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zorras

En lugar de que este Editorial sea redactado por nuestro Director, como cada vez, insertamos aquí, por esta ocasión, la siguiente reflexión que encontramos en un sitio de Facebook, y lo hacemos bajo el permiso de su autor. Nos parece que expone de manera atinada un asunto muy pertinente, dada la recientemente celebrada fiesta del amor y la amistad.

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El sabio Salomón en Cantares 2:15 establece: «Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas; Porque nuestras viñas están en cierne» Este texto en su contexto habla del matrimonio como una «viña»; viña que está en cierne… que está comenzando o que se está fecundando.

El matrimonio es la institución más antigua, fundada y creada por nuestro Dios; más aun que la iglesia. Por eso, cuando se habla de la iglesia, se toma como referencia simbólica esta institución del matrimonio.

Dios quiere que estemos siempre cuidando nuestra relación de pareja, es una advertencia contra la autocomplacencia. La relación de pareja y el amor no son algo automático, son algo que se cultiva todos los días. Y habla de las “zorras pequeñas”… ¿por qué pequeñas y no grandes? Los conocedores dicen que las zorras pequeñas entran fácil y sutilmente por debajo de las cercas, y que éstas no pueden alcanzar las uvas, por lo que recurren a comerse la semilla o la raíz, o en otros casos, escarban para hacer su madriguera sacando la raíz o  la semilla  y todo esto resulta ser mucho más peligroso que comerse algunos frutos o uvas. ¿Por qué? Porque si se comen un fruto, la raíz queda y puede volver a fructificar; pero si se comen la semilla, ya no hay esperanza. Las zorras grandes se detienen y se comen el fruto, y esto es una perdida, pero no una perdida absoluta.

La raíz y la semilla del matrimonio son: El amor (1:2; 8:6,7), la prioridad y distinción con el amado 2:2,3), las palabras positivas (4:7), el cuidado y la vigilancia (5:2), la pertenencia mutua (6:3). Todas estas citas del libro de Cantares no representan una lista limitativa. Así que, ¡a cuidar las viñas!, a cuidar nuestra relación de pareja.

El amor es mucho más que bonitos pensamientos, versos o poesías; es más que intenciones, es más que mercadeo; o como dice el poeta, “Obras son amores y no buenas razones”, así que hay que obrar. No sólo un día, sino 365 días al año.

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llama

Estamos entrando al mes de febrero, otra vez. Esto nos lleva a enlazar nuestros pensamientos con la celebración folklórica del día y mes del amor, principalmente por el día 14. Es un tema que al menos en el área de nuestro mundo emocional nos ayuda a equilibrar el talante, afectado por los sinsabores que diariamente padecemos por causa del anti-amor, como lo son el asesinato de Gisela Mota en Temixco, los jóvenes víctimas de una desaparición forzada en Tierra Blanca, la depreciación del peso, las finanzas públicas tan “petrolizadas”, los rebotes subsecuentes a la recaptura del Chapo Guzmán, el inacabado caso Moreira, y todo lo demás. Podemos tomar un respiro y considerar ese aspecto en alguna medida presente en la convivencia humana, que denominamos amor. Representa la única deuda que debería ser eterna, “el amaros unos a otros” (Ro. 13:8).

El mejor canto al amor que encontramos en el Antiguo Testamento es el libro del Cantar de los Cantares. Libro que nada tiene que ver con la relación amorosa entre Jesucristo y su iglesia, como alegóricamente lo han querido entender nuestros místicos. El método alegórico de interpretación de las Escrituras, que fue una de las influencias que recibimos del helenismo alejandrino, ya quedó suficientemente desprestigiado en la historia de la iglesia como para querer revivirlo. La alegorización de la Biblia comete dos errores graves, y posibilita un tercero, pues, por un lado le quita al texto bíblico el significado que el escritor y Dios mismo querían comunicar; y por otro lado sustituye el significado objetivo con otro significado subjetivo que le pertenece a la mente humana de quien está interpretando el texto (no importa si utiliza pasajes bíblicos para apoyarse); es decir, se suplanta el mensaje de Dios con un mensaje humano. Y este proceso posibilita un mal adicional, consistente en que el expositor y los oyentes lleguen a suponer que este segundo significado sembrado por el intérprete alegorizador, sea una “revelación” especial de Dios. O sea que se elimina la palabra de Dios, se hace la sustitución con la palabra de hombre del alegorizador, y se termina llamando palabra de Dios a esa palabra humana.

