Categoría: Editorial

Editorial

vidaDurante el siglo XIX el noruego Henrik Ibsen escribió una excelente novela dramática fantástica denominada Peer Gynt. El público la conoció más a partir de la actuación de Charlton Heston protagonizando en una película a Peer Gynt, en la década de los cuarentas. Y más recientemente, Tim Burton la llevó también a la pantalla grande con el título Big Fish, en 2003. Trata sobre la historia de un enamoradizo y ambicioso joven en busca aventurera de su felicidad. En medio de su búsqueda, llega a decir:

“Como cebolla ha sido mi vida, toda tela, apariencia… sobre mi lápida escúlpanse en letras de molde estas palabras: Aquí yace nadie”.

Lo cierto es que ese personaje de novela es vocero de muchos jóvenes y adultos hoy en día. Y es que la vida se desarrolla siempre alrededor de algo, tiene un centro de apoyo. Como el pequeño árbol detenido por el palo al que se le ata, toda vida tiene un eje sobre el cual debe girar. Ese punto de apoyo puede ser malo o bueno, falso o seguro, débil o estable. Todos tenemos que detenernos de algo. Nuestra identidad se elabora en referencia a algo o alguien.

El mercado de la vida ofrece muchísimos puntos de referencia para hacer de nuestra vida algo satisfactorio. Por supuesto que la mayoría de esas mercaderías son envases vacíos y de un valor sospechoso. Personas hay que se están definiendo en base a su belleza, o han hecho del dinero su punto de apoyo, y hacen que toda su vida gire alrededor de eso. Y podríamos seguir con los ejemplos. Tarde o temprano, como Peer, descubrirán que el antiguo predicador tenía razón cuando descubrió que

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl. 12:8).

Sencillamente, nuestra alma es un abismo tan profundo, y con aspiraciones tan delicadas y sutiles, que para encontrar el placer válido y permanente necesita hallar algo que la reconcilie con su pasado, presente y futuro, y calme su instinto por la trascendencia, de manera que la personalidad sea como piezas de un rompecabezas que finalmente quede perfectamente armado, que todo quede en su lugar. Saulo de Tarso encontró el centro de apoyo para su existencia que le desentrañó el misterio de la vida. Así que, con toda seguridad pudo decirnos a las generaciones de todos los tiempos:

“Para mí el vivir es Cristo…” (Fil. 2:12)

Esta Semana Santa nos llevará de nuevo de la mano a ver a Jesucristo en el drama de su cruz y en la gloria de su resurrección. Y es que ser cristiano significa tener a Cristo en el centro de toda la vida. Al decirlo, no nos referimos sólo al hecho de que hemos creído en sus enseñanzas, en que le tenemos como ideal hacia el cual crecemos, sino principalmente a aceptar su plan redentor a través de su ofrenda expiatoria que nos justifica ante el Padre mediante nuestra fe en él. Al hacerlo, le conocemos experimentalmente como el Resucitado, y entonces toda nuestra vida comienza a ser la transmisión de su vida misma, de modo que él sea el todo de nuestra vida. Se cumplirá entonces su ofrecimiento:

Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10).

bernabe_rendon

Editorial

cuarenta

El primer día festivo anual acordado por la iglesia cristiana en sus tiempos primeros, fue el Domingo de Resurrección. Posteriormente se vio la conveniencia de no llegar abruptamente a esa gran fiesta, la mayor de las fiestas cristianas, por lo que se estableció desde el siglo IV la estación previa de la Cuaresma (del vocablo latino quadragésima, que significa cuarentena). En 2016, la Cuaresma dio inicio el día 10 de febrero, Miércoles de Ceniza. Como cada año, esta Estación del calendario cristiano coincide con la fiesta hebrea del Purim (suertes).

El lapso de 40 días se dedica a la preparación espiritual mediante la oración, el ayuno, la reflexión y la purificación sincera; intención que se redobla en su parte final que es la Semana Santa… y así poder levantar manos, voces y corazones el Domingo de Resurrección para celebrar la victoria definitiva de la vida sobre la muerte en la persona de Aquel que ha sido señalado como el Señor de la Vida. Las iglesias bien organizadas saben desarrollar este proceso de modo que alcance su objetivo primigenio.

