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Esta quincena tenemos la eventualidad de que tanto nuestro web-master como un servidor, traemos cargas especiales de trabajo, circunstancia que limita la posibilidad de escribir el Editorial para el presente número. Por esa razón, estamos incorporando aquí una reflexión que el que suscribe redactó para la valiosísima obra que publicó la Sociedad de Estudios Históricos del Metodismo en México (SEHIMM), como parte de los festejos por el LXXV Aniversario de la IMMAR (*).

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Necesidad de una Disciplina

Contamos con un manual que expresa lo que los metodistas mexicanos queremos juntos. Es un testimonio de nuestro deseo de convivir en armonía, expresión de nuestra voluntad hacia la unidad. En ocasiones no estaremos de acuerdo con alguna de sus cláusulas, pero sabremos que representa el criterio de la mayoría, lo cual nos hará aceptarla dejando de lado la inconformidad. Por madurez cristiana y por simple principio lógico, sabemos que la parte no es más que el todo; así que optamos individualmente por el todo, logrando de este modo convivir con el resto según el consenso, dando lugar a la tolerancia.

Este manual recibió originalmente (en 1930) el nombre de Disciplina, nombre tomado del libro correspondiente de la Iglesia Metodista de los Estados Unidos de Norteamérica. No fue Juan Wesley, sino los metodistas norteamericanos quienes le dieron ese nombre. En 1938, sin embargo, la Iglesia Metodista de México le cambió el nombre por el de Constitución; para luego, en la Conferencia General de 1946, volver de nuevo al nombre de Disciplina, tal como permanece hasta hoy.

Contar con un recurso así es asunto indispensable en toda organización humana saludable. Una agrupación religiosa donde no haya alguna especie de manual de procedimientos, con la pretensión de que sólo así se dará lugar a la dirección directa del Espíritu Santo, estará condenada al liderazgo unilateral y frecuentemente arbitrario de una a dos personas al frente de ese grupo. Otros peligros que le amenazarían son la improvisación, y la falta de congruencia en el tratamiento de los asuntos cuando éstos se repitieran, lo que desembocaría normalmente en desacuerdos y discordias.

La iglesia cristiana misma, desde su nacimiento, necesitó de un orden básico que estuvo representado por el grupo apostólico que Jesucristo dejó, para dar paso luego a un aumento en el esquema organizacional con la selección de los siete administradores para las mesas en Jerusalén (Hch. 6:1-7). Este pasaje bíblico nos mostrará que ya para entonces debían contar con diáconos para las mesas (v. 2), como con diáconos para la palabra (v. 4). Más tarde, la organización de la iglesia se volvería más compleja (1ª Tm. 3:1-13; 5:1-22) y necesaria (Tit. 1:5). La vida debe ser canalizada ordenadamente para que sea benéfica. La vida sin causes se podría tornar destructiva. De hecho, la vida misma demanda organización. Si hay vida, hay movimiento, y éste exigirá orden. Nuestra Disciplina es la respuesta a esa demanda.

Recordemos, para no tener que ofrecer algunos de los muchos ejemplos que hay, que el Antiguo Testamento también nos presenta la provisión que Dios reveló para la organización de la nación de Israel, incluso con muchos detalles y especificaciones, consistente en normas tanto para el ámbito civil como el religioso y familiar. Así, mediante un proyecto teocrático, el Señor intentaba evitar un desorden como el referido en Jue. 17:6; 21:25, “Cada uno hacía lo que bien le parecía”. Para cualquier agrupación humana sería una maldición tener que convivir del modo que este pasaje describe. En cambio, un Dios sabio y previsor como el nuestro, no podía enviar a su pueblo a poseer el territorio que les había dado, dejando los aspectos de su organización a la suerte de la espontaneidad, sino que le entregó una guía de conducta mejor que la subjetiva tradición oral, una debidamente escrita por mano de Moisés, como lo menciona Dt. 12:1, “Estos son los estatutos y decretos que cuidaréis de poner por obra en la tierra que Jehová el Dios de tus padres te ha dado para que tomes posesión de ella…”

