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editorialLa doctrina que nos identifica

La Comisión de Unificación fue integrada para elaborar el plan de unificación de las dos misiones metodistas mexicanas en una sola iglesia mexicana no más dependiente del extranjero. Entre sus tareas asumió la delicada tarea de redactar lo que entonces se llamó la Constitución de la Iglesia Metodista de México, para ser entregada a la nueva iglesia unificada en su Primera Conferencia General para que, tomándola como base, elaborara su propia Disciplina, en septiembre de 1930. Ese documento fue nuestra primera Constitución, madre de nuestra Disciplina. Era un documento muy breve, consistente en una extracción que se hizo de la Disciplina de la Iglesia Metodista Episcopal (norteamericana). Contenía apenas tres Divisiones: En la 1ª División estaban los Artículos de Religión (23 Artículos, en lugar de los 25 que había en la Disciplina norteamericana). En la 2ª División estaban las Reglas Generales que redactó el Rev. Juan Wesley, tal como aparecen hasta hoy en nuestra Disciplina. En la 3ª División estaban sólo ocho Artículos sobre Organización y Gobierno, y siendo entre ellos más largo el último, que se refería al ahora desaparecido Consejo de Cooperación.

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loshijosdediosgenesisLa Fraternidad de Hombres Metodistas de la iglesia a la que asisto, desarrolla estudios bíblicos semanales bien preparados por los mismos integrantes de la organización varonil. Siguiendo el Plan Operativo Nacional, en la primera parte del año 2016 estudiaron el libro de Génesis. Durante uno de los estudios, se discutió sobre la supuesta relación sexual entre ángeles y mujeres humanas, como algunos la detectan en Gn. 6:1-4. El grupo concluyó rápido que esa interpretación del texto bíblico es bastante deficiente, pero, a la vez, se comentó sobre los muchos cristianos, iglesias y predicadores televisivos (especialmente de Enlace) que creen como cierta semejante imposibilidad. Sabemos, por ejemplo, de una iglesia independiente de tipo casero que se reunía dominicalmente sólo para escuchar los sermones de Jimmy Swaggart en sus mejores tiempos, predicador que, entre otros, difundió esa idea.

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enbuscadelatercerageneracion

El Hijo de Saúl es una película del joven cineasta húngaro Laszló Nemes, quien logró producir una cinta sombría, sobrecogedora, que muestra una faceta del Holocausto no considerada antes en otros filmes, y que le mereció el Oscar a la mejor película extranjera de 2016, además de otros premios internacionales. Aunque la historia es original de Nemes, está basada en situaciones reales consignadas en escritos encontrados después de la finalización de la II Guerra Mundial.  El personaje central, Saúl, es un judío forzado por los nazis a ocuparse de la limpieza y mantenimiento de la cámara de gas de un campo de concentración, de la cremación de los cadáveres de los judíos ejecutados y de la posterior eliminación de las cenizas.

Los espectadores llegan a la angustia con la trama, identificando el horror que sufrieron quienes fueron sacrificados en las cámaras de gas y en las fosas comunes. Y es que la historia del Holocausto reflejó una faceta casi diabólica de la naturaleza humana, mostrando lo peor que hay en ella. Pero la narración de Nemes nos lleva a un segundo aspecto que intenta mostrar que aun en el centro del señorío de la maldad humana, la naturaleza del hombre puede mostrar también alguna luz de bondad. El alma de Saúl está muriéndose en medio de tanta degradación, así que elige hacer algo bello para salvarla, y decide creer que un adolescente ejecutado es su hijo, para procurar a toda costa concederle  una sepultura digna a la usanza de las tradiciones judías. Cree que ese es su deber como padre, puesto que en vida nada había hecho por él.

La devoción paternal es lo que ilumina la narración oscura que presenta Nemes. No podríamos descartar que el director intente hacernos sentir que todos somos Saúl, pero entonces aplicaríamos ese propósito se manera sobresaliente a aquellos hombres que somos padres de familia. Como el personaje, necesitamos dedicar la vida a propiciar la fructificación de lo mejor de nuestros hijos en medio de un mundo muy marcado por la pobreza de valores, la apatía por el amor verdadero, la pérdida de una comunicación profunda y la decadencia de la fe en Dios. Si no logramos hacer una tierna pero firme transferencia de valores espirituales y morales, la descendencia que dejaremos será una generación débil, la cual dejará a su vez una generación aún más débil.

Fue un puritano inglés del siglo XIX quien aseguró que la generación fuerte era aquella que resultaba de dos generaciones cristianas anteriores, a la semejanza de Timoteo, de cuya fe “no fingida” San Pablo decía que había estado antes en su abuela Loida y en su madre Eunice (2ª Tm. 1:5). La idea del puritano era que los hijos criados por padres que habían vivido una conversión a Cristo en su edad adulta o joven, era buena, pero no la mejor. En cambio, los hijos criados por padres que habían nacido en un hogar cristiano (aunque estos padres hayan sido hijos de padres con una conversión tardía), recibirían una educación excelente. Si le tomamos la palabra a esta propuesta generacional, no tendríamos por qué sentir tristeza por no estar criando hijos en una tercera generación cristiana. Pero podemos ir todos en la búsqueda de esa tercera generación. En la opinión de Pablo, la fe de Timoteo era tan viva debido al trabajo de dos generaciones anteriores. Ni los hijos malos se hacen solos, ni los buenos son el resultado de su propia tarea personal. Los hijos llegan a ser la cosecha de una inversión deliberada y persistente de padres debidamente comprometidos con su Señor, hecha en conciencias desde su más temprana niñez. Esto confirma el antiguo eslogan: Genera una idea y ésta llevará a una acción; realiza esa acción y se convertirá en un hábito; repite el hábito y se formará un carácter; fortalece ese carácter y obtendrás un destino.