El tiempo de espera premeditada, establecido en 40 días, fue de carácter simbólico. Se tomó en cuenta, en primerísimo lugar, que Jesús había ayunado por ese número de días en preparación para su ministerio terrenal. Luego, se concluyó que las historias bíblicas con bastante frecuencia mencionan períodos de 40 días o años, y que éstos están asociados con la prueba y/o la preparación. Sucede con Moisés en el desierto de Madián (Hch. 7:29,30), con los ayunos del mismo Moisés (Ex. 24:18; 34:28), con Israel en su camino hacia la tierra prometida (Dt. 8:2-5), con Israel bajo el liderazgo de Gedeón (Jue. 8:28), con el período de Elí como juez (1° S. 18), con el camino de Elías hacia Horeb para su restauración (1° R. 19:8), con el período de espera del arrepentimiento de los ninivitas (Jon. 3:4), con el tiempo que usó el Resucitado para preparar a sus discípulos para su partida (Hch. 1:3), y muchas veces más.

La designación de un período de 40 días llevaba el propósito de que los cristianos aprendiéramos de ese número. Pero ningún número tiene valor en sí mismo. Solamente nuestros hermanos en la fe que gustan de ser supersticiosos conceden facultad intrínseca a palabras, ademanes, acciones mágicas y símbolos. De allí que a veces les escuchamos decir “Declaro que…” “Cancelo y rompo con…” “Decreto que…” Se figuran que las palabras en sí mismas tienen vida propia y que al decirlas se altera a su gusto el devenir del universo; o que, si alguien les dijera algo que les parezca una “maldición”, sólo habrá que ordenar su cancelación para ganar la guerra de palabras. Repitamos, el número cuarenta no nos beneficia en nada, por bíblico que sea. Somos nosotros, con una disposición consciente y de fe, quienes optamos por asignar importancia a un período eclesiástico. Dios nos convoca a través de la iglesia histórica de su Hijo, a preparar nuestra vida para comprender por qué era necesario un Mesías sufriente, un Mesías crucificado que expiase nuestro pecado, un Mesías resucitado para nuestra total restauración.

bernabe_rendon

Editorial

zorras

En lugar de que este Editorial sea redactado por nuestro Director, como cada vez, insertamos aquí, por esta ocasión, la siguiente reflexión que encontramos en un sitio de Facebook, y lo hacemos bajo el permiso de su autor. Nos parece que expone de manera atinada un asunto muy pertinente, dada la recientemente celebrada fiesta del amor y la amistad.

barra

El sabio Salomón en Cantares 2:15 establece: «Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas; Porque nuestras viñas están en cierne» Este texto en su contexto habla del matrimonio como una «viña»; viña que está en cierne… que está comenzando o que se está fecundando.

El matrimonio es la institución más antigua, fundada y creada por nuestro Dios; más aun que la iglesia. Por eso, cuando se habla de la iglesia, se toma como referencia simbólica esta institución del matrimonio.

Dios quiere que estemos siempre cuidando nuestra relación de pareja, es una advertencia contra la autocomplacencia. La relación de pareja y el amor no son algo automático, son algo que se cultiva todos los días. Y habla de las “zorras pequeñas”… ¿por qué pequeñas y no grandes? Los conocedores dicen que las zorras pequeñas entran fácil y sutilmente por debajo de las cercas, y que éstas no pueden alcanzar las uvas, por lo que recurren a comerse la semilla o la raíz, o en otros casos, escarban para hacer su madriguera sacando la raíz o  la semilla  y todo esto resulta ser mucho más peligroso que comerse algunos frutos o uvas. ¿Por qué? Porque si se comen un fruto, la raíz queda y puede volver a fructificar; pero si se comen la semilla, ya no hay esperanza. Las zorras grandes se detienen y se comen el fruto, y esto es una perdida, pero no una perdida absoluta.