En fin, el caso es que Cantares exclusivamente exalta el amor humano erótico, el amor más ardiente y pasional que existe, el amor entre un hombre y una mujer cuyas vidas interactúan de un modo tan pleno que podría decirse que llegan a “ser una sola carne” (Gn. 2:24). Esta relación romántica, sólo posible entre un esposo con su esposa, se describe en este poema de Salomón, en 8:6, como una “fuerte llama”. Y aquí tenemos que echarles una ayudadita a Reina y Valera, puesto que su traducción fue incompleta, o al menos imprecisa. La palabra hebrea que tradujeron como “fuerte” es Yah, una contracción (o apócope) de Yahveh. Por eso la Biblia de Jerusalén traduce como “llama de Yahveh”. O también es correcta la traducción de la Nueva Versión Internacional, “llama divina”. Quienes suponían que el nombre de Dios no aparece ni una vez en todo este libro, ya comprenderán que no es así. Este es el único lugar en todo el libro donde Dios es mencionado.

El amor matrimonial no contiene de suyo los recursos para su propia subsistencia, es tan inseguro como todos los ensueños románticos, por sinceros e intensos que sean. Pero puede ser un amor invencible si Dios se convierte en su sustento. Y si es así, entonces el amor es una llama divina, un fuego de Dios que ni las muchas aguas ni los ríos lo pueden apagar. Una pareja joven que, frente a un altar, siente que nada hay tan grande en el mundo como su amor, no puede tener aún la señal de la genuinidad y profundidad de su amor. El signo de la veracidad de un amor es que éste no puede ser apagado, y para comprobarlo necesita de muchos años. O, prefiriendo la expresión de San Pablo, “El amor nunca deja de ser” (1ª Co. 13:8). La evidencia de un amor renovado diariamente por Dios, una llama cuyo combustible proviene de Dios, es la permanencia de por vida, hasta que la muerte haga la separación. El amor es una llama de Dios y el amor nunca deja de ser, son dos expresiones que se corresponden, una es la evidencia de la otra. Personalmente, no sabría cómo entender esto de otro modo.

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agradable

Un sábado Jesús fue, tal cual era su costumbre semanal, a la sinagoga de Nazaret. Cuando se le dio el rollo para que hiciese la lectura correspondiente a la liturgia de ese día, tocó en la profecía de Isaías que incluía la primer parte del capítulo 61. Allí estaban estas palabras: “Me ha enviado… a predicar el año agradable del Señor” (Lc. 4:18,19). Cuando Jesús anunció que en él se cumplían aquellas palabras, no quiso decir que su ministerio duraría un año, aun cuando el pasaje de Isaías hacía referencia al año del jubileo, sino que se presentaba como el cumplimiento pleno de esa profecía, quería decir que había llegado el tiempo mesiánico (mucho más que un año) en el cual Dios mostraría su bondad. Ese es el tiempo en el cual ahora vivimos, toda esta era es el año agradable, tiempo de refrigerio (Hch. 3:19), tiempo aceptable de salvación (2ª Co. 6:2), esta es la edad de la gracia de Dios (Jn. 1:17).

Cuando hablamos de este tiempo agradable no nos perdemos en la innecesaria distinción que algunos autores protestantes han estado haciendo recientemente entre los términos griegos kairós y crónos, ambos traducidos como “tiempo”. La diferencia es sólo lingüística, refiriéndose el primero a un momento en el tiempo, y el segundo al devenir constante del tiempo. Según ese supuesto, la palabra kairós es aplicable al tiempo de Dios, mientras que crónos tiene que ver con el sentido humano del tiempo, pero la verdad es que la Biblia no hace esa diferencia, y se trata únicamente de una antigua discusión filosófica griega. La palabra kairós no está revestida por el Nuevo Testamento de sentido teológico, es diferente de crónos sólo por razones de lenguaje. Es cierto que kairós es la palabra más usada en el Nuevo Testamento, siguiéndole crónos en número de frecuencias, pero las Escrituras usan todavía varios otros términos griegos para designar la idea del tiempo. Frecuentemente la Biblia emplea kairós para designar el sentido común y corriente de “tiempo”, relacionado con asuntos meramente terrenos y humanos; como también recurre a crónos para designar a veces los tiempos de Dios. Por ejemplo: “Mi tiempo (kairós) aún no ha llegado, mas vuestro tiempo (kairós) siempre está presto” (Jn 7:6). “En los postreros días vendrán tiempos (kairoí) peligrosos (no de Dios)…” (2ª Tm. 3:1). “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo (crónos), Dios envió a su Hijo…” (Ga. 4:4). En fin, no ahondemos más en esto.

Habíamos dicho que el cumplimiento de la profecía de Isaías tenía una aplicación inmediata al año del jubileo, pero también una aplicación mediata y más completa al tiempo del ministerio del Mesías que trasciende a nuestros años. El año agradable del Señor no es un año de los nuestros, no es el 2016. Pero a la vez es verdad que nuestro año nuevo está dentro de la economía divina de este prolongado año agradable del Señor. El 2016 tiene su valor en que es parte del tiempo de la gracia de Dios.