Que la celebración del Día del Padre este domingo 19 de junio, se acompañe del despertar de los papás para que asuman su paternidad de grado que dejen tales resultados en su siguiente  generación que, a su vez, llegue ésta a procrear una siguiente nueva generación aún mejor que la de ellos y que la nuestra.

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geniodelcatolicismo

Teniendo a la vista el 278 Aniversario del Movimiento Metodista, celebrado este 24 de mayo, y en ocasión de la visita de una delegación del Concilio Mundial Metodista al Papa Francisco el pasado mes de abril, nos sentimos persuadidos a hacer una breve reflexión sobre uno de los aspectos de nuestra herencia wesleyana. Nos referimos a lo que el reformador Juan Wesley denominó el genio del catolicismo, la apertura ecuménica que guio su corazón a abrir sus brazos a la fraternidad cristiana en primer lugar, y humana en segundo lugar. Tener una apertura saludable no es cosa que nos debiera ocupar para valorar si nos conviene o no, sencillamente es parte del paquete metodista que ya hemos recibido, y debiéramos ufanarnos de contar entre nuestra identidad metodista este espíritu bíblico y cristiano.

Mientras el mundo ensaya la reconciliación derribando las paredes intermedias de separación, como cuando en noviembre de 1989 decidió la demolición del muro de Berlín y la integración de una sola Alemania, o como cuando la atemorizante cortina de hierro debida a la Guerra Fría, cayó junto con la década de los 80´s, acercando a la Europa de Oriente con la de Occidente, nos hacemos la conjetura de si los cristianos anhelamos tanto la unidad entre nosotros como para que  podamos ser un ejemplo para el mundo, o si es el mundo quien está sirviendo como ejemplo para que la iglesia cristiana aprenda algo sobre perdonar y ponernos en paz. Luego de las dos guerras mundiales, los países europeos que entraron en conflicto no han vuelto a enfrentarse, cumpliendo así 71 años de paz, el lapso más grande en esta condición en toda la historia humana de ese Continente. Por eso suena tan ridículo el intrascendente alegato filosófico de Don Donald Trump con nuestro Vicente Fox, sobre el ya famoso muro fronterizo. Y así de lamentables son los discursos sobre muros protectores que algunos evangélicos levantan al solo nombre de Iglesia Católica Apostólica Romana.

La convivencia entre católicos y protestantes, en el pasado y en el presente, ha sido difícil y muy salpicada de sangre en Latinoamérica. Traemos una carga emocional arrastrando desde nuestros antepasados, tanto que ya no podemos distinguir si nos gobierna el resentimiento, el odio o un genuino celo por Dios. Claro que con nuestras palabras siempre decimos que es el santo celo del Señor, pero Jeremías 17:9 dice que nadie puede conocer su propio corazón. Se requeriría una extraordinaria madurez espiritual para discernir los pensamientos y las intenciones de nuestro propio corazón. No obstante, el camino es simple: Si se trata de resentimientos, es nuestra obligación cristiana perdonar a quienes nos ultrajan y persiguen; y si creyéramos que se trata de un celo por Dios, sólo se requiere que sepamos que Dios no nos pide ningún celo denominacional ni confesional. Así, estaríamos listos para “transformarnos mediante la renovación de nuestro entendimiento para que comprobemos cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:1,2), y hasta entonces dejaremos de bendecir sólo al que nos bendice (como cualquier gentil), para saludar y bendecir, despojados de prejuicios, aun a los que no son como nosotros.

La literatura religiosa fundamentalista, con su inseparable extremismo, nos ha inculcado el odio haciéndonos creer que el papa es el anticristo y Roma es la gran Babilonia. Cuando pensamos en el catolicismo lo señalamos como una personificación del mismo diablo. Y con esa hermenéutica fantasiosa y alegorista, bastante amañada, le damos paso a las sombras en nuestra alma que constituyen el verdadero visor con el cual vemos a nuestros compañeros de cristianismo. Es más fácil exacerbar los prejuicios de la gente para que nos aplaudan, que trabajar en la purificación de los sentimientos de rencor en la gente de nuestras iglesias, porque siempre ha sido más fácil maldecir que bendecir.

Desde luego que los párrafos anteriores no intentan promover la unión doctrinal y estructural de ambos bandos. Ni ellos son tan ingenuos como para esperar lo imposible, ni nosotros tan irresponsables como para sacrificar de un plumazo la herencia protestante y wesleyana que hemos recibido. Nos estamos refiriendo a ver con los ojos de Cristo a quienes adoran y  creen de otro modo, al grado que logremos diferentes formas de encuentros que nos sirvan como medio para decirles a los musulmanes, budistas, agnósticos, al mundo entero, que no nos odiamos y que, a pesar de nuestras enormes diferencias irreconciliables, podemos convivir de alguna manera fraternal, para ver si así logramos “que el mundo crea” (Jn. 17:21). ¿Tan inseguros estamos de lo que somos, que no podemos abrazar a un católico frente al mundo y decirle juntos  que nuestro Señor y Rey es el Príncipe de Paz, y que Jesucristo es la fuente de amor para todos los hombres? Perjudican más a la obra misionera nuestras divisiones que otros factores. Tenía total razón Jesús al advertirnos que mientras vivamos de pleito, nuestro mensaje es indigno de crédito. Las divisiones que el cristianismo ha vivido en su historia son malas, como todas las divisiones, pero algunas han sido necesarias, así que al menos debemos testificar que a pesar de nuestras divisiones que no pueden ni deben ser suspendidas, nos podemos unir en alguna medida.