La raíz y la semilla del matrimonio son: El amor (1:2; 8:6,7), la prioridad y distinción con el amado 2:2,3), las palabras positivas (4:7), el cuidado y la vigilancia (5:2), la pertenencia mutua (6:3). Todas estas citas del libro de Cantares no representan una lista limitativa. Así que, ¡a cuidar las viñas!, a cuidar nuestra relación de pareja.

El amor es mucho más que bonitos pensamientos, versos o poesías; es más que intenciones, es más que mercadeo; o como dice el poeta, “Obras son amores y no buenas razones”, así que hay que obrar. No sólo un día, sino 365 días al año.

obispo_fuentes

Editorial

llama

Estamos entrando al mes de febrero, otra vez. Esto nos lleva a enlazar nuestros pensamientos con la celebración folklórica del día y mes del amor, principalmente por el día 14. Es un tema que al menos en el área de nuestro mundo emocional nos ayuda a equilibrar el talante, afectado por los sinsabores que diariamente padecemos por causa del anti-amor, como lo son el asesinato de Gisela Mota en Temixco, los jóvenes víctimas de una desaparición forzada en Tierra Blanca, la depreciación del peso, las finanzas públicas tan “petrolizadas”, los rebotes subsecuentes a la recaptura del Chapo Guzmán, el inacabado caso Moreira, y todo lo demás. Podemos tomar un respiro y considerar ese aspecto en alguna medida presente en la convivencia humana, que denominamos amor. Representa la única deuda que debería ser eterna, “el amaros unos a otros” (Ro. 13:8).

El mejor canto al amor que encontramos en el Antiguo Testamento es el libro del Cantar de los Cantares. Libro que nada tiene que ver con la relación amorosa entre Jesucristo y su iglesia, como alegóricamente lo han querido entender nuestros místicos. El método alegórico de interpretación de las Escrituras, que fue una de las influencias que recibimos del helenismo alejandrino, ya quedó suficientemente desprestigiado en la historia de la iglesia como para querer revivirlo. La alegorización de la Biblia comete dos errores graves, y posibilita un tercero, pues, por un lado le quita al texto bíblico el significado que el escritor y Dios mismo querían comunicar; y por otro lado sustituye el significado objetivo con otro significado subjetivo que le pertenece a la mente humana de quien está interpretando el texto (no importa si utiliza pasajes bíblicos para apoyarse); es decir, se suplanta el mensaje de Dios con un mensaje humano. Y este proceso posibilita un mal adicional, consistente en que el expositor y los oyentes lleguen a suponer que este segundo significado sembrado por el intérprete alegorizador, sea una “revelación” especial de Dios. O sea que se elimina la palabra de Dios, se hace la sustitución con la palabra de hombre del alegorizador, y se termina llamando palabra de Dios a esa palabra humana.

En fin, el caso es que Cantares exclusivamente exalta el amor humano erótico, el amor más ardiente y pasional que existe, el amor entre un hombre y una mujer cuyas vidas interactúan de un modo tan pleno que podría decirse que llegan a “ser una sola carne” (Gn. 2:24). Esta relación romántica, sólo posible entre un esposo con su esposa, se describe en este poema de Salomón, en 8:6, como una “fuerte llama”. Y aquí tenemos que echarles una ayudadita a Reina y Valera, puesto que su traducción fue incompleta, o al menos imprecisa. La palabra hebrea que tradujeron como “fuerte” es Yah, una contracción (o apócope) de Yahveh. Por eso la Biblia de Jerusalén traduce como “llama de Yahveh”. O también es correcta la traducción de la Nueva Versión Internacional, “llama divina”. Quienes suponían que el nombre de Dios no aparece ni una vez en todo este libro, ya comprenderán que no es así. Este es el único lugar en todo el libro donde Dios es mencionado.

