A los 500 años de la Reforma
Manuel Osorio
En una época de oscuridad emergió Lutero, cual profeta de Dios, con un mensaje que golpeaba a la conciencia de quienes sostenían un sistema religioso, político y social, plagado de corrupción, de abusos de poder, ambiciones materiales, explotación y toda clase de injusticias. Lo peor, era un sistema que negaba la eficacia de la fe, el camino de la gracia y la autoridad de las Escrituras. Y aunque es probable que muchos lo sabían, nadie se atrevía a denunciarlo.
Al igual que en el Antiguo Testamento, cuyo mensaje del profeta estaba dirigido especialmente al pueblo de Dios, así sucedió en la Reforma y así sucede actualmente. Pero como le sucede al pez en el agua, nos sucede a nosotros, no somos capaces de notar que estamos sumergidos en ella, hasta que alguien nos saca de nuestro lugar. Y esa fue, y es, la labor de los profetas. Sacarnos a la superficie de la santidad, para que nos demos cuenta, que ya no somos capaces de respirar, si no estamos sumergidos en la corrupción.
Como sucedía antes, sucede ahora, no somos capaces de ver el deterioro moral y espiritual de nuestra propia estructura religiosa. Y si lo vemos, lo obviamos, lo justificamos, lo suavizamos o hacemos cualquier cosa, menos enfrentarlo para corregirlo. Porque es probable que la corrección tenga implicaciones, como la pérdida del poder y de los privilegios por los que hemos luchado toda nuestra vida.

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