Hay que repetir que lo antedicho no es cosa que debamos decidir, esta es nuestra herencia ya hecha, es nuestra identidad como metodistas, y no hay lugar para otra. Las conocidas expresiones de Juan Wesley que explican su original genio ecuménico nos han hablado a través de los siglos: “En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; pero en todo caridad”… “En todo aquello que no vulnere la raíz del cristianismo, nosotros pensamos y dejamos pensar”… “Los metodistas reconocemos a los cristianos de otras iglesias, y a las iglesias de otros cristianos”. Y nos hace falta leer la carta que él envió a un católico romano, para que vayamos internalizando nuestra herencia. Este es uno de sus párrafos: “Oh hermano, no nos apartemos más del camino. Yo espero verlo a usted en el cielo. Y si yo practico la religión que he descrito, usted no se atreverá a decir que yo iré al infierno… Su propia conciencia le dice lo contrario. Entonces, si no podemos aún pensar igual en todas las cosas, al menos podemos amar igual. En ello no podemos fallar. Porque hay un punto sobre el que no podemos dudar un solo instante: Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Así pues, en el nombre y en el poder de Dios, resolvamos, primero, no herirnos unos a otros, no hacernos mutuamente nada que sea malo o inamistoso, nada que no nos haríamos a nosotros mismos. Tratemos, más bien, en todas las instancias, de comportarnos cristiana, amable y amistosamente los unos con los otros” (1). Por cierto, durante la visita de la comisión del Concilio Mundial Metodista al Vaticano, el Papa Francisco citó una parte de este párrafo, enfatizando, “Entonces, si no podemos aún pensar igual en todas las cosas, al menos podemos amar igual”. ¡Qué hermosas palabras de Wesley, qué madurez cristiana, qué discernimiento de la voluntad de Dios!

Algunas frases de él que hallaremos en su sermón “El Genio del Catolicismo”, son estas: “¡Cuántos estorbos yacen en el camino! Los dos impedimentos más grandes y comunes son, primero, que no todos pueden pensar lo mismo; y como consecuencia de esto, segundo, que no todos podemos andar igual; pero en varios puntos menores, su práctica debe diferir en proporción a la diferencia de sus sentimientos… Pero aunque una diferencia en cuanto a opiniones o modos de adoración puede impedir una unión externa completa, ¿es necesario que impida nuestra unión en los afectos? Aunque no podamos pensar igual, ¿no podemos acaso amarnos igualmente? ¿No podemos ser de un mismo corazón, aunque no podamos ser de una misma opinión? Sin ninguna duda, podemos… Toda persona sabia por lo tanto permitirá a otros la misma libertad de pensamiento que desea que ellos le permitan; y no insistirá en que ellos abracen sus opiniones más que lo que admitirá que ellos insistan para que él abrace las de ellos. Tolera a quienes difieren de él, y solamente plantea a aquel con quien desea unirse en amor una sola pregunta: ¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo? (2° R. 10:15). Nadie puede ser obligado por ningún poder sobre la tierra excepto el de su propia conciencia a preferir esta o aquella congregación a otra, esta o aquella manera particular de adoración… Por lo tanto, no me atrevo a presumir que yo pueda imponer mi modo de adoración a nadie… Pero mi creencia no ha de ser norma para el otro. No pregunto, por tanto, a aquel con quien quiero unirme en amor: ¿Eres tú de mi iglesia? ¿Aceptas la misma forma de gobierno eclesiástico y admites los mismos funcionarios eclesiásticos que yo acepto? ¿Te unes a la misma manera de orar con la cual yo adoro a Dios? …No quiero decir: «Sé de mi misma opinión». No es necesario. No lo espero ni lo deseo. Ni tampoco quiero decir: «Yo seré de tu misma opinión». No puedo… Guarda tú tu opinión, yo mantendré la mía; y ello, más firmemente que nunca. No necesitas esforzarte para pasarte a mi posición, ni para llevarme a mí a la tuya… No quiero decir: «Abraza mis formas de culto», o «yo adoptaré las tuyas»… Pero mientras está (el cristiano) firmemente adherido a sus principios religiosos en todo cuanto cree que es la verdad… mientras firmemente se adhiere a la forma de culto a Dios que considera más aceptable ante sus ojos; y mientras está unido por los lazos más tiernos y próximos a una congregación particular, su corazón se ensancha hacia toda la humanidad… abraza con fuerte y cordial afecto a prójimos y extraños, a amigos y enemigos. Este es el amor universal” (2).

Y finalicemos con una frase del teólogo metodista latinoamericano más completo que hemos tenido, José Míguez Bonino: “Cuando así concebimos la vocación de la Iglesia, el drama de la división entre los cristianos deja de ser un absurdo problema doméstico para adquirir las dimensiones de una verdadera  tragedia: es la traición a la vocación, a la vocación divina de la Iglesia, la desnaturalización de su propósito original, el contrasentido” (3).

Pbro. Bernabé Rendón M.

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  1. Carta de Wesley a un Católico Romano, fechada el 18 de julio de 1849. Traducida del inglés por José Belaunde. Ver: http://www.lavidaylapalabra.com/index.php?controller.
  2. Wesley, Juan, Sermón 39, El Genio del Catolicismo, Obras de Wesley,Tomo II,  Wesley Heritage Foundation, Inc., Henrico, NC, s/f, p. 397-417.
  3. Míguez Bonino, José, Integración Humana y Unidad Cristiana, Seminario Evangélico de Puerto Rico, Puerto Rico, 1969, p. 20.