El amor matrimonial no contiene de suyo los recursos para su propia subsistencia, es tan inseguro como todos los ensueños románticos, por sinceros e intensos que sean. Pero puede ser un amor invencible si Dios se convierte en su sustento. Y si es así, entonces el amor es una llama divina, un fuego de Dios que ni las muchas aguas ni los ríos lo pueden apagar. Una pareja joven que, frente a un altar, siente que nada hay tan grande en el mundo como su amor, no puede tener aún la señal de la genuinidad y profundidad de su amor. El signo de la veracidad de un amor es que éste no puede ser apagado, y para comprobarlo necesita de muchos años. O, prefiriendo la expresión de San Pablo, “El amor nunca deja de ser” (1ª Co. 13:8). La evidencia de un amor renovado diariamente por Dios, una llama cuyo combustible proviene de Dios, es la permanencia de por vida, hasta que la muerte haga la separación. El amor es una llama de Dios y el amor nunca deja de ser, son dos expresiones que se corresponden, una es la evidencia de la otra. Personalmente, no sabría cómo entender esto de otro modo.

bernabe_rendon

Editorial

agradable

Un sábado Jesús fue, tal cual era su costumbre semanal, a la sinagoga de Nazaret. Cuando se le dio el rollo para que hiciese la lectura correspondiente a la liturgia de ese día, tocó en la profecía de Isaías que incluía la primer parte del capítulo 61. Allí estaban estas palabras: “Me ha enviado… a predicar el año agradable del Señor” (Lc. 4:18,19). Cuando Jesús anunció que en él se cumplían aquellas palabras, no quiso decir que su ministerio duraría un año, aun cuando el pasaje de Isaías hacía referencia al año del jubileo, sino que se presentaba como el cumplimiento pleno de esa profecía, quería decir que había llegado el tiempo mesiánico (mucho más que un año) en el cual Dios mostraría su bondad. Ese es el tiempo en el cual ahora vivimos, toda esta era es el año agradable, tiempo de refrigerio (Hch. 3:19), tiempo aceptable de salvación (2ª Co. 6:2), esta es la edad de la gracia de Dios (Jn. 1:17).

Cuando hablamos de este tiempo agradable no nos perdemos en la innecesaria distinción que algunos autores protestantes han estado haciendo recientemente entre los términos griegos kairós y crónos, ambos traducidos como “tiempo”. La diferencia es sólo lingüística, refiriéndose el primero a un momento en el tiempo, y el segundo al devenir constante del tiempo. Según ese supuesto, la palabra kairós es aplicable al tiempo de Dios, mientras que crónos tiene que ver con el sentido humano del tiempo, pero la verdad es que la Biblia no hace esa diferencia, y se trata únicamente de una antigua discusión filosófica griega. La palabra kairós no está revestida por el Nuevo Testamento de sentido teológico, es diferente de crónos sólo por razones de lenguaje. Es cierto que kairós es la palabra más usada en el Nuevo Testamento, siguiéndole crónos en número de frecuencias, pero las Escrituras usan todavía varios otros términos griegos para designar la idea del tiempo. Frecuentemente la Biblia emplea kairós para designar el sentido común y corriente de “tiempo”, relacionado con asuntos meramente terrenos y humanos; como también recurre a crónos para designar a veces los tiempos de Dios. Por ejemplo: “Mi tiempo (kairós) aún no ha llegado, mas vuestro tiempo (kairós) siempre está presto” (Jn 7:6). “En los postreros días vendrán tiempos (kairoí) peligrosos (no de Dios)…” (2ª Tm. 3:1). “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo (crónos), Dios envió a su Hijo…” (Ga. 4:4). En fin, no ahondemos más en esto.

Habíamos dicho que el cumplimiento de la profecía de Isaías tenía una aplicación inmediata al año del jubileo, pero también una aplicación mediata y más completa al tiempo del ministerio del Mesías que trasciende a nuestros años. El año agradable del Señor no es un año de los nuestros, no es el 2016. Pero a la vez es verdad que nuestro año nuevo está dentro de la economía divina de este prolongado año agradable del Señor. El 2016 tiene su valor en que es parte del tiempo de la gracia de Dios.