Estamos un tanto acostumbrados a esperar que los años sean buenos si nos traen algo de prosperidad, salud, satisfacción, realizaciones, relaciones estables y cosas así. Por supuesto que son cosas deseables, y es reconfortante advertir que son bienes previstos por Dios para asistirnos diariamente por causa de su misericordia hacia nosotros. Pero también necesitamos considerar que a muchos cristianos, santos y fieles al Señor, se les negaron, viviendo perseguidos, hambrientos, vituperados y martirizados. A otros, aun siendo verdaderos ejemplos de fe y oración, se les negó la salud y han sufrido el desprecio y la injusticia. Dios está en su derecho a decidir sabiamente el darnos o negarnos estas cosas durante el año nuevo.

El año 2016 tiene valor únicamente porque es un tramo del “año agradable del Señor”, porque vivimos en la época del banquete de la salvación, de la fiesta del perdón, de la gracia inmerecida que nos ha dejado sin culpa ante Dios, del día del fin de la guerra con él, haciéndose la paz mediante el crucificado Jesucristo en quien se nos ofrece la reconciliación; este es el tiempo de la adopción como hijos del Altísimo, de la vibrante vida del Resucitado que el Espíritu nos transfunde. Por eso es el año agradable, lo que Dios quiera sumar a esto, y claro que lo hará, es añadidura.

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Por la benevolencia de Dios, nos tocó la suerte de llegar al final de un año, y pasar al tramo siguiente, el bienvenido año 2016. Y comenzamos enero con la convocatoria del Presidente Enrique Peña Nieto, a través del Secretario de Gobernación, sustentándose en la Subsecretaría de los Derechos Humanos y la Secretaría de Salud, para debatir abierta y públicamente sobre la posible legislación del uso de la mariguana. Esta consulta tendrá una duración de tres meses.

Nos parece buena iniciativa, dada la trascendencia de una legislación sobre este asunto multifacético, con todos sus pro y contra. Por supuesto, es una medida mejor que dejarle el asunto a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cuyos trabajos, por cierto exageradamente remunerados, a algunos mexicanos no nos queda claro si representan una amenaza o una bendición, ya que, por el prurito de lo que a ellos les parece una defensa de los derechos humanos, han pasado por encima de los Códigos Civiles y las decisiones de los Congresos Locales de los diferentes Estados de la Nación. Para el Gobernador de Morelos, por ejemplo, ellos son la esperanza para obtener la despenalización del aborto para su Estado, en vista de que el Congreso Local reiteradamente no lo ha apoyado en esta solicitud.

Parece que no les ha quedado claro que un bebé no nacido es un ser humano y debiera ser cobijado con los derechos humanos, ni el derecho que debería tener un niño a ser criado por un papá y una mamá en vez de darlo en adopción a una pareja homosexual para satisfacer una necesidad de ellos como adultos utilizándolo a él como un simple medio, ni lo apremiante que es para una familia el conseguir su unidad cuando la SCJN se abre a brincar el candado que representan las causales del divorcio para otorgarlo al pedido de uno solo de los cónyuges. Nos gustaría, en cambio, que iniciaran acciones para frenar la violación de niñas, realidad trágica en la que México se coloca entre los primeros lugares en el mundo, o a procurar en verdad un México mejor en sus fundamentos.

Los principios que alguna vez le dieron forma a nuestra sociedad, especialmente aquellos que tienen que ver con la identidad tradicional de una familia y el respeto a la vida humana como prioridad, se están yendo, a pesar de que muchas de los enfermedades sociales que hemos adolecido a través de varios años se derivan precisamente de la inestabilidad familiar. En lugar de reforzar aquellos principios, se les debilita sin considerar las consecuencias ulteriores.

Estamos iniciando el año 2016 con algo de desconfianza. Y eso que no hemos mencionado los rezagos sociales que nos quedan por tanta corrupción política y una precaria administración pública de las finanzas. Pero, sin evadir nuestra realidad y sin renunciar a nuestras responsabilidades ciudadanas, sin dejar de mostrar nuestra inconformidad tanto como las circunstancias lo ameriten… no debemos olvidar que Jesucristo no nos permite afanarnos por el día de mañana (Mt. 6:25-34). Y añadiríamos que tampoco por el día de ayer, ya que el Señor nos ubica en el hoy. Así pues, entremos al nuevo año, pero conservando la serenidad de un corazón que sabe rogar a Dios por días mejores, que sabe ver al Señor de las naciones levantándose en el horizonte. Nuestro mundo no fue hecho para que imperen las tinieblas de la injusticia y el pecado, sino para ser gobernado por la luz de la verdad y el amor que son posibles cuando el reino del Hijo de Dios crece entre nosotros.