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laorbradelespiritusanto

La publicación de la edición No. 42 (del presente cuadrienio) de El Evangelista Mexicano, hoy 15 de mayo de 2016, coincide con el Aniversario del Advenimiento del Espíritu de Cristo sobre la comunidad cristiana por vez primera. Por razones no muy entendidas, esta fiesta fundamental que dio inicio a la historia de la iglesia cristiana, pasa al calendario con el nombre de Domingo de Pentecostés. Le sucedió lo mismo que al Aniversario de la Resurrección de nuestro Señor, conocido como Domingo de Pascua. Las fiestas judías de la Pascua y del Pentecostés nada tienen qué ver ni con los hechos ni con los significados de las fiestas cristianas de la resurrección de Cristo y el advenimiento o bautismo del Espíritu Santo. Las conexiones que algunos hacen son malabarismos con fantasiosas alegorías que no respetan el propósito particular de cada una de estas cuatro fiestas, y no justifican el enredo que los cristianos hemos hecho usurpando nombres de fiestas judías. Pero esto jamás se compondrá, así que nos adaptaremos a estos términos ya históricos.

De los ministerios de las tres personas de la Trinidad de Dios, el que más nos cuesta trabajo consensar es precisamente el del Espíritu Santo. Es sobre él, y no sobre el Padre o el Hijo, lo que nos hace discutir entre iglesias carismáticas y tradicionales. Y aun dentro de los diversos movimientos carismáticos y pentecostales hay diferentes posturas sobre detalles de la obra de la tercera persona de la Trinidad. Esto nos hace recordar la más antigua discusión sobre el particular, debida a la fórmula latina filioque (“y del Hijo”, en español) que dio inicio, según la versión oficial, al distanciamiento entre las iglesias cristianas ubicadas en la parte oriental del imperio romano de las otras iglesias que se encontraban del lado occidental. El distanciamiento fue creciendo hasta que, a la mitad del siglo XI, sobrevino el llamado Cisma de Oriente, y las primeras se despidieron para siempre de las iglesias occidentales para formar la Iglesia Ortodoxa. (1)

El Credo Niceno (año 325) fue ratificado y ampliado por el I Concilio de Constantinopla (año 381). En esta declaración de la fe cristiana se enuncia reiteradamente la deidad de Cristo para defender a la iglesia contra las corrientes arrianas. En cuanto al Espíritu, en ambos concilios se acordó la fórmula “el cual procede del Padre”. Sin embargo, en lo sucesivo y gradualmente se añadió la fórmula filioque, para que el Credo dijera, “Creo en el Espíritu Santo… procedente del Padre y del Hijo”. Este añadido fue rechazado por las iglesias orientales dado que no les era claro de cuál parte de la Biblia se podría tomar tal idea, ya que las palabras de Jesús señalaban la procedencia sólo del Padre: “Pero cuando venga el Consolador… el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Jn. 15:26). Para las iglesias occidentales el añadido filioque era necesario para fortalecer la idea del Hijo como consustancial con el Padre, y de paso establecer la consustancialidad del Espíritu en pro de la doctrina de la Trinidad. Ésta, así llamada “doble procedencia”, aún sigue representando un punto doctrinal discordante entre la Iglesia Ortodoxa y las iglesias católica y protestantes.

Pero dejando de lado las modernas y antiguas discusiones y desacuerdos respecto a la obra del Espíritu de Dios, hay, en cambio, muchas convergencias. Así por ejemplo, nos es clara la enseñanza de Jesús en cuanto al ministerio del Espíritu que va en dos direcciones, hacia afuera y hacia adentro. Los luteranos se refieren a esta doble tarea como “la obra ajena” y “la obra propia” (2). Hacia afuera, opera en el mundo, debido a la gracia preveniente, redarguyendo al pecador por su mal camino, produciendo en su corazón el arrepentimiento de su maldad, de su impiedad, causándole una enorme tristeza por su situación decadente, pero se trata de una tristeza que es “según Dios” (2 Co. 7:10), y llevándole a una esperanzadora fe en la sangre del Cordero que lo limpia. “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn. 16:8). Y acto seguido, el Espíritu incorporará al nuevo creyente en la iglesia, trayéndolo hacia adentro, donde continuará su obra en él convenciéndolo de que ahora es un hijo de Dios, llenándolo del amor de Dios, transformándolo progresivamente hacia la imagen misma de Cristo, haciéndose cargo de restaurar su ánimo y sus fuerzas como un Consolador (Jn. 16:7), equipándolo con su fruto y sus dones, y haciendo de él una presencia bienhechora dentro de un mundo que ha sido llamado “una generación maligna y perversa”.

Es decir, primero llena de un escalofriante temor a aquel que en seguida lo llenará de una santa convicción de estar sellado para el día de la salvación. Primero lo derriba y luego lo levanta, lo destruye para hacerlo una nueva creación, lo condena para luego darle la justificación, le arrebata las muletas para darle sanidad en sus pies. Bienvenido, Espíritu Santo.

Pbro. Bernabé Rendón M.

  1. Latourette, Kenneth Scott, Historia del Cristianismo, Tomo I,  Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, 1997, p. 671.
  2. Sánchez M., Leopoldo A. PH.D, Pneumatología, Editorial Concordia, San Luis, Missouri, 2005, p. 41

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tierraLa Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene dentro de sus libros canónicos el así llamado Libro de Abraham, y es en éste y no en el Libro de Mormón donde se hace mención de un planeta llamado Kólov, colocado cerca del trono de Dios. Según ellos, fue descubierto por Matusalén y Abraham usando el Urim y el Tumim. Siguiendo esta creencia, la tierra estaba cerca de Kólob, pero luego del pecado de Adán fue arrojada al lugar que actualmente ocupa, para luego regresar allá al final de los tiempos.