Estamos un tanto acostumbrados a esperar que los años sean buenos si nos traen algo de prosperidad, salud, satisfacción, realizaciones, relaciones estables y cosas así. Por supuesto que son cosas deseables, y es reconfortante advertir que son bienes previstos por Dios para asistirnos diariamente por causa de su misericordia hacia nosotros. Pero también necesitamos considerar que a muchos cristianos, santos y fieles al Señor, se les negaron, viviendo perseguidos, hambrientos, vituperados y martirizados. A otros, aun siendo verdaderos ejemplos de fe y oración, se les negó la salud y han sufrido el desprecio y la injusticia. Dios está en su derecho a decidir sabiamente el darnos o negarnos estas cosas durante el año nuevo.

El año 2016 tiene valor únicamente porque es un tramo del “año agradable del Señor”, porque vivimos en la época del banquete de la salvación, de la fiesta del perdón, de la gracia inmerecida que nos ha dejado sin culpa ante Dios, del día del fin de la guerra con él, haciéndose la paz mediante el crucificado Jesucristo en quien se nos ofrece la reconciliación; este es el tiempo de la adopción como hijos del Altísimo, de la vibrante vida del Resucitado que el Espíritu nos transfunde. Por eso es el año agradable, lo que Dios quiera sumar a esto, y claro que lo hará, es añadidura.

bernabe_rendon

Editorial

ed

Por la benevolencia de Dios, nos tocó la suerte de llegar al final de un año, y pasar al tramo siguiente, el bienvenido año 2016. Y comenzamos enero con la convocatoria del Presidente Enrique Peña Nieto, a través del Secretario de Gobernación, sustentándose en la Subsecretaría de los Derechos Humanos y la Secretaría de Salud, para debatir abierta y públicamente sobre la posible legislación del uso de la mariguana. Esta consulta tendrá una duración de tres meses.

Nos parece buena iniciativa, dada la trascendencia de una legislación sobre este asunto multifacético, con todos sus pro y contra. Por supuesto, es una medida mejor que dejarle el asunto a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cuyos trabajos, por cierto exageradamente remunerados, a algunos mexicanos no nos queda claro si representan una amenaza o una bendición, ya que, por el prurito de lo que a ellos les parece una defensa de los derechos humanos, han pasado por encima de los Códigos Civiles y las decisiones de los Congresos Locales de los diferentes Estados de la Nación. Para el Gobernador de Morelos, por ejemplo, ellos son la esperanza para obtener la despenalización del aborto para su Estado, en vista de que el Congreso Local reiteradamente no lo ha apoyado en esta solicitud.

Parece que no les ha quedado claro que un bebé no nacido es un ser humano y debiera ser cobijado con los derechos humanos, ni el derecho que debería tener un niño a ser criado por un papá y una mamá en vez de darlo en adopción a una pareja homosexual para satisfacer una necesidad de ellos como adultos utilizándolo a él como un simple medio, ni lo apremiante que es para una familia el conseguir su unidad cuando la SCJN se abre a brincar el candado que representan las causales del divorcio para otorgarlo al pedido de uno solo de los cónyuges. Nos gustaría, en cambio, que iniciaran acciones para frenar la violación de niñas, realidad trágica en la que México se coloca entre los primeros lugares en el mundo, o a procurar en verdad un México mejor en sus fundamentos.

Los principios que alguna vez le dieron forma a nuestra sociedad, especialmente aquellos que tienen que ver con la identidad tradicional de una familia y el respeto a la vida humana como prioridad, se están yendo, a pesar de que muchas de los enfermedades sociales que hemos adolecido a través de varios años se derivan precisamente de la inestabilidad familiar. En lugar de reforzar aquellos principios, se les debilita sin considerar las consecuencias ulteriores.