Pbro. Bernabé Rendón M.

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Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande” (Lc. 1:31,32)

Mucha razón hay en el enfoque de la teología latinoamericana sobre “la opción preferencial por los pobres y excluidos”. Esta frase, totalmente aplicada, revoluciona los conceptos históricos acerca de la naturaleza de la iglesia y su misión evangelizadora. Reclama que la iglesia tome una opción por los pobres y desposeídos no sólo por la situación apremiante e injusta de ellos, sino principalmente porque Dios ya tomó esa opción primero (*). Llevamos cincuenta años discutiendo los pro y contra de esta dirección teológica-sociológica-antropológica, sin lograr ponernos de acuerdo en vista de los sacrificios que sufren algunos principios doctrinales evangélicos planteados en el Nuevo Testamento, tanto si se elige una postura como si se elige la contraria.

Es indudable la identificación de Jesús con la gente pobre de su época, dado que él mismo presenta como una señal de su mesianismo el que “a los pobres les es anunciado el evangelio” (Mt. 11:5). Esta auto-revelación de nuestro Señor no es discutible, ni se puede debilitar con la “salida por la tangente” de que se refería a los pobres de espíritu. La Navidad muestra a un Dios que escogió a gente pobre y condiciones sencillas para traer a su Hijo al mundo, y no escogió a los ricos y poderosos ni a sus palacios. Esta fue innegablemente una opción preferencial que Dios tomó, y María lo entiende así según las expresiones de su canto: “Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos” (Lc. 1:51,52). Pero también debemos decir que no escogió a los pobres exclusivamente, rechazando a los otros, y menos que escogió a los pobres contra los no pobres.

Dejando de lado la discusión teológica que hemos referido, volteemos a ver que Dios mostró su amor al mundo aquella noche usando instrumentos débiles y marginados, para traernos un niño quien también fue empobrecido al grado de nacer en un establo y dormir en un pesebre. Fue un nacimiento anunciado primero a los pobres en las colinas de Belén, quienes se constituyeron en los primeros testigos. Pero los destinatarios de la Navidad no fueron exclusivamente ellos, puesto que eran solamente los medios escogidos para hacer llegar a Emanuel para toda la humanidad, sin distinción de raza, de sexo o de estrato social/cultural.

En medio de las circunstancias modestas que enmarcaron la primera Navidad, estaba el hecho contrastante de que aquel recién nacido, de acuerdo al ángel de la anunciación, sería grande. Desde aquello que era pequeño surgiría algo que sería conocido y llamado grande.

La grandeza de la Navidad no radica en su duración, a pesar de ser una de las fiestas más grandes del mundo, empezando con el Primer Domingo de Adviento y culminando con la Epifanía del Señor (6 de enero). Es una fiesta grande porque nos habla del amor más grande, el de Dios, Creador y Sustentador del universo; del regalo más grande que jamás se haya dado, Cristo el Unigénito del Padre, consumador de nuestra fe, ofrenda perfecta para propiciar la salvación del pecado, mediador sacerdotal y confiable entre el Creador y la creación; del beneficio más grande, tener acceso a la vida eterna, que es la misma vida de Dios en Cristo, vida de la más alta calidad; del más grande número de personas beneficiarias de un regalo, la humanidad completa, de todos los lugares, de todos los tiempos, de todas las condiciones; y esto para rescatar a todo aquel que cree del más grande mal, la enajenación del pecado que conduce a una pérdida eterna. Así que el Jesucristo de a Navidad, efectivamente, llegó a ser alguien grande.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Gutiérrez, Gustavo, La Verdad os Hará Libres, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1990, pág. 207.

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En espera del Advenimiento

El domingo 29 de noviembre iniciamos un nuevo año de acuerdo al calendario religioso de los cristianos. Del mismo modo como Israel lleva desde la antigüedad a la vez dos calendarios, el civil y el religioso, la iglesia de Jesucristo desde hace muchos siglos observa su propio calendario, aparte del civil. Nos era necesario un calendario así para dividir todo el año alrededor de los grandes eventos de la persona de Cristo, y así guiarnos por un calendario Cristo-céntrico. Nuestro año religioso o litúrgico comienza el cuarto domingo antes de la Navidad (25 de diciembre), y la temporada entre esos dos días la denominamos el Adviento. Este significativo vocablo latino quiere decir llegada o venida, y se refiere, de una manera dual, tanto al advenimiento del Dios verdadero que encarnó en Jesucristo, como a la segunda venida futura del Rey de reyes y Señor de señores. Cuando llegó la Reforma en el siglo XVI, el asunto de si debía o no celebrarse el Adviento fue discutido, encontrando que no violaba ninguna prescripción bíblica, por lo que los reformadores lo celebraron, especialmente en Alemania (1).