Dejando de lado esta historia que seguirá siendo ficticia mientras no se compruebe la existencia de dicho planeta o estrella mediante los instrumentos de la astronomía, lo cierto es que nuestro planeta está situado en circunstancias especiales que convergen sólo aquí, para hacer de él el único planeta conocido donde hay vida, especialmente la forma de vida inteligente y con autoconciencia como lo es la humana. La tierra está a la distancia correcta del sol, tiene una estratégica inclinación sobre su eje imaginario, cuenta con sus movimientos de rotación y traslación, posee un satélite natural, también a una distancia adecuada, y muchas circunstancias más que hacen posible la vida. Hasta donde sabemos, en ningún otro mundo del sistema planetario, ni entre los que se alcanzan a ver a grandes distancias, hay vida. Esto nos obliga a reconocer que somos un punto privilegiado en el universo, afortunados con un ecosistema que nos propicia la vida, riqueza que tenemos el máximo deber de corresponderle cuidándolo.

Este día 22 de abril orientó nuestra atención hacia el Día de la Tierra, celebración que acompaña a los días anuales proclamados por la Asamblea General de la ONU, como lo son el Día Mundial de la Naturaleza (3 de marzo) y el Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio). La iniciativa de establecer un Día de la Tierra se originó en los círculos estudiantiles y universitarios. Todos estos foros internacionales anuncian que si no actuamos de una manera inteligente y responsable, seguiremos devastando nuestro mundo de tal grado que nos hará el mismo daño que le hacemos,  hasta llegar al momento cuando será casi imposible una reconciliarnos.

Cuando Jesús nos visitó abundó en enseñanzas que hacían comparaciones entre las bellezas de la creación y los misterios de su Reino. Habló de la semilla, del trigo, de la cizaña, de la vid, de los lirios, del olivo, de la siembra, del aceite, de las aves de los cielos, y más. Nos dejó dos sacramentos que requieren de elementos naturales para conmemorarlos, como lo son el pan de trigo, el vino y el agua. Y es central la doctrina cristiana de que él es “el primogénito de toda creación”, y por eso  “él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Col. 2:15,17). La creación no es antropocéntrica, no nos pertenece; es cristocéntrica, pues él es el Señor de todo lo visible. La finalidad de la creación no es hacernos la vida placentera, aunque esto no nos está negado, sino darle a él la gloria. Todos los que nos preciamos de ser cristianos necesitamos entender que todo el daño que le estemos infligiendo a la naturaleza es una negación del señorío de Jesucristo sobre su mundo.

Los arminianos decimos que el hombre está en el mundo de Dios en un estado probatorio. Si no logramos ser fieles en lo poco, jamás se nos confiará lo mucho. Es parte importante de la vida cristiana, además de nuestros servicios de adoración y reuniones de oración con estudio bíblico, el cuidado escrupuloso de la tierra que, desde un principio, se nos dijo que era para labrarla y cuidarla (Gn. 2:15). Los abusos en el uso del agua, el manejo innecesario del plástico, el derroche de papel, la manera como ensuciamos nuestras ciudades, la cacería y la pesca ilegales, la producción de contaminantes, la “fiesta” taurina (negociazo que el Partido Verde no se atrevió a señalar, por lo que se dejó ir sobre los circos), y otros cien atropellos que hacemos sin medir los daños, son cosas que indudablemente saldrán el día del juicio ante Dios. Estamos siendo probados, y se nos ha confiado la tierra para que así le digamos a Dios si nos consideramos mayordomos o señores de su creación, si entendemos que hemos sido invitados a ser compañeros de Jesús para que todas las cosas subsistan en él, o si creemos es nuestro derecho a reclamar para nuestro placer el territorio que hemos pisado con la planta de nuestro pie.

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promotoresEn este mes estamos cumpliendo nueve años desde que el 24 de abril de 2007 la Asamblea Legislativa del Distrito Federal despenalizó los abortos de bebés de tres meses de gestación o menos; y un año desde aquel 23 de abril de 2015, cuando los diputados de Tlaxcala acordaron medidas asombrosas contra la vida humana, como afirmar que los niños con alguna discapacidad no debieran nacer, y facultar a los médicos a sugerir el aborto como medida viable contra un embarazo no deseado, dejando de esto constancia en el Art. 243 del Código Penal del Estado.

Por otro lado, en vista de que las diferentes Secretarías de la nación establecen y modifican su propia Norma Oficial Mexicana, la Secretaría de Salud, auxiliada por varias instituciones y organizaciones hace lo propio, tiene su Norma Oficial Mexicana (NOM), y es obligatoria para todos los hospitales de los sectores público, social y privado, cualquiera que sea su denominación, que realicen internamiento de enfermos para la ejecución de los procesos de diagnóstico, tratamiento médico o quirúrgico, o rehabilitación y para los consultorios que presten atención médica especializada. Pues bien, esta NOM fue recientemente reformada para facilitar la atención a las mujeres que decidan abortar. El aborto será practicado sólo llevando una hoja donde la interesada manifieste, bajo protesta de decir verdad, y sin necesidad de corroboración, haber sido víctima de una violación. Las menores de edad entre los 12 y 18 años, podrán solicitarlo sin necesidad del consentimiento de sus padres o tutores, sin que el personal de salud quede obligado a verificar si hubo violación o no, y sin condicionar el aborto a la presentación de una denuncia formal contra el violador.