Estamos iniciando el año 2016 con algo de desconfianza. Y eso que no hemos mencionado los rezagos sociales que nos quedan por tanta corrupción política y una precaria administración pública de las finanzas. Pero, sin evadir nuestra realidad y sin renunciar a nuestras responsabilidades ciudadanas, sin dejar de mostrar nuestra inconformidad tanto como las circunstancias lo ameriten… no debemos olvidar que Jesucristo no nos permite afanarnos por el día de mañana (Mt. 6:25-34). Y añadiríamos que tampoco por el día de ayer, ya que el Señor nos ubica en el hoy. Así pues, entremos al nuevo año, pero conservando la serenidad de un corazón que sabe rogar a Dios por días mejores, que sabe ver al Señor de las naciones levantándose en el horizonte. Nuestro mundo no fue hecho para que imperen las tinieblas de la injusticia y el pecado, sino para ser gobernado por la luz de la verdad y el amor que son posibles cuando el reino del Hijo de Dios crece entre nosotros.

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

ed

Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande” (Lc. 1:31,32)

Mucha razón hay en el enfoque de la teología latinoamericana sobre “la opción preferencial por los pobres y excluidos”. Esta frase, totalmente aplicada, revoluciona los conceptos históricos acerca de la naturaleza de la iglesia y su misión evangelizadora. Reclama que la iglesia tome una opción por los pobres y desposeídos no sólo por la situación apremiante e injusta de ellos, sino principalmente porque Dios ya tomó esa opción primero (*). Llevamos cincuenta años discutiendo los pro y contra de esta dirección teológica-sociológica-antropológica, sin lograr ponernos de acuerdo en vista de los sacrificios que sufren algunos principios doctrinales evangélicos planteados en el Nuevo Testamento, tanto si se elige una postura como si se elige la contraria.

Es indudable la identificación de Jesús con la gente pobre de su época, dado que él mismo presenta como una señal de su mesianismo el que “a los pobres les es anunciado el evangelio” (Mt. 11:5). Esta auto-revelación de nuestro Señor no es discutible, ni se puede debilitar con la “salida por la tangente” de que se refería a los pobres de espíritu. La Navidad muestra a un Dios que escogió a gente pobre y condiciones sencillas para traer a su Hijo al mundo, y no escogió a los ricos y poderosos ni a sus palacios. Esta fue innegablemente una opción preferencial que Dios tomó, y María lo entiende así según las expresiones de su canto: “Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos” (Lc. 1:51,52). Pero también debemos decir que no escogió a los pobres exclusivamente, rechazando a los otros, y menos que escogió a los pobres contra los no pobres.

Dejando de lado la discusión teológica que hemos referido, volteemos a ver que Dios mostró su amor al mundo aquella noche usando instrumentos débiles y marginados, para traernos un niño quien también fue empobrecido al grado de nacer en un establo y dormir en un pesebre. Fue un nacimiento anunciado primero a los pobres en las colinas de Belén, quienes se constituyeron en los primeros testigos. Pero los destinatarios de la Navidad no fueron exclusivamente ellos, puesto que eran solamente los medios escogidos para hacer llegar a Emanuel para toda la humanidad, sin distinción de raza, de sexo o de estrato social/cultural.

En medio de las circunstancias modestas que enmarcaron la primera Navidad, estaba el hecho contrastante de que aquel recién nacido, de acuerdo al ángel de la anunciación, sería grande. Desde aquello que era pequeño surgiría algo que sería conocido y llamado grande.

La grandeza de la Navidad no radica en su duración, a pesar de ser una de las fiestas más grandes del mundo, empezando con el Primer Domingo de Adviento y culminando con la Epifanía del Señor (6 de enero). Es una fiesta grande porque nos habla del amor más grande, el de Dios, Creador y Sustentador del universo; del regalo más grande que jamás se haya dado, Cristo el Unigénito del Padre, consumador de nuestra fe, ofrenda perfecta para propiciar la salvación del pecado, mediador sacerdotal y confiable entre el Creador y la creación; del beneficio más grande, tener acceso a la vida eterna, que es la misma vida de Dios en Cristo, vida de la más alta calidad; del más grande número de personas beneficiarias de un regalo, la humanidad completa, de todos los lugares, de todos los tiempos, de todas las condiciones; y esto para rescatar a todo aquel que cree del más grande mal, la enajenación del pecado que conduce a una pérdida eterna. Así que el Jesucristo de a Navidad, efectivamente, llegó a ser alguien grande.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Gutiérrez, Gustavo, La Verdad os Hará Libres, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1990, pág. 207.