No se ha logrado definir por qué esta estación del Adviento incluye cuatro domingos y no más ni menos, dado que la costumbre de celebrarlo proviene desde el siglo IV, dado que la Navidad era celebrada desde mucho antes, perdiéndose en el tiempo los motivos involucrados para elegir los cuatro domingos. Algunos opinan que fueron determinados cuatro con el fin de conmemorar la esperanza de Israel, la esperanza de los magos, la esperanza de los pastores y la esperanza de María. Muchas iglesias evangélicas cuentan con una refinada sensibilidad litúrgica, y procuran proclamar a Cristo en sus cultos no sólo de manera audible, sino también de un modo visible. Por ello echan mano de variados recursos para involucrar a las congregaciones en una dinámica de rituales, cantos, colores, luces y más, para enfatizar durante los cuatro domingos del Adviento la esperanza por el advenimiento de un Jesús triunfante.

En lo que respecta al pasado, el Adviento nos dice que el Mesías, en quien ahora nosotros hemos obtenido la redención de nuestros pecados, fue muy esperado. Hageo lo anunció como la venida de “el Deseado de todas las naciones” (2:7), si es que leemos este versículo a la luz de una hermenéutica cristiana que acompañe a la exégesis gramatical que hace referencia a “las cosas deseadas de las gentes”. Era tan esperado y deseado, que el sacerdote Simeón descartaba la idea de su propia muerte frente a la esperanza de ver antes ese divino advenimiento (Lc. 2:25,26).

Bienaventurados nosotros que no estamos de aquel lado del advenimiento del Señor, a la espera de un Salvador, sino de este lado, cuando lo que era sólo una sombra y una figura ya es toda una gloriosa y clara revelación. Pero por otra parte, nos toca estar en el espacio anterior al segundo advenimiento, ahora cuando lo que debe ser aún no es, siguiendo el dicho de nuestros teólogos acerca de que “vivimos el ya, pero a la vez, el todavía no”. Esta es la era en que “toda la creación gime a una… nosotros gemimos también dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:22,23). Pero, nos advierte J. Moltmann, esperamos para darle fin a la resignación, pues “La esperanza cristiana se apoya en el reino de Dios y pone en movimiento todas las esperanzas intramundanas de más libertad y mejor justicia…” (2).

Esperamos el regreso de Cristo a esta tierra a la que ya vino una vez. Y traerá con él todo lo que faltó completar en su primer advenimiento. Por eso esperamos en esperanza, pues no es lo mismo esperar que tener esperanza. Esperar es algo fijo, es algo pasivo; pero la esperanza es algo viviente que nos mueve, nos impele hacia adelante, nos impulsa a hacer preparativos, nos pone a construir algo, todo porque sabemos que verdaderamente habrá un segundo Adviento.

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  1. Carson, Mary Faith y Duba, Arlo D., Alabad a Dios, Ed. Caribe, Miami, s/f, pág. 80, 81.
  2. Moltmann, Jurgen, ¿Qué es la Teología Hoy?, Ed. Sígueme, Salamanca, 1992, pág. 42.

Editorial

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Noviembre

Este mes es uno de los sobresalientes en México, en primerísimo lugar por el día 20, cuando celebramos el Aniversario de la Revolución Mexicana, en recuerdo de la fecha cuando Francisco I. Madero cruzó la frontera norteña para llegar al país a iniciar la Revolución de acuerdo al Plan de San Luis. Esta Revolución política y social vino a ser la primera que ocurrió en el planeta durante el siglo XX. La edición actual de El Evangelista Mexicano incluye dos publicaciones sobre este importante tópico. Esta festividad da pie al emocionante “puente” que provee días libres. Noviembre es también el mes del reciente “buen fin”, de la celebración católica del Día de Todos los Santos (día 1), del Día de los Muertos (día 2), y del Aniversario del Natalicio de nuestra poetisa Sor Juana Inés de la Cruz (día 12).

Por otro lado, es un mes significativo para Panamá, pues celebra tres fechas históricas (días 3, 4 y 28). En Europa se conmemora el final de la I Guerra Mundial (día 11), y recuerda la caída del Muro de Berlín (día 9). A nivel mundial, es el mes para celebrar el Día Internacional del Hombre (no se refiere a la humanidad, sino a los varones) el día 19, y el día 25 se observa como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Japón y otros países del Oriente consideran a todo noviembre como Mes de la Calidad.

Su nombre deriva de novem (nueve, en latín), por haber sido el noveno mes del calendario romano. Retuvo su nombre “noveno” aun cuando al año se le agregaron otros meses después. Esto hace una coincidencia con el calendario sagrado de Israel, pues Quisleu era el mes que coincidía con una parte de nuestro noviembre y una parte de diciembre, por lo que era también el noveno mes judío (Zac. 7:1). Noviembre es el undécimo y penúltimo mes del año en el calendario gregoriano y tiene 30 días.