En la Ciudad de México, desde aquel 2007 hasta 2016 se han practicado 155,468 abortos, no sólo entre quienes habitan allí, sino también entre mujeres procedentes de otros Estados. La cifra se distribuye así: 111,957 de la ciudad, 38,179 del Estado de México, 898 de Puebla, 716 de Hidalgo, 524 de Morelos, 370 de Jalisco, 361 de Querétaro, 331 de Michoacán, 308 de Veracruz, y 286 de Guanajuato (ver http://www.gire.org.mx/aborto/cifras).

Lo anterior nos pone dentro de la discusión complicada acerca de la ética que debería regir la aprobación o rechazo al aborto voluntario. Desde luego que los abortos involuntarios y los que siguen a la prescripción médica por riesgo de peligro contra la vida de la madre, quedan fuera de toda discusión. Y parece que tampoco hay problema con reprobar la interrupción voluntaria del embarazo una vez que el bebé lleva varios meses (más de tres) en gestación. La complicación principal aparece cuando tenemos la situación de una mujer embarazada por una violación. Es un drama doloroso donde un ser humano siente repudio por razones naturales hacia la vida gestándose en su matriz, pues tiene una connotación sicológica de un ataque violento. Y el drama se extiende cuando la familia es parte de ese dolor. ¿Es preferible salvar del sufrimiento a la madre, víctima consciente de un salvajismo, o salvar la vida del ser vivo en su vientre, víctima inconsciente?

Los cristianos hemos recibido una cosmovisión como parte del paquete de realidades que constituyen la dinámica de la vida en Cristo. Dentro de esa cosmovisión está la certeza de que Dios es el único Creador que produce la vida, especialmente la humana, sin importar los medios que instrumenten la aparición de la chispa de la vida. No estamos aportando aquí citas bíblicas que sustenten la verdad de que la vida se gesta por el poder de Dios, ya que hay muchísimos versículos que lo dicen. No se trata de ofrecer un estudio bíblico por ahora, sino solamente construir una reflexión.

¿Qué es un aborto? Si se le da fin a una vida humana, a un ser vivo que no puede ser menos ni algo distinto a un ser humano, un aborto sería un homicidio. Es sorprendente que las diferentes comisiones de los derechos humanos pugnen por los abortos voluntarios en determinadas circunstancias especiales, sin importar que esto signifique la negación del principal derecho humano que es el derecho a vivir. La ética que entra en juego en este tema tiene que ser definida en un extremo o en el otro, porque los tonos grises o medios hacen que se caiga en contradicciones. O se niega la participación divina en el fenómeno de la vida, atribuyéndolo al orden natural o biológico, y por ende los seres humanos tenemos la libertad para decidir lo que más convenga sobre ella, o se afirma que Dios crea la vida, que es dueño de ella y que solamente él tiene el derecho a terminarla. Quedarse en el “justo medio” sería decir que Dios crea la vida pero que nosotros podemos disponer de ella sin que resulte en un desacato hacia él, aun tratándose de un acto violento contra una vida inocente y en total indefensión. La iglesia cristiana necesita ser consistente con sus creencias.

La situación tan indeseable como condenable de una mujer embarazada por una degradante violación, y el destino del bebé que está en su vientre con vida propia, como un ente en sí mismo y no como una extensión o un ápice de la mamá, reclaman la protección de nuestras instituciones gubernamentales y sociales, de una pastoral comprometida de una iglesia que asegure un acompañamiento, y no de un descargo de todos para preferir una solución por la vía rápida mediante un aborto. Es preferible usar la fe en Dios y la imaginación para buscar soluciones alternativas conducentes a respetar y dignificar la vida del bebé, la rehabilitación de su madre y la sanidad de la familia, convirtiéndonos todos en promotores de la vida, antes que volvernos aliados de la cultura de la muerte. Nuestro gobierno necesita sensibilizarse para analizar y prevenir el fenómeno de la violación intra o extra familiar y perseguir a los delincuentes violadores. Y, por supuesto, si una persona optó por un aborto como salida al error de ella o de otros, la iglesia debe abrirle los brazos en un espíritu vital de restauración, evitando los legalismos puritanos y condenatorios.

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

ED

El jueves y viernes de la reciente Semana Santa nos dedicamos a hacer un memorial del sacrificio de Jesucristo, mediante el cual nuestros pecados fueron expiados. La doctrina de la expiación se origina en el Antiguo Testamento, señalando a los sacrificios y ceremonias necesarios para lograr el perdón y la limpieza de todo pecado e impureza. Para los cristianos la expiación perfecta es revelada en la obra consumada a nuestro favor por el Hijo de Dios mediante su muerte en la cruz, sin la cual nunca alcanzaríamos la salvación divina.

La formulación de la doctrina de la expiación ha evolucionado a través de los siglos, y sus énfasis han variado según los muchos enfoques que diferentes proponentes han vislumbrado. Entre ellos, quien destaca de manera medular es el monje de origen italiano del siglo XI, Anselmo. Concluye de una manera absolutamente racional que el hombre le debía a Dios una satisfacción infinita, de tal grado que le era imposible ofrecer. Sólo Dios pudo proceder a una satisfacción infinita, por lo que fue necesario que Dios se hiciera hombre a fin de hacer mediante el derramamiento de su sangre una reparación infinita. Diferentes apuntes de Anselmo fueron luego recogidos por teólogos católicos y protestantes, incluyendo los reformadores, y aparecieron, incluso, en Karl Barth en pleno siglo XX. Juan Wesley, siguiendo consistentemente a Arminio en su explicación de la obra de la cruz, dirá que la expiación fue hecha de manera objetiva por toda la humanidad, pero que será apropiada de manera subjetiva por quienes procedan al arrepentimiento y a la fe en Cristo.