bernabe_rendon

Editorial

advenimiento

En espera del Advenimiento

El domingo 29 de noviembre iniciamos un nuevo año de acuerdo al calendario religioso de los cristianos. Del mismo modo como Israel lleva desde la antigüedad a la vez dos calendarios, el civil y el religioso, la iglesia de Jesucristo desde hace muchos siglos observa su propio calendario, aparte del civil. Nos era necesario un calendario así para dividir todo el año alrededor de los grandes eventos de la persona de Cristo, y así guiarnos por un calendario Cristo-céntrico. Nuestro año religioso o litúrgico comienza el cuarto domingo antes de la Navidad (25 de diciembre), y la temporada entre esos dos días la denominamos el Adviento. Este significativo vocablo latino quiere decir llegada o venida, y se refiere, de una manera dual, tanto al advenimiento del Dios verdadero que encarnó en Jesucristo, como a la segunda venida futura del Rey de reyes y Señor de señores. Cuando llegó la Reforma en el siglo XVI, el asunto de si debía o no celebrarse el Adviento fue discutido, encontrando que no violaba ninguna prescripción bíblica, por lo que los reformadores lo celebraron, especialmente en Alemania (1).

No se ha logrado definir por qué esta estación del Adviento incluye cuatro domingos y no más ni menos, dado que la costumbre de celebrarlo proviene desde el siglo IV, dado que la Navidad era celebrada desde mucho antes, perdiéndose en el tiempo los motivos involucrados para elegir los cuatro domingos. Algunos opinan que fueron determinados cuatro con el fin de conmemorar la esperanza de Israel, la esperanza de los magos, la esperanza de los pastores y la esperanza de María. Muchas iglesias evangélicas cuentan con una refinada sensibilidad litúrgica, y procuran proclamar a Cristo en sus cultos no sólo de manera audible, sino también de un modo visible. Por ello echan mano de variados recursos para involucrar a las congregaciones en una dinámica de rituales, cantos, colores, luces y más, para enfatizar durante los cuatro domingos del Adviento la esperanza por el advenimiento de un Jesús triunfante.

En lo que respecta al pasado, el Adviento nos dice que el Mesías, en quien ahora nosotros hemos obtenido la redención de nuestros pecados, fue muy esperado. Hageo lo anunció como la venida de “el Deseado de todas las naciones” (2:7), si es que leemos este versículo a la luz de una hermenéutica cristiana que acompañe a la exégesis gramatical que hace referencia a “las cosas deseadas de las gentes”. Era tan esperado y deseado, que el sacerdote Simeón descartaba la idea de su propia muerte frente a la esperanza de ver antes ese divino advenimiento (Lc. 2:25,26).

Bienaventurados nosotros que no estamos de aquel lado del advenimiento del Señor, a la espera de un Salvador, sino de este lado, cuando lo que era sólo una sombra y una figura ya es toda una gloriosa y clara revelación. Pero por otra parte, nos toca estar en el espacio anterior al segundo advenimiento, ahora cuando lo que debe ser aún no es, siguiendo el dicho de nuestros teólogos acerca de que “vivimos el ya, pero a la vez, el todavía no”. Esta es la era en que “toda la creación gime a una… nosotros gemimos también dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:22,23). Pero, nos advierte J. Moltmann, esperamos para darle fin a la resignación, pues “La esperanza cristiana se apoya en el reino de Dios y pone en movimiento todas las esperanzas intramundanas de más libertad y mejor justicia…” (2).