Los metodistas mexicanos no pretendemos equiparar la Disciplina con la Biblia, pues sería no más que una ridícula ocurrencia. La Biblia es la Palabra inmutable de Dios, donde los asuntos eternos nos son revelados mediante la inspiración que un Dios también inmutable concedió a los escritores de ella. Pero la Disciplina, que tiene que ver con el aspecto temporal del Reino de Dios, es perfectible porque es mutable. Desde el año 1930, no hemos celebrado una Conferencia General que no modifique la Disciplina, y estamos seguros que en el futuro no habrá una asamblea legislativa donde no se le hagan todavía más cambios. La razón de esto no es sólo porque la Disciplina sea perfectible, sino por una razón todavía más grande: Porque Dios está con nosotros en cada Conferencia General, pues es invocado sincera e intensamente buscando su guía para que podamos adaptar la Disciplina a las necesidades y realidades cambiantes de la iglesia y del mundo. Así pues, el motivo principal de los cambios constantes no es la búsqueda de la perfección, sino la adaptación. Los cambios no obedecen a un desacuerdo entre un Dios inmutable y nosotros, sino a los acuerdos que intentamos ir tomando con el Espíritu Santo para que se dé “la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles” (He. 12:27). Estamos de acuerdo con esto, y por eso, después de cada reunión legislativa, podemos decir con mucha confianza: “Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hch. 15:28).

La historia del metodismo original nos da consciencia de que una de las cualidades más importantes de aquel movimiento de renovación inglés fue su genio organizativo. Esta cualidad explica por qué otros movimientos de renovación de la misma época, igualmente genuinos y ardientes, no subsistieron. Nuestra Disciplina actual es una señal de que no hemos perdido ese genio.

Inclusive, recientemente nos sorprendió que cuando el Estado Mexicano, como parte de su plan de modernización, publicó en 1992 la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, estableció como requisitos para que una agrupación religiosa obtenga el registro constitutivo de Asociación Religiosa, aspectos considerados en nuestra Disciplina desde mucho antes. Por ejemplo, se pidió demostrar el arraigo, cosa prevista en nuestra Síntesis Histórica. Se pidió la enunciación de las bases fundamentales de la doctrina, también previstas en nuestros XXV Artículos de Religión. Se pidió una descripción de los órganos de gobierno, organización interna y normas de disciplina interna; cosas todas previstas y bien explicadas en la Disciplina para esa fecha. Parecía como si el H. Congreso de la Unión estuviera definiendo los requisitos para las A. R. tomando como modelo la Disciplina metodista. No sabemos si fue así; pero si no, por lo menos aceptaremos indiscutiblemente que se trató de una coincidencia. Pero entonces tendremos que decir que para que se diera semejante coincidencia, se necesitó que hayamos trabajado administrativamente bastante bien durante todos los años previos a 1992. Esto significa que para la fecha de la publicación de la citada Ley, teníamos ya los metodistas un libro de lo mejor en su género.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Libro Conmemorativo, Iglesia Metodista de México, A. R., 75 Años de Vida Autónoma 1930-2005. Casa Unida de Publicaciones, México, 2005, pág. 252-254.

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reformaMientras el centro-sur de México se prepara para la celebración sincretista del Día de los Muertos, y el norte del país ya hace sus preparativos para repetir la importada y ajena fiesta de Halloween, las iglesias cristianas protestantes históricas avanzan en sus arreglos para conmemorar el 498 Aniversario de la Reforma Religiosa del siglo XVI, el próximo 31 de octubre.

Podemos aprovechar esta circunstancia para repasar someramente los así llamados “cinco solos” de la Reforma. Al igual que las cuatro (o cinco) fuentes de la teología metodista, que no fueron señaladas directamente como tales por Juan Wesley, tampoco los “cinco solos” fueron estructurados en ninguno de los muchos escritos de la Reforma. Son nuestros analistas de aquel enfoque doctrinal que propusieron los reformadores quienes descubren esos cinco énfasis que representan los fundamentos de la doctrina protestante, o evangélica, como preferimos denominarla ahora. Cinco frases latinas que resumen el pensamiento reformador: Sola Fide, Sola Gratia, Solo Christus, Sola Scriptura, Solo Spiritu.