Nos llama la atención que una elaboración moderna acerca de la expiación incluya la sanidad de las enfermedades físicas, como provisión hecha por Cristo en igualdad con el perdón de los pecados. Se asegura que del modo como Jesucristo llevó nuestros pecados en la cruz, llevó también nuestras enfermedades, por lo que mediante la fe podemos deshacernos por igual de ambos males. Esta idea nunca estuvo en el Antiguo Testamento, pues nunca se ofreció un sacrificio expiatorio por ninguna enfermedad. Tampoco estuvo en el Nuevo Testamento, ya que no hay una explicación clara sobre el particular. Y, por supuesto, nunca estuvo en los escritos de los padres de la iglesia, de los teólogos de la historia cristiana, ni en las confesiones doctrinales cristianas de ninguna época ni lugar. Esta doctrina extraña aparece hasta el siglo XX, como parte del paquete de errores de los predicadores del Movimiento de Fe, quienes la adaptaron de las falsas creencias de organizaciones no cristianas como la Ciencia Cristiana (1).

Isaías 53:4 dice, refiriéndose al siervo sufriente: “Llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores”. En la hermenéutica judía significa simplemente que las mismas dolencias que sufrimos los seres humanos, el siervo sufriente también las llevaría en el sentido de que las padecería. Es interesante ver en el Nuevo Testamento repetida esta frase de Isaías, en Mt. 8:16,17: “Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias”. Esta cita es importante porque es la única explicación que hay en todo el Nuevo Testamento sobre el significado de esta profecía. Dice Mateo que, efectivamente, la profecía fue cumplida por el Señor Jesús, pero no en su muerte en la cruz, sino cuando él sanaba a los enfermos durante su ministerio terrenal. Por lo tanto, en la explicación de Mateo no hay nada acerca de la supuesta expiación en la cruz por nuestras enfermedades.

Pero queda la frase de Isaías 53:5: “… y por su llaga fuimos nosotros curados”. Aquí sí se anuncia una sanidad conseguida por la llaga del Mesías. Y la idea es conservada en el Nuevo Testamento por la única vez que la refiere, a través del apóstol Pedro, al decir: “…por cuya herida fuisteis sanados” (1ª P. 2:24). Pero para entender lo que Pedro estaba explicando, basta con observar respetuosamente el contexto. ¿Está Pedro hablando de enfermedades o de pecados? Dice, “… quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. Porque vosotros erais como ovejas descarriadas…” El proceso lógico de toda mente sana va en la dirección de interpretar la parte por el todo, y no el todo por la parte. De allí que, indudablemente, tanto Isaías como Pedro están refiriéndose a ser sanados espiritualmente de nuestros pecados.

El término griego usado en 1ª P. 2:24 y traducido como “sanados” fue “iáthete” (sanados), conjugación que viene del verbo “iaonoi” (sanar). “Iaonoi” es usado en otros versículos del Nuevo Testamento para referirse a una sanidad espiritual, no física. Por ejemplo, en Mateo 13:15, “Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane” (espiritualmente). La misma palabra usada en el sentido espiritual se encuentra en He. 12:13 y Hch. 28:27.

El erudito Craig S. Keener, llama nuestra atención al hecho de que los profetas del Antiguo Testamento frecuentemente usaban ese lenguaje figurado cuando hablaban de la sanidad de los pecados del pueblo, a través del vocablo hebreo “raphah”. Ejemplos: Is. 6:10, “Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad”; Jer. 3:22, “Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebeliones”; Jer. 6:14, “Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz”. Lo mismo sucede en Jer. 8:11. (2)

Creemos que la sanidad divina es una provisión de la gracia de Dios mediante Cristo, y que él tiene el poder y la misericordia para librarnos de nuestras enfermedades físicas, ya sea instantáneamente o a través de recursos médicos, según a él le plazca. Pero negamos de manera rotunda que la Biblia enseñe la doctrina de la expiación desde la cruz de Cristo como provisión para la sanidad de las enfermedades físicas en los mismos términos que nos provee la justificación. Es deseable que nuestros pastores y laicos metodistas profundicen su instrucción acerca del sentido bíblico y teológico de la bendita doctrina de la expiación de nuestra culpa y pecado por medio de la crucifixión del Hijo de Dios, y se dejen de lado los ecos que tanto escuchamos de las falsas enseñanzas de las sectas.

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  1. Hanegraaff, Hank, Cristianismo en Crisis, Grupo Nelson, Nashville, 2010, pág. 265.
  2. Keener, Craig S., Comentario del Contexto Cultural de la Biblia, Nuevo Testamento, Editorial Mundo Hispano, El Paso, 2003, pág. 708.

Editorial

vidaDurante el siglo XIX el noruego Henrik Ibsen escribió una excelente novela dramática fantástica denominada Peer Gynt. El público la conoció más a partir de la actuación de Charlton Heston protagonizando en una película a Peer Gynt, en la década de los cuarentas. Y más recientemente, Tim Burton la llevó también a la pantalla grande con el título Big Fish, en 2003. Trata sobre la historia de un enamoradizo y ambicioso joven en busca aventurera de su felicidad. En medio de su búsqueda, llega a decir:

“Como cebolla ha sido mi vida, toda tela, apariencia… sobre mi lápida escúlpanse en letras de molde estas palabras: Aquí yace nadie”.