Esperamos el regreso de Cristo a esta tierra a la que ya vino una vez. Y traerá con él todo lo que faltó completar en su primer advenimiento. Por eso esperamos en esperanza, pues no es lo mismo esperar que tener esperanza. Esperar es algo fijo, es algo pasivo; pero la esperanza es algo viviente que nos mueve, nos impele hacia adelante, nos impulsa a hacer preparativos, nos pone a construir algo, todo porque sabemos que verdaderamente habrá un segundo Adviento.

bernabe_rendon

  1. Carson, Mary Faith y Duba, Arlo D., Alabad a Dios, Ed. Caribe, Miami, s/f, pág. 80, 81.
  2. Moltmann, Jurgen, ¿Qué es la Teología Hoy?, Ed. Sígueme, Salamanca, 1992, pág. 42.

Editorial

novi

Noviembre

Este mes es uno de los sobresalientes en México, en primerísimo lugar por el día 20, cuando celebramos el Aniversario de la Revolución Mexicana, en recuerdo de la fecha cuando Francisco I. Madero cruzó la frontera norteña para llegar al país a iniciar la Revolución de acuerdo al Plan de San Luis. Esta Revolución política y social vino a ser la primera que ocurrió en el planeta durante el siglo XX. La edición actual de El Evangelista Mexicano incluye dos publicaciones sobre este importante tópico. Esta festividad da pie al emocionante “puente” que provee días libres. Noviembre es también el mes del reciente “buen fin”, de la celebración católica del Día de Todos los Santos (día 1), del Día de los Muertos (día 2), y del Aniversario del Natalicio de nuestra poetisa Sor Juana Inés de la Cruz (día 12).

Por otro lado, es un mes significativo para Panamá, pues celebra tres fechas históricas (días 3, 4 y 28). En Europa se conmemora el final de la I Guerra Mundial (día 11), y recuerda la caída del Muro de Berlín (día 9). A nivel mundial, es el mes para celebrar el Día Internacional del Hombre (no se refiere a la humanidad, sino a los varones) el día 19, y el día 25 se observa como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Japón y otros países del Oriente consideran a todo noviembre como Mes de la Calidad.

Su nombre deriva de novem (nueve, en latín), por haber sido el noveno mes del calendario romano. Retuvo su nombre “noveno” aun cuando al año se le agregaron otros meses después. Esto hace una coincidencia con el calendario sagrado de Israel, pues Quisleu era el mes que coincidía con una parte de nuestro noviembre y una parte de diciembre, por lo que era también el noveno mes judío (Zac. 7:1). Noviembre es el undécimo y penúltimo mes del año en el calendario gregoriano y tiene 30 días.

A partir del 25 de Quisleu del año 145 a. C., la nación judía ha celebrado la Fiesta de la Dedicación, por cierto, fiesta observada por Jesús (Jn 10:22,23). Con ella hacen memoria de la consagración que se hizo del templo de Jerusalén después de la profanación que habían perpetrado allí los sirios. Hasta la fecha, Israel celebra de buena gana con comida especial esa fiesta denominada Jánuca (consagración o dedicación). La fiesta dura ocho días en los que, gradualmente, encienden ocho velas. Su idea es anunciar que la luz debe triunfar sobre las tinieblas, que aun una poca de luz es capaz de alejar mucha oscuridad; y de ese modo llaman a los oprimidos y melancólicos a tener esperanza. Y huelga decir que el día 29 de este mes el cristianismo dará la bienvenida a la primera Estación del Calendario Litúrgico que es el Adviento, tiempo para pensar en la luz verdadera que irrumpió con el sublime Redentor en su venida, y que brillará sobre toda la creación en su regreso.

Noviembre nos dice que nuestra Revolución devolvió la esperanza a un pueblo que no participaba en ningunas elecciones para escoger a sus gobernantes, que no era consultado para ningún asunto, que no era actor en la toma de decisiones para determinar su presente ni su futuro. Nos dice que en este mes la nación judía ha venido celebrando desde hace milenios el triunfo de la luz sobre las tinieblas, y que Jesús es la encarnación tangible de la luz de Dios… y podemos quedarnos con estas ideas. Jesucristo nos llama a la esperanza, a la rehabilitación interior y exterior, a emprender una campaña contra el espíritu triste, a ser luz con él en pro de un México mejor, a desear en su nombre un mundo menos entenebrecido, a resplandecer por él y en él.

bernabe_rendon