A partir del 25 de Quisleu del año 145 a. C., la nación judía ha celebrado la Fiesta de la Dedicación, por cierto, fiesta observada por Jesús (Jn 10:22,23). Con ella hacen memoria de la consagración que se hizo del templo de Jerusalén después de la profanación que habían perpetrado allí los sirios. Hasta la fecha, Israel celebra de buena gana con comida especial esa fiesta denominada Jánuca (consagración o dedicación). La fiesta dura ocho días en los que, gradualmente, encienden ocho velas. Su idea es anunciar que la luz debe triunfar sobre las tinieblas, que aun una poca de luz es capaz de alejar mucha oscuridad; y de ese modo llaman a los oprimidos y melancólicos a tener esperanza. Y huelga decir que el día 29 de este mes el cristianismo dará la bienvenida a la primera Estación del Calendario Litúrgico que es el Adviento, tiempo para pensar en la luz verdadera que irrumpió con el sublime Redentor en su venida, y que brillará sobre toda la creación en su regreso.

Noviembre nos dice que nuestra Revolución devolvió la esperanza a un pueblo que no participaba en ningunas elecciones para escoger a sus gobernantes, que no era consultado para ningún asunto, que no era actor en la toma de decisiones para determinar su presente ni su futuro. Nos dice que en este mes la nación judía ha venido celebrando desde hace milenios el triunfo de la luz sobre las tinieblas, y que Jesús es la encarnación tangible de la luz de Dios… y podemos quedarnos con estas ideas. Jesucristo nos llama a la esperanza, a la rehabilitación interior y exterior, a emprender una campaña contra el espíritu triste, a ser luz con él en pro de un México mejor, a desear en su nombre un mundo menos entenebrecido, a resplandecer por él y en él.

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Editorial

necesidaddisciplina

Esta quincena tenemos la eventualidad de que tanto nuestro web-master como un servidor, traemos cargas especiales de trabajo, circunstancia que limita la posibilidad de escribir el Editorial para el presente número. Por esa razón, estamos incorporando aquí una reflexión que el que suscribe redactó para la valiosísima obra que publicó la Sociedad de Estudios Históricos del Metodismo en México (SEHIMM), como parte de los festejos por el LXXV Aniversario de la IMMAR (*).

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Necesidad de una Disciplina

Contamos con un manual que expresa lo que los metodistas mexicanos queremos juntos. Es un testimonio de nuestro deseo de convivir en armonía, expresión de nuestra voluntad hacia la unidad. En ocasiones no estaremos de acuerdo con alguna de sus cláusulas, pero sabremos que representa el criterio de la mayoría, lo cual nos hará aceptarla dejando de lado la inconformidad. Por madurez cristiana y por simple principio lógico, sabemos que la parte no es más que el todo; así que optamos individualmente por el todo, logrando de este modo convivir con el resto según el consenso, dando lugar a la tolerancia.

Este manual recibió originalmente (en 1930) el nombre de Disciplina, nombre tomado del libro correspondiente de la Iglesia Metodista de los Estados Unidos de Norteamérica. No fue Juan Wesley, sino los metodistas norteamericanos quienes le dieron ese nombre. En 1938, sin embargo, la Iglesia Metodista de México le cambió el nombre por el de Constitución; para luego, en la Conferencia General de 1946, volver de nuevo al nombre de Disciplina, tal como permanece hasta hoy.

Contar con un recurso así es asunto indispensable en toda organización humana saludable. Una agrupación religiosa donde no haya alguna especie de manual de procedimientos, con la pretensión de que sólo así se dará lugar a la dirección directa del Espíritu Santo, estará condenada al liderazgo unilateral y frecuentemente arbitrario de una a dos personas al frente de ese grupo. Otros peligros que le amenazarían son la improvisación, y la falta de congruencia en el tratamiento de los asuntos cuando éstos se repitieran, lo que desembocaría normalmente en desacuerdos y discordias.

La iglesia cristiana misma, desde su nacimiento, necesitó de un orden básico que estuvo representado por el grupo apostólico que Jesucristo dejó, para dar paso luego a un aumento en el esquema organizacional con la selección de los siete administradores para las mesas en Jerusalén (Hch. 6:1-7). Este pasaje bíblico nos mostrará que ya para entonces debían contar con diáconos para las mesas (v. 2), como con diáconos para la palabra (v. 4). Más tarde, la organización de la iglesia se volvería más compleja (1ª Tm. 3:1-13; 5:1-22) y necesaria (Tit. 1:5). La vida debe ser canalizada ordenadamente para que sea benéfica. La vida sin causes se podría tornar destructiva. De hecho, la vida misma demanda organización. Si hay vida, hay movimiento, y éste exigirá orden. Nuestra Disciplina es la respuesta a esa demanda.