Lo cierto es que ese personaje de novela es vocero de muchos jóvenes y adultos hoy en día. Y es que la vida se desarrolla siempre alrededor de algo, tiene un centro de apoyo. Como el pequeño árbol detenido por el palo al que se le ata, toda vida tiene un eje sobre el cual debe girar. Ese punto de apoyo puede ser malo o bueno, falso o seguro, débil o estable. Todos tenemos que detenernos de algo. Nuestra identidad se elabora en referencia a algo o alguien.

El mercado de la vida ofrece muchísimos puntos de referencia para hacer de nuestra vida algo satisfactorio. Por supuesto que la mayoría de esas mercaderías son envases vacíos y de un valor sospechoso. Personas hay que se están definiendo en base a su belleza, o han hecho del dinero su punto de apoyo, y hacen que toda su vida gire alrededor de eso. Y podríamos seguir con los ejemplos. Tarde o temprano, como Peer, descubrirán que el antiguo predicador tenía razón cuando descubrió que

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl. 12:8).

Sencillamente, nuestra alma es un abismo tan profundo, y con aspiraciones tan delicadas y sutiles, que para encontrar el placer válido y permanente necesita hallar algo que la reconcilie con su pasado, presente y futuro, y calme su instinto por la trascendencia, de manera que la personalidad sea como piezas de un rompecabezas que finalmente quede perfectamente armado, que todo quede en su lugar. Saulo de Tarso encontró el centro de apoyo para su existencia que le desentrañó el misterio de la vida. Así que, con toda seguridad pudo decirnos a las generaciones de todos los tiempos:

“Para mí el vivir es Cristo…” (Fil. 2:12)

Esta Semana Santa nos llevará de nuevo de la mano a ver a Jesucristo en el drama de su cruz y en la gloria de su resurrección. Y es que ser cristiano significa tener a Cristo en el centro de toda la vida. Al decirlo, no nos referimos sólo al hecho de que hemos creído en sus enseñanzas, en que le tenemos como ideal hacia el cual crecemos, sino principalmente a aceptar su plan redentor a través de su ofrenda expiatoria que nos justifica ante el Padre mediante nuestra fe en él. Al hacerlo, le conocemos experimentalmente como el Resucitado, y entonces toda nuestra vida comienza a ser la transmisión de su vida misma, de modo que él sea el todo de nuestra vida. Se cumplirá entonces su ofrecimiento:

Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10).

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Editorial

cuarenta

El primer día festivo anual acordado por la iglesia cristiana en sus tiempos primeros, fue el Domingo de Resurrección. Posteriormente se vio la conveniencia de no llegar abruptamente a esa gran fiesta, la mayor de las fiestas cristianas, por lo que se estableció desde el siglo IV la estación previa de la Cuaresma (del vocablo latino quadragésima, que significa cuarentena). En 2016, la Cuaresma dio inicio el día 10 de febrero, Miércoles de Ceniza. Como cada año, esta Estación del calendario cristiano coincide con la fiesta hebrea del Purim (suertes).

El lapso de 40 días se dedica a la preparación espiritual mediante la oración, el ayuno, la reflexión y la purificación sincera; intención que se redobla en su parte final que es la Semana Santa… y así poder levantar manos, voces y corazones el Domingo de Resurrección para celebrar la victoria definitiva de la vida sobre la muerte en la persona de Aquel que ha sido señalado como el Señor de la Vida. Las iglesias bien organizadas saben desarrollar este proceso de modo que alcance su objetivo primigenio.

El tiempo de espera premeditada, establecido en 40 días, fue de carácter simbólico. Se tomó en cuenta, en primerísimo lugar, que Jesús había ayunado por ese número de días en preparación para su ministerio terrenal. Luego, se concluyó que las historias bíblicas con bastante frecuencia mencionan períodos de 40 días o años, y que éstos están asociados con la prueba y/o la preparación. Sucede con Moisés en el desierto de Madián (Hch. 7:29,30), con los ayunos del mismo Moisés (Ex. 24:18; 34:28), con Israel en su camino hacia la tierra prometida (Dt. 8:2-5), con Israel bajo el liderazgo de Gedeón (Jue. 8:28), con el período de Elí como juez (1° S. 18), con el camino de Elías hacia Horeb para su restauración (1° R. 19:8), con el período de espera del arrepentimiento de los ninivitas (Jon. 3:4), con el tiempo que usó el Resucitado para preparar a sus discípulos para su partida (Hch. 1:3), y muchas veces más.

La designación de un período de 40 días llevaba el propósito de que los cristianos aprendiéramos de ese número. Pero ningún número tiene valor en sí mismo. Solamente nuestros hermanos en la fe que gustan de ser supersticiosos conceden facultad intrínseca a palabras, ademanes, acciones mágicas y símbolos. De allí que a veces les escuchamos decir “Declaro que…” “Cancelo y rompo con…” “Decreto que…” Se figuran que las palabras en sí mismas tienen vida propia y que al decirlas se altera a su gusto el devenir del universo; o que, si alguien les dijera algo que les parezca una “maldición”, sólo habrá que ordenar su cancelación para ganar la guerra de palabras. Repitamos, el número cuarenta no nos beneficia en nada, por bíblico que sea. Somos nosotros, con una disposición consciente y de fe, quienes optamos por asignar importancia a un período eclesiástico. Dios nos convoca a través de la iglesia histórica de su Hijo, a preparar nuestra vida para comprender por qué era necesario un Mesías sufriente, un Mesías crucificado que expiase nuestro pecado, un Mesías resucitado para nuestra total restauración.

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