Con estos cinco gritos de guerra queremos decir que solamente la fe en la expiación de Jesucristo nos es requerida por el Padre para otorgarnos nuestra completa justificación, sin necesidad de las obras buenas; milagro redentor que es debido solamente a la gracia de Dios, ya que es imposible encontrar algo en nuestra vida que signifique una ofrenda meritoria con la cual sufragar ninguna proporción del infinito costo de nuestra salvación; y esto ha llegado a ser posible en estos términos sólo debido a la mediación eficaz del único Sumo Sacerdote, Cristo sacrificado, resucitado y ascendido, quien nos reconcilia con el Padre, sin que sea posible ninguna otra mediación pues no estaría divinamente autorizada; conclusión a la que llegamos únicamente por la explicación que se nos ofrece en las Sagradas Escrituras, sin que éstas necesiten ser confirmadas ni completadas a través de la tradición acumulada por la iglesia; Escrituras que, para ser bien entendidas, no se requiere del auxilio del magisterio de la iglesia como algo necesario, puesto que se nos ha señalado nada más al Espíritu Santo como revelador de la mente de Dios.

Estos fueron los temas de discusión, asuntos que hacen la verdadera diferencia entre el cristianismo católico y el cristianismo evangélico. Por ello nos parece extraño que algunos escritores consideren la frase -soli Deo gloria- como el quinto “solo”. Que solamente a Dios sea dada la gloria, no fue un asunto en controversia, ni establece una diferencia doctrinal de fondo entre católicos y protestantes. Al menos en el aspecto oficial, la teología formal de la Iglesia de Roma ya había definido en el Segundo Concilio de Nicea (año 787) que los santos canonizados y los ángeles podían recibir un tratamiento de dulía (veneración), y María recibiría la hiperdulía (máxima veneración), pero que solamente la Trinidad, y nadie más, debía recibir el culto de latría (adoración). Con estos términos, los aprobemos o no, el catolicismo ha defendido que en su intención no está el darle a nadie la gloria sino exclusivamente a Dios. Por lo mismo, este asunto no entró a discusión en la agenda de la Reforma.

No hemos logrado determinar el sustento histórico para deducir soli Deo gloria como el quinto “solo” de la doctrina protestante. Por supuesto que no podría referirse al hecho de que J. S. Bach usara esa frase para terminar sus composiciones religiosas puesto que, por un lado, no la empleó en todas sus obras, y por el otro, él inició su trabajo como compositor hasta ya entrado el siglo XVIII, lejos de los tiempos de la Reforma. Entonces, parecería más bien que proyecta un sesgo calvinista de los escritores que la manejan como el quinto “solo”. ¿Por qué lo decimos? Porque para la teología de Calvino, quien veía a Dios principalmente como soberano absoluto sobre la creación, Dios determinó, solamente por su voluntad y para su gloria, escoger a una parte de la humanidad para que se salve; mientras que escogió, por su voluntad y para su gloria, a la otra parte de la humanidad para que se condene eternamente. Por otro lado, podemos leer un párrafo del Catecismo de Ginebra, escrito por Calvino: “Dios nos ha creado y nos ha puesto en este mundo, para que él sea glorificado por medio de nosotros”. De igual modo, en la primera respuesta que ofrece el Catecismo Menor de Westminster (calvinista), leemos: “El fin principal del hombre es glorificar a Dios”.

Independientemente de las observaciones del párrafo anterior, “Solo Spiritu” es parte del argumento completo en la cadena de los “cinco solos”. Sería una pena perderlo pues fue un elemento básico del pensamiento reformador, y establece una diferencia sustancial entre los polos católico y evangélico. Soli Deo gloria parecería únicamente una conclusión devocional (pero no argumentativa) al final de los otros “solos”, o quizá un trasfondo de ellos, pero no sería un compañero de la misma naturaleza demoledora de este conjunto o cadena doctrinal que transformó a Europa y después al mundo, marcando un antes y un después en la historia humana.

Pbro. Bernabé Rendón M.

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