Recordemos, para no tener que ofrecer algunos de los muchos ejemplos que hay, que el Antiguo Testamento también nos presenta la provisión que Dios reveló para la organización de la nación de Israel, incluso con muchos detalles y especificaciones, consistente en normas tanto para el ámbito civil como el religioso y familiar. Así, mediante un proyecto teocrático, el Señor intentaba evitar un desorden como el referido en Jue. 17:6; 21:25, “Cada uno hacía lo que bien le parecía”. Para cualquier agrupación humana sería una maldición tener que convivir del modo que este pasaje describe. En cambio, un Dios sabio y previsor como el nuestro, no podía enviar a su pueblo a poseer el territorio que les había dado, dejando los aspectos de su organización a la suerte de la espontaneidad, sino que le entregó una guía de conducta mejor que la subjetiva tradición oral, una debidamente escrita por mano de Moisés, como lo menciona Dt. 12:1, “Estos son los estatutos y decretos que cuidaréis de poner por obra en la tierra que Jehová el Dios de tus padres te ha dado para que tomes posesión de ella…”

Los metodistas mexicanos no pretendemos equiparar la Disciplina con la Biblia, pues sería no más que una ridícula ocurrencia. La Biblia es la Palabra inmutable de Dios, donde los asuntos eternos nos son revelados mediante la inspiración que un Dios también inmutable concedió a los escritores de ella. Pero la Disciplina, que tiene que ver con el aspecto temporal del Reino de Dios, es perfectible porque es mutable. Desde el año 1930, no hemos celebrado una Conferencia General que no modifique la Disciplina, y estamos seguros que en el futuro no habrá una asamblea legislativa donde no se le hagan todavía más cambios. La razón de esto no es sólo porque la Disciplina sea perfectible, sino por una razón todavía más grande: Porque Dios está con nosotros en cada Conferencia General, pues es invocado sincera e intensamente buscando su guía para que podamos adaptar la Disciplina a las necesidades y realidades cambiantes de la iglesia y del mundo. Así pues, el motivo principal de los cambios constantes no es la búsqueda de la perfección, sino la adaptación. Los cambios no obedecen a un desacuerdo entre un Dios inmutable y nosotros, sino a los acuerdos que intentamos ir tomando con el Espíritu Santo para que se dé “la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles” (He. 12:27). Estamos de acuerdo con esto, y por eso, después de cada reunión legislativa, podemos decir con mucha confianza: “Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hch. 15:28).

La historia del metodismo original nos da consciencia de que una de las cualidades más importantes de aquel movimiento de renovación inglés fue su genio organizativo. Esta cualidad explica por qué otros movimientos de renovación de la misma época, igualmente genuinos y ardientes, no subsistieron. Nuestra Disciplina actual es una señal de que no hemos perdido ese genio.

Inclusive, recientemente nos sorprendió que cuando el Estado Mexicano, como parte de su plan de modernización, publicó en 1992 la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, estableció como requisitos para que una agrupación religiosa obtenga el registro constitutivo de Asociación Religiosa, aspectos considerados en nuestra Disciplina desde mucho antes. Por ejemplo, se pidió demostrar el arraigo, cosa prevista en nuestra Síntesis Histórica. Se pidió la enunciación de las bases fundamentales de la doctrina, también previstas en nuestros XXV Artículos de Religión. Se pidió una descripción de los órganos de gobierno, organización interna y normas de disciplina interna; cosas todas previstas y bien explicadas en la Disciplina para esa fecha. Parecía como si el H. Congreso de la Unión estuviera definiendo los requisitos para las A. R. tomando como modelo la Disciplina metodista. No sabemos si fue así; pero si no, por lo menos aceptaremos indiscutiblemente que se trató de una coincidencia. Pero entonces tendremos que decir que para que se diera semejante coincidencia, se necesitó que hayamos trabajado administrativamente bastante bien durante todos los años previos a 1992. Esto significa que para la fecha de la publicación de la citada Ley, teníamos ya los metodistas un libro de lo mejor en su género.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Libro Conmemorativo, Iglesia Metodista de México, A. R., 75 Años de Vida Autónoma 1930-2005. Casa Unida de Publicaciones, México, 2005, pág. 252-254.

Editorial

reformaMientras el centro-sur de México se prepara para la celebración sincretista del Día de los Muertos, y el norte del país ya hace sus preparativos para repetir la importada y ajena fiesta de Halloween, las iglesias cristianas protestantes históricas avanzan en sus arreglos para conmemorar el 498 Aniversario de la Reforma Religiosa del siglo XVI, el próximo 31 de octubre.

