desvían del cielo
y nos hacen perder el celestial hogar.
En el mundo se vive sólo un tiempo pequeño,
no lo gastes en odio, pleito o rivalidad;
¿Cómo habrías de explicarle al que perdona tus pecados
que tú no perdonaste y que no hiciste la paz?
Humíllate hoy ante Cristo, el que nació en un pesebre,
El que vivió sin riquezas, el que murió en una cruz.
Así tendrás paz en tu alma y gozarás con tu hermano,
y alcanzarás vida eterna ¡Vuelve a Cristo Jesús!
Raúl García de Ochoa
Cd. Benito Juárez, N.L.
25 de diciembre de 2025
Es Navidad. Las familias, amistades, parientes, vecinos y desconocidos, se reúnen y celebran en fiestas. Muchos, sin reparar en el motivo central, real de la fiesta; y unos pocos, sintiendo una presencia real del festejado. La mayoría de los grupos son grupos mutilados. Están unos, pero no otros. Falta alguien o unos cuantos que no encajan, que no son bien recibidos, aquellos con los que no hemos cultivado una relación amable porque hemos encontrado excusas para no perdonar ni acercarnos para convivir y pasar con ellos una feliz navidad. Si no pasamos una feliz navidad con la gente aquí, ¿qué fuerza nos engaña para pensar que estaremos felices en el cielo del que nació en Belén, yació en un pesebre, vivió sin poseer un lugar donde recostar su cabeza y murió en una cruz sólo para lograr el perdón para nosotros y que pudiéramos ser salvos?
El cielo depende del perdón. Primero el perdón de Dios en Cristo a nosotros; y luego, el perdón de nosotros en Cristo, a nuestro prójimo.