Podemos aprovechar esta circunstancia para repasar someramente los así llamados “cinco solos” de la Reforma. Al igual que las cuatro (o cinco) fuentes de la teología metodista, que no fueron señaladas directamente como tales por Juan Wesley, tampoco los “cinco solos” fueron estructurados en ninguno de los muchos escritos de la Reforma. Son nuestros analistas de aquel enfoque doctrinal que propusieron los reformadores quienes descubren esos cinco énfasis que representan los fundamentos de la doctrina protestante, o evangélica, como preferimos denominarla ahora. Cinco frases latinas que resumen el pensamiento reformador: Sola Fide, Sola Gratia, Solo Christus, Sola Scriptura, Solo Spiritu.

Con estos cinco gritos de guerra queremos decir que solamente la fe en la expiación de Jesucristo nos es requerida por el Padre para otorgarnos nuestra completa justificación, sin necesidad de las obras buenas; milagro redentor que es debido solamente a la gracia de Dios, ya que es imposible encontrar algo en nuestra vida que signifique una ofrenda meritoria con la cual sufragar ninguna proporción del infinito costo de nuestra salvación; y esto ha llegado a ser posible en estos términos sólo debido a la mediación eficaz del único Sumo Sacerdote, Cristo sacrificado, resucitado y ascendido, quien nos reconcilia con el Padre, sin que sea posible ninguna otra mediación pues no estaría divinamente autorizada; conclusión a la que llegamos únicamente por la explicación que se nos ofrece en las Sagradas Escrituras, sin que éstas necesiten ser confirmadas ni completadas a través de la tradición acumulada por la iglesia; Escrituras que, para ser bien entendidas, no se requiere del auxilio del magisterio de la iglesia como algo necesario, puesto que se nos ha señalado nada más al Espíritu Santo como revelador de la mente de Dios.

Estos fueron los temas de discusión, asuntos que hacen la verdadera diferencia entre el cristianismo católico y el cristianismo evangélico. Por ello nos parece extraño que algunos escritores consideren la frase -soli Deo gloria- como el quinto “solo”. Que solamente a Dios sea dada la gloria, no fue un asunto en controversia, ni establece una diferencia doctrinal de fondo entre católicos y protestantes. Al menos en el aspecto oficial, la teología formal de la Iglesia de Roma ya había definido en el Segundo Concilio de Nicea (año 787) que los santos canonizados y los ángeles podían recibir un tratamiento de dulía (veneración), y María recibiría la hiperdulía (máxima veneración), pero que solamente la Trinidad, y nadie más, debía recibir el culto de latría (adoración). Con estos términos, los aprobemos o no, el catolicismo ha defendido que en su intención no está el darle a nadie la gloria sino exclusivamente a Dios. Por lo mismo, este asunto no entró a discusión en la agenda de la Reforma.

No hemos logrado determinar el sustento histórico para deducir soli Deo gloria como el quinto “solo” de la doctrina protestante. Por supuesto que no podría referirse al hecho de que J. S. Bach usara esa frase para terminar sus composiciones religiosas puesto que, por un lado, no la empleó en todas sus obras, y por el otro, él inició su trabajo como compositor hasta ya entrado el siglo XVIII, lejos de los tiempos de la Reforma. Entonces, parecería más bien que proyecta un sesgo calvinista de los escritores que la manejan como el quinto “solo”. ¿Por qué lo decimos? Porque para la teología de Calvino, quien veía a Dios principalmente como soberano absoluto sobre la creación, Dios determinó, solamente por su voluntad y para su gloria, escoger a una parte de la humanidad para que se salve; mientras que escogió, por su voluntad y para su gloria, a la otra parte de la humanidad para que se condene eternamente. Por otro lado, podemos leer un párrafo del Catecismo de Ginebra, escrito por Calvino: “Dios nos ha creado y nos ha puesto en este mundo, para que él sea glorificado por medio de nosotros”. De igual modo, en la primera respuesta que ofrece el Catecismo Menor de Westminster (calvinista), leemos: “El fin principal del hombre es glorificar a Dios”.

Independientemente de las observaciones del párrafo anterior, “Solo Spiritu” es parte del argumento completo en la cadena de los “cinco solos”. Sería una pena perderlo pues fue un elemento básico del pensamiento reformador, y establece una diferencia sustancial entre los polos católico y evangélico. Soli Deo gloria parecería únicamente una conclusión devocional (pero no argumentativa) al final de los otros “solos”, o quizá un trasfondo de ellos, pero no sería un compañero de la misma naturaleza demoledora de este conjunto o cadena doctrinal que transformó a Europa y después al mundo, marcando un antes y un después en la historia humana.

Pbro. Bernabé Rendón M.

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